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La máscara: entre el titulo y la imagen

03/12/2009- Por Sergio Zabalza - Realizar Consulta

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Incluimos aquí algunas reflexiones y ejemplos clínicos a partir de uno de los escasos comentarios que Lacan formulara sobre la problemática adolescente: El Despertar de la Primavera, prefacio a la obra homónima de Frank Wedekind redactado en ocasión de la puesta en escena parisina.

El enmascarado

 

En forma muy sucinta, el argumento de la obra gira en torno a un grupo de adolescentes que sobre las postrimerías del siglo XIX intentan abrirse paso entre las arbitrariedades, limitaciones y mezquindades del mundo adulto. La escuela a la que concurren incentiva el estudio por medio de la exclusión. Mauricio está aterrado porque sabe que el número de vacantes para el año entrante obliga a dejar un alumno por fuera del curso. Wendla suplica a su madre que le explique cómo nacen los niños, al tiempo que comprueba cómo su cuerpo se despide para siempre de la infancia. Melchor se debate entre el deber ser, que lo lleva a cuestionar hasta la satisfacción experimentada por cumplir una buena acción, y la perturbadora excitación que le inflama el cuerpo. 

El desengaño acecha entre el mundo ideal que intenta simular la institución escuela y el crudo resentimiento que los adultos demuestran para con los jóvenes. El resultado no puede ser otro que la tragedia, con su secuela de muerte, exclusión y cinismo.

En efecto, abandonados a su suerte, la pasión abraza a Wendla y a Melchor. La muchacha queda embarazada y, cuando su madre la obliga a practicar un aborto clandestino, la muerte le arrebata la vida. Por su parte, atribulado por sus malas notas, Mauricio se suicida con un tiro en la cabeza, en tanto que Melchor es expulsado de la escuela y sus padres deciden castigarlo mediante la reclusión en un internado.

La escena que por demás nos interesa transcurre durante el desenlace de la obra. Melchor se dirige al cementerio a visitar las tumbas de Wendla y de Mauricio. Una vez allí, aparece el fantasma del finado Mauricio con la cabeza bajo el brazo. Con afectación, el espectro extiende la mano a su amigo, al tiempo que pronuncia el tramposo discurso propio del cínico: mofarse de los crédulos para luego afirmar que como no se logra el todo,  nada vale la pena. .

En ese instante decisivo aparece el Enmascarado, quien luego de denunciar la pérfida maniobra del muerto, aboga por confiar en la contingencia propia de la novedad, defiende la dignidad de quien sostiene un horizonte de vida y promete a Melchor la aventura de conocer el mundo y experimentar la existencia.

Por fin, como si el decisivo papel que la identificación juega en el destino de un adolescente necesitara un testimonio contundente, Melchor exclama: “¡Adiós Mauricio! No sé dónde me lleva este hombre ¡Pero es un hombre! “[1]

El Enmascarado es la metáfora encarnada de la imagen paterna, el mundo de significaciones que se expande cuando el sentido trabaja con el enigma como fiel aparcero.

El enmascarado es la significancia misma, ese “aspecto del signo que le permite entrar en el discurso y combinarse con otros signos”[2]; es la pérdida fecunda del referente, la puesta a distancia de la Cosa. El tratamiento que sólo la ficción habilita cuando el sujeto cede la fijación que lo enquista y acepta  endeudarse con el significante. El enmascarado es el vacío que habilita las múltiples versiones del padre: el semblante por excelencia.

El comentario de El Despertar de la Primavera comienza así: “De este modo aborda un dramaturgo, en 1891, el asunto de qué es para los muchachos hacer el amor con las muchachas, marcando que no pensarían en ello sin el despertar de sus sueños.  Remarcable por ser puesto en escena como tal: o sea para demostrarse ahí como no siendo satisfactorio para todos, hasta confesar que si eso se malogra es para cada uno.”[3]

Aquí nuestro análisis.

 

la demanda del Otro: la jarra loca

 

Un paciente relata los pormenores que precipitaron su desencadenamiento: “Mis problemas empezaron  a los quince años. Hasta ese momento yo me sentía bien, salía con mis amigos, tenía una familia, iba al colegio. Pero, bueno, ocurrió que los chicos empezaron a debutar ¿no? en el sexo… Y entonces ahí vinieron los problemas. Porque resulta que todos iban con la misma…, que era una señora grande, como de treinta y cinco. Bueno, y como todos iban, tenía que ir yo también ; y ocurrió que en ese momento, cuando estaba allí, sentí algo muy raro, algo que cambió todo, fue como que se apagó una luz”

Una vez más, la psicosis demuestra por qué es la mejor maestra. La carencia de represión que la distingue deja ver a cielo abierto la estructura del lenguaje operando en el viviente. Nos explicamos: “[…] un hombre se hace El hombre al situarse a partir del Uno –entre- otros, al incluirse entre sus semejantes”[4], dice Lacan. Pero cómo se hace para satisfacer la demanda del Otro -`vamos con esta mina ´ en el caso de este joven-, sin que se apague la luz de la singularidad. En otros términos: cómo cumplir con ese para todos que nos incluye como sujetos de una comunidad, sin perder el semblante que abriga nuestra intimidad; cómo hacernos comunes sin perder la diferencia.

Algunos hábitos actuales de los adolescentes evidencian los avatares que supone este paso crucial. Tomemos por ejemplo el acontecimiento social que por excelencia reúne al Uno entre Otros: la Fiesta.

Dice Hans Georg Gadamer: “Si hay algo asociado siempre a la experiencia de la fiesta, es que se rechaza todo el aislamiento de unos hacia otros. La fiesta es comunidad, es la presentación de la comunidad misma en su forma más completa. La fiesta es siempre fiesta para todos”[5]

Sin embargo, ciertas prácticas que cooptan las voluntades de los más jóvenes aborrecen del espíritu que apunta el filósofo alemán. Tomemos por ejemplo el caso de la denominada jarra loca, esa ingesta que reúne todo tipo de bebidas y pastillas en un brebaje indiscriminado, fiel metáfora del estado de masa al que muchos se someten acicateados por el horror a la exclusión. 

Lejos de asemejarse a la escena del banquete totémico, donde el acto de celebrar coincide con la cesión de una satisfacción, la demencial práctica de la jarra loca amontona desenfreno y exceso al servicio de una voluntad que borra toda diferencia. Unirse a la  “manada “–tal la expresión que usaba una firma comercial- no está al servicio del Uno entre Otros.  

El punto no es menor porque en la demanda del Otro se articula la pulsión. En efecto, décadas de práctica intensa y afinada elaboración teórica terminaron por convencer a Freud, quien sobre las postrimerías de su obra expresó: “Confesémoslo llanamente: no esperábamos que el peligro pulsional interno resultara ser una condición y preparación de una situación de peligro objetiva, externa[6]

Es decir, la pulsión es ese pequeño otro allí actualizado en carne y hueso -esa mujer de treinta y cinco con la que van todos- que en un preciso y determinado momento, cual es el debut sexual en la adolescencia, bien puede encarnar las mociones de deseo inconciliables con “las barreras éticas y estéticas de la personalidad”[7]. 

Sabemos que el síntoma –que para Lacan está en el lugar de la pulsión[8]- anuda la economía de goce de un sujeto. Pero ¿ cómo se dispone el síntoma para que algo del goce se articule al lazo social ?. 

 

 título  e imagen

 

En su temprana enseñanza, Lacan comenta que a la salida del Edipo el varoncito tiene “los títulos para usarlos en el futuro”[9]  y agrega: “lo que más tarde se le pueda discutir en el momento de la pubertad, se deberá a algo que no haya cumplido del todo con la identificación metafórica con la imagen del padre […]”[10]

Pareciera que aquí hay una aparente discontinuidad. En un caso se pone énfasis, en el aspecto simbólico de la identificación paterna –el título- y en el otro en cambio aparenta cobrar fuerza la imagen ¿Por qué al llegar la adolescencia se hace mención a través de la imagen de lo que en la infancia era referido al título?

Al respecto, quizás nos sea útil el ejemplo que Freud brinda a propósito del acto psíquico en su Nota sobre lo inconsciente:

“…todo acto psíquico comienza como inconciente, y puede permanecer tal o bien avanzar desarrollándose hasta la conciencia, según que tropiece o no con una resistencia […] Una analogía grosera, pero bastante adecuada, de esta relación que suponemos entre la actividad conciente y la inconciente la brinda el campo de la fotografía ordinaria. El primer estadio de la fotografía es el negativo; toda imagen fotográfica tiene que pasar por el «proceso negativo», y algunos de estos negativos que han podido superar el examen serán admitidos en el «proceso positivo» que culmina en la imagen.” [11]

Bien ¿Cuál es el acto psíquico que distingue al sujeto adolescente?  ¿No será que durante la adolescencia la incidencia del recurso simbólico se manifiesta en forma privilegiada a través de la imagen?

¿Qué son todos esos artificios –por llamarlos de alguna manera- a los que los jóvenes echan mano apenas la infancia insinúa su irreversible ocaso -piercings, tatuajes, dietas, modas, vinchas, camisetas, cortes!, etc..-, sino recursos con que conformar una imagen que les sostenga el cuerpo? ¿En qué consiste la naturaleza de esta imagen?

¿Es que acaso se trata de un rasgo exclusivo de nuestra época hiper estetizada o más bien, en realidad ya otras edades y culturas atestiguan similar devoción por la imagen?

 

Orientación clínica

 

Lejos de nuestra intención soslayar la estetización generalizada que distingue y caracteriza los tiempos en que nos toca vivir. Por el contrario, intentamos indagar -a partir de esta hipótesis que conjetura cierta discontinuidad entre el título a la salida del Edipo y la imagen que precipita la pubertad- qué recursos aporta el sujeto para orientarnos en la clínica y acertar en la intervención. ¿Es casualidad que la última formulación del fin de análisis –saber hacer allí con el síntoma- esté expresada en términos de saber hacer allí con la imagen?

Por lo pronto vale la pena formularse algunas preguntas:

Los extravagantes rasgos con que un joven se hace un semblante al tatuarse, lucir extraños peinados o vestirse provocativamente, ¿están al servicio de una identificación que propicia el lazo social o, por el contrario, son tributarias de un brutal sometimiento a la tiranía del grupo de pares?

El pegoteo al amigo, ¿habla de una compensación imaginaria cuya fragilidad trasunta un precario armazón simbólico o de un apoyo propicio para separarse del adulto?

¿Tenemos que intervenir para que un sujeto adopte “el tipo ideal de su sexo”? ¿Por qué? ¿Cuándo?

¿Constituyen los vómitos después de comer el llamado al Otro propio de un acting o forman parte de una compulsión que abreva en la pulsión de muerte?

¿Qué lugar tiene el consumo de drogas en la vida de un joven? ¿Es siempre una adicción?

¿En qué momento está el sujeto que habla con la anodina y lenta cadencia propia de quien quiere parar el mundo y bajarse, vaya a saber dónde? ¿Transita su monocorde letanía al servicio de hacerse un lugar frente a las exigencias del ideal paterno o, por el contrario, resbala en torno a una fijación narcisista sobre los objetos primarios?

Los portazos en casa, las discusiones, las largas horas en la cama, ¿hablan de una latencia que empezó a adolecer o de un síntoma plenamente instalado que admite el forzamiento propio de una intervención analítica?

El “autismo” que se refugia en la parafernalia tecnológica de los MP 3, 4, 5; I pod, televisión, chats, etc., ¿forma parte de la gestación de una necesaria e imprescindible intimidad o se trata de una inhibición encubierta?

Dice Lacan: “Conocer su síntoma quiere decir saber hacer con, saber desembrollarlo, manipularlo. Lo que el hombre sabe hacer con su imagen, corresponde por algún lado a esto, y permite imaginar la manera en la cual se desenvuelve con el síntoma. Se trata aquí del narcisismo secundario, que es el narcisismo radical, estando el narcisismo llamado primario excluido en este caso. Saber hacer allí con su síntoma, ése es el fin del análisis.”[12]

Resulta sorprendente considerar entonces que el alcohol, el uso del Viagra[13] entre los jóvenes, el consumo de sustancias, la frigidez, la obesidad, los vómitos, la eyaculación precoz, las inhibiciones o las somatizaciones, por mencionar tan sólo algunos ejemplos, son pasibles de adquirir un valor sintomático cuando se los considera como instrumentos para un desencuentro con la pulsión que encarna el pequeño otro, algo así como un fallido símil del rescate que encarna el Enmascarado.

Es que lejos de pretender su eliminación -tal como proponen los afanes normativos del Ideal de salud- para la perspectiva freudiana, el síntoma constituye un recurso privilegiado por surgir allí donde algo no fue: el encuentro con el objeto de la satisfacción. De esta forma, el valor de una intervención psicoanalítica reside en poner el síntoma a trabajar a favor del sujeto, es decir: cuestionar la coartada narcisista con que se nutre la queja o el aislamiento para así facilitar el lazo social.

 

Identificación al rasgo

 

Ahora bien ¿En qué consiste esta articulación entre síntoma e imagen? ¿Es que está degradado el registro simbólico, o, más bien, la imagen a la que más arriba hace referencia Lacan inca sus raíces en la economía libidinal de un sujeto?

Nos inclinamos por esta última posibilidad Lejos de albergar un edulcorado reflejo, lo que se agita en este imaginario son los avatares con la identificación desde donde el sujeto se mira; ese rasgo a partir del cual acontece la asunción de la imagen durante el estadio del espejo y que más tarde el Edipo consagra al estatuto de Ideal cuando –tal como dice Freud-, se conforman “las barreras éticas y estéticas en el interior del yo”[14].

Precisamente, Lacan se pregunta: “¿qué relación hay entre este interior, y lo que llamamos corrientemente la identificación? […] La identificación es lo que se cristaliza en una identidad. […] El rasgo unario nos interesa porque, como Freud lo subraya, no tiene especialmente que ver con una persona amada. Una persona puede ser indiferente, y sin embargo, uno de sus rasgos será elegido como constituyendo la base de una identificación.”[15] Desde esta perspectiva, el Enmascarado sería la metáfora encarnada de la identificación. “El nombre común de la identificación es la máscara…”[16], dice Jacques Alain Miller.   

 

máscara:

 

Es así que en esta articulación entre síntoma e imagen aparece la función de la máscara El síntoma “figura algo como cumplido”[17], es una formación de compromiso allí donde –tal como con la detumescencia- porque algo no fue, el amor es convocado a partir de una identificación.

Ahora bien, al velar lo que el hombre no es –el falo como garantía de potencia- y lo que la mujer no tiene – el falo como instrumento- “la función de la máscara […] domina las identificaciones en que se resuelven los rechazos de la demanda”[18]. En otros términos, cuando en este malentendido media la máscara, no se apaga la luz; lo cual, por supuesto, no exceptúa a nadie de la decepción generada por lo que no se es, o por lo que no se tiene.

  El goce del síntoma se tramita con la máscara. La máscara es el artificio que abriga la luz del sujeto, el brillo que sostiene el deseo sobre el fondo de la No Relación Sexual, ese agujero que responde a nuestra oscura condición contingente donde, para algunos, las razones del Otro se ahogan en la jarra loca.  El mandato ético propone el lazo social, sin embargo.

Intentaremos ilustrar el concepto con un caso clínico.

 

la máscara y la muñeca

 

Corría el mes de junio, entre abrigos y quejas por el frío, el taller transcurría su actividad cuando, de pronto, se presentó una joven. Su imagen -enmarcada en la puerta- se distinguía tanto por la sonrisa que le sellaba el rostro como por la rigidez con que sostenía la cartera.

-Buen día

-Buen día, ¿Cómo se llama?

-Mónica

-Encantado Mónica, adelante, estamos en el taller de música y canciones.

.Mónica se acomodó en el sitio que sus compañeros se apuraron a despejar, rígida, con su cartera firme en el hombro y la sonrisa inmutable. 

A medida que las canciones transitaban la mañana, Mónica tuvo necesidad de quitarse el abrigo. Con su brazo libre se desabrochó el camperón; para luego, ni lerda ni perezosa, ubicar la cartera, la sonrisa y el torso en la misma posición con la había ingresado al taller.

Así transcurrió, no sólo ese espacio, sino también sus primeros tiempos en el hospital de día. Por algunas entrevistas de familia supimos que, según los dichos de la madre, Mónica era su muñeca. Esta joven no hacía más que sostener la imagen que la demanda materna exigía. De la cabeza a los pies Mónica respondía al espejo que sin mediación alguna imponía su férrea hegemonía. Cuestión que le entorpecía seriamente el lazo con los otros y le impedía participar de algunas actividades: el taller de juego y movimiento por ejemplo.

Sin embargo, en nuestro caso, no dejamos de invitarla cada vez que la oportunidad se hacía propicia  para comentar alguna alternativa del juego, opinar sobre los equipos o mediar en cualquier discusión.

Por fin, un día Mónica ingresó en nuestra improvisada cancha de voley. A su turno golpeó la pelota, primero con una mano, luego con las dos, siempre su cartera firme en el. hombro ; aunque ahora el brazo se ocupaba del juego, sus piernas ya no formaban juntas y la sonrisa había dejado lugar a un rostro atento a las alternativas del juego. De aquella muñeca que Mónica sostenía firme en la puerta sólo quedaba la cartera.

Esta fugaz reseña sobre el recorrido de esta paciente nos posibilita conjeturar que el grupo de pares, los profesionales, los diferentes espacios: talleres, análisis,  psiquiatra, familia, etc., habían facilitado bosquejar, a partir de un rasgo del Otro –la cartera, en este caso-, una imagen corporal más afín al lazo social. Algo así como una máscara que intercedía frente a la hegemonía imaginaria que imponía la muñeca.

Se insinúa así un incipiente saber hacer allí con la imagen a partir de un rasgo sintomático. Por cumplir una función de corte respecto a la demanda del Otro materno, decimos que la máscara es una versión del padre que habilita al Uno –entre- otros, una pére versión tal como Lacan formula en sus últimos seminarios y en este comentario que nos convoca sobre la obra de Wedekind. Indaguemos entonces ahora en el concepto de máscara como versión del padre.

 

el padre

 

En efecto, la máscara resulta del acto psíquico por el cual un sujeto se apropia de su imagen para constituir, a partir de una identificación, las barreras éticas y estéticas de la personalidad que habilitan al Uno entre Otros. Así, la máscara se conforma como una versión del padre, una pére versión. Pero aún más, si tal como afirma Lacan, el narcisismo secundario es el radical, es la máscara –tal como el recuerdo que crea al hecho- quien en definitiva escribe el rasgo que la determina.

Así, de acuerdo a la perspectiva enunciada por Lacan en sus últimos seminarios, el padre –antes que nada- es un lugar en el entramado psíquico, un intervalo, una síncopa, un desvío, un quiebre, una escansión, un no que propicia el deseo y encauza el erotismo. Un saber hacer en los bordes.

El padre síntoma es ese elemento cualquiera que sin embargo se hace excepcional al anudar la economía de goce de un sujeto Así, “el síntoma es función de una letra”[19], es decir, función de un rasgo identificatorio que nomina al sujeto por su modalidad de goce. Decía Lacan: “Llegamos ahora con este inicio que hemos hecho de la función del rasgo unario, a algo que nos va a permitir ir más lejos: planteo que no puede haber definición del nombre propio sino en la medida en que percibimos la relación de la emisión nominante con algo que en su naturaleza radical es del orden de la letra”[20] Aquí otro ejemplo clínico.

 

un padre pintado

 

Marcos está por cumplir catorce años. Durante la sesión acostumbra a permanecer callado, hasta que un ¿qué tal? lo invita a hablar. Sin embargo, aquella tarde no fue necesario:

-          Tuve que ir de vuelta a Martínez para averiguar lo de las clases.

-          Ahá

-          Hay una materia de arte que me pareció linda... (el muchacho se queda pensativo, como si un repentino olvido lo hubiera sorprendido)... no me acuerdo cuál...

 

Seis meses atrás, la mamá de Marcos había llegado a mi consultorio preocupada por el rendimiento de su hijo en la escuela. A medida que transcurría la entrevista, sin embargo, fueron apareciendo algunos datos que insinuaban una gravedad inusitada. En efecto, desde hacía un año el joven vivía con el padre, quien durante la semana solía viajar con rumbo desconocido. De esta manera, el muchacho transcurría la mayor parte del tiempo sin compañía alguna, salvo la pesada responsabilidad de atender los numerosos llamados que urgían por su papá. Como toda compensación el joven lucía las zapatillas más caras, vestía la mejor ropa y escuchaba promesas de recibir cuanto adminículo electrónico anduviera en el mercado. Antes de despedirnos, le transmití a la mujer que, a menos que el padre sostuviera una entrevista conmigo, sería imposible tomar al muchacho en un tratamiento. Ahora volvemos a los dichos de Marcos:

 

-          tengo que estar todos los días a la una, así que avisé que me hagan el almuerzo lo más temprano posible... el viaje es largo.

-          ¿Y sabés algo de tus nuevos compañeros?

-          Sé que van muchas chicas- desliza Marcos mientras sonríe.

-          ¿Y qué sabés de tu viejo?

 

El papá de Marcos se había ido del hogar, durante la crisis económica que sufrió la Argentina en el año 2001, con el declarado propósito de instalar un negocio en Chile. Pero resultó que, en lugar de una empresa, el hombre terminó cosechando otra familia, hijos y esposa incluidos. Cuando ya habían transcurrido casi siete años desde que el muchacho vio partir a su papá, el hombre reapareció con los regalos, las zapatillas, la ropa, los MP 3 y el ya conocido proyecto de poner un negocio. Dice Marcos:

 

-          Ya le mandé varios mensajes pero no me contestó. A fines del año pasado cuando le dije que quería volver a vivir con mi vieja nos dimos un abrazo, me dijo que nos íbamos a seguir viendo... El quería que me quedara para ayudarlo a poner el negocio... pero yo estaba cansado de vivir solo.

-          ¿De qué es el negocio que quiere poner tu viejo?

-          De pinturas.

-          ¿Y cuál es la materia que te gusta y no te acordabas?

-          Marcos pegó un salto y al tiempo que se reía exclamó: ¡pintura!

 

Dice Lacan: “Toda racionalización es un hecho de racional particular, es decir, no de excepción, sino de cualquiera. Es preciso que cualquiera pueda hacer excepción para que la función de la excepción se convierta en modelo”. Y agrega: “Pero la recíproca no es verdadera: no es preciso que la excepción arrastre en cualquiera para constituir, por este hecho, modelo. “[21]

 

La primera oración trasunta que en los tropiezos del discurso cualquier elemento significante –en este caso el vocablo pintura- puede hacerse excepcional, al probar su eficacia para orientar la economía libidinal y el deseo de un sujeto. De allí que un análisis trabaje para que el padre haga función de síntoma,[22] para que ese lapsus que insiste, precipite un advenimiento subjetivo. Por su parte, el segundo tramo de la frase advierte sobre las catastróficas consecuencias que provoca un padre cuando se presenta con el saber absoluto propio de un modelo a seguir.

Bien, en este caso Pintura bien podría estar en el lugar del rasgo desde donde conformar una imagen que sostenga un cuerpo de deseo, es el borde donde letra y ficción, síntoma y máscara confluyen para desplegar una versión del padre que haga lugar a lo más íntimo del sujeto. Así, el Enmascarado es el trabajo significante que el dispositivo del análisis propicia al sujeto.

 

El nombre

 

Un buen ejemplo para ilustrar la articulación entre demanda, identificación, ideal del yo, goce, nombre y máscara surge a partir de un episodio de un programa de televisión[23]. Una joven adolescente ensaya el goce de ser mirada por un desconocido a través de la cámara de su computadora. Durante semanas la joven accede a los pedidos de su espectador privado; hay diálogo, risas, provocaciones, seducción. Un día el voyer le pide a la jovencita que simule amamantar a su osito de peluche, todo parece marchar bien hasta que ella acepta ponerle un nombre al muñeco y el desconocido le espeta: debe ser tu propio nombre ¿No?

De inmediato, la muchacha cae presa de la angustia. Por un instante vacila ese desde donde que otrora propició la asunción de la imagen en el estadio del espejo y que con posterioridad devino Ideal del yo a la salida del Edipo. Cae la máscara y con ella el semblante que vela la nada que somos. Se apaga la luz, como le sucede  al paciente con que comenzamos estas reflexiones. El Ideal amenaza cubrir toda la pantalla, y de esta forma, ella –la joven- es la pantalla, el objeto mirada. La identificación se hace identidad absoluta. El desconocido perpetra una intrusión, se apodera de la más preciosa intimidad: el nombre en la escena del goce.

Al respecto, Miller comenta: “Saber el verdadero nombre de alguien  es, de alguna manera, dominarlo, poder por ejemplo entregarlo a cierto número de prácticas mágicas. Desde esta perspectiva hay toda una apuesta en la relación entre los sexos en torno al nombre. Confesarlo a veces puede ser ya una jugada, o incluso está la introducción de nombrecitos atribuidos con un carácter más o menos secreto”[24]. 

Bien, el desconocido está en las antípodas del enmascarado. El desconocido obtura la ficción que la joven propone cuando introduce algo que la distingue –el nombre- sin apagar el enigma que fogonea la seducción. Sin embargo, el desconocido lastima el semblante creado por el juego al introducir una información que, si bien se ajusta al criterio aristotélico de correspondencia entre las palabras y los hechos, su único efecto de verdad es dejar en claro la perversión que agita al voyer, a saber: provocar la angustia en el Otro. El enmascarado, por el contrario, es el lugar vacío que habilita el velo, “O sea el semblante por excelencia.” [25], la pantalla, en este caso. La mujer como Nombre del Padre.



[1] Frank Wedekind, El Despertar de la Primavera,  Argentina, Quetzal, 1954, página 80.

[2] Oswald Ducrot y Tzvetan Todorov, Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003 , página 127.

[3] Jacques Lacan, El Despertar de la Primavera, en Intervenciones y Textos 2, Buenos Aires, Manantial, página 109.

[4] Jacques Lacan, El Despertar de la Primavera en op. cit.

[5] Hans Georg Gadamer, Hans-Georg Gadamer, La actualidad de lo bello, Barcelona, Paidós, 1991, pag. 99.

[6] Sigmund Freud; 32º Conferencia, Angustia y vida pulsional en Obras Completas, A. E. tomo XXII: “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis”, página 80.

[7] Sigmund Freud, “Cinco conferencias sobre psicoanálisis”, en Obras Completas, A. E. tomo XI, página 21.

[8] Jacques Alain Miller, El hueso de un análisis,  Buenos Aires, Tres Haches, 1998, página 54. “ ...el lugar teórico del síntoma , en Lacan, es exactamente el lugar donde Freud escribe la pulsión “

[9] Jacques Lacan: “Los Tres Tiempos del Edipo (II), en El Seminario, Libro 5, Las Formaciones del inconsciente, (1957-1958), Editorial Paidós, Buenos Aires, 1999, p. 201.

[10] Jacques Lacan: “Los Tres tiempos...”, op. cit. , p. 201.

[11] Sigmund Freud, Nota sobre el concepto de inconsciente en psicoanálisis, en Obras Completas, A. E. tomo XII, página 275.

[12] Jacques Lacan, El Seminario: Libro 24, Lo no sabido que sabe de la una equivocación se ampara en la morra, clase 1 del 16 de noviembre de 1976. “Las identificaciones”. Inédito.

[13] Viagra: medicación para el tratamiento de las disfunciones eréctiles.

[14] Sigmund Freud, Inhibición, síntoma y angustia, en Obras Completas, A. E. XX, página 109.

[15] Jacques Lacan, El Seminario: Libro 24, op. cit. Inédito.

[16] Jacques Alain Miller, De la Naturaleza de los Semblantes, Buenos Aires, Paidós, 2001, pag. 159.

[17] Sigmund Freud, 23º Conferencia: Los caminos de formación de síntoma, en Op. Cit. A. E. tomo XVI, página 334.

[18] Jacques Lacan, La Significación del Falo, en Escritos 2, Argentina, Siglo XXI, 1988, página 675.

[19] Ver Jacques Lacan, El Seminario: Libro 22, RSI, clase del 21 de enero de 1975.

[20] Jacques Lacan, El Seminario: Libro 9, La Identificación, clase 6 del 20 de diciembre de 1961.

[21] Jacques Lacan: El Seminario: Libro 22, RSI, clase del 21 de enero de 1975”. Inédito.

[22] Jacques Lacan, El Seminario: Libro 22, RSI, clase del 21 de enero de 1975: “única garantía de su función de padre (père), la cual es la función, la función de síntoma tal como la he escrito ahí como tal”.

[23] Tratame bien.

[24] Jacques Alain Miller, De la Naturaleza.., op. cit, página 159.

[25] Jacques Lacan, El Despertar de la Primavera en Op. Cit. página 112: “ O sea el semblante por excelencia. Y `el Hombre enmascarado´ dice eso bastante bien ¿Pues cómo saber qué es si está enmascarado  y acaso aquí el actor no lleva máscara de mujer? La máscara sola ex –sistiría en el lugar vacío donde pongo La mujer. Mediante lo cual no digo que no haya mujeres.  La mujer como versión del Padre, sólo se ilustraría como Padre –versión, como Perversión”


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