Introducción.
El presente trabajo es el resultado de una deuda que tengo desde los comienzos de mi práctica analítica. Empecé dedicándome a la investigación y elaboración de conceptos sobre la pubertad. Pero quienes me estimularon entonces a trabajar sobre el tema fueron no sólo los adolescentes, sino principalmente los pacientes de la llamada edad media de la vida. En sus relatos escuchaba la importancia del despertar puberal, segundo en la serie propuesta por Freud, reverberando en los síntomas que presentaban. En aquellos años, preocupada por el segundo despertar, no pensé que podría hallar un tercero.
La clínica con pacientes que atraviesan la llamada edad media de la vida me llevó a postular la idea del Tercer Despertar. Siguiendo a Freud, en sus Tres Ensayos sobre la sexualidad humana, leemos en el tercer despertar el eco retrospectivo del segundo -propio de la pubertad- y del primero, en los tiempos de la infancia.
El psicoanálisis, a diferencia de la psicología evolutiva, nos enseña que la estructura no está garantizada desde el origen, sino que se requieren ciertas condiciones para que esta se produzca.
Los “títulos en el bolsillo”, que inscriben las tres identificaciones en la primera vuelta edípica, se ponen a prueba en la pubertad, y en el mejor de los casos promueven el segundo despertar, contando con el recurso del fantasma como respuesta al Deseo del Otro. Condición que hace posible el encuentro con el partenaire. En el neurótico este encuentro no es sin inhibición, síntoma y angustia.
Es que se juega, a partir de la pubertad, la articulación freudiana “Sexualidad y Muerte”. Cuando se desanuda dicha articulación por ciertas contingencias de la vida, el encuentro con el partenaire adquiere ribetes bizarros, con efectos en la imagen del cuerpo, que no funciona como tal.
Ahora bien: para que un tercer despertar se produzca, es condición necesaria pero no suficiente, que haya habido segundo y primero.
En la llamada edad media de la vida, la muerte, más cercana en el horizonte, y las irrupciones de lo real del cuerpo, serán o bien propiciatorias, u obstaculizadoras, de un tercer despertar.
Manifestaciones clínicas
La renuncia a la sexualidad en esos tiempos de la vida narcotiza tanto a hombres como a mujeres; impedimento crucial para acceder al tercer despertar. La objeción que argumenta el varón recae sobre el órgano, que por temor a su desfallecimiento, no funciona como representante fálico de su goce. La mujer arruga porque su cuerpo ya no tiene el brillo fálico que oficia como polo de atracción al otro sexo. En ambos casos retorna el trastocamiento de la imagen del cuerpo que inaugura la pubertad.
En uno de sus primeros escritos “Aparición y etiología de la neurosis de angustia” [1] Freud hace referencia a la angustia que surge en el período climatérico de las mujeres y en la “edad crítica” de los hombres. Subraya que es la última gran elevación de la necesidad sexual. La connotación de “última” me llevó a pensar en el tercer despertar.
Dice Freud:
“Hay hombres que pasan como las mujeres por un período climatérico y contraen, en la época de declinación de su potencia y elevación de la libido, una neurosis de angustia. La angustia que surge en la edad crítica del hombre precisa distinta explicación. En este caso no hay disminución de la libido, pero en cambio tiene lugar, como en el período climatérico de la mujer, un incremento de la producción de la excitación somática tan considerable que la psique resulta relativamente insuficiente para dominarla”. Este párrafo nos remite al despertar de la pubertad cuando la irrupción de lo real del cuerpo trastoca tanto lo imaginario como lo simbólico, irrupción pulsional que desborda el orden fálico.
Encontramos en este mismo texto la siguiente afirmación: “En la época de la menopausia ha de intervenir también la repugnancia que la mujer ya envejecida siente contra el exagerado incremento de su libido”.
Freud homologa los fenómenos del ataque de angustia: palpitaciones, aceleración del ritmo respiratorio, sudores, congestión, a los que observamos en el coito. El pudor de las mujeres respecto de “los sofocos”, “los calores”, nos remite a “las calenturas” que Freud nombra como incremento de la libido. De hecho va a sostener esta idea hasta el final de su obra a propósito de los textos sobre la feminidad.
En el texto “La disposición a la neurosis obsesiva”, de 1913 [2], nos encontramos con la siguiente cita:
“Es sabido y ha dado ya mucho que lamentar a los hombres, que el carácter de las mujeres suele cambiar singularmente al sobrevenir la menopausia y poner un término a su función genital. Se hacen regañonas, impertinentes y obstinadas, mezquinas y avaras, mostrando por tanto típicos rasgos sádicos y eróticos anales, ajenos antes a su carácter”.
Para Freud se trata de una regresión a la vida sexual sádico anal, causa de la transformación del carácter.
Lacan, en su texto “La dirección de la cura y los principios de su poder” [3] nos relata el caso de un obsesivo, de edad madura y de espíritu desengañado, que se excusa en su menopausia por la impotencia que lo aqueja. Esto lo conduce a proponer a su amante que se acueste con otro hombre. Como ella está en concordancia con los deseos del paciente, le cuenta un sueño que tiene esa misma noche. “Ella tiene un falo, lo siente bajo su ropa y también tiene una vagina. Desea que ese falo se introduzca allí”. El relato de su sueño le permite a él recuperar su potencia fálica de forma inmediata. Lacan no atiende a la excusa de la menopausia del paciente e interpreta el rechazo de la castración que siempre es del Otro, de la madre en primer lugar. Por sus efectos, el sueño de la amante apunta a satisfacer el deseo de su partenaire, más allá de su demanda. Es por cómo opera el falo en el sueño que recupera el órgano que lo representa. Es que ella, además de soñar, le habla. Ella le muestra lo que no tiene. El mensaje de su sueño, dice Lacan, es que tener el falo no le impide desearlo. Vemos en estas citas que les traigo de Freud y de Lacan, que la respuesta obsesiva obtura la posibilidad de la recuperación del deseo por la vía del orden fálico, y que el argumento menopáusico justifica el estado de renuncia al deseo, manifestando los signos de la hipocondría.
Las manifestaciones hostiles que Freud observa en las mujeres en la época del climaterio, son efecto del estadio previo al complejo de Edipo, aquel donde la niña reprocha a la madre no haberla dotado del falo y retorna bajo la forma de los rasgos de carácter cuya posición reivindicatoria las muestra tan amargas. Desde otra perspectiva, es Lacan quien señala cómo en la mujer se reabre la herida de la privación fálica haciendo consistir la presencia del órgano del hombre. En el climaterio, la mujer supone que el varón no está afectado por el mismo, por el hecho de quedar intocada para él la reproducción. Como ella está privada de poder concebir un hijo, confunde el atributo masculino – que en este terreno no tiene límites- con el uso del mismo en el campo de la sexualidad. Malentendido habitual que expone la no relación sexual entre los seres parlantes.
La gran encrucijada por la que atraviesan tanto los hombres como las mujeres en este momento de la vida es que hay un incremento de la libido con la irrupción pulsional que conlleva, y no se cuenta con los recursos para responder a la misma. En este punto es que Freud homologa el climaterio con la pubertad.
Sexualidad y muerte
El olvido del nombre Signorelli [4] luego del análisis exhaustivo que Freud realiza, lo conduce a la magistral articulación entre la sexualidad y la muerte. Un hombre maduro, con signos de impotencia, que pertenece a la cultura de los turcos, es quien le dice al maestro: “Herr, cuando eso no es ya posible, pierde la vida todo su valor”. Freud señala cómo para los turcos la estimación sexual está por sobre todas las cosas. Aceptan la muerte con naturalidad mientras que se desesperan cuando la sexualidad no funciona. Sexualidad y muerte posee la fórmula de la implicación material. Esa que dice que no hay una sin la otra. Cuando se produce el desanudamiento de dicha fórmula el resultado es o bien el costado de la muerte, adormecimiento del deseo, o los ribetes de la perversión.
El tercer despertar será posible si muerte y sexualidad renuevan su anudamiento en el delicado tiempo de la llamada “edad crítica”. Crisis de la vida por estar la muerte más cerca en el horizonte de lo posible, afectando su sombra al campo del deseo. Freud nombra este momento de la vida “la edad peligrosa”. Preguntarnos por esta calificación nos lleva a pensar que en las mujeres se trata del fin de la concepción. La trascendencia a través de los hijos es un hito fundamental en relación a la condición mortal humana. Ahora bien, si la ecuación simbólica “niño igual falo” ha sido inscrita en la estructura, esta no se pierde por el fin de la concepción biológica. Sin embargo la proximidad de la muerte en el horizonte desestabiliza dicha ecuación, al menos en algunos casos. La sexualidad queda desplazada por la muerte, produciendo una sustitución tal, que la renuncia a la sexualidad supone la conservación de la vida.
Marie –Christine Laznik en su libro La menopausia. El deseo inconcebible [5] postula la siguiente hipótesis: “En la menopausia la mujer pierde la falicidad de lo materno y la de la imagen corporal erigida fálicamente”. Siguiendo a Hélene Deutch, sostiene que la renuncia a la sexualidad en las mujeres se debe a la peligrosidad del encuentro incestuoso que representa una mujer deseante en la edad madura. Nuestra lectura de dicha hipótesis es que si la falicidad materna inscribió la ecuación, esta no se pierde, y en lo que atañe a la imagen corporal, cuando se pierde es por un hecho de discurso, por ejemplo cuando se dice que con la edad el deseo sexual disminuye -arrastrando con ello la renuncia a la libido-.
Un caso contrario a este fenómeno de discurso es el de un señor que después de ser sorprendido por un grave infarto, cuyas consecuencias lo llevaban a temer la impotencia, reencuentra en cambio la erectilidad en un nuevo goce, que por una contingencia particular lo reubica de otro modo en el discurso que sostenía. Es que la “muerte súbita” como posibilidad, aceleró en él un despertar que lo sacó abruptamente de la pesadilla del aburrimiento. Muerte y sexualidad reanudaron un nuevo pacto con la vida.
Posibilidad del tercer despertar
El trastocamiento de la imagen del cuerpo tanto en las mujeres -puesta en el cuerpo como falo- como en los varones -puesto en el órgano como caída del mismo- demanda la creación de nuevos velos a los fines de la recuperación del valor del falo en su dimensión significante del deseo. El hombre cubriendo su órgano y la mujer la totalidad de su ser. Crisis del ocultamiento y el develamiento del falo como motor de la seducción, femenina por un lado, pero que atañe a los varones también. La renovación de la mascarada cumple toda su función si una mujer se ofrece al deseo del hombre como objeto fálico para que éste recupere su potencia renovando un despertar de la detumescencia tan temida en el fantasma masculino. Tal es el caso que nos relata Lacan de su paciente obsesivo menopáusico.
La mirada de una mujer pone erecto el valor fálico del hombre. Es lo que nos dice Lacan respecto de la mascarada. En el humano actúa a nivel simbólico. Sostener la mascarada permite la circulación de la falta: “dar lo que no se tiene a alguien que no lo es”.
Una mujer está atenta a la mirada del hombre. Desde la perspectiva de la pulsión, éste es el segundo tiempo de la misma. El asunto para ella es si se atreve a “hacerse mirar”, es decir, a hacerse objeto del deseo del Otro. Lo cual implica no haber renunciado a su condición deseante. Para una mujer, la mirada del hombre garantiza su identidad femenina. Cuando la imagen del cuerpo entra en crisis como ocurre en la menopausia, su búsqueda será la de esa mirada que le rearme la imagen, siempre y cuando no esté en posición de renuncia o de reivindicación frente al otro sexo. La importancia de la imagen del cuerpo está dada por la recuperación fálica que conlleva.
En los varones la pregunta por el funcionamiento del órgano (si tiene o no erección, la duración de la misma, la frecuencia, etc.) culmina en algunos casos en la hipocondría. Como si se tratara de una enfermedad que tiene remedio desde el discurso médico.
El tercer despertar será posible si se reinviste la imagen del cuerpo.
Sabemos que sin investidura libidinal de la imagen del cuerpo, no hay encuentro erótico con el otro. Si el otro no la inviste con su mirada, con su voz, en fin, con los objetos de la pulsión, la imagen se derrumba. En los análisis con pacientes de edad media, en el tercer despertar escuchamos el eco retrospectivo del segundo y del primero, siempre y cuando estos hayan tenido efectos propiciatorios
En lugar de este tercer despertar observamos a veces en cambio manifestaciones grotescas, como las del viejo verde o la mujer madura que se hace la pendeja, bizzarrías que nos recuerdan que “de lo sublime a lo ridículo hay un solo paso”.
En el otro extremo, en ocasiones nos encontramos con la renuncia libidinal a favor de la sublimación, sobre todo cuando las objeciones que llevan a esa renuncia están puestas en lo irremediable del envejecimiento corporal, hecho frecuente en las mujeres. En este caso resuenan los ecos retrospectivos de la latencia, pero puestos en el lugar del Ideal. Ideal que sostiene que antes de la pubertad, con su irrupción pulsional traumática, hubo una época donde estudiar, investigar, protegía al sujeto de la sexualidad y de la muerte.
Se impone recordar, a propósito de la imagen del cuerpo, la función del estadio del espejo en tanto originaria. La constitución del narcisismo que opera en la relación i(a)___ i’(a) inviste libidinalmente la imagen que se hace deseable para el otro, siempre y cuando sea reconocida como tal . La salida del espejo plano, hará posible el pasaje del Yo Ideal al Ideal del Yo, quedando bajo su protección la imagen del cuerpo. La segunda identificación que arroja la donación del rasgo unario estabiliza la función del espejo en relación a la imagen narcicista. No hay necesidad de asegurarla todo el tiempo. Los cortes que los cambios en lo real del cuerpo producen, amenazan el retorno del Yo Ideal en una relación de dependencia absoluta de la mirada del Otro. El cuerpo se afaniza y el retorno del soma se manifiesta como hipocondría. Cosa frecuente en los varones como señalamos anteriormente. En las mujeres se manifiesta por la caída de la mascarada.
¿Es posible una nueva pantalla que cobre todo su valor en relación a la mirada del otro? Sólo contando con una pantalla es que alguien puede “hacerse mirar”, alcanzando todo su valor la función del fantasma indispensable para el encuentro libidinal con el otro.
Si el objeto a no cuenta con la investidura libidinal, envoltura narcicista que hace deseable a un sujeto, aparece sólo en su faz de deshecho, y la salida es la melancolía.
El lugar del falo entre un hombre y una mujer lo encontramos en la parte inferior de las fórmulas de la sexuación desarrolladas por Lacan. La lógica no simétrica del lado hombre y del lado mujer, asegura la posibilidad del encuentro entre los sexos. El varón apunta al objeto a, causa de su deseo como recorte que encuentra en el cuerpo de ella el fetiche virtual que enciende su erección (el zapato de tacón alto, la media calada, por ejemplo). Para ello se sostiene de su falo que está de su lado en las fórmulas. Falo positivizado con su función eréctil. Lo cual debe ser corroborado en la mirada de ella. El exhibicionista nos enseña desde su posición este mecanismo del lado hombre. Ella, en tanto mujer, debe reconocer que el falo está en el campo de él y que de eso ella carece.
Esta lógica mínima del deseo se ve amenazada en el tercer despertar. El varón teme no funcionar con su órgano y la mujer con la imagen de su cuerpo. Si el espejo le indica su caída no podrá ofrecerse como objeto a en algún recorte de su cuerpo. Por lo tanto no puede dirigirse al varón reconociendo que el falo está en su campo.
La crisis de la mitad de la vida pone de manifiesto la lógica fálica en el campo del deseo. El modo es que se ubica cada uno respecto de la lógica fálica propiciará el tercer despertar o lo hará quedarse dormido para siempre.
El durmiente cree poner a salvaguarda su narcisismo. Bajo el peso del Yo Ideal del narcisismo especular, convierte a este en autoerótico sin poder hacer lazo con el otro. Es que la demanda al espejo no es pulsional, es narcicista. Mientras que el encuentro con el partenaire erótico requiere que sea pulsional. Cuando es narcicista, el peso del Yo Ideal aparece en su versión estragante del Super Yo. Recordamos a Freud al hablar de las manifestaciones hostiles en las mujeres en la “edad crítica”. Lo que manifiestan esos rasgos de amargura es que no cuentan con el objeto a como causa del deseo, sino como objeto a abyecto, caduco, deshecho. Del lado del varón, al quedar exacerbada su preocupación por el órgano, recrudece el narcisismo autoerótico, creyendo que lo que adormece es su pene, sin advertir su resistencia a despertar de ese peso.
Freud insiste en homologar la edad crítica con la pubertad. Hemos expuesto los puntos en común alrededor de la imagen del cuerpo como condición para el encuentro con el partenaire del otro sexo. De hecho es el cuerpo la objeción fundamental para evitar el encuentro. Más aún, pensamos que si no hay segundo despertar el tercero a veces se da como retardo del segundo.
Pero acentuamos una diferencia entre ambos tiempos de la vida. La muerte, más cercana en el horizonte de la vida, vuelve a poner en jaque toda la estructura deseante, en el mejor de los casos, con manifestaciones habituales que llamamos hipocondrías por el retorno del soma, cuando no se cuenta con la veladura del mismo que le hace cuerpo. Reaparecen las fallas de la tercera identificación que afecta el campo de lo imaginario.
Si aceptamos la emergencia de un tercer despertar, nuestra función como analistas tiene una especificidad : re-crear el juego, la sublimación y la mascarada que haga posible el encuentro sexual con el otro, reanudándose sexualidad y muerte. Va todo mi agradecimiento a aquellos pacientes en la llamada edad crítica que con sus amores otoñales, sus segundas primaveras, me enseñaron, me hicieron pensar clínicamente, en este concepto del tercer despertar.
Notas
[1] Freud S. “Aparición y etiología de la neurosis de angustia”. Ed. Biblioteca Nueva
[2] Freud S. "La predisposición a la neurosis obsesiva”. Ed Biblioteca Nueva
[3] Lacan J. La dirección de la cura y los principios de su poder. Escritos 1
[4] Freud S. Psicopatología de la vida cotidiana. Ed Biblioteca nueva
[5] Laznik M.C. La Menopausia. El deseo inconcebible. Ed. Nueva Visión
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