Introducción al Psicoanálisis

Abrazar la muerte


10-09-2006 - Por Mónica V.  Prandi

El paradigma que rige cada época ordena no sólo su régimen sino también los efectos que se recogen en el sistema. En cada momento histórico existe un paradigma que sustenta la ficción simbólica de la época y precipita consecuencias.

Uno de dichos efectos es lo que los pensadores de fin del siglo XX ya anunciaban como la era de la muerte de los grandes relatos. También desde hace algunos años se pregonan la caída de los grandes ideales. Dicho de este modo -grandes relatos y grandes ideales- no deja de señalar que lo que se ha perdido verdaderamente es la consistencia que acostumbraba a tener la palabra y el ideal. Sin embargo, podemos identificar qué es lo que ha venido a sustituir dicha estabilidad.

El debilitamiento de los relatos y del ideal nos deja asistir a un momento de contracción que nos confronta con los fenómenos de atomización y segregación generalizada más espectaculares que la historia haya tenido.

Es en estas coordenadas que lo actual interroga a los psicoanalistas. En función de ello nos encontramos solicitados a diferenciar las formas en que el malestar en la cultura se presenta, el modo en que hoy se vive la pulsión, y a identificar los síntomas actuales. No obstante conviene recordar que  lo actual, no sólo nos remite a los fenómenos contemporáneos sino que ha tenido una precisión históricamente dada dentro del cuerpo de la doctrina psicoanalítica. 

Lo actual no es contemporáneo

Tempranamente Freud aisló lo actual. En sus primeros trabajos ya se ocupó de diferenciar las neurosis actuales ligándolas a lo contemporáneo de su época. No obstante, esa dimensión temporal que Freud le aplica nos sigue sirviendo para leer allí con la brecha de la equivocación.

Según observa Freud, las neurosis actuales no provienen de la represión, no son susceptibles de reducción y son refractarias a la labor analítica porque no funciona allí la sustitución. Además, agrega que la etiología de estas neurosis es sexual, pero no se trata de un conflicto sexual infantil y que, simplemente, no tiene correspondencia con la historia. No se trata de un modo de la angustia que se transforme en angustia de castración y, en consecuencia, que motorice la represión.

Estas tempranas apreciaciones ya nos dejan admitir que hay un sentido de lo actual, que no sólo se refiere al momento en que Freud estableció estas neurosis como modernas, propias de su época, sino que se trata de una referencia al fuera de tiempo. Lo actual, aislado por Freud, remite a un sin tiempo que no se entronca con los procesos de la represión, en el sentido de una vuelta de lo reprimido. Se trata más bien que a falta de dicha vuelta de lo reprimido, hallamos un empuje lineal del tiempo.

Esta variación en el proceso de la represión nos pone ya sobre la vía que impugna el deseo. Tal como Lacan lo indica en su escrito “La significación el Falo”, la represión originaria por no poder articularse en la demanda reaparece como un retoño, el deseo, y este es precisamente un efecto que queda realmente cuestionado en la subjetividad de nuestra época. Lo que se corresponde con lo actual nos deja reconocer las vicisitudes del acto, el acting out, el pasaje al acto y la inhibición. El pasaje al acto es una respuesta que conlleva el movimiento, pone en juego la descarga motriz. Es una manera especial de salir del contexto, de romper el continum allí donde no se dispone ni de la letra ni de la imagen para hacer un trabajo más eficaz.

Al decir de Guy Trobas, se trata del impacto en lo real de una decisión que es una acción de transformación de la realidad del sujeto mediante una acción corporal.[1] Estas situaciones siempre nos colocan ante la dificultad de establecer cuándo se trata genuinamente de un pasaje al acto. No cualquier hecho violento es un pasaje al acto, sino que dependerá, en el caso por caso, de lo que el sujeto pueda decir, o no, sobre lo que sucedió. El mismo fenómeno, de acuerdo cada sujeto y según su singular contexto, puede o no ser un pasaje al acto. Esta transformación de la realidad vía la acción corporal, no requiere del tiempo de comprender previo, es por eso que muchas veces quedamos impactados por las consecuencias a las que conduce.

Los recursos de los cuales hoy se valen los jóvenes para celebrar y divertirse muestran muy bien esta cuestión. Un hecho que ha conmovido a la opinión pública nos convoca a algunas reflexiones desde esta perspectiva. El último día de 2004, en la ciudad de Buenos Aires, murieron más de ciento noventa jóvenes en el incendio de una discoteca. Este hecho se registra como la mayor catástrofe por causas no naturales que ocurrieron en la Republica Argentina.

La búsqueda de aquellos que han sido culpables y responsables de esta tragedia, es una tarea que apremia y, sin duda, no se puede obviar. Sin embargo, situar la responsabilidad jurídica no agota todo lo que contribuyó en esta situación, especialmente si consideramos que asistimos a un momento donde hay un cortocircuito entre el sujeto y su acto, pero también entre la acción y sus consecuencias.

La así llamada Masacre de fin de año, no ha sido obra de la fatalidad, sino que ha servido para confirmar la necesidad de ajustar todos los controles y las previsiones que desde los organismos de administración de la ciudad, deben mostrarse mucho más operativos si es que de verdad se aspira a evitar los desenlaces trágicos. Pero también ha dejado a cielo abierto un interrogante acerca del modo de gozar de los jóvenes. Cuando se encendieron las bengalas al son del recital de rock, la masacre vino al lugar de lo que podría haber sido la fiesta. La tragedia había sido circunstancialmente inédita hasta ese momento, ya que el encendido de pirotecnia  era un repetida práctica cada vez que se asistía a escuchar a esa banda de música. Modo de diversión o festejo de la juventud posmoderna que pone claramente de relieve la dimensión del no pienso.

 

Es por eso que muchas veces después de los episodios impulsivos, si es que aun se conserva la vida, se constata que los sujetos que son agentes de este quiebre  no pueden decir mucho de ello. No hay culpa ni articulación de saber porque está elidida la dimensión subjetiva.

Otro hecho sobre el que también me interesaba dar una vuelta de reflexión es el asesinato llevado a cabo en Southwood Midle School de Miami, USA, el 3 de Febrero de 2004. Un joven, que había cumplido 14 años el día anterior, se reúne en el baño del colegio con su mejor amigo, le muestra un cuchillo y eso fue lo último que vio la víctima. Se trata de un caso con una cantidad de aspectos sumamente interesantes sobre los cuales se puede reflexionar acerca de la violencia en los adolescentes, muy especialmente porque se cuenta con un diario personal escrito por el joven criminal.[2] Sin embargo, en esta oportunidad, sólo me interesa extraer el detalle de que las evidencias encontradas, darían cuenta de que el crimen fue la celebración de cumpleaños que el joven preparó para si.

 

Celebrar la vida con la muerte podría ser el sintagma bajo el cual acoger lo que del mal parece extenderse en la subjetividad contemporánea. Es paradójico decir que registra una torsión en la estructuración subjetiva que, por no anudar bien la vida separando lo bueno, lo malo y lo neutro, se hace del mal el bien supremo. Desde estas coordenadas aproximaré algunas reflexiones que nos ayuden a definir qué de lo que la cultura ofrece hoy, alienta el despliegue de lo que es un elemento estructural.

 

 

Una lógica posible para la violencia

 

¿Cómo pensar esta generalización de la violencia en la cultura contemporánea? Creo que conviene comenzar por reconocer que el nominalismo de hoy pone a disposición la clasificación de “violento”, que suele recaer bastante livianamente sobre niños o jóvenes cuando producen cierto tipo de comportamientos. Un ejemplo de la fragilidad de este estigma son las derivaciones  de casos que se hacen a las agencias de salud de los Estados Unidos de América,  porque dan cuenta repetidamente de que no se trató más que de un gesto de enojo o bien que algún chiquito, a veces del kindergarden, se atrevió a expresar insistentemente su oposición o desagrado en alguna situación en el colegio.

 

Hubo el caso de un niño de 10 años que ha sido estigmatizado como violento porque además de pegarle a su hermano menor, una vez figuró un revolver con los dedos de su mano, gesto que al ser leído unívocamente, disparó la preocupación, de su familia y del sistema, por el devenir futuro de ese joven, hoy capaz de una conducta violenta, pero quizás mañana pudiendo formar parte de una escena criminal.[3] Este es un buen ejemplo que enseña, entre otras cosas, que cuando el signo no funciona como signo de un sujeto se atrapa en el código y sólo trabaja en correspondencia unívoca con su significado.

 

Los signos portados por este chico nunca se transformaron en significante, hasta que se produce el encuentro con un analista. Pero, lo que me resulta interesante observar, es a qué obedece en la cultura esta pereza, normalizada, para abrir al sentido.

 

Tal como Lacan lo postula en La Subversión el Sujeto, cuando no se hace del signo significante queda abolida la sofística de la significación. Su correlato es que se sabe lo que significa ese gesto del niño: revólver-violencia. Es hacer uso del signo lingüístico desde la lógica de la completud que postula, a esta altura de la teoría, una relación entre el signo y la cosa. Mientras que si se hiciera del signo significante es el sujeto quien produce el saber, y en consecuencia abre a otro efecto en la realidad de las cosas. La sofística de la significación tensa lo verdadero y lo falso y deja en claro que la verdad tiene estructura de ficción. Lacan, en el mismo escrito, insiste en la importancia que tiene la función de corte, la que solemos imaginar toma su forma mejor en el plano de la interpretación una vez ya comenzado el análisis. Sin embargo nos dice que en el análisis, para que “no sea vana nuestra caza, la de los analistas, necesitamos reducirlo todo a la función de corte en el discurso; el más fuerte es el que forma una barra entre el significante y el significado”, cuestión que, tal como el significante se usa en la época, puede muy necesariamente operar para abrir al trabajo analítico.

 

Hacer del código mensaje implica poner en juego el entredicho, la interdicción que habilita el vacío para que las significaciones puedan sustituirse. Operación metafórica que vivifica y rescata al sujeto de un  encierro mortífero. Una primera hipótesis nos conduce a considerar que la violencia emerge como efecto de cierto uso del significante en la cultura contemporánea. En el trabajo caso a caso bajo las coordenadas del discurso analítico, es muy frecuente que se desvanezca el estigma de “violento” en cuanto el sujeto toma a su cargo el decir. Dato clínico que verifica una vez más que el ser hablante se sostiene en el lazo social de acuerdo con una ubicación discursiva. La violencia que signa nuestra época es efecto de discurso. Lacan ya había anticipado que “nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez mayor de los procesos de segregación”.

A través del discurso imperante se delimitan los lugares simbólicos que ordenan la cultura de cada momento. Se necesita de los discursos para repartir los lugares. No hay violencia o segregación sin establecer rasgos diferenciales que hagan borde de separación para repartir lugares. El uso del significante que se opere en cada momento contribuye al armado de la ficción simbólica de una época, son los que ocupan el lugar de ideales y demarcan el espacio. En este marco, los efectos de violencia son efectos de discurso que responden a una lógica precisa. El para todo es la lógica que impera en la reproducción de los efectos de segregación y violencia.

Los significantes que dominan en cierto momento producen orden a partir de situar diferencias. Pero, en la estructura no todo es significante sino que en cada orden también se hace presente una diferencia de goce.

Si en la era de la globalización asistimos a un tratamiento del goce por la vía de su uniformizacion, el efecto de violencia es lo que de ello retorna dando cuenta de una intolerancia a la alteridad. El goce, como lo más particular de un sujeto, irrumpe violentamente en la escena del mundo poniendo en cuestión el universal masificante. En esta dirección, resulta interesante el señalamiento que hace Paul Virilio cuando dice que nuestra cultura responde a la industrialización del olvido. Sin duda los medios de distribución de goce, desde el siglo pasado, colaboran en la producción de los objetos y los bienes que contribuyen a olvidar el orden de la verdad.

 

Los avances de la ciencia y de la técnica nos dejan disponer de una cantidad de recursos que borran la dimensión vulnerable de la especie ordenando el sistema en función de una negación de la muerte, lo perecedero y el dolor. Los ideales que se imponen dan el semblante hedonista de nuestra civilización: la eterna juventud, la obstinada evitación del sufrimiento. Es con estos elementos que se promueve el rasgo de indiferencia, casi anestésico, que mantiene al sujeto alejado del saber sobre el dolor y la muerte. La inhibición que los niños y jóvenes presentan sobre el saber es su correlato sintomático, pero también se revela la indiferencia generalizada.

Desde la perspectiva del discurso analítico se puede interpretar que el discurso del amo actual regula la dimensión de la pérdida y el vacío salteando el duelo. La pérdida no se tramita y vuelve en el envés de lo que el amo impone. Lo real desanudado hace fallar la función de la inhibición y retorna, por la vía de la irrupción violenta y mortífera en la escena, en el pasaje al acto y el acting out. Es en este sentido que podemos retomar y darle su máximo relieve a la afirmación de E. Laurent : “Los hombre vacíos son también los mas crueles porque el vacío libera el lugar de la pulsion”.[4]

Nada Con-forma o las formas actuales de los síntomas

El empuje al consumo, la multiplicidad de ofertas que encontramos en el mercado son los recursos que, al ritmo de la inmediatez, anulan el tiempo y no permiten procesar ninguna pérdida. La muerte no marca, el vacío no causa sino que se es causado por los objetos. Es una dinámica que se construye manteniendo el espejismo de la satisfacción, en la que cada nuevo objeto está en función de garantizar una satisfacción que nunca es lograda, pero en su punto de falla se le oferta un nuevo gadget.

Nada con-forma es la consecuencia de desconocer lo imposible. Se puede leer allí una falla en la formalización que hace signo bajo las especies de la bulimia, las fobias, la adicciones tóxicas, la violencia. Síntomas actuales que maniobran con el vacío cuando la nada no está en juego. Cuando la pérdida es anulada por no reconocerse ya sino una función utilitarista, la función del ideal se articula al consumo y se amenaza la consistencia del deseo.

 

Lacan ya había observado que “Los sufrimientos de las neurosis y psicosis son para nosotros escuela de las pasiones del alma, del mismo modo que el fiel de la balanza psicoanalítica, cuando calculamos la inclinación de la amenaza sobre comunidades enteras, nos da el índice de amortización de las pasiones de las civitas.”

 

¿Cuales son las pasiones de la cívitas en la era de la globalización? Los ideales de nuestro tiempo hacen reinar a la pasión por la ignorancia y la indiferencia en un movimiento que desplaza a la pasión amorosa. Las relaciones entre los hombres nunca se presentaron apaciguadas. Es lo que Freud también sabía cuando afirmó que el odio precede al amor. Hace falta una operación sobre el estado primordial de los hombres para que el lazo social se establezca. Lacan precisó que en el punto de juntura de la naturaleza con la cultura el discurso analítico reconoce el nudo de servidumbre imaginaria que el amor debe siempre cortar de tajo.

 

El discurso de la ciencia y la ley del mercado instituyen nuevas modalidades de subjetivacion que afectan la lógica colectiva. Frente a la proliferación de fenómenos violentos queda interrogada la forma de anudar de esta época y cuál es el corte que no se produce. Desde el inicio de los tiempos la violencia y la crueldad han acompañado a los hombres, sin embargo hoy acudimos a una escena donde la barbarie se generaliza y en las nuevas generaciones es protagonizada cada vez a una edad más temprana. La violencia que siempre se ha mantenido en el corazón de los hombres, hoy se propaga y alcanza al niño haciéndolo víctima de abuso o ejecutor violento entre sus pares. ¿Cuál es el destino del sujeto en una cultura que ha debilitado los lazos de filiación, laborales, del amor y en el funcionamiento de la ley?

Pasiones de las Civitas

La escena del mundo se conforma hoy poniendo a disposición de los sujetos la producción masiva de bienes y servicios que trabajan para la “satisfacción”. El ideal de lo nuevo ha reemplazado a los ideales tradicionales que funcionaban con cierta eficacia ordenando el goce en la modernidad. La multiplicidad de objetos que se ofertan empuja al consumo voraz imponiendo el gadget  que promete la satisfacción en cada ocasión.

 

Cuando los objetos se cristalizan solamente para ser consumidos y no se marcan por el deseo, la significación fálica no se alcanza. Esto deja cuestionada la función paterna en el punto de inoperancia que no detiene el goce fálico para abrir a la significación. El goce fálico sustituye a la función fálica por lo que el falo se deprecia. En ese marco asistimos a la falsificación del objeto de goce, a la impostura del deseo. El mandato a gozar que vocifera el orden contemporáneo hace imperar la lógica de la completud. El falo no se significa sino que deviene objeto listo para ser consumido.

 

El Nombre del Padre introduce la marca para que el sujeto advierta la imposibilidad, es la operación de negativizacion del goce del Otro. Al decir de Laurent, en la cultura actual el niño es para ser consumido, y debe realizar las expectativas del Otro ya programadas para él, es una suficiencia anticipada que saltea la alineación y el buen uso del Nombre del Padre.

 

En la era donde el Edipo está en su ocaso se hace una tramitación insuficiente de la irrupción de lo real, también cuando la sexualidad irrumpe por segunda vez en la adolescencia. En ese momento advertimos que los jóvenes de hoy se enredan tanto en los nudos del amor como en el de la muerte. La cultura de los jóvenes realza un gusto por la estética de la muerte y la destrucción. Las canciones, las insignias en la moda, los hábitos de consumo, los llamados deportes extremos y las diversiones que practican, no dejan de exaltar la dimensión del mal y coquetear con la muerte. Esta hegemonía de la muerte brota en el síntoma social y en consonancia con los paradigmas de la cultura occidental, a partir de l992 se comienzan a registrar generalizadamente los fenómenos de violencia en las escuelas y muy destacadamente el llamado school-shooting. La masacre de Columbine Hight School, en Colorado, es el caso que inaugura la serie de sucesos de violencia en las escuelas.  Ocurrió en l999, y aunque el school-shooting se ha ido multiplicando a escala global a lo largo de estos años, Columbine es el que detenta el mayor número de victimas.

Entre las consecuencias que ha tenido, la tragedia fue llevada al cine por el director norteamericano Gus Van Sant, quien en el 2003 ganó el premio a la mejor película y al mejor director, en el Festival de Cannes.

La película Elephant incluye un agudo detalle que nos orienta un poco en este orden de la supremacía de la muerte. En una escena se muestra que al momento de ultimar detalles de los preparativos para la masacre en la escuela, uno de los asesinos le dice a quien ha elegido como partener para perpetrar la masacre, que él jamás ha besado. Dicho esto, ambos jóvenes se besan. Esta escena puede ponerse en serie con una anterior donde la madre de quien hace esta confesión, sirve una comida a los muchachos con un dejo de absoluta indiferencia donde el director subraya allí la falta de reflejo en la mirada del otro. Esa madre que no devuelve la mirada hace emerger en la escena el objeto listo para devorar. Cuando el sujeto no logra reconocer cómo hace falta al otro, falla la representación de su propia falta. El espejo del otro produce una imagen en un plano donde no está el objeto, punto de amarre del agalma que incluye la nada en la representación.

 

El amor es dar lo que no se tiene a quien no lo es y el brillo del objeto agalmático permite desconocer al yo que somos por la imagen que el otro nos devuelve en su mirada. Estos chicos que no alcanzan a hacer el nudo de la sexualidad y la muerte por la vía del amor sólo cuentan con la muerte. Cuando el inconsciente no se constituye, no se logra el buen nudo entre la sexualidad y muerte.

Este pequeño diálogo sobre lo que queda pendiente del amor es un divino detalle en una película que se vale de una estética impecable para enmarcar el horror de uno de los más impactantes school-shooting. Nuestros héroes de hoy alcanzan su destino trágico porque se yerra la vía del amor. Cuando el goce no se alcanza en la escala invertida de la ley del deseo, resta la tragedia.

Bibliografía:

Freud S, “Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia»” en O.C. Amorrortu Ed. Tomo III.

Lacan  J, “El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica” en Escritos 1

Lacan J, “La Subversión del sujeto y la dialectica del deseo en el inconsciente freudiano” en Escritos 2.

Lacan J, “Proposición” Ornicar 1. Octubre

Lacan J, Radiofonía y televisión, Ed.Anagrama

Lacan J, RSI, seminario inédito

Lacan J, Palabras sobre la histeria, seminario inédito

Miller J-A, Los Usos del Lapso, Ed.Paidos

Miller J-A, La Experiencia de lo real, Ed.Paidos

Miller J-A, El lugar y el lazo, seminario inédito

Miller J-A, El desencanto del psicoanálisis, seminario inédito

Laurent E, “Política de lo Unario”, Revista Dispar, Grama Ed.

Laurent E, El objeto de la pasión, Ed. Tres Haches

Virilio P, El arte del motor, Manantial, Bs.As.

 

Referencias

[1] Trobas Guy, Tres respuestas del sujeto frente a la angustia, Logos 1, Grama Ediciones.

[2] Trabajo que se ha realizado en el Florida Center for Research and Development in Psycoanalisys (Miami, USA), en el Seminario de Investigación “Violencia como nuevo síntoma de la infancia “.

[3] Caso clínico presentado en el Seminario de investigación “Violencia como nuevo síntoma de la infancia”, en el Florida Center For Research and Development in Psychoanalisys.

[4]Eric Laurent,  Politica de lo Unario, Dispar 4,Grama Ediciones,Bs.As.

 








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