“Dios ha muerto (…) ya nada está permitido” Jacques Lacan
Con pocas horas de diferencia, dos episodios aparentemente inconexos han demostrado la íntima relación que suele articular el sofisticado arsenal científico con la infame brutalidad que distingue todo acto racista. En este caso, nos interesa dejar planteadas las coordenadas por las cuales la brutal agresión del skin head en el subte español no hace más que actuar la xenófoba inspiración que animó los recientes dichos de James Watson, el Nobel que descubrió la estructura de doble hélice del ADN. Como nuestro país no está ajeno a esta clase de avatares examinaremos el tópico a través de dos significantes claves en nuestra historia: civilización y barbarie. Es curioso que mucho antes que los pensadores de la Escuela de Frankfurt describieran al nazismo como la consumación del “Siglo de las luces”, un revulsivo filósofo decimonónico ya presentía que la vicaria apropiación de su obra destinada a denunciar las atrocidades de la Razón terminaría justificando la concreción de atroces masacres. Por nuestra parte, no sabemos si Julio Argentino Roca (¡qué significante!) leyó a Nietszche, pero sí que su Campaña al Desierto consolidó la “Organización Nacional” a través del extermino de las razas aborígenes y el posterior saqueo a favor de los burócratas del régimen. (En consonancia con el destacado papel que Freud otorgaba a las fechas en el inconsciente, se hace oportuno recordar que la rendición de uno de los principales caciques araucanos ante las “rocas argentinas” ocurrió en la misma y triste efeméride que otra pretendida Organización Nacional se desatara en nuestro país, con el Re agregado de Proceso, claro está: efectivamente, el cacique Namuncurá se rindió un… 24 de marzo de 1884). Para continuar vale la pena citar a la socióloga María Pía López: “Lo que Martínez Estrada ve como ilusión es la idea de que se pueda constituir una Argentina a partir de una idea de civilización que se erige como lo contrario a la barbarie. Es la discusión que él le dirige a Sarmiento, diciendo que éste suponía que civilización y barbarie eran dos planos claramente distinguidos. El efecto de esa distinción, siendo fuertemente ilusoria, constituye una civilización que no es más que el ropaje falso o la fachada de una barbarie continuada por otras vías” (1) Precisamente, desde la perspectiva psicoanalítica, civilización y barbarie no constituyen más que distintas versiones del feroz padre de la horda, ese mito con el que Freud explicara la raíz de la conciencia moral a partir del asesinato del mono abominable y la consecuente culpa que precipitara el pacto inaugural de la civilización... y de la barbarie, porque -créase o no- la ley tiene sus oscuros resortes. En efecto, si tal como afirma Lacan: el padre muerto es el goce (2) , de la posición que ocupe un sujeto respecto a esta insignia dependerá su eventual división frente a esa prohibida satisfacción o su liso y llano alistamiento en el consabido cinismo que profesan los sin vergüenza. Al respecto, bueno es recordar que no solo el idiota de James Watson derrama prejuicios. Escaso tiempo atrás, Samuel Huntington -hijo dilecto de Harvard y prohombre de la más rancia nación blanca y sajona- lamentaba el creciente poderío de la comunidad hispana en los Estados Unidos afirmando: “algo mal debemos estar haciendo” (3) Pero a no alarmarse. Gracias al inestimable aporte de los avances científicos, hoy en día los estados cuentan con instrumentos tanto más sofisticados y precisos para dictaminar quien es más inteligente para trabajar, procrear, vivir, etc. Para eso está el ADN que, según parece, funciona tanto en el laboratorio como en los subtes de las principales capitales europeas. Si Lacan decía: “la noción del padre real es científicamente imposible: Sólo hay un único padre real, es el espermatozoide y, hasta nuevo orden, a nadie se le ocurrió nunca decir que era hijo de tal espermatozoide” (4), la nueva orden llegó. Por ejemplo, para evitar la incómoda compañía de argelinos y otros seres inferiores, el flamante presidente francés Sarkozy obtuvo en el parlamento la sanción de una ley que obliga a los inmigrantes a certificar -vía examen de ADN- la veracidad de los lazos simbólicos ya estampados en sus respectivos documentos. Por cierto, “no quiero pensar qué pasaría en nuestras familias si exigiéramos algo parecido”, dijo un diputado galo en un arresto de honestidad... y vergüenza. Resumiendo: los skin head son el espejo del cinismo, esa perversa condición que no alberga espacio para la culpa ni la vergüenza. Se trata de una dimensión de la maldad que poco tiene que ver con la banalidad que Hanna Arendt apuntaba para describir la complicidad de los burócratas en los genocidios. Antes bien, como dice Slavoj Zizek en Violencia en acto (Paidós), se trata del puro capricho del mal. Por eso, tan solo el deseo que anima el uso de las herramientas de la ciencia puede hacer de ellas instrumentos para la paz o excusas para los asesinatos en masa. Ahora que en nuestro país algunos apelan a viejos prejuicios de clase para sostener sus discursos y cosechar voluntades, bueno sería recordar que los treinta años de las Abuelas de Plaza de Mayo demuestran cómo el ADN puede usarse para algo mejor que excluir y discriminar.
Referencias
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