Colaboraciones

Metapsicología freudiana y clínica de la existencia

Freud recurre a la metapsicología para intentar dar cuenta a partir de un terreno conjetural, aunque no por eso ajeno a la rigurosidad, de los avatares y dinámicas de los procesos psíquicos que constituyen la subjetividad. En este sentido, repensar la metapsicología a partir de las consideraciones actuales de la clínica, puede implicar no sólo repensar la metapsicología delineada por Freud sino recrearla a partir del abordaje creativo del encuentro singular y fecundo entre los distintos discursos que entraman de manera siempre renovada la "aventura ontológica" del existente.

15-12-2008 - Por Martín Esteban Uranga

Freud recurre a la metapsicología para intentar dar cuenta a partir de un terreno conjetural aunque no por eso ajeno a la rigurosidad, de los avatares y dinámicas de los procesos psíquicos que constituyen la subjetividad. En este sentido, repensar la metapsicología a partir de las consideraciones actuales de la clínica, puede implicar no sólo repensar la metapsicología delineada por Freud sino recrearla a partir del abordaje creativo del encuentro singular y fecundo entre los distintos discursos que entraman de manera siempre renovada la “aventura ontológica” del existente (Levinas, 2000). Parto de la misma convicción esperanzada de Freud: de que la apertura a nuevos campos y terrenos que desbordan lo fenomenológico nos permita indagar desde nuevos lugares enunciativos la problemática de la subjetividad y de la existencia.
Tomaré como referencia privilegiada de mis reflexiones el libro de José Milmaniene Clínica del texto (2002). Este libro ofrece una excelente oportunidad para sumergirse en una exquisita intertextualidad  que entrelaza citas, aforismos y reflexiones de tres autores que viven, padecen y reconstruyen su existencia a partir de la apasionada afición por la palabra y la escritura: Kafka, Benjamin y Levinas. La literatura, la filosofía y la teoría existencial convergen junto con la aguda clínica de Milmaniene, en un universo nunca acabado y siempre abierto a una nueva convocatoria de la palabra.
Recrear la metapsicología. Adentrarnos en la estructura y dinámica de los procesos psíquicos, sin desconocer que el pivote que articula y a la vez descompleta la estructura está constituido por un existente que padece de una falta en ser producida y pasible de ser tramitada si y sólo si a través de la palabra. He ahí el descubrimiento freudiano. En Tótem y Tabú, en Moisés y la religión monoteísta, Freud busca articular las dinámicas psíquicas a hechos fundantes de la cultura, ni más ni menos. Entiende que sin el abordaje de las dimensiones más humanas, éticas y existenciales, las problemáticas neuróticas quedarían reducidas a problemas médicos. Tarea vital de Freud: tender siempre a elevar y contextualizar en terrenos enunciativos diversos  la problemática de una subjetividad, que ya desde los comienzos de su recorrido psicoanalítico entendió como emergente de distintas instancias conceptuales y discursivas. Médico neurólogo que salta al campo de la psicología, recrea una nominación extraída de la tragedia griega para erigir como núcleo conceptual de la neurosis el Edipo. El espesor mismo de su descubrimiento, que evidencia que el sufrimiento humano no es reducible a la biología ni a la psicología, lo impulsa al plano de la historia, la sociología, la antropología y la religión. ¿Debemos abandonar esta senda freudiana, coagulándonos en un saber psi que amenaza con entificar las categorías psicoanalíticas, despojándolas de su vitalidad brindada desde los comienzos por su apertura creativa a otros discursos?
Respecto a las situaciones que se presentan en la clínica actual, nos encontramos con patologías derivadas de una precariedad extrema en cuanto a las posibilidades de subjetivación de la castración. Las deficiencias simbólicas y desiderativas, producto del lugar desfalleciente del Nombre del Padre, ocasionan recaídas gozosas que satisfacen pulsiones autoeróticas que, de modo anárquico y con fuertes inflexiones tanáticas, emergen triunfantes de un combate en el cual el padre, que debería donar la palabra normativizante, ni siquiera ofrece batalla. No es el síntoma el que asoma como producto transaccional, sino goces innominados que padecen de un real no agujereado por el significante. El padre de la horda irrumpe. El padre de la ley no adviene. Nos dice Levinas a través del texto de Milmaniene: “La paternidad es la relación con un extraño que, sin dejar de ser ajeno, es yo…el hijo no es simplemente obra mía, como un poema o un objeto fabricado; tampoco es una propiedad. Ni las categorías del poder ni las del tener son capaces de indicar la relación con el hijo. A mi hijo no lo tengo sino que en cierto sentido lo soy…En el verbo existir se dan una trascendencia y una multiplicidad, una trascendencia de la que carecen incluso los análisis existencialistas más audaces…El retorno del yo sobre sí mismo que comienza con la hipóstasis no es, pues, irremediable, y si no lo es ello se debe a la perspectiva de porvenir abierta por el eros…Si se configura la libertad y se realiza el tiempo, ello no se debe a la categoría de causa, sino a la categoría de padre.” (Milmaniene, 2002: 94). Dice Milmaniene:
“Es el padre entonces el que debe propiciar la exogamia, en lo que ésta tiene de más esencial: permitir la fundación de la propia familia y la generación de una producción singular. También y por otro lado es el hijo el que ayuda a disolver la hipóstasis del padre, en tanto le ofrece la posibilidad de construirse como sujeto libre a través de un producto libidinal, que lo desajena de un narcisismo autosuficiente y estéril…¿Quizás el que no puede asumir la paternidad no tolera el límite que el hijo impone con su mera presencia, al que se le debe dar lo mejor de sí, en esa entrega que sólo se puede producir cuando uno ya sabe que habrá de morir y que la única chance de trascender se obtiene mediante la entrega a otro, que es lo más igual a la vez que lo más distinto a mí?” (op.cit: 94,95).
Revalorizar el lugar simbólico del padre constituye una apuesta ética irrenunciable para nosotros los analistas. Instalar desde el dispositivo analítico las coordenadas simbólicas de un lugar paterno, que depurado de sus inflexiones obscenas, represivas y tanáticas, vuelva a habilitar a partir de la donación amorosa de la palabra la posibilidad de la inscripción subjetiva en el mundo significante. La entrega no masoquista del don, posibilitada sólo a partir de la asunción de la propia finitud, constituye el núcleo in(ex)-timo de una existencia en tensión siempre contradictoria hacia la trascendencia. Aún en el caso de patologías con severos déficits en la inscripción de la ley, no podemos dejar de conjeturar un movimiento fallido hacia un Otro que permitiría de algún modo el reconocimiento necesario para existir. Una anoréxica que le profiere un ¡No! al alimento incestuoso propuesto por el Otro materno, un adicto en relación autoerótica con una sustancia que lo precave del lazo con un Otro que lo fagocitaría fusionalmente, ¿no dan cuenta de una resistencia del deseo que inevitablemente, aunque sea de manera potencial, impulsa infructuosamente a los sujetos en cuestión hacia un Otro al cual no pueden acceder por el naufragio en las aguas del goce? La tensión hacia la realización existencial late desde un ser en falta que más allá de los avatares pulsionales, no cesa de no escribir su carencia en una fallida búsqueda de un Otro que desde su hospitalaria y rigurosa escucha le posibilite la inscripción subjetiva que podría dar lugar al advenimiento de su desvanecida humanidad.
En el nudo que sitúan Levinas y Milmaniene entre existencia, paternidad y trascendencia, podemos empezar a advertir la agudeza de un pensamiento que nos permite concebir el lugar constituyente de la palabra paterna respecto a una existencia que busca trascenderse. Sólo a través de las marcas significantes donadas por un Otro amoroso y responsable, el existente es pasible de encaminarse hacia un desarrollo vital que le permita trascenderse a partir  de la renuncia de los excesos narcisistas y de la subjetivación creativa de la finitud. “Amar a la Torá más que a Dios” (op.cit: 69) nos enuncia Levinas en Clínica del texto. Dice Milmaniene:
“El amor al Padre tiene que ser reemplazado por su mensaje profético y la devoción a su nombre…El amor al Dios-Padre supone el riesgo de la idolatrización o fetichización del mismo…Por eso para Levinas Dios alcanza su máxima trascendencia cuando no se postula como encarnación sino como Ley, no como sustancia sensible sino como pura ausencia…” (op.cit: 70).
El amor a la Ley, al corpus significante que denuncia la muerte del padre, convoca al sujeto a inscribirse en el mundo de los símbolos. La devoción al nombre imposible de ser dicho, habilita la trama del decir para un sujeto que, éticamente ligado al mensaje profético, se constituye en el punto de imposibilidad de su deseo. En este sentido la devoción al nombre santo, el amor a la Ley, significan una ruptura respecto de la  fetichización del ídolo y la sumisión a sus caprichos propios de la cultura pagana que se recrea dramáticamente en nuestros tiempos. Del mismo modo la potencia de la profecía, en sentido contrario a la omnipotente y narcisista conjura mágica, es abierta e indeterminada. Verdadera pero incierta, la profecía precisa del acto subjetivo para realizarse. Constituye una invitación, una convocatoria a la creatividad a partir de la asunción desiderativa de los significantes primordiales. 
El mal de época que condiciona las nuevas formas psicopatológicas, nuestro malestar en la cultura, es de origen existencial. La relativización de todos los valores, el hedonismo como política de vida, el culto de las imágenes, la caída de las jerarquías, el ataque al principio de autoridad, constituyen la lógica transgresiva de nuestros tiempos. La posibilidad de seguir apostando por el “progreso en la espiritualidad”, ha sido trocada por la lujuria del goce. Al igual que Esaú en el relato bíblico, hemos cedido nuestro lugar ante el Nombre del Padre seducidos por la sensualidad de un plato de lentejas. Quizás hemos caído por el desengaño que nos produjo el hecho de que nuestras expectativas no hayan sido colmadas. Una convicción religiosa que ontologizaba y fetichizaba el lugar del Padre, generó la ilusión, luego reconvertida por la ciencia, de un porvenir hacia la felicidad, de un retorno al Edén. Nos esperanzamos patológicamente en un futuro donde la castración ya no existiría. Una vez más, como en el mito del Génesis, caímos por la soberbia de querer ser dioses. Ni la religión ni la ciencia nos lo posibilitaron. Y tal como sostenía Marx, quien decía que la historia acontecía una vez como tragedia para reproducirse luego como comedia, hemos caído en la cómica aunque desesperante situación de intentar recrear la divinidad anhelada, en figuras grotescas, narcisistas y desbordadas de goce. Ya no queremos llegar al paraíso después de la muerte, nos creemos dioses omnipotentes a partir de las drogas y el ritmo desenfrenado de “vida”. Ya no anhelamos que el progreso científico nos conduzca a una sociedad gobernada por la razón, nos embarcamos en “estudios científicos” que intenten decirnos cual es el gen que produce la depresión, el malestar, o la angustia, para que estas “indeseables molestias” no obstaculicen nuestro voraz ritmo postmoderno. 
Insisto. Es necesario no sólo repensar la metapsicología, sino recrearla. Esto significa nutrirla de los distintos entrelazamientos conceptuales y discursivos que nos guíen en la elaboración renovada del psicoanálisis como praxis científica del sujeto, para que la metapsicología sea efectivamente un más allá de la psicología. Seguramente un lugar especial merece la elaboración filosófica en este anhelado escenario polifónico de los discursos. Según mi entender, resulta imprescindible ubicar el sujeto del inconsciente en el contexto de una filosofía de la existencia. Es preciso explicitar aquello que de cualquier modo actúa. Porque no hay praxis humana que no se inscriba en alguna conceptualización del sujeto. Porque cualquier concepción acerca del sujeto no puede ser sino filosófica, en tanto sólo desde una suposición inicial de cuál es el estatuto de la existencia es que se puede fundar un saber. Porque no es posible accionar sobre otro ser sin una concepción filosófica de base. Si Freud decide escuchar el sufrimiento humano, es porque su apuesta ética implica como presupuesto la posibilidad cierta del alojamiento del padecimiento del ser a partir de un Otro que desde su disposición amorosa pueda fundar un lugar para su explicitación a partir del acto de hablar. La inscripción del sujeto en el Otro no es un descubrimiento científico, sino un presupuesto filosófico que habilitará desde la ética que lo constituye, la posibilidad del desarrollo de la ciencia analítica.
Pensar una filosofía para el psicoanálisis no puede sino colaborar a que nuestro método no pierda la brújula del concepto de existencia que lo funda. Porque una ciencia desprendida de su base filosófica puede, en el delirio megalómano sostenido por una fantasía de  auto engendramiento, conducir a los máximos extravíos. Porque un ética del deseo no pensada en el contexto de una ética del bien puede deslizarse a la realización de políticas de goce. Una filosofía existencial que nos ayude a pensar al sujeto en su anclaje de inscripción ética en relación al Otro resulta de crucial actualidad en el marco de un postmodernismo desubjetivante que desde su invocación al goce nos propone obscena y ferozmente el desconocimiento y avasallamiento de la alteridad que nos constituye como humanos.
Estar advertido del discurso de la época, tarea ineludible del analista tal cual decía Lacan, implica en nuestros tiempos saber leer los goces ocultos que asoman detrás de muchas de las propuestas de “libertad” que nuestras sociedades pregonan. Así como según palabras de Benjamin “la obra es la mascarilla funeraria de la concepción” (op.cit: 48), el narcisismo de nuestros tiempos no es otra cosa que la semblanza fetichizada y mortuoria de las pulsiones mortíferas que vorazmente una y otra vez impulsan el reinado de Tanatos que los dioses oscuros no dejan de reclamar. Podríamos decir: la obra destructiva del narcisismo expansivo de nuestros tiempos es la mascarada del poder aniquilante del ello anómico que pulsa más allá del principio del placer.
Para concluir: considero que recrear la metapsicología en términos intertextuales es una tarea que los analistas debemos asumir. Si pensamos al psicoanálisis como una praxis que tiende a inscribir asintomáticamente al sujeto en el orden simbólico que lo constituye,  no podemos abandonar el lugar enunciativo freudiano que una y otra vez nos impulsa a leer los trastornos psicopatológicos en el contexto de los temas fundantes de la existencia humana. Dice Kafka en el texto de Milmaniene: “A partir de determinado punto ya no hay regreso. Es preciso alcanzar este punto” (op.cit: 28). Freud lo alcanzó. No regresemos nosotros.      

 

BIBLIOGRAFÍA
- Milmaniene, José. Clínica del texto: Kafka, Benjamin, Levinas. Buenos Aires. Editorial Biblos. 2002.
-  Levinas, Emmanuel. De la existencia al existente. Madrid. Arena Libros. 2000.
- Sucasas, Alberto. Levinas: lectura de un palimpsesto. Buenos Aires. Ediciones Lilmod.  2006.
- Freud, Sigmund. Obras Completas. Madrid. Editorial Biblioteca Nueva. 1973.
- Lacan, Jaques. El Seminario de Jaques Lacan. Libro 7. La ética del psicoanálisis. 1959 - 1960. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1995.

 


 








» Instituto de Psicoanálisis Ángel Garma
  Se encuentra abierta la inscripción para médicos o psicólogos hasta el 15 de noviembre.
   
 
 
   
 
 
 Búsquedas relacionadas