La
lectura de un libro de nuestra amiga filósofa Roxana Kreimer (Falacias del
amor. ¿Por qué Occidente anudó amor y sufrimiento?, Ed. Anarres,
Buenos Aires, 2004) nos aporta interesantes precisiones, según su punto de
vista, sobre la historia de la concepción del amor a través del tiempo. Algunos
mitos se nos caen, algunas parcializaciones no revelan ser más que eso, algunos
cotejos nos sorprenden.
Una
observación reciente que escuchamos de un conocedor se hace vigente: los
psicoanalistas suelen leer sólo el recorte de textos de un autor que les indica
la moda, suelen ignoran el contexto, el resto del sistema teórico, la historia
del pensamiento, para entronizar como verdades de perogrullo estereotipadas y
de “superados”, recortes abstractos y arbitrarios. Es obvio que no los deja de
tocar allí la angustia de su propia historia, de la que sólo el propio análisis
puede dar alguna cuenta.
Así, el
Banquete de Platón, tematizado muy parcialmente por Lacan (como Hamlet),
crea mitos propios del psicoanálisis, tan relativos como la versión de Edipo
(una más, como lo señaló Lévi-Strauss para escándalo compungido de André Green).
Mitos de parroquia que empobrecen la función del analista, necesitado de estar
en lo más vulgar y actual de su época y su analizante pero también de estar al
tanto de todas las espirales del saber, como pueda, y aún para olvidárselas en
función potencial, como acto mismo de su inconsciente, ya que lo singular es lo
que vale, lo único de cada historia, pero no sin la Otra, la gran Historia,
entrelazada por telares infinitos en los que cada uno hace condensación y
desplazamiento.
Así,
según Roxana, los griegos habrían empezado con la philia, concepto de
amor amplio y alegre que no excluye la sexualidad. El Eros, en cambio,
aludía al amor violento, irracional, tipo flechazo, incontrolable que alía la
sexualidad a la desgracia, empezando por los dioses. El agape,
introducido por los cristianos, es traducido como caridad, principio de
amor al prójimo como a mí mismo, como ser humano. Se separa allí el amor
sensual del espiritual[i].
En
todas estas concepciones, salvo en la del agape, no se separa el amor de
la sexualidad, ni lo hetero de lo homo (ni existen dichos términos) y las
llamadas perversiones, aberraciones o actos especiales (cuyos términos son
especialmente romanos: poedicatio, fellatio, cunnilinguis, etc.) corren
a cuenta de haber equivocado la posición de poder: hay cosas que un amo no debe
hacer pero si puede hacerlo al esclavo. Así es como ya antes, Artemidoro, tan
apreciado por Freud, en los sueños, interpreta las mas gruesas actividades
sexuales de todo tipo, incluso las incestuosas, como metáforas de posiciones de
poder, y no sexuales en sí[ii].
La moral
ni la vergüenza ni la represión allí suelen correr: se trata de una ética de la
contención o del poder, de no caer en la hybris (el orgullo) o su
opuesto, el desprecio.
Las
concepciones de Foucault sobre el biopoder y las políticas de las sexualidad
emergentes del sistema serían coherentes con ello. Solamente, creemos, en nuestra
humilde lectura, que a Foucault se le escapa que la diferencia es la diferencia
(por más referencia fálica que haya) y que el sistema prefiere a la diferencia
un unisex de infinitas gradaciones regresivas y transgresivas, transexuales y
homosexuales, que acopla cuerpos semejantes con los aparatos inertes de su
tecnología: consoladores, látigos, tatuajes, peircings, injertos, correajes,
drogas, flashes de música tecnho e imágenes en aparatos pululantes (tv, pc,
discman, celular, dvd, etc), pornofluo, etc., etc. O una objetivación de la
mujer como fetiche inalcanzable para promocionar sus productos de consumo. Todo
a los fines de uniformar el valor de cambio, ya que el de uso es francamente
angustiante y mortífero, en general agresivo, en una sociedad de estupidizados
iguales.
Sin
embargo, el Eros que Freud quiso rescatar viene acoplado a Thanatos,
recuerda una dualidad necesaria contra todo monismo y una relación indisoluble
entre sexualidad y muerte que ninguna variante de época ni forma de amor puede
disolver. No es allí que “Occidente anude amor y sufrimiento”, sino que vienen
unidos por sus avatares mismos.
El
concepto de amor como don y construcción nos parece extraordinario. Lo hemos
destacado en otras notas. Sin embargo no proviene del “ama a tu prójimo como a tí
mismo”, garantía segura de horror según Lacan y según las enseñazas de la
historia: o termina en la caridad[iii]
de la limosna y la autosatisfacción del filántropo o el salvador; o constituye
una mortífera galería de espejos de semejantes sin historia; o produce una
guerra de religiones. No por nada en Versalles, el rey Luis XVI tenía su
galería de espejos y María Antonieta su casa de campo con amantes.
Debemos
hacer notar todo lo que el amor le debe al discurso sobre el amor (Lacan, Seminario
I) , que crea paradigmas, como a la historia real de cada uno, singular,
anecdótica (inédita) pero escribible.
El
cuadro mismo de la sexuación que Lacan lanza en el Seminario XX,
advirtiendo su precariedad, se ha convertido en una matematización tecnocrática
del no hay relación sexual, del falo y el objeto a; simples “auxiliares”
del analista, que se arriesga en su oficio. Nada de eso, “por Dios”, en la
deliciosa experiencia del amor, con todos sus desgarramientos, a pesar de que a
muchas mujeres les cueste abandonar el deseo mortífero hacia el padre,
envueltas en una rosca sin fin con la madre, y a muchos hombres la relación
incestuosa y angustiosa con la madre, atormentados por el amor al padre. Pero
todo esto es escritura de cada historia con su propia resolución, y las
variantes son muchísimas, con una alta influencia de la historia general, que
actualmente tiende a degradar o suprimir la palabra y el pacto, dejando sólo
vigente el pacto de la lucha a muerte.