“El arte es una respuesta a la
vida. Ser artista es emprender una manera riesgosa de vivir, es adoptar una de
las mayores formas de libertad, es no hacer concesiones”.
Antonio Berni
El arte como respuesta a la vida
Antonio Berni (1905-1981) expresa su saber-hacer de
un modo singular.
“Los monstruos de Berni” es una serie de veinte
obras del artista plástico argentino, y ejemplo claro de cómo un creador,
aprehende para sí, diferentes objetos. Los atrapa. Los transforma. Y aparece un
momento clave, inédito, desde un lugar común a un lugar singular. Propio. Con
su estilo. Con su marca. Y con su época.
Su primer contacto con el arte fue como aprendiz en
un taller de vitrales de Rosario, lugar donde nació. En 1925 obtuvo una beca
para estudiar en Europa. Allí se contactó con el surrealismo y con los
argentinos del Grupo de París. Regresó al país en 1930. En los primeros años de
esa década elaboró con otros artistas jóvenes el ideario del “Nuevo Realismo”.
En 1946 se inauguran los murales de las Galerías Pacífico, que pintó con Spilimbergo,
Castagnino, Urruchúa y Colmeiro, En 1962 fue premiado en la Bienal de Venecia
por sus xilografías de Juanito Laguna. Muchos lo consideran el mayor artista
plástico de Argentina.
La serie mencionada se remonta al período
surrealista de Antonio Berni. Obras fechadas entre 1930 y 1932, donde puede
vislumbrarse un clima opresivo que involucra a objetos y figuras. Durante casi
seis décadas trazó una poderosa historia visual del país. Nunca abandonó su
búsqueda estética ni su compromiso social. A partir de 1961 Berni comienza a
exponer las grandes composiciones y collages que desarrollan distintos aspectos
de la saga del niño de la villa miseria, bautizado por el artista Juanito
Laguna.
Exhibe increíbles criaturas, monstruos de pesadilla
que atrapan la mirada de los observadores.
Monstruos construidos a partir de materiales de
deshechos o productos industriales: tapitas de gaseosas, botones, clavos,
tornillos, bobinas, ramas secas, raíces, palos de escoba, canastos, canillas, arpilleras,
espejos rotos, fragmentos de artefactos electrónicos, monedas:
“Es una especie de Aleph atorrante que no da
testimonio de un astrolabio en Alejandría sino de la Miseria” (Miguel Briante “Las razones de una pesadilla”
Buenos Aires, Página 12, 19/09/89)
Son productos de nuestra sociedad de consumo que
ponen de manifiesto el compromiso político social del artista, que hacía de sus
obras una denuncia que apuntaba a la injusticia y a la exclusión.
James Joyce se preguntaba en Estética
(1903/04) por qué los excrementos, los niños y los piojos no son obras de arte.
Se respondía que ellos son productos humanos, disposiciones humanas de la
materia sensible. El proceso por el que son producidos es natural y artístico;
su finalidad no es estética: por lo tanto, no son obras de arte.
Sin embargo, surge otra pregunta: ¿y si los objetos
se incluyen en la obra?
Objetos-restos que permiten construir una obra con
la ficción de lo acabado. Con la ilusión de la forma.
Camino
creativo de Berni quien construye dos personajes netamente arquetípicos: Juanito
Laguna, un niño de un barrio marginal y Ramona Montiel, una mujer pobre
dedicada a la costurería que efectivamente dio “el mal paso” y se dedicó a la
prostitución.
“(...)
Yo, a Juanito y a Ramona, los hice precisamente en collage, con materiales de
rezago, porque era el entorno en que ellos vivían; y así no apelaba,
justamente, a lo sentimentalista. Yo les puse nombre y apellido a una multitud
de anónimos, desplazados, marginados niño y humilladas mujeres; y los convertí
en un símbolo, por una cuestión, exactamente de sentimiento. Los rodeé de la
materia en que se desenvolvían sus desventuras, para que de lo sentido brotara
el testimonio. En ese testimonio está incluido lo kitsch (lo cache traducido a
nuestro idioma), es decir, lo feo, lo cursi, lo que no queda bien, lo incómodo,
la triste vulgaridad de lo cotidiano, la ilusión de lo bello reemplazada por un
objeto de consumo”. (Antonio
Berni, “El niño pobre en la pintura existencia de Antonio Berni”. Entrevista
realizada por Hebe Boyer)
Los
monstruos de Berni representan lo excluido. Los que no tienen lugar en una
sociedad.
La
convivencia con lo monstruoso de la realidad nos duele, nos lastima. Son la
encarnación del sufrimiento cotidiano.
El los
llamaba esos bichos extraños que hablan de otro mundo, hechos como están
de la basura de este mundo.
De niños
podemos imaginar el monstruo del ropero o el que habita las profundidades por
debajo de nuestra cama.
Cuando
crecemos, nos enfrentamos a los verdaderos monstruos, ya no los que habitan en
nuestra fantasía, sino los de la realidad que especialmente hoy, se extiende al
poder político-social, que nos somete con arbitrariedades varias, antojos,
fracasos. Se ensaña con nosotros y a veces, también nos traga. Estos monstruos
y otros tantos, mantienen a raya nuestras elecciones y nuestros deseos.
Los
monstruos creados por Berni, son, sin lugar a dudas, personajes de Walt Disney
comparados con las figuras políticas que habitan nuestro mundo.
Aquí, en
síntesis, deseo rescatar del actual malestar sobre las escenas sociales un
concepto que apunta a la exclusión. Los monstruos son con la exclusión, pero
también con el destino trágico y la temática del perjuicio.
Una de
las preguntas que podría formular, es si un psicoanalista se ocupa de los
hechos sociales. Freud expresaba que el psicoanálisis era una tarea imposible,
como la de educar y gobernar y sí, siempre hubo de parte del Psicoanálisis no
hacer referencia a los hechos sociales leídos éstos como un Universal.
Gobernar – Educar – Psicoanalizar.
Tareas imposibles para Freud, recorridas todas con un profundo desacuerdo y que
se relacionan con su célebre tesis pulsional. La pulsión es una tensión con el
otro, con otro que nos propone la diferencia por ser otro y que se crea con él
una corriente de afecto.
Freud pensaba que la pulsión no es
educable, es decir –según Germán García– “que no es necesariamente por falta de
educación que una persona hace lo que hace, sino porque simplemente tiene una
tendencia a eso y por consiguiente, resulta difícil hacer que alguien aprenda
aquello con lo que no quiere saber nada. Con el psicoanálisis pasa lo mismo: en
¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? (1910) dice que los legos
creen que el análisis es un problema de no saber, y que bastaría aclararle al
neurótico cuáles son sus determinaciones para que se curara. Si fuera así,
cualquiera se curaría leyendo un libro. Y el tema de gobernar se refiere a que
el que gobierna va a encarnar un ideal colectivo. Obviamente, todo ideal genera
una ilusión. Y el que tiene una ilusión termina desilusionado.”
Son pocas las ocasiones en las que
un psicoanalista se pone a pensar cuestiones sociales y quizás de hecho, lo
haga mal. Porque su preparación académica está ajustada para el hecho
subjetivo. Puede responder sobre las modalidades subjetivas en relación al
Otro.
También considero que sólo puede
argumentar sobre estas cuestiones si ha atravesado un ámbito personal de
análisis y efectivamente, creo que si ha elaborado sus propias ficciones.
El analista se transforma en un
deshecho para su analizante, pero a su vez le permite un saber hacer. Le
permite desembrollarse de aquellos fantasmas para ubicarlos en una producción
subjetiva y a la manera de una posible rectificación.
De las construcciones polimatéricas
a la masacre de los inocentes.
Un detalle de “los monstruos de Berni”
a tener en cuenta, no está solo en relación a los elementos utilizados para su
construcción, sino que presenta otro carácter fundamental: su fragilidad. Estos
“monstruos” son absolutamente vulnerables, frágiles, perecederos, efímeros, de
difícil traslado y manipulación. Su tamaño, en relación a que lo monstruoso
evoca lo grande, limitó la cantidad de veces para su exposición.
Lo monstruoso es lo limitante. Lo
que se encuentra en el borde.
Lo que provoca miedo y a la vez,
desafío y deseo. Significa lo dejado de lado.
Naturaleza contra natura,
parafraseando a Michel Foucault.
El punto central de esta reflexión
es principalmente la exclusión, término que emerge como una de las tantas
variables del malestar actual y que nos obliga a explorar las marcas actuales
de la subjetividad. Dentro de estas marcas también se encuentra la posición del
Psicoanálisis y la de los psicoanalistas, con una pregunta que formulo y que
siempre se hace presente: ¿Cómo avanza el Psicoanálisis? ¿Cómo los conceptos de
la teoría pueden o deben actualizarse con los fenómenos de la vida cotidiana
que nos atraviesan?
Esta serie de interrogantes se
adaptan a los desafíos de la época que nos ha tocado vivir y que apunta a un
Psicoanálisis en transformación.
Elaborar es para el psicoanálisis,
entre otros conceptos, lo que nos permite no repetir y nos asegura que ese más
allá del principio del placer, se dirija a una vida en donde el deseo esté
circunscrito a cada uno de nosotros. Ese uno por uno permite aceptar las
diferencias.
No quiero finalizar esta
argumentación, sin dejar de advertirles la nominación de las obras realizadas
por Berni.
Es decir, cuál es el nombre de los
monstruos y poner atención a esos nombres:
- La voracidad.
- La hipocresía.
- La boda.
- El sueño de Ramona Montiel.
- Las pesadillas de Ramona Montiel.
- El pájaro amenazador.
- El gusano triunfador o el
triunfo de la muerte.
- La sordidez.
- La Pampa tormentosa.
- La serie de los robots de la
masacre de los inocentes
Nombres todos que acompañaron a la
vida de Berni.
Nombres de monstruos que nos
siguen acompañando en la época actual.