Columnas

La agresividad en psicoanálisis
por Teodoro Pablo Lecman

En 1949, Jacques Lacan, el canonizado Saint Jacques -Santiago-, comprobaba que las frágiles cañas, los frágiles juncos del yo al borde del estero, o del pantano de la Segunda Gran Guerra Mundial, sufrían el flagelo de la agresividad, inclinando la balanza de las pasiones en las ciudades europeas devastadas por los bombardeos.
Mientras el estadio del espejo sufrió la gran popularidad de la Alicia de un Lewis Caroll mal leído, la agresividad tendió a diluirse, como un principio olvidable, un mal de posguerra.

Clínica del crimen y de la virtud
por Elena Jabif

Una investigación realizada en el College de France dirigido por Michel Foucault, motivada en un caso criminal de matricidio y fratricidio, se instituye como acto de juntura entre el discurso psiquiátrico y el derecho penal.
En el caso en cuestión podemos corroborar como en la celotipia el sujeto se identifica en sus sentimientos con la imagen del rival, pero también padece la vivencia fantástica de una intrusión destructora, de parte de él. Una elección narcisista de objeto cautiva, la imago del sujeto amado envilece los sentidos, el acto criminal suele ser el pasaje al acto por excelencia, última reacción defensiva ante intuición invasora, de la imagen del objeto narcisísticamente adorado. La cautivación erótica que produce el semejante en la celotipia paranoica, va acompañada de una fuerte tensión agresiva, ya que la lógica es de exclusión: soy yo o es el otro en términos de suprimir al contrario, como una cuestión de vida o muerte.

Celebrando la obra freudiana
por Mirta Goldstein

Freud, célebre en algunos medios e ignorado en otros, parece sin embargo embanderar una polémica inconclusa y hasta interminable. Polémica que según la perspectiva que la atraviese, verifica la continuidad del método psicoanalítico o, por el contrario, disuelve sus efectos más importantes.
Entre los que en sus homenajes situaron a Freud cercano a las neurociencias, aquellos que persisten en cotejar su obra según los criterios de algunas ideologías de la ciencia o del discurso de la anti-ciencia y entre quienes suponen que el mundo estará mejor desmintiendo al sujeto de este paradigma; no falta quienes imaginan un mundo feliz sin psicoanálisis.
Hemos vislumbrado al mundo sin Dios, y hemos equivocado las consecuencias de tal desenlace. Los que por todos los medios anuncian la caída del psicoanálisis desestiman los desenlaces de un mundo sin inconsciente.

Al Maestro, con cariño
por Ana María Gómez

No cabe duda que si después de más de un siglo transcurrido desde las primeras publicaciones de sus trabajos teóricos, clínicos y antropológicos, Freud sigue dando tanto que hablar, y que escribir, es porque entre otras cosas descubrió algo sumamente inquietante. Freud fue de la visión tranquilizadora de lo constatable, al territorio de la audición y de la escucha. El valor de la palabra, y su instrumentación en la cura, pasaban a primer plano. Desde los antiguos griegos en más, la palabra es un instrumento de cura pero no tan rentable como la química actual.
La concepción del ser humano no volverá a ser la misma después de Freud.

Padre y subjetividad contemporánea
por José E. Milmaniene

El psicoanálisis, en tanto práctica de la palabra y ejercicio responsable de la Ley, está comprometido en la tarea de la imprescindible reconstrucción, en el interior del espacio discursivo, de la figura simbólica del Padre. La carencia de este movimiento reparatorio del Padre y la dignidad de su función, deja al sujeto anclado en las inevitables restituciones sintomáticas de su invalorable figura. Al insistir en el valor de la palabra y la escucha, y al situar a las prácticas sublimatorias en el centro de sus políticas rectificativas, el psicoanálisis se constituye en un marco privilegiado para la reivindicación de lugar del Padre Muerto, en tanto agente de la Ley.

Un papiro para Firmenich
por Sergio Zabalza

Antes que nada, el nombre del padre es la tumba en torno a la cual los vivientes, por renunciar a un goce ominoso, advienen sujetos de un mundo simbólico. Esto explica por qué el culto funerario nos llega desde el fondo de la historia: con el duelo nace el tiempo, la identidad, las narraciones, los mitos y el papel que cada sujeto ocupa en la diaria comedia que nos toca vivir.
Quizás se vislumbre el agujero simbólico que para una comunidad supone carecer de las tumbas donde renovar el pacto que asegura la convivencia. Quizás se pueda advertir el lugar que las cotidianas tragedias ocupan en tanto torpes y fallidos intentos de simbolizar lo imposible.

Sustituyamos por lógica psicoanalítica los setting tradicionales
por Sergio Rodríguez

A esta altura de la experiencia psicoanalítica, es imprescindible destituir los encuadres reglamentados obsesivamente. Para eso debemos buscar las condiciones necesarias para que esa destitución no lleve a arbitrariedades. La obsesivización de los encuadres es uno de los mayores obstáculos a la capacidad generatriz y la eficacia de los psicoanálisis.
Nuestra función reside en utilizar en transferencia el espacio potencial en que se irá transformando nuestro consultorio y la aceptación de ser tomados como objetos transicionales, para procurar que los pacientes se vayan con condiciones de posibilidad que optimicen el uso de sus herramientas simbólico-imaginarias para trabajar lo real que la vida les proponga.

Trauma, historia y singularidad
por Teodoro Pablo Lecman

La singularidad, a veces a contrapelo de la historia, a-histórica, como lo postulamos en nuestra tesis, retraumatiza el sueño, la pesadilla hegeliana de la historia, despierta en lo real: yo soy el hijo de esa historia. Enorme tarea para los que nacieron en la época del proceso, en la brecha de dos culturas y en el seno del trauma.

Nombre
por Ana María Gómez

Desapareci- dos. Hay una doble vertiente, al menos de esa palabra, para nuestra historia, un significante. Desaparecidos de la vida, pero no definitivamente muertos, y desaparecidos, en la pretensión del exterminio de las filiaciones. La tarea a cumplir era la de borrar todos los rastros de esos seres, por ello tanto interés en robar o sustraer a sus hijos y darlos a cualquiera que, a su vez, les diera cualquier nombre y, por ende, otra historia. La vida humana comienza con un acto, el de nacimiento, y culmina con otro acto, el de la muerte. Ambos actos se inscriben en actas, la del nacimiento, la de la defunción. Como de esos seres no se podía borrar su nacimiento, al menos borrar su muerte y como pretensión anular su genealogía y su descendencia.

Adan o la primera contradicción
por Carlos D. Pérez

Ese otro tablero, que los psicoanalistas llamamos inconsciente, no fue ajeno a Adán, quien sin el rodeo por el pasado debió sostenerse directamente en el designio del Otro, como un inconsciente sujetado al puro presente, para dar curso a los elementos que lo habían tramado, que no eran la mera arcilla. Si Borges menta un inicio de polvo y tiempo y sueño y agonías, Wiesel cuenta que cierta vez un filósofo, dirigiéndose a Rabán Gamaliel le dijo que Dios concibió a Adán con material de excepcional calidad; fuego, viento, polvo, a los que sumó caos, abismo y oscuridad. Por eso Adán fue fogosamente impulsivo, voluble como el viento, caóticamente imprevisible y padeció la agonía de perpetuos remordimientos, a los que sólo su Hacedor hubiese podido consolar, pero éste se negó con estrategia de supremo ajedrecista.



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