O como intentar utilizar al witz ilustrado en la
opinión mediática.
Mundo
convulsionado el de los “psi” si los hay.
Mucho
movimiento para los analistas de todas las orientaciones en las últimas
semanas: el Encuentro Americano; la venida de Miller; la nota de tapa de la
revista Noticias (anunciando por vigésima vez que Freud ha muerto); la
no venida de Miller (desolación y perplejidad para muchos y aparente política
de no comments frente a la excusa pronunciada “por razones de fuerza
mayor”, pero esto sería tema para otra nota); el IV Congreso Mundial de
Psicoterapias (primera plana de la edición de La Nación del 27 de agosto
y más de cuatro mil inscriptos).
Señal, al
menos para Argentina, que el mundo psi no está muerto y puedo
asegurarlo, menos el psicoanálisis. Voy a intentar explicar por qué.
Hay
razones para suponer que los psicoanalistas somos sapos de otro pozo o sectas
que poseen en sus huestes integrantes que padecen de furor interpretandis,
o analizar la cuadratura del círculo o enredarse con nudos topológicos
desconociendo el lenguaje matemático y/o hablan de todos los temas posibles.
En realidad estos argumentos variopintos son
ingredientes de una afirmación: en verdad todo esto es así, cuando no existen
escrúpulos personales y el saber quien lo porta resulta una operación nada
seria. No es el concepto de analista ciudadano así como lo entendemos, sino el
analista en una ciudad que se pierde en las calles, desorientado y sin rumbo.
Otro
punto es el desarrollo del axioma freudiano “el narcisismo de las pequeñas
diferencias” premisa que provoca como resultado el ninguneo de aquellos que
investigan sobre un tema y no están conectados con medio alguno (¿falta de lazo
social o fobia?) y otros, aprovechando el texto jamás leído de Roland Barthes
pero siempre citado El grado cero de la escritura, atrapan para
sí las ideas elaboradas.
Inútil pensar que nunca sucederá algo de esto
conjeturado, porque pasa en las mejores familias.
Los
argumentos originales son escasos y las ideas, que no se matan, pueden plagiarse
ya que las propias parecen provocar derrames cerebrales. Se puede plagiar y a
nadie le afecta, salvo al plagiado, claro, que encima tiene que demostrar que
ha sido el primero en trabajar ese tema. Pero como no es un problema de
competencia y a nadie le importa, todo queda subsumido en el olvido de algunos
lectores que leen de vez en cuando.
Así son
las cosas del pan nuestro de cada día de cualquier profesión liberal.
Lo que
molesta no es que la idea sea imitada, sino que eso no es mencionado por los colegas
y esto sí, es una cuestión de buenas costumbres: médicos, abogados,
arquitectos, filósofos, etc. encuentran más reparos a la hora de escribir y
nosotros psicoanalistas, nos encontramos autorizados para citar salvajemente a
Freud o Lacan, provocando un discurso cerrado, cuasi religioso y que se
transforma en ejemplo de alto dogmatismo consolidado además por las
instituciones analíticas de alto prestigio.
Citando a
Charlie García, citado a su vez por nuestro modelo devenido como ejemplo de
joven estudioso y alma pensante, me refiero a Iván de Pineda, el
psicoanálisis puede desaparecer si no nos ponemos a la altura de la época.
Y si no
nos respetamos entre nosotros como lo he visto de todos los colegas extranjeros
que he tenido el gusto de tratar en estos días.
Ahora
relacionando a otro Charlie pero esta vez el creado por mi autor preferido de
la infancia, el inglés Roal Dahl, el estereotipo del psicoanalista continúa
haciéndose presente en Hollywood esta vez con la mirada del admirado por todos,
realizador Tim Burton.
Willy Wonka
es el dueño de una fábrica de chocolate, un lugar mágico. Excéntrico como pocos
rescata de Ompalandia a unos pequeños seres que luego serán empleados en su
empresa, los Oompa Loompas y que realizaran muchas tareas, incluso la de analizar
a Wonka muy estereotipadamente, a la manera de Hollywood.
El arte
de escuchar es la fórmula de la transferencia y para que ella se instale en el
dispositivo analítico, el analista debe apostar a aplicar las herramientas del
psicoanálisis a una actividad personal de análisis, control y formación, tríada
indispensable para que no pensemos que el psicoanálisis ha muerto o actuemos la
parodia de ser como el psicoanalista de Willy Wonka, a pesar que el chocolate
es una de las cosas que más me gusta en la vida, intento ser prudente a la hora
de tenerlo presente como alimento.