Columnas

Entre el espejo y la serenidad

"...Nos enfrentamos a enemigos poderosos; demonios que Freud descubrió y que Lacan convocó en un campo fantasmático. Sus "apariciones" son reales, su lógica es imaginaria y su remedio es simbólico..."

29-11-2001 - Por Carlos Gustavo Motta

Entre el espejo y la serenidad

 

El domingo 11 de noviembre del corriente año, la edición dominical de el diario español El País, publicó una nota titulada “Argentinos en crisis”. Diez argentinos opinaban sobre la crisis que “atenaza” a nuestro país. Algunos buscando explicaciones otros, esperanzas.  Fue una selección que abarcó diversos ámbitos calificados como propiamente argentinos: el tango, el fútbol, la literatura, el cine, la danza, la ciencia, la moda y, no podía faltar en este listado, el psicoanálisis. Transcribo textualmente, la presentación de la nota:

 

“Argentina pide ayuda, pero los que mandan en el mundo están ahora más pendientes de lo que ocurre en Afganistán y en las consecuencias de la nueva guerra contra el terrorismo. Malos tiempos para acordarse de los argentinos, a pesar de que dentro del perímetro de Buenos Aires hay 13 villas en emergencia, donde sus moradores viven por debajo del nivel de pobreza y con un índice de mortalidad infantil del 40 por 1000, seis veces más que en los barrios de clase media. Contrastes argentinos: la Villa 31 está a escasos metros del hotel Hyatt, monumento a la ostentación y el lujo porteños. Cuesta descifrar por qué un país que en los años treinta era una potencia regional está hoy al borde de la quiebra. Se diría que conjuga todos los elementos para situarse en el pelotón de cabeza: recursos naturales inagotables, tierras fértiles y una población con un alto índice de educación para los patrones de América Latina. Pero, día tras día, son muchos los que miran hasta el aeropuerto porque en su país no ven ningún futuro”.

 

Así nos ven.

Esta nota pasó sin pena ni gloria por nuestro ámbito periodístico.

¿Cuál fue el psicoanalista elegido por el diario español? Germán García. También deseo transcribir su opinión:

 

“El transfondo que yo veo es la idea de que la clase media ha buscado la meritocracia, o sea, la creencia en el ascenso social a través de la educación, la formación. Este sector social siempre vivió entre la ansiedad de ascender socialmente y el temor a descender. Este sector social ha visto devaluadas todas sus insignias, como la universidad y el conocimiento. Incluso el esquema clásico en Argentina –el abuelo campesino, el padre obrero y el nieto profesional- ya no se cumple más, y, si se cumple, no garantiza ninguna inserción social. Entonces está la angustia de los padres, que dicen: bueno, no puedo insertar a mis hijos a hacer esto. Pero también, paradójicamente, está la diversión en el sentido de los hijos, que ven en eso el hecho de poder elegir cualquier cosa que se les ocurra. El estado argentino es como un estado de angustia colectiva basado en una especie de rumor. Que no haya salida para muchos sectores de clase media no implica el decir: yo ya tengo video, cable o dinero para pagar los gastos...Implica una modificación de la situación de vida, es decir, el temor a perder la situación en la que viven”.

 

Así podemos responder.  Lo llamé a Germán García para felicitarlo.

Ahora, ¿cómo nos vemos en esta situación de angustia colectiva?

El rumor al que parece referirse Germán García es el que hace consistir el desaliento, la desazón, la confusión, el malestar, el pesimismo del que nosotros también somos responsables. La debilidad de las decisiones en el mundo de la política nos arrojan al terreno fértil de la precisión de las ideas de los otros. Que son sus ideas y para sus territorios. Argentina, a lo largo de su historia, fue  por momentos,  el “granero del mundo”,  la “New York” del Sur, y repitió frases tales como  los niños “vienen” de París (¿y en París, de dónde vendrán?). Son pensamientos breves pero contundentes. Vaciados de contenido o mejor dicho, llenados por otros sin sentido. Las crisis ponen en tela de juicio, la cultura por la que estamos atravesados. Cultura imprescindible para fomentar un mínimo crecimiento. Basta el siguiente ejemplo, que como tal, puede resultar arbitrario. Los post-adolescentes de hoy leen muy poco y quienes enseñamos en los claustros universitarios, observamos una pobreza generalizada del lenguaje. No se ejercita la memoria (no me refiero a estudiar “de memoria”). No se enriquece el vocabulario. No se animan a la asociación libre. Vivimos en una época donde el inconciente está debilitado.

El rumor provoca una resonancia de desesperación. Y en la desesperación sólo hacemos consistir al Otro. Despejemos esto último.

La desesperación para Kierkegaard es una enfermedad del Yo. El desesperado es un enfermo de muerte y su muerte, consiste en no poder morirse. El suplicio del desesperado es enclavarse en su propio Yo, puesto que es imposible desembarazarse de su Yo, quedando al descubierto que la salida, el éxito, el triunfo, es un ensueño. Kierkegaard no habla del Otro sino del Poder. Para el filósofo danés, la desesperación se trata de un fenómeno universal. Lo raro no es que alguien esté desesperado; al revés, lo raro, -lo rarísimo, afirma Kierkegaard- está en que podamos encontrar a uno que de verdad no lo esté.

¿Cuáles son las salidas para el estado de la desesperación?

Pensé en dos formas posibles que las articularé con los propios fenómenos de la realidad y a las que denomino de la siguiente manera:

1.- El espejo de Erise.

2.- La serenidad.

 

1.- El espejo de Erise.

Harry Potter está destinado a convertirse en el héroe admirado por los niños en las próximas generaciones futuras. No creo que sea el furor del momento a pesar de Harold Bloom. Yo tuve otros protagonistas que la literatura infantil me brindó y pasé progresivamente de Emilio Salgari, Jack London, Julio Verne, Ágatha Cristie, Conan Doyle hasta alcanzar mi madurez inicial con Borges y sus Ficciones. Claro, que también crecí con la televisión y el cine y creo que fui un precursor del manga japonés cuando me quedaba boquiabierto frente a la imagen de Astroboy.

Seguramente Harry Potter será criticado por varias psicólogos en algún programa por cable, de esos que la televisión en el horario vespertino y por la madrugada, abundan. Por supuesto, que muchos confundirán la magia propuesta por la autora del libro con algún delirio onírico del pobre Harry y las discusiones versarán entre la neurosis y psicosis infantil. Un libro infantil tiene que ser mágico porque eso provoca a las fantasías, al juego infantil, al deseo. También tiene sus riesgos, porque puede hacer consistir lo imaginario.

En el capítulo “El espejo de Erise” de Harry Potter y la piedra filosofal el aprendiz de mago se enfrenta a un espejo que refleja el más profundo de los deseos del sujeto, sin embargo, el espejo tiene una característica: no brinda a quien se refleja conocimiento y verdad y lo que muestra podría ser un engaño. A aquellos que no tienen pureza en sus corazones, los atrapa con artimañas que ellos mismos generan y  creen. Para ellos son imágenes que suenan a verdad. Laberintos imaginarios.

¿Rowling lacaniana?

 

2.- La serenidad.

En una época donde la falta de respeto es moneda corriente y la “justicia infinita” sinónimo de guerra, es frecuente la pobreza de pensamiento. Heidegger lo afirmó en Serenidad: “la falta de pensamiento es un huésped inquietante que en el mundo de hoy entra y sale de todas partes”.

Las preguntas que también se formuló Heidegger son ¿qué acontece en esta época? ¿qué es lo que la caracteriza? 

Se toma noticia de las cosas por el camino más rápido y se olvida en el mismo instante con la misma rapidez. Esta creciente falta de pensamiento reside en una característica de este nuevo flamante siglo: la huida ante el pensar.

La respuesta a esta actitud es la Serenidad (Gelassenheit) con las cosas. No se trata de darle sentido, sino de operar un profundo viraje en la relación del sujeto con su discurso. La serenidad no promete un mundo nuevo y puede transformarse en la defensa de distintos hechizos que fascinan al sujeto. Que lo deslumbran y al mismo tiempo lo enceguecen, de tal manera, que su  pensamiento se transforme en lo único valido para alejarse de la consistencia de lo imaginario. Dimensión propia que arroja del sujeto lo que tiene de más propio, su capacidad de reflexión.

Esta actitud permitiría suponer que existan nuevos fundamentos mejor construidos.

 

Así habiendo partido de esa opinión que nos brindó Germán García y que he transcripto precedentemente,  ubico al rumor con la fuerza del prejuicio, la intolerancia, propia de sujetos que se reflejan a sí mismos en el espejo de Erise, sin poder encontrar jamás sus deseos y que los puedan orientar en un proyecto que  expresen  la manera de construir un lazo social, sabiendo hacer algo con lo que cada uno tiene.

Y les puedo asegurar que eso no es poca cosa.

 

Finalmente remito a un término utilizado por Jacques-Alain Miller en relación a la captura del sujeto por lo imaginario. Me resulta de utilidad para hacer explícito mi punto de arribo: “las cárceles del goce”. Lugares de encierro subjetivos en donde se sabe que lo simbólico es semblante, subrayando la pertenencia de lo simbólico a lo imaginario.

Lo simbólico es por parte, o es imaginario. El momento de la serenidad, aquel que les mencioné,  aparece como freno  del rumor dispersante, destructivo y difamatorio. En nuestra psicopatología de la vida cotidiana nos enfrentamos a enemigos poderosos (más temibles que los que el pobre Potter combate); demonios que Freud descubrió y que Lacan  convocó en un campo fantasmático. Sus “apariciones” son reales, su lógica es imaginaria y su remedio es simbólico.

Quizás el Psicoanálisis tenga algo de alquímico, pero no duden que la cura es siempre por la palabra. Fundamento capaz de vaciar al goce y hacer enfrentar al sujeto al brillo de su deseo.

Por otro lado, hoy por estos pagos, tan opaco.

 

 








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