Introducción al Psicoanálisis

Sección coordinada por Liliana Donzis
La introducción del niño en el psicoanálisis. Parte II*.
por Ricardo Rodulfo

Supongamos que observo a un bebé. Hay una sola cosa, y solo una, que me va a dar la pauta de que no estoy en presencia de un mero organismo, limitado a comer, llorar, dormir y cosas así: es descubrir, acaso en un momento fugaz, que juega. El que juegue excede su naturaleza de organismo; jugar no es un capítulo de la biología (sí de la etología y sobre todo de la primatología, que ya son otra cosa). No puedo justificar el que juegue en ninguna necesidad “básica” o “biológica” tradicionalmente considerada, no responde a ninguna “apetencia” concreta determinable como tal. Otro punto decisivo: no se lo enseñó nadie. El deseo de jugar, la necesidad de jugar, la emergencia espontánea del jugar, no se lo enseñó nadie, es una emergencia incondicionada, impredecible, irreductible. Esto es particularmente incómodo para el adulto, acostumbrado a pensar – adultocéntricamente – que él “da” y el pequeño “recibe”. Ciertamente, él juega con – si todo anda bien – pero no le “dio” eso al bebé, eso que hace que cualquier cosa – un sonido, un pezón, un botón – devenga objeto de juego. El no ha puesto eso allí. ¿Y entonces? Es a esta emergencia incondicionada, originaria sin origen, que – siguiendo a Winnicott – denominamos espontaneidad.

INTRODUCCIÓN DEL NIÑO EN EL PSICOANÁLISIS - Segunda parte
por Ricardo Rodulfo

Supongamos que observo a un bebé. Hay una sola cosa, y solo una, que me va a dar la pauta de que no estoy en presencia de un mero organismo, limitado a comer, llorar, dormir y cosas así: es descubrir, acaso en un momento fugaz, que juega. El que juegue excede su naturaleza de organismo; jugar no es un capítulo de la biología (sí de la etología y sobre todo de la primatología, que ya son otra cosa). No puedo justificar el que juegue en ninguna necesidad “básica” o “biológica” tradicionalmente considerada, no responde a ninguna “apetencia” concreta determinable como tal. Otro punto decisivo: no se lo enseñó nadie. El deseo de jugar, la necesidad de jugar, la emergencia espontánea del jugar, no se lo enseñó nadie, es una emergencia incondicionada, impredecible, irreductible. Esto es particularmente incómodo para el adulto, acostumbrado a pensar – “adultocéntricamente” – que él “da” y el pequeño “recibe”. Ciertamente, él juega con – si todo anda bien – pero no le “dio” eso al bebé, eso que hace que cualquier cosa – un sonido, un pezón, un botón – devenga objeto de juego. El no ha puesto eso allí. ¿Y entonces? Es a esta emergencia incondicionada, originaria sin origen, que – siguiendo a Winnicott – denominamos espontaneidad.

Primeros tiempos subjetivos :¿Dependencia absoluta/dependencia relativa o lucha de desamparos?
por Mónica Rodríguez

Ricardo Rodulfo nos recordará que no existe ninguna adquisición subjetiva, ningún aprendizaje existencial que pueda llevarse satisfactoriamente a cabo si no pasa por el jugar. Actividad primordial de la constitución subjetiva, jugar que no se enseña y que no se aprende. En este punto ayuda introducir la conceptualización de Winnicott de espacio potencial, sobre todo para poner el acento sobre la noción de superposición de zonas de juego que se da en ese tipo de espacialidad. Winnicott dirá “Espacio para el sentimiento de unidad entre dos personas que en realidad son dos y no una sola” .”Espacio que le posibilitaría la experiencia de ser, espacio común, la tierra de nadie, que es la tierra de cada hombre” . Espacio de las experiencias entre la madre y su bebé, espacio que favorece la integración del psique/soma, que para Winnicott, como sabemos, no es innata, sino que es un logro del desarrollo. Superposición de zonas de juegos mentales y corporales, tanto del bebé como de su mamá. Estado paradojal donde se asemejan y se diferencian. Espacio donde la intersubjetividad puede tener su lugar. Superposición no es fusión. Hablar de superposiciones implica hablar de distintos lugares que se combinan pareciendo por momentos uno solo.

La Descomposición del Silencio
por Ernesto Daniel Márquez

Al silencio se lo conoce por la ausencia de palabra, en este sentido se presenta como un todo. Decir por la ausencia de palabras; estas verifican el silencio, su presencia está pautada por la palabra, es más, revela su intensidad. Pero lo mudo, no tiene ningún sonido, ni voz; no hay ningún sonido, ni tampoco ningún sentido, es lo real, por su plenitud de espacio de no diferencia, de imposible diferencia; la que si podemos hallar en el silencio. (+)1 El silencio es parte del discurso, puede ser un significante, hace cadena, expresa las puntuaciones de todo discurso. La ausencia de puntuaciones, intervalos de silencio, es sinónimo de no respetar las normas del lenguaje, de no someterse a cierto orden de ley, que regula la expresión, y el significado de la lengua. Justamente el sujeto, sujetado a la palabra, a la estructura del lenguaje, se expresa en los términos que ella dispone, porque allí a operado la eficacia de dicha estructura, implicada en el juego de la presencia-ausencia.

Más allá de la neutralidad analítica: Retorno del más allá
por Stella Palma

El concepto de “neutralidad” del analista es originalmente freudiano, como tantos otros. Ha tenido numerosas lecturas en las distintas escuelas psicoanalíticas, siempre con consecuencias muy variadas para la clínica. Era en sus orígenes una forma inédita de lazo entre el paciente y su analista, la que proponía el psicoanálisis en los albores del siglo pasado. Técnica nueva, vínculo nuevo, regulaciones nuevas. Se suponía que el analista no debía ser amigo del paciente, o enemigo, sino que se esperaba de él cierta distancia, cierta neutralidad para poder trabajar y operar psicoanalíticamente. Aunque las historias que leemos de los casos de estos analistas de los albores dista bastante de esto. Seguramente el standard es una consecuencia, una forma que tuvo la IPA para regular un poco todo esto. Freud habló de la regla de abstinencia como fundamental para el trabajo analítico y podemos pensar la neutralidad analítica como una herramienta, entre otras, para poner en marcha esa abstinencia... Para Lacan el más allá de la neutralidad tiene varios nombres, tenemos el deseo del analista, el acto analítico y el semblante.

Reflexiones acerca de la adopción de una madre
por Violaine Fua Puppulo

No es una equivocación la del título: no se trata de la adopción de un niño/a sino de un segundo tiempo: el del análisis. ¿Adoptar a una madre? ¿cuál?, preguntas necesarias, casi diría imprescindibles en algún momento de la existencia de un paciente adoptado que atraviesa un análisis. Se trata de una paciente y un recorrido. Una historia contada de a muchos, de a pedazos. La construcción de un pasado tan precioso como el de cualquier paciente comprometido con su propia palabra en un punto de pura ausencia. Decía "precioso" porque se trata de una paciente que entrega, a la Palabra, la ofrenda de sus bienes: una madre adoptiva de 63 años, un padre adoptivo de 65, un relato de buenas noches sobre esa madre primera (sí, primera ¿por qué no?), dos fallecimientos previsibles, etc... todas cuentas de un collar de piedras preciosas que se va armando a condición de un respeto que, en la transferencia, marcará el único lugar posible para un analista: que sea aquella que, pudiendo tomarlo todo, no lo hace...

Acompañamiento y psicosis: Nuestra concepción de su clínica.
por Guillermo J. Altomano y Silvia M. Azpillaga

Pensamos el acompañamiento como integrado a un entramado de vínculos terapéuticos; como el hilo de una red que se sostiene y sostiene la relación con los otros.
Habitualmente es el terapeuta quien indica nuestra intervención.
En “Los orígenes de la transferencia” M. Klein señala que el paciente trata sus conflictos y angustias como lo hizo en su pasado, “... se aparta del analista en la misma forma en que intentó apartarse de sus objetos primitivos; trata de clivar su relación con él, conservándolo como figura, sea buena, sea mala; desvía algunos de los sentimientos y actitudes experimentadas hacia el analista, hacia otra gente de su vida, lo que forma parte de la exoactuación (acting out)”.Creemos que la indicación responde a esta situación, hay algo que desborda el marco terapéutico que es necesario rescatar para poder descifrar lo que ocurre en ese afuera. El acompañante psicoterapéutico (AP) puede transformarse en esa otra gente, pero con un signo diferente: el que le da el trabajo de la transferencia sobre esas proyecciones.

La Otra, virgen (El superyó en la histeria)
por Sergio Zabalza

Entendemos que cuando Lacan expresa que la identificación narcisística deja al sujeto a merced del superyó, se está refiriendo al narcisismo en el registro de lo real, allí donde el sujeto tiene comprometido su goce, ese donde falla el padre. La identificación imaginaria con el señor K. está al servicio de velar el término que subyuga y espanta a la paciente de Freud. Lo que arroja a Dora en manos de sus autoreproches es la beatitud sin medida de su identificación narcisística con la señora K. Estamos ubicando al superyó en la misma serie que la pulsión de muerte y el masoquismo primordial.

Acompañamiento psicoterapéutico: Un abordaje socializador
por Guillermo J. Altomano y Silvia M. Azpillaga

El acompañamiento psicoterapéutico es un modo de abordaje que apunta a la socialización del sujeto, trabajando el descentramiento del vínculo narcisista patológico (el narcisismo de muerte de A. Green), ligado a su enfermedad, en pos de reconstruir los vínculos con la realidad que, con la marca de la alteridad y el reconocimiento del otro diferenciado de sí, permiten la creación del propio sí mismo. (...) La peculiaridad de la función estriba en una presencia física, corpórea, en la vida cotidiana del paciente. La tarea sobre su conducta en el aquí y ahora de la situación concreta, agrega un aspecto vivencial que permite tramitar su conflictiva en el marco de la realidad socio-cultural que los envuelve a ambos. Promueve en el paciente el ensayo de conductas nuevas al lado de ese soporte-sostén que es el AP, que opera como garantía frente a la amenaza de una posible desorganización (desintegración). De ahí la noción de un yo en auxilio que, a partir de situarse como modelo identificatorio-sostén de otras alternativas posibles de contacto con la realidad, posibilita los cambios.

ACOMPAÑAMIENTO PSICOTERAPEUTICO: UN ABORDAJE SOCIALIZADOR
por Guillermo J. Altomano y Silvia M. Azpillaga

El acompañamiento psicoterapéutico es un modo de abordaje que apunta a la socialización del sujeto, trabajando el descentramiento del vínculo narcisista patológico (el narcisismo de muerte de A. Green), ligado a su enfermedad, en pos de reconstruir los vínculos con la realidad que, con la marca de la alteridad y el reconocimiento del otro diferenciado de sí, permiten la creación del propio sí mismo. (...) La peculiaridad de la función estriba en una presencia física, corpórea, en la vida cotidiana del paciente. La tarea sobre su conducta en el aquí y ahora de la situación concreta, agrega un aspecto vivencial que permite tramitar su conflictiva en el marco de la realidad socio-cultural que los envuelve a ambos. Promueve en el paciente el ensayo de conductas nuevas al lado de ese soporte-sostén que es el AP, que opera como garantía frente a la amenaza de una posible desorganización (desintegración). De ahí la noción de un yo en auxilio que, a partir de situarse como modelo identificatorio-sostén de otras alternativas posibles de contacto con la realidad, posibilita los cambios.



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