La cura
psicoanalítica, en términos sencillos y generales, sería aquella experiencia
que posibilita a un sujeto encontrar el modo en que su satisfacción pueda
realizarse con la de los otros en una actividad compartida. Ubico en el centro
de esta reflexión las cuestiones de
satisfacción y alteridad.
No se trata por
supuesto de proponer algún ideal de satisfacción en común. Ni mucho menos un
ideal de felicidad compartida. Al decir la de cada uno con la de los otros
estamos haciendo referencia a que no tienen que ser la misma. Lo que sí queda
claro es que la práctica analítica incide en el orden de la satisfacción. Se
propone abrir caminos que restituyan en el sujeto en análisis su capacidad de
amar, trabajar y crear. Es decir aquello que hace que la vida valga la pena ser
vivida. Esta es la cuestión fundamental.
Albert Camus decía
que no hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que
la vida vale o no la pena ser vivida equivale a responder a la cuestión
fundamental. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si las categorías
del espíritu son nueve o doce viene después.
Pero hay una
problemática aún previa a la formulación de esta cuestión: me refiero a si ésta
puede efectivamente ser enunciada y si hay orejas para escucharla. Creo que es
por ahí donde deberíamos buscar el malestar propio de nuestra época. En cierto
acallamiento y cierto desoír. Cierto desfallecer del síntoma y contrariamente y
no tan paradojalmente como se pudiera creer, un incremento de la enfermedad. No
tenemos que confundir al síntoma con la enfermedad.
Los síntomas en el
sentido analítico del término, ponen en juego una palabra anudada, una verdad
subjetiva que quiere hacerse oír. Son enunciaciones fallidas que buscan su
restitución en el discurso.
El psicoanálisis
vino a prestar oídos a esa forma cifrada en que el deseo reprimido busca darse
a conocer. El síntoma entonces interpela al sujeto y viene a introducir en la
monotonía de la repetición de lo mismo, en la monotonía de la insatisfacción
alienada a una demanda, una interrogación teñida de asombro, que promueve un
nuevo movimiento hacia el otro.
Estamos en un
tiempo marcado más por la enfermedad que por el síntoma. Un tiempo, signado por
esa enfermedad que para estar a tono con la época quiere también ser única y
globalizada. Enfermedad que voy a llamar: de la desesperación no lúcida, del
desaliento malhumorado. Enfermedad muda que tiene su cara agónica en los
episodios de desintegración yoica, de despersonalización y de angustias
catastróficas que podemos observar cada vez más en nuestra clínica. Lo que nos
está indicando un señoreo de la pulsión de muerte, una intensificación de su
acción muda, que sin constituir ninguna escena histérica, se manifiesta en el
incremento del goce masoquista, de las lesiones corporales y de los montajes tóxicos.
El superyo prohibe
el deseo y ordena el goce. Gozar masoquísticamente, también en correspondencia
con esto proscribe el asombro. Dos mandamientos emparentados que aplastan toda
singularidad deseante. Perder la capacidad de sorprenderse es quedar inerme
frente a la emergencia de lo distinto, ante el surgimiento de lo nuevo.
Perder la
capacidad de disfrutar del asombro es alejarse largamente de la vivencia
placentera que en la infancia, si esta no fue estragada por desamparo o por la
perversión de un Otro, experimenta el niño en su juego con las cosas. Uno
escucha decir que un niño se sorprende y se asombra porque de las cosas no
posee aún un saber suficiente. Nada más equivocado. Alguien dejó de
sorprenderse porque dejó de percibir lo diferente en lo semejante. Si ese
individuo mira dos hojas de árbol y ve
lo mismo, es porque el concepto de hoja subsume la percepción de ambas en una
misma.
Picasso decía en
un reportaje que a él le gustaría recuperar la mirada de un niño de dos años.
Recuperar esa mirada para poder pintar lo que ese niño ve. Esto es recuperar la
capacidad de asombro. Dar lugar a la sorpresa es permitir que el mundo no se
vuelva algo totalmente predecible, aburrido, uniformemente idéntico.
Imaginemos a
alguien para quien las palabras sean tan previsibles y desprovistas de
alteridad que no digan otra cosa de la
que dicen. Alguien que no pueda ver en esa hoja otra cosa que una hoja. No
estamos hablando de alguien que este en el campo de la llamada enfermedad
mental. Más aún, adaptado a las exigencias de la realidad podría muy bien
entrar en lo que la O.M.S. define como salud mental, porque la llamada salud
mental se puede parecer a veces a esto, a la vida en un mundo gris e
insatisfactorio, demasiado real y sin lugar alguno para la mirada del niño de
dos años de Picasso.
Si la práctica del
psicoanálisis produce algo nuevo es porque es capaz de abrir allí una brecha.
Da cabida al acto fallido, al sueño, al lapsus, al síntoma. Introduce una
dimensión contraria a la del mandato superyoico. Constituye una apuesta al decir más allá de
lo ya dicho. En este sentido el psicoanálisis reintroduce la dimensión lúdica
de la palabra. Constituye así un nuevo lazo social que recupera algo tan
antiguo como el jugar infantil.
El jugar infantil
necesita de otros, de al menos un otro, aunque el niño juegue solo. De otro que
haga eco al “dale que” que inaugura todo jugar. Cuando se dice “dale que la
silla es un auto” se necesita de otro que soporte esta novedad: que la silla no
es solo silla sino que puede también ser un auto. Esto me parece que es lo
primero a destacar en relación al jugar: esta apuesta al otro, que convalide el
“dale que”. Confianza en un otro que no venga a estropear el juego diciendo “la
silla sirve para sentarse a la mesa”.
Los analistas
reconocemos que es esa primera confianza
lo que puede iniciar un análisis y poner a jugar la palabra, aceptando
la dimensión metamorfoseadora del lenguaje. Ahí donde un sueño se cuenta hay un
“dale que” que es aceptado. Todo análisis parte de este acuerdo inicial entre
analista y paciente que introduce esa premisa lúdica en el espacio de una cura.
Por eso me gusta definir la posición del analista como estando determinada por
lo que Winnicott llamó saber jugar. No se trata de saber el juego, ni siquiera se trata tanto de saber las reglas, sino de no arruinar el juego con
un saber que quite espontaneidad y creatividad al jugar mismo. Hay veces que
una interpretación muy lúcida, que no muestre los límites de la comprensión del
analista, viene a arruinar el juego. Brilla como objeto fetiche pero no se
puede hacer uso de ella.
La otra dimensión
del jugar, tal como la práctica del análisis introduce en la cura, se refiere a que éste se sitúa
fundamentalmente más allá del principio del placer. Quiero señalar una
dimensión que va más allá de volver placentero lo displacentero. No es que esto
quede por fuera del juego, pero no es lo que viene a subrayar Freud como el
rasgo principal del jugar del niño. El jugar infantil tiende a tramitar aquello
que insiste atemporalmente, ficcionalizándolo, armando una historia,
construyendo una escena. Y esto lo va consiguiendo mediante una característica
particular del jugar que es la repetición.
Cuando digo que el
análisis recupera el jugar infantil para una nueva práctica social llamada la
sesión analítica, estoy situando a esta en una vertiente que no es, a pesar de
lo que se ha difundido, una práctica de la rememoración. Ilusión racionalista
de saber sobre el pasado para curarse del presente. Sino que por el contrario
es fundamentalmente una práctica que se sostiene en la repetición.
Repetición de
aquello que no puede recordarse pero que insiste angustiosamente. Aquello que
la clínica analítica nos enseña a reconocer como fantasmas de aniquilación y
devoración, de fragmentación y desamparo ante el Otro. Denominaciones que
refieren a la relación primaria del sujeto con el superyo.
En un juego un
niño pequeño grita: “Ahí viene el lobo”, grita y corre con los otros, y se
puede percibir en esa risa , en esos gritos que profiere una suerte de placer
en el límite, en el borde del terror y la angustia, y sin embargo está jugando.
Muy distinto sería que el lobo aparezca como pesadilla en su sueño o como
lesión en su cuerpo, materializaciones de su fantasma de devoración. Ya no juega
es juguete del goce del Otro. El niño que juega sabe hacer con su angustia.
Cada analista
deberá inventar la forma de introducir en el dispositivo de una cura ese jugar
creativo que al mismo tiempo que detiene la compulsión repetitiva posibilita el
que un acontecimiento verdadero pueda dar lugar a transformaciones
estructurales que modifican las relaciones del sujeto con el goce.
A esa forma en que
cada analista introduce el jugar voy a llamarla el don del analista.
Marcel Mauss,
quien fue maestro de Levi Strauss, en su famoso texto “Ensayo sobre el don”
resultado de sus investigaciones entre los indios del noroeste americano y los
aborígenes de las islas Trobiand en el Pacífico, nos informa que el intercambio
no comienza como parece creerse mediante el trueque, sino mediante la práctica
ceremonial del don. La ceremonia del don obliga a los participantes que reciben
los regalos, en un plazo de tiempo a realizar otra fiesta en la que se
retribuirá ampliamente lo recibido. El don no pone en juego tanto el valor del
objeto sino su circulación. El don pone en circulación dones antes que cosas.
Es un acto que propicia la circulación de otros dones.
Un informante de
estas “tribus primitivas” decía:
“Solo puede
demostrarse que se posee fortuna, que se la posee y no que se es poseído por
ella, distribuyéndola, poniéndola a la sombra del nombre”. Pienso que será por
eso que cuando alguien es capaz de prodigar el don pasa a ser llamado Don
fulano de tal.
El analista en un análisis no da, por supuesto, ningún
objeto satisfaciente, ni tampoco debe
necesariamente dar una palabra inteligente sobre algún asunto. Debe sí poder
generar las condiciones para que el don circule.
Si la intervención
del analista es feliz, promueve la producción de algo en más, de un plus, de
un nuevo recorrido asociativo. Dando lugar a la emergencia de lo nuevo, de lo
inédito en la historia de un sujeto. Apuntan también sus intervenciones a
situar al sujeto más allá de la dependencia de un objeto satisfaciente o de la
identificación con el mismo. El don del analista está en esa dimensión que
Lacan introduce referida al amor que no es narcisista: dar lo que no se tiene a
alguien que no lo es.
Un niño puede
aprender en su primer juego, juego de presencia y ausencia, a curarse del daño
imaginario producido por un objeto real, si su madre le dio junto con el pecho
el don de crearlo. Acto iniciático que hace a la instauración del “dale que”.
El trabajo
analítico en esa misma dirección cambia una demanda insatisfecha por un trabajo
psíquico que posibilita separar al yo
del destino del objeto satisfaciente perdido. Así como en el juego, una
silla no sirve para jugar mientras solo sirva para sentarse, así la ilusión narcisista
de que algún buen pie calzará justo en la huella deberá dejar paso a cierta desadecuación
productiva que viene a liberarnos de la
dependencia nostálgica con el objeto satisfaciente.
Para que esta
caída de la ilusión no devenga en desaliento malhumorado de lo que ya fue, de
lo que faltó sin remedio, se necesita que la experiencia de lo perdido pueda
conjugarse con la capacidad del don. Esto deviene en la constitución de un espacio entre lo que a uno
le es dado y lo que crea. Un espacio potencial que no es ni totalmente interior
ni exterior, que permite una organización del afuera y del adentro que no esta
sometida a la lógica de la separación-fusión. Un espacio que hemos llamado de
frontera, no sujeto a la demanda del Otro en los dos sentidos que toma el
genitivo, ni al control mágico omnipotente del yo. Es éste el espacio que el análisis
contribuye a constituir
Sandor Ferenczi
decía refiriéndose al trabajo del analista:
“Nosotros no
podemos ofrecerle al paciente todo lo que le hubiera correspondido en su
infancia, pero el solo hecho de que se le pudiera ayudar, da ánimo para una vida
nueva, en la que quedó cerrado el capítulo de lo que perdió sin posibilidades
de retorno y se da el primer paso que permite contentarse con lo que la vida
ofrece, a pesar de todo, no siendo necesario ya rechazarlo todo en bloque”.
El psicoanálisis
apuesta a un nuevo comienzo. Momentos de pasaje en los que la compulsión
repetitiva se desanuda permitiendo alojar a lo nuevo.
Estos pasajes se
dan en el espacio lúdico transferencial. Sostenido por el amor de transferencia
que si bien verdadero, tiene un rasgo diferencial: plantea desde un inicio su
conclusión. Es decir no solo no se asienta en una promesa de amor eterno sino
que le presenta al paciente y al analista su necesidad de liquidación. Trabajo
psíquico que debemos incluir en la serie de los otros grandes trabajos humanos,
me refiero al del sueño y al trabajo del duelo. Que le plantean al psiquismo
una exigencia de elaboración y que logrados son fuente de lo nuevo como
articulación entre el deseo y la vida.
En el recorrido de
un análisis el analista tendrá que jugar en el sentido dramático del término,
en el transcurso de esa aventura transferencial, las veces de madre suficientemente buena en tanto se trate
de elaborar experiencias de omnipotencia fallida, de padre interdictor en tanto
la madre suficientemente buena lo fue en exceso y testigo fraterno que permita
alojar el “dale que” en un espacio de creación resguardado de los ataques
superyoicos. Tendrá que jugar estos entre otros semblantes.
Y finalmente sin
olvidarse ni llorarse, así como un objeto transicional en desuso, dejará su
sitio al trabajo del análisis con el que ya cuenta el sujeto, y que le ha
abierto las puertas de la alteridad. Esto es, volviendo al comienzo, encontrar
la manera en que su satisfacción se realice con la de los otros.
Conferencia del cierre de las Jornadas
del 2000
Pensar lo nuevo: invención y experiencia
analítica
Biblioteca del Congreso de la Nación
Lic. Luis Vicente
Miguelez
Director
científico de las jornadas
Psicoanalista
Supervisor del
equipo de niños del Htal. Argerich
Coordinador de la
red de psicoanálisis Reuniones de la Biblioteca
Director de
Rayuela Institución psicoanalítica de atención integral en salud mental
Autor del libro ¿Qué
cura en psicoanálisis? La clínica de nuestro tiempo. Letra Viva 1996
Numerosas
publicaciones en diversos medios nacionales y extranjeros.