El domingo 11 de noviembre del corriente año, la edición
dominical de el diario español El País, publicó una nota titulada
“Argentinos en crisis”. Diez argentinos opinaban sobre la crisis que “atenaza”
a nuestro país. Algunos buscando explicaciones otros, esperanzas. Fue una selección que abarcó diversos
ámbitos calificados como propiamente argentinos: el tango, el fútbol, la
literatura, el cine, la danza, la ciencia, la moda y, no podía faltar en este
listado, el psicoanálisis. Transcribo textualmente, la presentación de la nota:
“Argentina
pide ayuda, pero los que mandan en el mundo están ahora más pendientes de lo
que ocurre en Afganistán y en las consecuencias de la nueva guerra contra el
terrorismo. Malos tiempos para acordarse de los argentinos, a pesar de que
dentro del perímetro de Buenos Aires hay 13 villas en emergencia, donde sus
moradores viven por debajo del nivel de pobreza y con un índice de mortalidad
infantil del 40 por 1000, seis veces más que en los barrios de clase media.
Contrastes argentinos: la Villa 31 está a escasos metros del hotel Hyatt,
monumento a la ostentación y el lujo porteños. Cuesta descifrar por qué un país
que en los años treinta era una potencia regional está hoy al borde de la
quiebra. Se diría que conjuga todos los elementos para situarse en el pelotón
de cabeza: recursos naturales inagotables, tierras fértiles y una población con
un alto índice de educación para los patrones de América Latina. Pero, día tras
día, son muchos los que miran hasta el aeropuerto porque en su país no ven
ningún futuro”.
Así nos ven.
Esta nota pasó sin pena ni gloria por nuestro ámbito
periodístico.
¿Cuál fue el psicoanalista elegido por el diario español?
Germán García. También deseo transcribir su opinión:
“El
transfondo que yo veo es la idea de que la clase media ha buscado la
meritocracia, o sea, la creencia en el ascenso social a través de la educación,
la formación. Este sector social siempre vivió entre la ansiedad de ascender
socialmente y el temor a descender. Este sector social ha visto devaluadas
todas sus insignias, como la universidad y el conocimiento. Incluso el esquema
clásico en Argentina –el abuelo campesino, el padre obrero y el nieto
profesional- ya no se cumple más, y, si se cumple, no garantiza ninguna
inserción social. Entonces está la angustia de los padres, que dicen: bueno, no
puedo insertar a mis hijos a hacer esto. Pero también, paradójicamente, está la
diversión en el sentido de los hijos, que ven en eso el hecho de poder elegir
cualquier cosa que se les ocurra. El estado argentino es como un estado de
angustia colectiva basado en una especie de rumor. Que no haya salida para
muchos sectores de clase media no implica el decir: yo ya tengo video, cable o
dinero para pagar los gastos...Implica una modificación de la situación de
vida, es decir, el temor a perder la situación en la que viven”.
Así podemos responder.
Lo llamé a Germán García para felicitarlo.
Ahora, ¿cómo nos vemos en esta
situación de angustia colectiva?
El rumor al que parece referirse Germán García es el que
hace consistir el desaliento, la desazón, la confusión, el malestar, el
pesimismo del que nosotros también somos responsables. La debilidad de las
decisiones en el mundo de la política nos arrojan al terreno fértil de la
precisión de las ideas de los otros. Que son sus ideas y para sus
territorios. Argentina, a lo largo de su historia, fue por momentos, el “granero del mundo”,
la “New York” del Sur, y repitió frases tales como los niños “vienen” de París (¿y en París, de
dónde vendrán?). Son pensamientos breves pero contundentes. Vaciados de
contenido o mejor dicho, llenados por otros sin sentido. Las crisis ponen en
tela de juicio, la cultura por la que estamos atravesados. Cultura
imprescindible para fomentar un mínimo crecimiento. Basta el siguiente ejemplo,
que como tal, puede resultar arbitrario. Los post-adolescentes de hoy leen muy
poco y quienes enseñamos en los claustros universitarios, observamos una
pobreza generalizada del lenguaje. No se ejercita la memoria (no me refiero a
estudiar “de memoria”). No se enriquece el vocabulario. No se animan a la
asociación libre. Vivimos en una época donde el inconciente está debilitado.
El rumor provoca una resonancia de desesperación. Y en la
desesperación sólo hacemos consistir al Otro. Despejemos esto último.
La desesperación para Kierkegaard es una enfermedad del
Yo. El desesperado es un enfermo de muerte y su muerte, consiste en no poder
morirse. El suplicio del desesperado es enclavarse en su propio Yo, puesto que
es imposible desembarazarse de su Yo, quedando al descubierto que la salida, el
éxito, el triunfo, es un ensueño. Kierkegaard no habla del Otro sino del Poder.
Para el filósofo danés, la desesperación se trata de un fenómeno universal. Lo
raro no es que alguien esté desesperado; al revés, lo raro, -lo rarísimo,
afirma Kierkegaard- está en que podamos encontrar a uno que de verdad no lo
esté.
¿Cuáles son las salidas para el estado de la
desesperación?
Pensé en dos formas posibles que las articularé con los
propios fenómenos de la realidad y a las que denomino de la siguiente manera:
1.- El espejo de Erise.
2.- La serenidad.
1.- El espejo de Erise.
Harry Potter está destinado a convertirse en el héroe
admirado por los niños en las próximas generaciones futuras. No creo que sea el
furor del momento a pesar de Harold Bloom. Yo tuve otros protagonistas que la
literatura infantil me brindó y pasé progresivamente de Emilio Salgari, Jack
London, Julio Verne, Ágatha Cristie, Conan Doyle hasta alcanzar mi madurez
inicial con Borges y sus Ficciones. Claro, que también crecí con la
televisión y el cine y creo que fui un precursor del manga japonés
cuando me quedaba boquiabierto frente a la imagen de Astroboy.
Seguramente
Harry Potter será criticado por varias psicólogos en algún programa por cable,
de esos que la televisión en el horario vespertino y por la madrugada, abundan.
Por supuesto, que muchos confundirán la magia propuesta por la autora del libro
con algún delirio onírico del pobre Harry y las discusiones versarán entre la
neurosis y psicosis infantil. Un libro infantil tiene que ser mágico porque eso
provoca a las fantasías, al juego infantil, al deseo. También tiene sus
riesgos, porque puede hacer consistir lo imaginario.
En el
capítulo “El espejo de Erise” de Harry Potter y la piedra filosofal el
aprendiz de mago se enfrenta a un espejo que refleja el más profundo de los
deseos del sujeto, sin embargo, el espejo tiene una característica: no brinda a
quien se refleja conocimiento y verdad y lo que muestra podría ser un engaño. A
aquellos que no tienen pureza en sus corazones, los atrapa con artimañas que
ellos mismos generan y creen. Para
ellos son imágenes que suenan a verdad. Laberintos imaginarios.
¿Rowling
lacaniana?
2.- La
serenidad.
En una
época donde la falta de respeto es moneda corriente y la “justicia infinita”
sinónimo de guerra, es frecuente la pobreza de pensamiento. Heidegger lo afirmó
en Serenidad: “la falta de pensamiento es un huésped inquietante que
en el mundo de hoy entra y sale de todas partes”.
Las preguntas que también se formuló Heidegger son ¿qué
acontece en esta época? ¿qué es lo que la caracteriza?
Se toma noticia de las cosas por el camino más rápido y se
olvida en el mismo instante con la misma rapidez. Esta creciente falta de
pensamiento reside en una característica de este nuevo flamante siglo: la huida
ante el pensar.
La respuesta a esta actitud es la Serenidad (Gelassenheit)
con las cosas. No se trata de darle sentido, sino de operar un profundo viraje
en la relación del sujeto con su discurso. La serenidad no promete un mundo
nuevo y puede transformarse en la defensa de distintos hechizos que fascinan al
sujeto. Que lo deslumbran y al mismo tiempo lo enceguecen, de tal manera, que
su pensamiento se transforme en lo único
valido para alejarse de la consistencia de lo imaginario. Dimensión propia que
arroja del sujeto lo que tiene de más propio, su capacidad de reflexión.
Esta actitud permitiría suponer que existan nuevos
fundamentos mejor construidos.
Así habiendo partido de esa opinión que nos brindó Germán
García y que he transcripto precedentemente,
ubico al rumor con la fuerza del prejuicio, la intolerancia, propia de
sujetos que se reflejan a sí mismos en el espejo de Erise, sin poder encontrar
jamás sus deseos y que los puedan orientar en un proyecto que expresen
la manera de construir un lazo social, sabiendo hacer algo con lo que
cada uno tiene.
Y les puedo asegurar que eso no es poca cosa.
Finalmente remito a un término utilizado por Jacques-Alain
Miller en relación a la captura del sujeto por lo imaginario. Me resulta de
utilidad para hacer explícito mi punto de arribo: “las cárceles del goce”.
Lugares de encierro subjetivos en donde se sabe que lo simbólico es semblante,
subrayando la pertenencia de lo simbólico a lo imaginario.
Lo simbólico es por parte, o es imaginario. El momento de
la serenidad, aquel que les mencioné,
aparece como freno del rumor
dispersante, destructivo y difamatorio. En nuestra psicopatología de la vida
cotidiana nos enfrentamos a enemigos poderosos (más temibles que los que el
pobre Potter combate); demonios que Freud descubrió y que Lacan convocó en un campo fantasmático. Sus
“apariciones” son reales, su lógica es imaginaria y su remedio es simbólico.
Quizás el Psicoanálisis tenga algo de alquímico, pero no
duden que la cura es siempre por la palabra. Fundamento capaz de vaciar al goce
y hacer enfrentar al sujeto al brillo de su deseo.
Por otro lado, hoy por estos pagos, tan opaco.