Entonces, en nuestra primer entrega,
habíamos dejado las cosas en que Freud adjudicaba el obstáculo terapéutico a la
obsesión de repetición. Concluíamos con las siguientes reflexiones: De modo que
en un determinado momento de la cura, los pacientes pueden interrumpir
el tratamiento, ya que tratan a la cura
misma como a un peligro. Este fenómeno será llamado “Reacción Terapéutica
Negativa”, puntualizándolo como el más poderoso obstáculo de un tratamiento: se lo explica como derivando de un factor
moral, de un sentimiento de culpa que halla su satisfacción en la enfermedad.
Veamos qué dice alrededor de este
tema J-B Pontalis en diversos lugares de su obra:
Nos comenta que en “Análisis
Terminable e Interminable” podemos encontrar una confesión de derrota, aunque
de hecho Freud no carece de medios para domesticar esa fuerza:
1)
Freud reconoce de entrada la
satisfacción libidinal que se puede encontrar en el síntoma y en la fantasía
subyacente, a través del beneficio secundario y primario. Podríamos decir que
sólo bajo la condición de este presupuesto –que es, justamente, que en la queja
manifiesta del paciente se puede escuchar y localizar su goce secreto- es
posible realizar el análisis. En este sentido, la dificultad que encontraría la
psicoterapia sería que el sujeto se
refugia en la enfermedad, por un lado,
por el placer que vehiculizan sus síntomas –transacción de las mociones
pulsionales con las exigencias superyoicas-, pero también, porque al no poder
superar las molestias que tales síntomas no dejan también de ocasionarle, teje
una serie de beneficios posibles en torno de su malestar que lo ancla en una
posición que resiste toda posibilidad de cambio. El síntoma queda así,
entonces, atado desde dos extremos que será necesario contemplar y trabajar en
los tratamientos. Freud descubre, así, la solidaridad de estos dos polos en
toda sintomatología. La consideración del beneficio secundario aporta al analista un cierto valor de pronóstico para
determinar la pertinencia y eficacia de un tratamiento según su combinatoria en
la posición subjetiva del consultante. Sin embargo, sería lícito preguntar:
¿dónde termina el condicionamiento sintomático producto del beneficio primario
y donde empiezan las ataduras que impone el beneficio secundario?
Freud advierte que el beneficio primario interviene como determinante en un
primer momento –como se dijo más arriba-, en términos de transacción. Desde el
punto de vista “económico” el beneficio primario supone una disminución de la
tensión para el aparato psíquico-, el beneficio secundario, a diferencia del
anterior, se presenta a posteriori, como un modo de “adaptación” a los
perjuicios que imponen los síntomas ya establecidos. Pero, esta “adaptación”
¿no seguiría, también ella, la lógica que determina la neurosis del sujeto en cuestión?
2)
Freud desconfía de la “fuga hacia la
salud”, tanto mas sospechosa que su simétrica “huida en la enfermedad”. Ni
siquiera el deseo de curación del paciente puede dejar de ser interrogado y
analizado como un síntoma. Se trata de esas repentinas “curaciones” que
intentan poner temprano fin al tratamiento. En todo caso, se verifica un
repentino estado de salud que parece ser una suerte de formación reactiva al
temor del consultante a establecer algún tipo de dependencia afectiva –por
mínima que fuera- con el terapeuta. Éste no puede diluirse –desde su presencia
efectiva- a la progresiva
metaforización como la que iría imponiendo la relación transferencial si
pudiera desplegarse. Como sea, los resortes de una tal “huida hacia la salud”
pueden ser diversos, no escapando –a menudo- de la casuística el hecho de que
el enfermo sustrae del campo clínico la “disputa” de un “objeto” que pretende
atesorar como a un bien: su sufrimiento. Y, digamos por otra parte, que el
paciente puede sentirse “forzado” a sustraer su sufrimiento por el acoso de su
analista a quitarle su enfermedad en beneficio de un ideal de salud.
3)
Posteriormente, con la teorización de
la segunda tópica, Freud ofrece una definición relativamente precisa de la
Reacción Terapéutica Negativa. De hecho ve en ella una expresión desviada de
dominio ejercido por el Superyo: “este
sentimiento de culpabilidad permanece mudo para el enfermo. No le dice que sea
culpable, y de este modo el sujeto no se siente culpable sino enfermo”
He aquí, entonces, que aliviar la enfermedad confrontaría al sujeto con el
sentimiento de culpabilidad. Freud está así en las vías de un nuevo desarrollo.
4)
La perspectiva económica adoptada
para aclarar la paradoja del masoquismo –la del placer encontrado en el dolor-,
permite dar un paso más: el masoquismo busca mantener a todo precio, y a veces
el precio es muy elevado, una cierta cantidad de sufrimiento. Puede encontrar
en la situación analítica aquello que le garantice esta posibilidad,
convirtiéndose en el lugar de elección de una queja constante o de una causa
perdida de antemano.
5)
Por
último, al invocar una “necesidad de castigo” no sólo se designa la otra
cara del sentimiento de culpabilidad sino también una realidad inscripta en el
registro pulsional. Freud ha inscripto en el corazón de lo humano una fuerza,
un principio de anti-vida: la pulsión de muerte y también de lo desconocido, de
aquello que no se deja escuchar, ni aferrar, ni capturar “es una fuerza que se defiende con todos los medios posibles contra la curación (...) Una parte de esa
fuerza ha sido reconocida por nosotros como el sentimiento de culpa y la
necesidad de castigo y la hemos localizado en la relación del Yo con el
Superyo. Pero ésta es sólo la porción que se halla de algún modo ligada
psíquicamente al Superyó, haciéndose así reconocible; otras porciones de esta
misma fuerza, ligadas o libres, pueden actuar en otros lugares no
especificados”
Otros lugares para la lectura de la
RTN: en 1910, en “El hombre de las
ratas” ya es posible encontrar la expresión “reacción negativa” y en “Sobre
Psicoterapia”(1905), da una de sus primeras definiciones de resistencia, con la
cual se aferran los enfermos a su enfermedad y se rebelan contra la curación.
¿Por qué entonces parece confesarse
vencido frente a esa fuerza irreductible, un núcleo impenetrable que no sólo
escapa a la interpretación sino que traba los análisis?
¿Qué nos propuso –se pregunta, y
seguimos en este texto a Pontalis- “Más allá del Principio del Placer?”
Que si en verdad existe un programa biológico,
este programa no asegura la producción de lo nuevo, sino sobretodo la
repetición de lo mismo, la Tyché, siempre orientada por la mortal atracción de
la muerte.
Que la lógica del placer-displacer
queda desplazada, queda desbaratada la lógica del proceso primario y
secundario.
Que es la muerte en su figura de la
repetición de lo demoníaco, la que resiste a la vida.
Para Freud, en definitiva, la “roca
viva” en última instancia fundará la Reacción Terapéutica Negativa, y será para
los dos sexos un cierto repudio de la feminidad.
En el momento en que el analista se
siente con derecho a esperar de la cura, en función del trabajo realizado, un
cambio, se produce todo lo contrario: un retorno, incluso agravado, de viejos
síntomas y producción de síntomas nuevos, recrudescencia de los conflictos,
declaración de un sufrimiento definitivo. El paciente “prefiere” –como lo
decíamos más arriba- su sufrimiento a curarse, no quiere intercambiar la
totalidad de su sufrimiento, como si ese mal fuese un bien de su propiedad. ¿A
qué se niega a renunciar? Podríamos pensar que no quiere perder “un” objeto.
La transferencia, entonces, da cuenta
de un punto de falta de representaciones, poniendo de manifiesto que no todo es
significante en la estructura anímica. En la estructura de la constitución
subjetiva, tal como se pone en juego en la transferencia, no todo es Simbólico.
Hay una dimensión Real, entonces, que
habrá que alojar en el campo psicoanalítico. Es en ese sentido que a partir de
la clínica lacaniana ya no sólo se toma en cuenta lo que el Inconsciente dice a
través de sus formaciones (lapsus,
chistes, sueños). Una manifestación que no se amoneda en síntomas pide su
reconocimiento, un movimiento que ha perdido una historización posible, una
insistencia que no tiene ni las marcas de una temporalidad ni la posibilidad de
un lugar asignable en el juego intrasistémico del aparato psíquico.
En el Seminario XI, clase V,
Lacan diferencia la Tyché del Automatón. Es su manera de leer la repetición y
la compulsión de repetición. Allí señala que a lo Real lo encontramos bajo el
modo del encuentro fallido. Se refiere a que hay algo en la estructura anímica
que es heterogéneo al sistema de las representaciones, lo va a llamar objeto
“a” (no se liga por el representante psíquico de la pulsión).
Entonces Lacan va a poner de relieve
la incidencia, en la transferencia, de la presencia de ese objeto “a”. Va a
decir que en la transferencia se da una cierta relación con lo Real, mas aún,
que la transferencia tiene un Real como núcleo que estará ligado a la presencia
del analista, que se manifiesta como un movimiento pulsativo –del sujeto- en el que lo Inconciente se cierra para
luego volver a abrirse: “Lo que Freud nos indica (...) es que la transferencia
es esencialmente resistente. La transferencia es el medio por el cual se
interrumpe la comunicación del Inconsciente, por el que el inconsciente, se
vuelve a cerrar.”
Mas adelante en su obra, va a plantear la posición
y función del analista, semblanteando a ese objeto, como causa de deseo, para
sostener la transferencia del analizante y su deseo de analizarse.
Con lo cual, con lo hasta aquí planteado, se puede
sopesar que lo Real “entra” por el lado del analista. Allí donde Freud
encontraba un obstáculo a la transferencia, allí mismo es convocado el analista
para que guíe al sujeto en el encuentro con su real. Es justamente el
obstáculo, lo que causa el trabajo del análisis y es porque hay repetición, que
este obstáculo se hace presente en transferencia.