Dado que la opción de la virginidad continúa haciéndose sentir, sería pertinente pesquisar qué hay tras esta propuesta de abstinencia. A partir de Michel Foucault y otros, señalaremos dos vías de interpretación para abordar el fenómeno. Veamos. La vida cotidiana está pautada por un sinfín de pequeños cortes que dan su tono al inicio del siglo. Así, apretar un mouse, el remoto del auto o el clac de la tapa del celular son los sonidos con que nuestra autosuficiencia calma su ansiedad. Luego, solemos decir “todo bien” para rubricar un feliz encuentro, catapultar un concluyente “fue” si los acontecimientos no acompañaron nuestros planes o espetarle un “no existís” a quien -según nuestra urgencia- ha pasado a ser un inútil. No en vano hay quien dice que la soberbia es el pecado VIP (Savater dixit) Lo cierto es que en uno y otro caso se trata de una sucesión de pequeñas satisfacciones tan rigurosamente cumplidas como la evanescente perfección que asoma al destapar una gaseosa: isshhh; una eficaz partitura que, al son de la informática, atraviesa nuestra subjetividad más allá de ideologías y pasiones. Cualquier sea el estatuto moral que se le otorgue, ésta es la cotidiana realidad que -por no compartida- nos arroja el saldo según el cual... algo no anda bien. En la clínica, no se necesita mucho escuchar para advertir la orfandad en que la solícita modalidad digital nos sume tras su ilusión de perfección y completud. Resulta paradójico advertir que el síntoma fue descrito por Freud hace más de cien años (1) y sin embargo tiene el moderno nombre que, por disimular el horror frente a lo imprevisto y diferente, marca el sino de nuestro tiempo: trastornos de ansiedad.
Ahora bien ¿qué tiene que ver la promoción de la virginidad con el obsesivo resguardo frente a lo imprevisto y la sistemática sofocación de lo contingente? Bastaría recordar aquellas pacientes de Freud para quienes la rotura de un jarrón o un florero constituía una amenaza a su virginidad (2) para ir haciendo camino en la respuesta, pero hay algo más. “Max Weber dejó planteada la pregunta: si uno quiere conducirse racionalmente y regular su acción de acuerdo con principios verdaderos ¿a qué parte de su yo debe uno renunciar? ¿Cuál el ascético precio de la razón? (...) Yo planteo la pregunta opuesta: ¿de qué forma han requerido algunas prohibiciones el precio de cierto conocimiento de sí mismo? ¿Qué es lo que uno debe ser capaz de saber sobre sí, para desear renunciar a algo?” (3) A partir de estas preguntas Michel Foucault distingue a las tecnologías del yo que permiten a los individuos efectuar una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría o inmortalidad de aquellas tecnologías de poder que, en torno a una “moral unificada, coherente, autoritaria e impuesta de la misma manera a todos” , consisten en una objetivación del sujeto.
La sospechosa vecindad con los centros de poder que alientan la abstinencia nos estaría indicando a cuál de las mencionadas vertientes correspondería este auge de la virginidad. Con todo, hay otra posible vía de interpretación para el fenómeno de la abstinencia. En efecto, si la misma subjetividad que hace un culto de la seguridad precisa de la satisfacción inmediata como pilar de su esquema individualista y autoerótico. ¿No sería este resguardo de la virginidad una manera de proteger al deseo del desenfreno consumista que caracteriza nuestra época? Por lo pronto -por no ser amor de lo bello sino de la generación en lo bello - el impulso erótico no abreva de objeto actualizado alguno sino de su constitutiva carencia. Por eso, si - tal como señala Bauman apoyándose en Levinas- “Eros `es una relación con la alteridad, con el misterio, es decir con el futuro...`” : ¿Qué chances tendría este “impulso creador” en una sociedad que hace un culto del consumo y la satisfacción inmediata? Habrá que ver entonces qué lugar ocupa la abstinencia en cada sujeto y sobre todo si tal decisión está al servicio de propiciar el encuentro con el Otro o simplemente disfrazar el ideal individualista con el nuevo envase que las artimañas del poder han establecido.
Referencias
1.- Sigmund Freud, (1895[1894]) Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de `neurosis de angustia´, en Obras Completas, A. E. tomo III. 2.- Sigmund Freud, Lecciones introductorias al psicoanálisis ( 1916-7[ 1917]) Lección XVII, El sentido de los síntomas, Trad. De López Ballesteros. 3.- Michel Foucault, Tecnologías del yo, Paidós. Universidad Autónoma de Barcelona.
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