Arte y Psicoanálisis

Bristol o paisajes sobre el drang

Más allá de la angustia (Angst) que adviene en el sinsentido de la desesperación que sobrevuela al enfrentarse con la falta, con la propia y con la del otro, prefiero a veces considerar la ausencia, como la causa misma de la creación y por lo tanto como un fenómeno liberador, activo, en el sentido que le adjudica Nietzsche a lo largo de su obra. Entonces, deconstruir la autobiografía, o bien el propio síntoma (la creación mayor del neurótico), se transforma potencialmente en el paso previo al hallazgo de un nuevo goce, fundado en una nueva historia, dentro de la cual pueda sentirse un poco menos sujeto, una poco más absuelto. Aquí reside, si se quiere, la verdadera subversión que cada cual debe realizar, si acaso es posible, con su Pasado.

10-01-2008 - Por Juan  Coulasso

 

“La historia de mi vida no existe. Eso no existe.
Sólo hay vastos paisajes donde se insinúa que algo hubo.
Pero no es cierto. No hubo nadie.”[1] 

Lo que sigue es especulación, fragmentos de un proceso creativo, notas de un paciente que asocia libremente sobre los bordes de su propia creación (¿fantasma?). Por tanto no pretende ser un escrito académico. No debería pretenderlo.

1. A lo real no le falta nada, porque lo real es lo que es ¿estamos de acuerdo, no? Es lo simbólico lo que introduce un agujero en lo real. Agujero que nada significa, o bien significa demasiado simultáneamente. “Demasiado a la vez es demasiado”, advierte Beckett en Residua. Cada sujeto, en su devenir, construye en su agujero, una historia. Hace de su yo, un cuento. Lo que a veces no logra advertir es que ese relato-retrato no es más que una pantalla estructurada por coordenadas que responden a leyes precisas. Por eso me atrevo a citar el dicho popular: “No sabía que era imposible, fue y lo hizo”.

¿Cómo se construye fantasma? El cachorro humano es respetuoso, aprende de sus padres, de los libros, de la televisión. Los universos simbólicos en los que se inserta responden a lineamientos definidos, que su vez responden a una geometría particularísima de la memoria. Cada historial subjetivo, como su fórmula lo indica, debe tener un inicio, un desarrollo y un final. Repito: inicio, desarrollo, final. El establecimiento de una cronología viene a darle estructura al Pasado, secuencia los hechos de forma tal que se vuelvan comprensibles. A vino antes de B, y en consecuencia C.  En palabras de Aristóteles: “...hablaremos a continuación sobre cuál debe ser la organización de los hechos, pues éste es el elemento primero y más importante de la tragedia. Ya hemos señalado que la tragedia es imitación de una acción completa y entera y (...) es entero lo que posee principio, medio y fin. Principio es aquello que por necesidad no viene después de otra cosa, sino que la otra cosa es o llega a ser después de él. Fin, por el contrario, es aquello que por naturaleza ocurre después de una cosa, por necesidad o la mayoría de las veces, pero él mismo no tiene nada después de él. Medio es aquello que viene después de una cosa y es seguido por otra cosa. Así pues, es preciso que las tramas bien organizadas ni comiencen ni finalicen al azar en cualquier punto, sino que se ajusten a las normas que acabo de mencionar”[2].

Este ordenamiento, entonces, viene también a cumplir una función: contener, proteger. Sin embargo, ¿no se trata acaso de una ilusión de sentido? Ayer al levantarme recibí un llamado telefónico de mi madre que me hizo recordar la vez que paseamos por una plaza (¿o un jardín era?), a su vez, mi padre me habló de nuestras vacaciones en San Luis, pero yo solo recordaba Mendoza. Por la tarde hablamos del tiempo, él del clima, yo de las horas. Se promueve un ordenamiento de la memoria, se intenta una suerte de clasificación, pero, maldita sea, ella nos trae todos los días algo distinto. Antes tenía sentido, ¡¿porqué ahora no?! “Bristol”, ante todo, bien podría ser un devenir de evocaciones. Una construcción inspirada en el retorno-retoños de lo reprimido. Paisajes que se fugan en los lapsus. “Sé perfectamente que todo esta ahí. Todo está ahí y nada ha ocurrido aún.”

2. “En eso se revelan iguales muerte y recuerdo: en que son, para cada hombre, únicos, y los hombres que creen tener, por haberlo vivido en la proximidad de la experiencia, un recuerdo común, no saben que tienen recuerdos diferentes y que están condenados a la soledad de esos recuerdos como a la de la propia muerte”[3].

3. Entonces, me atrevo a seguir especulando, suponiendo, y me animo a expresar que la narrativa clásica, en su intento por establecer una cronología, niega la falta. Sofoca lo dionisíaco con lo apolíneo. Pretende completar aquello que no es, ni puede ser. He aquí, en consecuencia, la primera premisa de nuestra creación: la firme convicción de que no se puede representar un agujero semejante (y disculpen si suena obsceno). Fue precisamente, esta cierta imprecisión, la vía regia para el desarrollo del proceso creativo - deconstructivo de Bristol, un territorio dramático donde no hay historia, o bien, “la historia no preexiste al acto de crearla” (J. Lacan, Función y campo de la palabra en psicoanálisis). O, por último, el vacío de la memoria que crea la historia de la memoria de ese vacío. Entonces: “Es, si se quiere, octubre, octubre o noviembre, del sesenta o del sesenta y uno, octubre tal vez, el catorce o el dieciséis, o el veintidós o el veintitrés tal vez, el veintitrés de octubre de mil novecientos sesenta y uno, pongamos.”[4] Si, pongamos. La experiencia, como se encarga de reiterar sucesivamente Saer, es inaprehensible. La memoria actúa sobre sí misma, en un doble juego, por un lado traduce la fugacidad del acontecimiento construyendo historia, por el otro resignifica esa historia, unas veces negándola, otras mitificándola, otras simplemente olvidándola. Sobre la ausencia estructural se inscribe la “pérdida”, como concepto (significante), supliendo precisamente ese rincón vacío que es intrínseco a la constitución del sujeto, sujeto a falta de objeto.

4. La segunda premisa de Bristol se articula con el concepto del drang (empuje, ímpetu), adoptado por el Dr. Freud para definir el factor motor de la pulsión o la suma de fuerzas que constituyen su esencia. Freud advierte que no es posible huirle al drang, dado que se trata de una fuerza constante que empuja desde el interior del organismo y es independiente de los estímulos exteriores. (S. Freud, Pulsiones y destinos de pulsión).

¿Qué significa esto? Para el psicoanálisis infinidad de cosas indudablemente, para nosotros sólo una: la evidencia de que hay algo en el ser humano que excede el plano de la significación (más allá de que eventualmente podamos significarlo), que forma parte de la experiencia y es el hecho de que este algo nos hace avanzar, aún desconociendo su motivo, su causa, su finalidad, su inscripción. Solo sé que hay drang, como sé que deseo, aunque no sepa por qué, ni para qué.

Bristol es, en consecuencia, lo más cercano a la experiencia de habitar la inevitable anacronía de la historia, y a su vez la suposición de que, con seguridad, los personajes continúan y continuarán viviendo, aún ignorando el mito que les dio origen.

Sujetos a-históricos. Páginas en blanco. 
Bristol se edifica, al igual que este artículo, sobre sí mismo. Cada ladrillo que se agrega es base del subsiguiente, de forma tal que ya no se puede reconocer cuál fue el primero, el segundo, el tercero... y así... así... así... (apagón)

5. Nos gustaría que todo esto fuera sencillo, ¿no? Nos gustaría meter la cabeza en una máquina, tragarnos una pastilla, confesarnos en televisión y curarnos antes de la próxima propaganda. Pero ni siquiera sabemos de qué estamos enfermos.

6. ¿Es la falta, acaso, lo que empuja? ¿Es esa necesidad de ligar ese resto de energía, en el sentido que le da Freud en “Mas allá del principio del placer”, lo que nos conduce a historizar? ¿Es posible, y digámoslo lisa y llanamente, vivir sin pasado? Los personajes de Bristol están perdidos en la trama, habitan el desierto del olvido, inundado por sustituciones. Cada personaje, es fantasma del otro, y del Otro, que bien podría ser el espectador. De la misma forma que Ulises transforma el alarido de los cerdos en palabra[5], cada espectador construye, a partir de sus fragmentos, la historia que desea escuchar.

7.  Más allá de la angustia (Angst) que adviene en el sinsentido de la desesperación que sobrevuela al enfrentarse con la falta, con la propia y con la del otro, prefiero a veces considerar la ausencia, como la causa misma de la creación y por lo tanto como un fenómeno liberador, activo, en el sentido que le adjudica Nietzsche a lo largo de su obra. Entonces, deconstruir la autobiografía, o bien el propio síntoma (la creación mayor del neurótico), se transforma potencialmente en el paso previo al hallazgo de un nuevo goce, fundado en una nueva historia, dentro de la cual pueda sentirse un poco menos sujeto, una poco más absuelto. Aquí reside, si se quiere, la verdadera subversión que cada cual debe realizar, si acaso es posible, con su Pasado. En las criaturas de Bristol, adviértase que no me refiero sólo a los personajes sino a sus creadores, lo que adviene en lugar de la ausencia primordial, es la desaparición del Padre. Ella viene a representar lo que falta, opera como punto de eterno retorno. La rebelión se torna inviable porque la sujeción es total. La fijación impide una fuga, por lo tanto la respuesta frente a la imposibilidad del parricidio, es la destrucción del otro vía transferencia, o bien, la del otro encarnado en uno mismo, o por último, la melancólica reconstrucción ideal de lo perdido, según como cada personaje singularice su compulsión. “Has querido matar al padre para ser padre tú mismo: ahora eres el padre, pero el padre muerto".[6]

8. La construcción del mundo reside en el lenguaje.
"¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones que se han olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible.”[7] 
La historia intelectual de la humanidad, es en efecto, la historia de la metáfora y de la ilusión.
El poder de transformación de esa interpretación primordial, es entonces, en palabras de Nietzsche, el motor de la Actividad.
Pareciera, por último, que una historización categórica sofocara el empuje, o bien que la imposibilidad de metaforizar cada vez de nuevo ahogara lo Activo.
¿Es acaso un retorno a esa contingencia del ser La Respuesta? Si todos los caminos conducen al orden simbólico, ¿es, finalmente, la admisión de una posible orfandad respecto del símbolo lo que no logra inscripción? Los significantes nos crean, están ahí, son los hitos de los hitos, ¿cómo evadirlos? ¿Quién fue, realmente, el que los creó? ¿Quién fue Él? ¡¿Quién es Él?!

9. El 9, en numerología, representa la Realización, ese “tan demorado pero siempre esperado algo por el cual vivimos” [8]

 

Agradezco a la Lic. Liliana Patri, a la Lic. Laura Kuschner  y a Pablo Roisentul por apoyar este proyecto.

 

Referencias

[1] Marguerite Duras, El amante, 1984.

[2] Aristóteles, La Poética.

[3] Juan José Saer, El entenado, 1982.

[4] Juan José Saer, Glosa, 1986.

[5] Jacques Lacan, Función creadora de la palabra, 1954.

[6] Roberto Espósito, Communitas, Buenos Aires, Amorrortu, 2003.

[7] Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral,  Madrid, Tecnos, 1990, p. 25.

[8] Tennesee Williams, El zoológico de cristal, Buenos aires, Losada, 1951.

 








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