Literatura

Sección coordinada por Nicolás Cerruti
Una voz para los sin voz
por Patricia Yohai

En ese barrio de Buenos Aires, tierra de corralones, de gitanos aggiornados y de casas bajas con perros aulladores en las terrazas, en esa zona, en Juan B.Justo y Nazca, para ser más precisa, se encontraba aquel antiguo galpón hoy convertido en la parrilla Natalia. Casi todas las mesas vacías, con sus mantelitos de hule floreado, los vasos baratos puestos boca abajo, permanecían silenciosas, a la espera de clientes.

Más, una vez
por Mónica Pia

Ahora que,
síntoma mío,
vuelves a nacer en mí,
y yo a morir en ti,
mordisqueando el brillo
a la mirada
y a la risa roja
amputándole
los labios.

Abolengos
por Norma Gentili

De un ropero con luna
de entre las sedas negras del permanente luto
los olores
(aquellos rancios olores de las gentes
que Arlt abominaba en las señoras)
buscando los rincones de los cuartos murmuran santamente
cubren los atardeceres de rosario
cada cuenta resigna una memoria
cuando el crepúsculo se instala
en los claroscuros de la parra
como en transilvania
desde el campanario
los nombres de los muertos
declinan su santidad en nuestra espalda.

Una voz para los sin voz
por Patricia Yohai

En ese barrio de Buenos Aires, tierra de corralones, de gitanos aggiornados y de casas bajas con perros aulladores en las terrazas, en esa zona, en Juan B.Justo y Nazca, para ser más precisa, se encontraba aquel antiguo galpón hoy convertido en la parrilla Natalia. Casi todas las mesas vacías, con sus mantelitos de hule floreado, los vasos baratos puestos boca abajo, permanecían silenciosas, a la espera de clientes.

El orden natural de los planetas
por Norma Gentili

Cuando las naranjas azules de Bradbury habitan soles de acero
cuando un saxo desespera la búsqueda de la Maga para que
bebe Rocamadur deje de llorar,
cuando Alejandra es todas las muchachas que tuvimos veinte años
bajo la lluvia del parque Lezama
cuando el principito vuelve de su asteroide y es esencial regalar
una rosa,
cuando el adaggio de Albinoni llora entre
nosotros ese poco de vino,
cuando los tigres, los espejos y los cuchilleros son la eternidad
de Borges.

Del silencio
por Norma Gentili

Es después de un resplandor feroz
que llega el trueno
y el horror es en los ojos del lobo
desencadenado por la luna
(preludios de un concierto wagneriano
que atormentara una noche sin escalas)...

Las alucinaciones
por Luis Frontera

(Está lloviendo tanto en mi ventana que debe andar muy cerca la ternura. Los demás se marcharon apretándose contra la soledad de mi memoria y el inefable llanto de los huesos.

Ni siquiera distingo en esta tarde, si aquello es un gorrión, o una tristeza, bajo las dulces ramas del otoño.

Después de un golpe eléctrico en la frente siempre vengo a esta nube de las almas.)

Judíos caminantes
por Martha Aruguete de Pérez

Los judíos han sido y tal vez aún sean -esto ya no lo sé, puede que no resulte así en la actualidad- un pueblo de caminantes, no un pueblo de nómades sino uno constituido por personajes que encontraron motivos, reales o imaginarios -por persecuciones o por beneficios a descubrir-, para partir hacia diversos lugares, de los que también han partido en algún momento. Cuando hace tres mil años decidieron irse de Egipto con Moisés a la cabeza, tardaron cuarenta años en recorrer un desierto que es posible atravesarlo en diez horas, según contaba mi padre.

La concejala el concejal, la pianista, el pianisto? (o sobre el goce de la lengua)
por Sergio Zabalza

En la legislatura de la ciudad de Rosario se presentó un proyecto por el cual se reglamenta el uso del lenguaje en la administración pública con el fin de evitar el sexismo. Más allá de las buenas intenciones, la iniciativa adolece del mismo prejuicio que el orden jurídico y la ciencia social -a veces- se empeñan en sostener, a saber: que el lenguaje es para comunicar. Por el contrario, antes que nada, el lenguaje vehiculiza goce. Es más, existe como aparato que sostiene y tramita la pulsión de muerte que los cuerpos detentan.

La boina roja
por Laura Kuschner

Está parado junto al estrado, a unos poco metros, observando. El público aún se está acomodando. No le preocupa la cantidad de personas que asistan al Seminario, sino que entre éstas va a haber una cuya única presencia basta para que comience a sentir un malestar estomacal. La secretaria se acerca, le ofrece un vaso de agua que él rechaza pese a que siente un puñado de arena en toda la boca. Ella le acomoda apenas el nudo de la corbata y le entrega las hojas. Las toma. Ve cómo le tiemblan las manos. Le sudan. Las cuenta, cuatro, son cuatro. Vuelve a contarlas. Cuatro. Controla que estén en orden, la página dos luego de la uno y la tres luego de la dos y así. Y de atrás para adelante. Cuatro – tres – dos – uno.



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