Colaboraciones

Sección coordinada por Florencia Fracas
Abstinencia, neutralidad e implicación del analista
por Carlos Guzzetti

El psicoanálisis como disciplina lleva en sí una enfermedad congénita y recurrente, que trabajosamente alcanza alivios, siempre provisionales. Diríamos que sufre de la intensa resistencia a aplicar sus propios instrumentos sobre el proceso de producción de su teoría y las modalidades de sus prácticas. Lenin afirmaba que el izquierdismo era la enfermedad infantil del comunismo. Así, la enfermedad infantil del psicoanálisis –si bien resulta discutible que nuestra disciplina esté atravesando su infancia- es la incapacidad reflexiva sobre sus propios fundamentos, una suerte de izquierdismo fácil, que dista sólo un paso del totalitarismo. Los síntomas que produce los padecemos a diario los que nos ocupamos del sufrimiento psíquico de los sujetos.
Por supuesto que nuestro quehacer produce sus propios anticuerpos, los recursos que permiten aliviar esta dolencia. Son sin duda nuestros pacientes quienes en el despliegue de su demanda conminan a abandonar toda certeza y a producir cada vez, de nuevo, el valor operacional de los conceptos. La experiencia de la clínica es indomeñable por cualquier lecho de Procusto que pretenda ajustarla a los saberes constituídos.
Este preámbulo pretende introducir, problematizar, dos términos que han perdido buena parte de su productividad por haberse convertido en premisas indiscutibles. Me refiero a la “abstinencia”, entendida como regla técnica y metodológica, y a la “neutralidad” del analista.

La sombra del 30 de diciembre
por Patricia Ramos y Silvia Fernández de Nieva

Pasó acá, tan cerca... tan cerca de la casa, del lugar de trabajo... tan cerca de los amigos... de sus hijos. Tan cerca de los amigos de sus hijos, tan cerca que fueron los propios hijos los que murieron. La muerte de los hijos... eso que no tiene nombre... en serio. Fue tan pero tan cerca... en el centro de nuestro hospital, sede sanitaria de la catástrofe donde se desencadenó la segunda tragedia. Se transformó en el segundo centro de la desesperación y de la muerte pero también de la asistencia, la vida y del mayor compromiso ético y profesional que puedan imaginar.
¿Por qué escribimos esto? –nos preguntamos–. Sin ninguna duda primero que nada para agradecer. Agradecer a todos nuestros compañeros del hospital. Pero también a todos los compañeros de los demás hospitales, socorristas y bomberos, por la entrega plena que tuvieron para salvar a cada uno de los jovencitos que tuvieron delante.
Pero es más que eso. Escribimos para intentar tramitar y transmitir algo de lo imposible.

Refractarios
por Silvia Fantozzi

Los llamo los jóvenes post-modernos. Los voy conociendo. Inteligentes, movedizos, saben mucho de todo, menos jugar, o tomarse en serio los juegos, como lo hace un niño, sagrado y de vida o muerte. Tampoco saben comprometerse, cobijar y ser cobijados por otro. No consiguen habitar un espacio aunque se pasean por muchos. Tampoco dejar un hueco para que otro los habite. No se entregan, la misma arrogante pretensión de no sufrir, no enamorarse. Los veo, sin embargo, desgarrados.

Tóxicos sexolíticos
por Héctor López

La literatura psicoanalítica actual llama sexolíticos a ciertas drogas de las llamadas duras que producen sensaciones equivalentes a las de la cópula sexual. Si la condición metonímica del deseo exige un recorrido de ligadura significante, la intoxicación en cambio produce una descarga inmediata que llega a la meta por cortorcircuito, sustituyendo a todo el recorrido. Sustitución que no se produce por la vía metafórica, sino por un pasaje al acto sin palabras. El adicto vive la ilusión de colmar el dolor de la falta, experimentado por todo sujeto como una suerte de abstinencia estructural. A veces el desenfreno de esa ilusión culmina en lo peor. Los psicoanalistas suelen identificarse con la ilusión del toxicómano, de la misma manera que cuando hablan del orgasmo suponen a la relación sexual como posible.

Clínica de la subjetividad en territorio quirúrgico
por Benjamín Uzorskis

En el terreno quirúrgico siempre hay algo que falta o que falla, y eso no siempre puede ser adecuadamente compensado. No tomaré en cuenta lo referido a la pericia técnica del cirujano, la daré por supuesta, y sí trataré de abordar lo referido a la subjetividad de los que intervienen en esta situación. Es este justamente el eje principal que tendrá mi exposición: clínica de la subjetividad , esto es, atender al análisis de lo que se juega desde cada uno de los intervinientes en esta compleja situación de riesgo vital, tanto desde sus manifestaciones conscientes como desde lo que podemos suponer que sucede en la otra escena delimitada inicialmente por Freud, esto es a nivel de lo inconsciente. Otra escena dominada por lo emocional, muchas veces difícil de atemperar de modo racional.

La pulsión: un concepto auxiliar e imprescindible
por Hugo Dvoskin

La pulsión, aun cuando Freud la sitúa dentro de su mitología, se encuentra dentro de los conceptos que él mismo denomina básicos pues de él no se podría prescindir. La pulsión es, en consecuencia, uno de los conceptos lógicos, de las hipótesis necesarias, de las construcciones auxiliares. Conjunto que admite cambios de acuerdo al armado teórico, de los nuevos estados en los que la teoría se encuentre y de los fenómenos que se presenten. El punto de abordaje de la problemática será las interrogaciones que aún produce la primera teoría pulsional freudiana: pulsiones de autoconservación vs. pulsiones sexuales.

Me han preguntado sobre la pena de muerte
por Álvaro Couso

Escribo, no para responder sí debe o no sancionarse, sí debe o no implementarse, o si acaso es válida su eficacia. Escribo, sin más justificación que el horror, sin comprender o mejor dicho para tratar de comprender por qué este escarmiento sin igual puede tener predica en nuestros días. Pienso en los métodos, en todas aquellas formas que encontró quién ejerce el poder para terminar con la vida de un hombre. En todo el entramado normativo que desde el origen de la cultura, desde la moral, estructura la conducta, la muerte como condena, como suplicio, la encontramos en el inicio mismo de ese sistema que regula las relaciones entre los hombres.

Malabar del sujeto (la hospitalidad del síntoma)
por Sergio Zabalza

Ahora bien, ¿qué tipo de intervenciones posibilitan esta transferencia desplazada en los intersticios y al costado de la vereda? “Si el arte de escuchar casi equivale al del bien decir”, y si lo que interesa es que un sujeto localice en un producto algo del rasgo sintomático que lo somete, se trata entonces de intervenir favoreciendo el corte que habilita la cesión del objeto.

Quien pierde, gana
por Roberto Ileyassoff

Si el núcleo del síntoma es la satisfacción pulsional, y el objeto está en el Otro, entonces, hay que pasar forzosamente por la estructura del otro para encontrar el complemento de goce que hace falta; ahí se produce la castración. Esta última es la que asegura que el goce pulsional, en tanto solitario, se recupere en el Otro bajo la forma del objeto a y encuentre así un partenaire favoreciendo así la imbricación de síntomas.

Al margen de la ley y dentro del mercado (Reflexiones entorno a la despenalización de la droga)
por Juan Pablo Mollo

Mientras la droga sea un “flagelo social”, el problema va a ser ideológico. La droga como paradigma de lo nocivo e ilegal es una construcción parcial que contribuye a su mitificación y, en consecuencia, a incrementar su poder de seducción. Es lo que sucede, con impotencia o ingenuidad, en las campañas de prevención basadas únicamente en la prohibición en nombre de la salud. Luego, la sociedad no puede concebir un abordaje posible al tema de las drogas que no sea la abstinencia. Se demanda incondicionalmente que se deje la droga, pues se cree erróneamente que sin droga no hay adicto. Freud ya decía en un texto de 1898 que las curas por abstinencia tienen un éxito aparente si no se llegan a las fuentes de donde brota la imperiosa necesidad de la droga.



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