Introducción al Psicoanálisis

Reacciòn Terapèutica Negativa - La función de la repetición Segunda parte

Allí donde Freud encontraba un obstáculo a la transferencia, allí mismo es convocado el analista para que guíe al sujeto en el encuentro con su real. Es justamente el obstáculo, lo que causa el trabajo del análisis y es porque hay repetición, que este obstáculo se hace presente en transferencia

29-05-2003 - Por Paula Larotonda y Daniel Ripesi 

______________________________________________________________________Segunda parte

Entonces, en nuestra primer entrega, habíamos dejado las cosas en que Freud adjudicaba el obstáculo terapéutico a la obsesión de repetición. Concluíamos con las siguientes reflexiones: De modo que  en un determinado momento de la cura, los pacientes pueden interrumpir el tratamiento, ya que tratan  a la cura misma como a un peligro. Este fenómeno será llamado “Reacción Terapéutica Negativa”, puntualizándolo como el más poderoso obstáculo de un tratamiento:  se lo explica como derivando de un factor moral, de un sentimiento de culpa que halla su satisfacción en la enfermedad.

 

Veamos qué dice alrededor de este tema J-B Pontalis en diversos lugares de su obra[1]:

Nos comenta que en “Análisis Terminable e Interminable” podemos encontrar una confesión de derrota, aunque de hecho Freud no carece de medios para domesticar esa fuerza:

1)      Freud reconoce de entrada la satisfacción libidinal que se puede encontrar en el síntoma y en la fantasía subyacente, a través del beneficio secundario y primario. Podríamos decir que sólo bajo la condición de este presupuesto –que es, justamente, que en la queja manifiesta del paciente se puede escuchar y localizar su goce secreto- es posible realizar el análisis. En este sentido, la dificultad que encontraría la psicoterapia sería  que el sujeto se refugia en la enfermedad,  por un lado, por el placer que vehiculizan sus síntomas –transacción de las mociones pulsionales con las exigencias superyoicas-, pero también, porque al no poder superar las molestias que tales síntomas no dejan también de ocasionarle, teje una serie de beneficios posibles en torno de su malestar que lo ancla en una posición que resiste toda posibilidad de cambio. El síntoma queda así, entonces, atado desde dos extremos que será necesario contemplar y trabajar en los tratamientos. Freud descubre, así, la solidaridad de estos dos polos en toda sintomatología. La consideración del beneficio secundario aporta al analista un cierto valor de pronóstico para determinar la pertinencia y eficacia de un tratamiento según su combinatoria en la posición subjetiva del consultante. Sin embargo, sería lícito preguntar: ¿dónde termina el condicionamiento sintomático producto del beneficio primario y donde empiezan las ataduras que impone el beneficio secundario[2]? Freud advierte que el beneficio primario interviene como determinante en un primer momento –como se dijo más arriba-, en términos de transacción. Desde el punto de vista “económico” el beneficio primario supone una disminución de la tensión para el aparato psíquico-, el beneficio secundario, a diferencia del anterior, se presenta a posteriori, como un modo de “adaptación” a los perjuicios que imponen los síntomas ya establecidos. Pero, esta “adaptación” ¿no seguiría, también ella, la lógica que determina la neurosis  del sujeto en cuestión?

2)      Freud desconfía de la “fuga hacia la salud”, tanto mas sospechosa que su simétrica “huida en la enfermedad”. Ni siquiera el deseo de curación del paciente puede dejar de ser interrogado y analizado como un síntoma. Se trata de esas repentinas “curaciones” que intentan poner temprano fin al tratamiento. En todo caso, se verifica un repentino estado de salud que parece ser una suerte de formación reactiva al temor del consultante a establecer algún tipo de dependencia afectiva –por mínima que fuera- con el terapeuta. Éste no puede diluirse –desde su presencia efectiva- a la progresiva  metaforización como la que iría imponiendo la relación transferencial si pudiera desplegarse. Como sea, los resortes de una tal “huida hacia la salud” pueden ser diversos, no escapando –a menudo- de la casuística el hecho de que el enfermo sustrae del campo clínico la “disputa” de un “objeto” que pretende atesorar como a un bien: su sufrimiento. Y, digamos por otra parte, que el paciente puede sentirse “forzado” a sustraer su sufrimiento por el acoso de su analista a quitarle su enfermedad en beneficio de un ideal de salud.

3)      Posteriormente, con la teorización de la segunda tópica, Freud ofrece una definición relativamente precisa de la Reacción Terapéutica Negativa. De hecho ve en ella una expresión desviada de dominio ejercido por el Superyo: “este sentimiento de culpabilidad permanece mudo para el enfermo. No le dice que sea culpable, y de este modo el sujeto no se siente culpable sino enfermo”[3] He aquí, entonces, que aliviar la enfermedad confrontaría al sujeto con el sentimiento de culpabilidad. Freud está así en las vías de un nuevo desarrollo.

4)      La perspectiva económica adoptada para aclarar la paradoja del masoquismo –la del placer encontrado en el dolor-, permite dar un paso más: el masoquismo busca mantener a todo precio, y a veces el precio es muy elevado, una cierta cantidad de sufrimiento. Puede encontrar en la situación analítica aquello que le garantice esta posibilidad, convirtiéndose en el lugar de elección de una queja constante o de una causa perdida de antemano.

5)      Por  último, al invocar una “necesidad de castigo” no sólo se designa la otra cara del sentimiento de culpabilidad sino también una realidad inscripta en el registro pulsional. Freud ha inscripto en el corazón de lo humano una fuerza, un principio de anti-vida: la pulsión de muerte y también de lo desconocido, de aquello que no se deja escuchar, ni aferrar, ni capturar “es una fuerza que se defiende con todos los medios posibles  contra la curación (...) Una parte de esa fuerza ha sido reconocida por nosotros como el sentimiento de culpa y la necesidad de castigo y la hemos localizado en la relación del Yo con el Superyo. Pero ésta es sólo la porción que se halla de algún modo ligada psíquicamente al Superyó, haciéndose así reconocible; otras porciones de esta misma fuerza, ligadas o libres, pueden actuar en otros lugares no especificados”[4]

 

Otros lugares para la lectura de la RTN:  en 1910, en “El hombre de las ratas” ya es posible encontrar la expresión “reacción negativa” y en “Sobre Psicoterapia”(1905), da una de sus primeras definiciones de resistencia, con la cual se aferran los enfermos a su enfermedad y se rebelan contra la curación.

¿Por qué entonces parece confesarse vencido frente a esa fuerza irreductible, un núcleo impenetrable que no sólo escapa a la interpretación sino que traba los análisis?

¿Qué nos propuso –se pregunta, y seguimos en este texto a Pontalis- “Más allá del Principio del Placer?”

Que si en verdad existe un programa biológico, este programa no asegura la producción de lo nuevo, sino sobretodo la repetición de lo mismo, la Tyché, siempre orientada por la mortal atracción de la muerte.

Que la lógica del placer-displacer queda desplazada, queda desbaratada la lógica del proceso primario y secundario.

Que es la muerte en su figura de la repetición de lo demoníaco, la que resiste a la vida.

 

Para Freud, en definitiva, la “roca viva” en última instancia fundará la Reacción Terapéutica Negativa, y será para los dos sexos un cierto repudio de la feminidad.

En el momento en que el analista se siente con derecho a esperar de la cura, en función del trabajo realizado, un cambio, se produce todo lo contrario: un retorno, incluso agravado, de viejos síntomas y producción de síntomas nuevos, recrudescencia de los conflictos, declaración de un sufrimiento definitivo. El paciente “prefiere” –como lo decíamos más arriba- su sufrimiento a curarse, no quiere intercambiar la totalidad de su sufrimiento, como si ese mal fuese un bien de su propiedad. ¿A qué se niega a renunciar? Podríamos pensar que no quiere perder “un” objeto.

 

La transferencia, entonces, da cuenta de un punto de falta de representaciones, poniendo de manifiesto que no todo es significante en la estructura anímica. En la estructura de la constitución subjetiva, tal como se pone en juego en la transferencia, no todo es Simbólico. Hay una dimensión  Real, entonces, que habrá que alojar en el campo psicoanalítico. Es en ese sentido que a partir de la clínica lacaniana ya no sólo se toma en cuenta lo que el Inconsciente dice a través de sus formaciones  (lapsus, chistes, sueños). Una manifestación que no se amoneda en síntomas pide su reconocimiento, un movimiento que ha perdido una historización posible, una insistencia que no tiene ni las marcas de una temporalidad ni la posibilidad de un lugar asignable en el juego intrasistémico del aparato psíquico.

 

En el Seminario XI, clase V[5], Lacan diferencia la Tyché del Automatón. Es su manera de leer la repetición y la compulsión de repetición. Allí señala que a lo Real lo encontramos bajo el modo del encuentro fallido. Se refiere a que hay algo en la estructura anímica que es heterogéneo al sistema de las representaciones, lo va a llamar objeto “a” (no se liga por el representante psíquico de la pulsión)[6].

Entonces Lacan va a poner de relieve la incidencia, en la transferencia, de la presencia de ese objeto “a”. Va a decir que en la transferencia se da una cierta relación con lo Real, mas aún, que la transferencia tiene un Real como núcleo que estará ligado a la presencia del analista, que se manifiesta como un movimiento pulsativo –del sujeto-  en el que lo Inconciente se cierra para luego volver a abrirse: “Lo que Freud nos indica (...) es que la transferencia es esencialmente resistente. La transferencia es el medio por el cual se interrumpe la comunicación del Inconsciente, por el que el inconsciente, se vuelve a cerrar.”[7]

Mas adelante en su obra, va a plantear la posición y función del analista, semblanteando a ese objeto, como causa de deseo, para sostener la transferencia del analizante y su deseo de analizarse.

Con lo cual, con lo hasta aquí planteado, se puede sopesar que lo Real “entra” por el lado del analista. Allí donde Freud encontraba un obstáculo a la transferencia, allí mismo es convocado el analista para que guíe al sujeto en el encuentro con su real. Es justamente el obstáculo, lo que causa el trabajo del análisis y es porque hay repetición, que este obstáculo se hace presente en transferencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Entre el sueño y el dolor, La fuerza de atracción, Vocabulario del psicoanálisis, artículos recogidos de la Nouvelle Revue de Psychanalyse, etc.

[2] En otro contexto, Winnicott indicaba que, podía analizar síntomas de lo que él llamaba “conducta antisocial” (es decir, que sólo tenía algún sentido hacerlo), si no se habían establecido demasiados beneficios secundarios que hubieran complejizado extremadamente el cuadro clínico. Por ejemplo, si se trataba del robo de una bicicleta, había alguna chance de abordar su análisis en tanto el pequeño ladrón no se la hubiese vendido ya para establecer algún tipo de comercio posterior con el dinero obtenido, etc. Por otra parte, Winnicott agregaba que, sólo podía analizar al ladrón de bicicletas si “no era suya la bicicleta robada”.

[3] S. Freud, El Yo y el Ello, Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Tomo III, Pag. 2722

[4] S. Freud, Análisis Terminable e Interminable, Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Tomo III, Pag. 3357

[5] Titulada Tyché y Automaton.

[6] Tenemos que tener en cuenta las dos caras de la pulsión: lo que se inscribe por el representante, que posibilita la ligadura de la pulsión al sistema de representaciones y lo que resta a lo que se inscribe, que Freud  lo ubica por el lado del objeto de la pulsión. Es un resto a la inscripción de la pulsión en el aparato. Hay un cierto lazo de la pulsión con el objeto por fuera del sistema de representaciones.

 

[7] J. Lacan, El Seminario, Libro XI, Los Cuatro Conceptos fundamentales del Psicoanálisis, Ediciones Paidos,  Pag. 136