"Ser de nadie"

21/08/2017- Por Antonio Las Heras - Realizar Consulta

Imprimir Imprimir    Tamaño texto:

“Ser de nadie” es una obra teatral escrita por Mariana Coronado. En la actualidad la misma se ofrece en el Teatro La Mueca de Buenos Aires en una versión con dirección y puesta en escena de la autora. Es ésta una obra que amerita el análisis desde lo psicoanalítico. En el presente escrito, desde la óptica del psicoanálisis junguiano.

 

 

 

                               

 

 

El escenario es –en todo momento– una abadía situada lejos de toda población y es habitada sólo por unos pocos monjes. El relato ocurre en pleno invierno cuando las inclemencias meteorológicas impiden, a quien así lo quisiera, marcharse. Hay aquí una metáfora de lo inconsciente. Ese espacio cerrado, aislado, alejado de “lo conocido” –lo consciente– como lo sería el pueblo más próximo, invita a sospechar que todo cuando habrá de acontecer en la obra está en ese ámbito –siguiendo a C. G. Jung– de lo Inconsciente Personal con manifestaciones propias de lo Inconsciente Colectivo.

Por lo tanto, desde el comienzo lo que recibe el espectador son emociones de angustia tanto como opresión, que se intuyen provocadas por censuras y ciertas forzadas renuncias.

A medida que se desencadenas las escenas se comprenderá que todos allí, aunque invocan su presencia motivada por la fe en Dios y la búsqueda de una existencia trascendente en lo espiritual, en realidad sólo anhelan tener un lugar donde esconderse… ¡de sí mismos! Allí impera el Arquetipo de la Máscara; artificialidad, engaño y autoengaño. Cada monje está atrapado en su específico sufrimiento; en un dolor que ninguna relación tiene con el sacrificio –entendido en su esencia de “oficio sagrado”– sino en maltratar y ser maltratado. Todos allí son sujetos. Reales sujetos por estar atados a historias acontecidas en otros tiempos de sus respectivas vidas y que los siguen atormentando hasta el presente, aunque busquen –con ingenuidad– huir de tales recuerdos a través de fantasías con las que construir una existencia que nunca tuvieron.

“Ser de nadie”, como propone el título de la obra, es de cumplimiento imposible para estos monjes. No porque sean de Dios, que no lo son aunque así lo vociferen al sólo efecto de provocar una mejor máscara en un intento por convencerse y convencer. No hay otra divinidad entre las paredes de aquella abadía que la Culpa de cada uno. La Culpa es quien se halla omnipresente. Culpa dolorosa, que sigue hiriendo en cada jornada. Entrama muy bien la autora las escenas de espaldas flageladas con los comentarios sobre aquello que cada monje se empeña en ocultarse a sí mismo y a la comunidad que comparte.

Hay dos personas en “Ser de nadie” que se destacan. Uno es el abad; que es la autoridad máxima. El otro no aparenta ser protagonista y empero lo resulta siendo: se trata de un monje marcado como disminuido mental, un tanto imbécil (¿acaso no sea otra cosa que la Máscara que halló conveniente) limitado a tareas de mandados pero de férrea obediencia –complicidad incluida– a los intereses mezquinos y egoístas del superior. Este monje es, por lo demás, el único entre todos capaz de sonreír –hasta, diríamos, reírse– lo que contrasta con la actitud reservada, adusta, aún melancólica de sus hermanos. Este monje es quien conoce todas las verdades. Lo que en verdad ocurre, debido a los designios del abad. Encarna el Arquetipo del Bufón; el único autorizado a decir lo real al rey, en este caso representado por el abad.

El abad encarna el Arquetipo de Dios. Ya expresó en su momento C. G. Jung que quien es poseído por el Arquetipo de Dios, que implica estar convencido de que uno mismo es la divinidad en persona, es el “camino más directo hacia el manicomio.” También podría decirse sin temor a error: el sendero directo hacia la muerte. Por mano propia; o inducida. Que es como aquí ocurre. El predilecto del abad; ese muchacho a quién él ha recogido de infante para darle protección y crecimiento es quien lo apuñalará por la espalda; con toda la simbología que ello implica.

No asesina por una razón banal, sino por haber tomado conocimiento de los engaños y manipulaciones a que lo había sometido durante años el presuntamente bondadoso y amoroso abad. Este joven –muy bien marcado por la autora de la obra– de imprecisa sexualidad (en las primeras escenas se hace complejo determinar si es un varón actuando como tal o una mujer actuando como varón) encarna el Arquetipo del Niño Eterno. Y es en esa posición donde el abad ha decidido mantenerlo. Con todos los alcances que para el espectador implica el término “mantenerlo”. Empero, al serle revelados los hechos verdaderos, se opera en él la transformación necesaria que lo despoja de los atributos del Puer Aeternus pasando a fungir el Arquetipo del Héroe. Tiene todo para ello. Veamos. Primera característica de este arquetipo: un nacimiento misterioso. Aquí no se conoce con precisión quienes fueron sus padres. Es un huérfano. Segundo atributo: peligro de muerte a poco de nacer. En el guion eso se describe a causa de una guerra. Tercer aspecto habitual: crianza por una familia sustituta. Aquí la misma es la abadía y el abad ocupando el rol de padre castrador abusivo. Lo siguiente es, entonces, que el joven sea capaz de razonar, tener pensamiento propio y tomar aquellas decisiones que le permitirán iniciar una vida singular alejada de toda tutoría. La muerte del padre. O bien de quien lo simboliza: el abad.

El abad, a raíz de que como hemos dicho encarna el Arquetipo de Dios, sufre de lo que Jung denominó Hybris: inflación de la conciencia. Es quien no atiende razones, no escucha otras opiniones, ni permite interferencia alguna para el cumplimiento de sus deseos. Cosa que así manifiesta cuando explica a los monjes: “Dios habla a través de mí.” “¿Cómo van a desobedecer lo que digo si es el mandato de Dios?”

Igual que los demás monjes, el abad también ha llegado al monasterio huyendo de un cruel y por ello doloroso pasado, de hechos acontecidos en sus tiempos de niño.

Esos hombres allí reunidos, aislados por las inclemencias del clima, que tienen en común el engaño de estar allí por la fe y haber decidido entregar la vida a Dios; en verdad son apenas unos seres cometiendo el peor error que un humano pueda llevar a cabo: huir de sí mismo e intentar olvidar la propia historia en lugar de hacerse cargo de ella y atravesar –hasta en la medida de lo posible superarlo, o aprender a convivir con ello– el dolor que la misma provoca.

 

 

“Ser de nadie”, escrita y dirigida por Mariana Coronado, en una nueva y osada versión, protagonizada por un nuevo elenco. Con las actuaciones de Fernando Álvarez, Pablo Valvez, Luciano Alanis, Amilcar Ferrero, Denis De Vita Fernández.

 

“Ser de nadie” es una historia sobre el poder, la hipocresía, la vulnerabilidad y la perversión en una Abadía, y sobre el secretismo que rodea a la pedofilia en instituciones religiosas. Una invitación a la reflexión acerca de la naturaleza del amor y del pecado. 


© elSigma.com - Todos los derechos reservados


Recibí los newsletters de elSigma






Actividades Destacadas


Del mismo autor

» Sigmund Freud, Carl G. Jung y la masonería
» Luciferina, un análisis arquetípico
» Los mitos griegos en el establecimiento del Psicoanálisis y en el desarrollo de la Psicología Junguiana
» Paraty o el imperio del "PuerAeternus"
» Jasón y Medea en Avellaneda. Sobre la película Sangre en la boca
» Gustavo Cordera o el imperio de la sombra. Un análisis desde la psicosociología junguiana
» El Francesito, una biografía psicológica de Enrique Pichon-Rivière
» Sobre “La piel de Venus” de Román Polanski. Análisis desde una perspectiva junguiana.
» Las viudas de los jueves. Una lectura desde la psicología junguiana.
» Shame o la realidad del neurótico
» Carl G. Jung y los llamados "Fenómenos ocultos"

Búsquedas relacionadas

» teatro
» Mariana Coronado
» “Ser de nadie”
» análisis junguiano
» poder
» hipocresía
» perversión