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El psicoanalista de Willy Wonka

Hay razones para suponer que los psicoanalistas somos sapos de otro pozo o sectas que poseen en sus huestes integrantes que padecen de furor interpretandis, o analizar la cuadratura del círculo o enredarse con nudos topológicos desconociendo el lenguaje matemático o hablan de todos los temas posibles.
Los argumentos originales son escasos y las ideas, que no se matan, pueden plagiarse ya que las propias parecen provocar derrames cerebrales. Se puede plagiar y a nadie le afecta, salvo al plagiado, claro, que encima tiene que demostrar que ha sido el primero en trabajar ese tema. Pero como no es un problema de competencia y a nadie le importa, todo queda subsumido en el olvido de algunos lectores que leen de vez en cuando.

13-10-2005 - Por Carlos Gustavo Motta

El psicoanalista de Willy Wonka

O como intentar utilizar al witz ilustrado en la opinión mediática.

 

Mundo convulsionado el de los “psi” si los hay.

Mucho movimiento para los analistas de todas las orientaciones en las últimas semanas: el Encuentro Americano; la venida de Miller; la nota de tapa de la revista Noticias (anunciando por vigésima vez que Freud ha muerto); la no venida de Miller (desolación y perplejidad para muchos y aparente política de no comments frente a la excusa pronunciada “por razones de fuerza mayor”, pero esto sería tema para otra nota); el IV Congreso Mundial de Psicoterapias (primera plana de la edición de La Nación del 27 de agosto y más de cuatro mil inscriptos).

Señal, al menos para Argentina, que el mundo psi no está muerto y puedo asegurarlo, menos el psicoanálisis. Voy a intentar explicar por qué.

Hay razones para suponer que los psicoanalistas somos sapos de otro pozo o sectas que poseen en sus huestes integrantes que padecen de furor interpretandis, o analizar la cuadratura del círculo o enredarse con nudos topológicos desconociendo el lenguaje matemático y/o hablan de todos los temas posibles.

En realidad estos argumentos variopintos son ingredientes de una afirmación: en verdad todo esto es así, cuando no existen escrúpulos personales y el saber quien lo porta resulta una operación nada seria. No es el concepto de analista ciudadano así como lo entendemos, sino el analista en una ciudad que se pierde en las calles, desorientado y sin rumbo.

Otro punto es el desarrollo del axioma freudiano “el narcisismo de las pequeñas diferencias” premisa que provoca como resultado el ninguneo de aquellos que investigan sobre un tema y no están conectados con medio alguno (¿falta de lazo social o fobia?) y otros, aprovechando el texto jamás leído de Roland Barthes pero siempre citado El grado cero de la escritura, atrapan para sí las ideas elaboradas.

Inútil pensar que nunca sucederá algo de esto conjeturado, porque pasa en las mejores familias.

Los argumentos originales son escasos y las ideas, que no se matan, pueden plagiarse ya que las propias parecen provocar derrames cerebrales. Se puede plagiar y a nadie le afecta, salvo al plagiado, claro, que encima tiene que demostrar que ha sido el primero en trabajar ese tema. Pero como no es un problema de competencia y a nadie le importa, todo queda subsumido en el olvido de algunos lectores que leen de vez en cuando.

Así son las cosas del pan nuestro de cada día de cualquier profesión liberal.

Lo que molesta no es que la idea sea imitada, sino que eso no es mencionado por los colegas y esto sí, es una cuestión de buenas costumbres: médicos, abogados, arquitectos, filósofos, etc. encuentran más reparos a la hora de escribir y nosotros psicoanalistas, nos encontramos autorizados para citar salvajemente a Freud o Lacan, provocando un discurso cerrado, cuasi religioso y que se transforma en ejemplo de alto dogmatismo consolidado además por las instituciones analíticas de alto prestigio.

Citando a Charlie García, citado a su vez por nuestro modelo devenido como ejemplo de joven estudioso y alma pensante, me refiero a Iván de Pineda, el psicoanálisis puede desaparecer si no nos ponemos a la altura de la época.

Y si no nos respetamos entre nosotros como lo he visto de todos los colegas extranjeros que he tenido el gusto de tratar en estos días.

Ahora relacionando a otro Charlie pero esta vez el creado por mi autor preferido de la infancia, el inglés Roal Dahl, el estereotipo del psicoanalista continúa haciéndose presente en Hollywood esta vez con la mirada del admirado por todos, realizador Tim Burton.

Willy Wonka es el dueño de una fábrica de chocolate, un lugar mágico. Excéntrico como pocos rescata de Ompalandia a unos pequeños seres que luego serán empleados en su empresa, los Oompa Loompas y que realizaran muchas tareas, incluso la de analizar a Wonka muy estereotipadamente, a la manera de Hollywood.

El arte de escuchar es la fórmula de la transferencia y para que ella se instale en el dispositivo analítico, el analista debe apostar a aplicar las herramientas del psicoanálisis a una actividad personal de análisis, control y formación, tríada indispensable para que no pensemos que el psicoanálisis ha muerto o actuemos la parodia de ser como el psicoanalista de Willy Wonka, a pesar que el chocolate es una de las cosas que más me gusta en la vida, intento ser prudente a la hora de tenerlo presente como alimento.