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Las fàbricas de subjetividad. Breve análisis de la película Rashomon, de Kurosawa

25/12/2005- Por Mirta Goldstein - Realizar Consulta

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Este film nos introduce en una experiencia detectivesca pues nos vuelve partícipes de la amenaza de peligro con que nos acecha la verdad de nosotros mismos y de la cultura que aceptamos. ¿A que subjetividad le hace a lugar Kurosawa?

SUBJETIVIDAD

 

 

Con la excusa de analizar la película de Kurosawa, aprovecho para contarles mis inquietudes y también mis diferencias, respecto de la mundialización o globalización de lo que denominaré las “fábricas de subjetividad” o “las epidemias de subjetividades”.

Ian Hacking, investigador francés, denomina “fábricas de gente” a los modos actuales de desubjetivar al hombre, convirtiendo a la genética en un nuevo paradigma; de la hegemonía actual de la genética y los mapeos cerebrales surge un orden clasificatorio del ser humano y de sus estados subjetivos cuyo efecto más rotundo es la medicalización. Dalmasio, neurobiologista, se refiere al error de Descartes de separar cuerpo y pensamiento, y de la necesidad de volver a un paradigma continuista que subsuma la complejidad del ser humano en genomas, neuronas y moléculas.

No sólo se fabrica subjetividad desde los laboratorios empíricos, también desde cierta antropología psicologizada y cierta psicología antropologizada, que describen la subjetividad de la época de manera general, anticipada, definitoria y absoluta.

Estos modos del pensar contemporáneo me quitan el sueño, no sólo como psicoanalista sino porque amenazan a mi ser poético y psíquico.

La subjetividad es un concepto polémico y contradictorio, a pesar de que todos acordaríamos que nombra algo de lo humano. Para algunos como Morin -fundador de la concepción de la complejidad en las ciencias sociales-  la subjetividad es una noción paradojal pues al mismo tiempo es evidente y no evidente. Es evidente en tanto la idea del sujeto se manifiesta en todas las lenguas a través de los pronombres personales; gracias al yo y al nosotros logramos objetivarnos a costa de un desdoblamiento sujeto-objeto. Esta disociación entre yo y otro puede aparecer alucinatoria u oníricamente en la experiencia del doble. Por otra parte, el proceso de elaboración o subjetivación de ese yo y del nosotros no es evidente pues para algunos se aloja en la transmisión neuronal, para otros en la conciencia y para otros es efecto de procesos inconscientes.

Como dije, el hábitat del sujeto nos es extraño, pues está por fuera de las dimensiones mensurables, entonces algunos como Descartes iniciaron, hace alrededor de trescientos sesenta años y a través de operaciones lógicas de deducción, inferencia o implicación, la comprobación y aseveración del sujeto. Descartes instala su famosa frase Pienso luego soy, que transcribiré de esta otra manera para mostrar una de las operaciones de desciframiento posibles: “Yo me pienso a mí mismo pensando, con lo cual yo soy mí mismo y algo más, luego hay un sujeto y una división cuerpo – pensamiento”. Entre el ser-cuerpo-materia y el pensamiento-conciencia de sí, se abre una brecha.

Cuando el mundo todavía estaba impregnado de la idea de Dios y la filosofía se ocupaba del Ser, era frecuente oír hablar del alma, de la espiritualidad y de las pasiones, ya que el ser era patético, es decir, afectado, sufriente, padeciente.

El alma -que deriva de ánima, aliento, y se liga a animal, anímico, inanimado- se consideraba algo que tiene afán por quedar ligado a un cuerpo sin ser el cuerpo. Hay una vieja creencia que dice que para que el alma deje al cuerpo, es necesario dejar al moribundo solo, de lo contrario el alma no se desprende del cadáver. Para los griegos, si el muerto queda sin funerales y sin entierro consumados, el alma del difunto no entraba en la morada del Hades, del mundo de las tinieblas, o sea, se resistiría a dejar al cuerpo.

Cuando históricamente el cuerpo quedó despojado de lo que denominaré con un neologismo su almanidad, quedó expuesto como objeto de la ciencia positivista y de los diferentes pragmatismos, lingüísticos, antropológicos, médicos, que hoy no dejan de tener vigencia.

Con el advenimiento de la noción de sujeto, llevada a su máxima expresión durante el siglo XX, se escribió una frondosa literatura sobre la intersubjetividad, las condiciones de subjetividad, la construcción y desfallecimiento de la subjetividad, las estrategias y transformaciones de la subjetividad, etc. Se construyó un relato sobre la idea de subjetividad que oscila entre algo que se es o algo que se tiene, se transforma y se pierde. No puede ser de otra manera ya que el concepto de sujeto nace con la modernidad y por lo tanto con el discurso capitalista que acumula saber y plusvalía.

Pero este relato del sujeto que permanece tira por tierra la idea posmoderna del fin de los relatos, lo que no quiere decir que el sujeto no esté amenazado pues si la subjetividad nombra al mismo tiempo el espíritu de la época, la capacidad simbólica, la complejidad resultante de las funciones cerebrales y el efecto del lenguaje, al aplicar un principio simplificador, no es eso.

Esto nos muestra cómo la cultura avanza y retrocede en un mismo movimiento. No hay progreso porque cuando Freud descubre que el cuerpo estaba sujeto a lo inconsciente, de lo cual las histéricas daban razones más que suficientes, esta misma idea reforzó las opiniones contrarias que hoy poseen el poder económico y científico.

El psicoanálisis, tras una ardua elaboración dentro de sí mismo como discurso, logró discernir entre el sujeto de la sociología y la antropología a la vez individual y colectivo, del sujeto psicoanalítico ligado a una fantasmática inconsciente singular.

Cuando Lacan dice que el sujeto del psicoanálisis es el sujeto de la ciencia, no lo dice porque considere que es lo mismo, sino porque justamente el psicoanálisis convierte en sujeto a aquello que la ciencia no hace a lugar. Incluso las ciencias humanas.

Para dar algunos ejemplos de la diversidad fabricada de la subjetividad cito a Lewkowiz en Argentina, quien escribió sobre la subjetividad adictiva; Baudrillard sobre la subjetividad del Narciso difractado, los posmodernos sobre la subjetividad del vacío, de la imagen o la subjetividad mediática, etc. O sea, en el siglo XX se describieron una variedad de subjetividades para nombrar la almanidad (neologismo que propongo para identificar el alma humana) hasta tal punto que la subjetividad contemporánea es considerada por Agamben o los posmarxistas como la consecuencia producida por la decadencia actual de la autoridad de los Estados modernos.

Carlos Thiebaut en el libro Historia del nombrar: dos episodios de la subjetividad, dice que al no haber ya texto sacro, al no haber relato teístico universal que nos de un nombre y con él alguna certeza, la subjetividad de nuestra época testimonia la ausencia definitiva de un texto social de identificación de lo cual deducimos un desamparo existencial. Y dice que el texto moderno es aquel que construye, genera y crea al sujeto moderno. Esta idea es interesante porque en el mismo acto se crean modernidad y sujeto y se integra una causalidad recursiva en la cual el producto genera al productor y viceversa, el productor crea al producido. Esta recursividad vuelve agente evidente al sujeto productor y no evidente al sujeto producido hasta que éste se vuelve productor.

El psicoanálisis ha venido a decir que subjetivamente no todo se transforma, sino que cae un resto llamado síntoma que pone en duda la inexistencia de la almanidad.

Lo que no podemos dejar de apreciar es que el texto moderno, que nace con la conciencia reflexiva y el Yo, le pone coto a la subjetividad absoluta de Dios, a la conciencia absoluta y sin resto del dios que se presenta ante Moisés para establecer: Yo soy el que soy. No cabe duda que es el que es.

La duda de Descartes deja entrar una luz de inmanencia en un pensamiento trascendente, aun el de él mismo, quien era profundamente teísta. En esos intersticios entre inmanencia y trascendencia el sujeto, como tal, viene a ocupar un lugar entre los nombres, por eso se fabrican nombres para definirlo pues si se nombra y se define luego, existe. Este es el paradigma nominativo.

Antes de introducir un breve análisis de la maravillosa película de Kurosawa, me gustaría comprobar si quedó claro que me opongo a fabricar subjetividades desde los poderes del conocimiento.

¿A que subjetividad le hace a lugar Kurosawa? A mi gusto, se desprende del film que para él el lenguaje no se agota ni en su utilización ni en su utilidad. Que no hay comunicación totalmente eficiente, sino que el lenguaje más que comunicar remite a una interpretación que difiere de uno a otro pero que no le dice nada nuevo a quien la emite pues sólo repite un texto previo insabido por la conciencia; luego cada cual encuentra en el mundo lo que menos esperaba de sí y de los otros, pero que sin embargo le es lo más cercano e íntimo. Para el psicoanálisis esta subjetividad repitiente es el fantasma inconsciente. Sin embargo, en la vida cotidiana solemos decir, apelando a la racionalidad o a la verdad y a la mentira: desde tu subjetividad tu piensas tal cosa o sientes tal otra, como si allí se encontrase habitando alguna sustancia adaptada totalmente a lo que se dice o se piensa, una subjetividad sin resto, sin síntoma, una subjetividad de la pura conciencia.

El acto creador de Kurosawa nos muestra la ruptura de la complementariedad entre comunicación y racionalidad, para dar lugar a la poesía. En la poesía se pueden subvertir lo particular y plural, y los principios de inclusión y de exclusión.

El principio de exclusión, señalado por los lingüistas, dice que cualquiera puede decir yo pero que nadie puede decirlo por otro. Obvio, lo yo es lo más común y lo más exclusivo. Ni aun gemelos pueden decir yo por el otro. Pero este principio de exclusión es inseparable del de inclusión por el cual decimos “nosotros” e integramos nuestra subjetividad personal a la colectiva. Me viene a la memoria el nombre de una novela-relato de Kertész, Yo, otro, nombre de lo indisoluble del lazo entre lo propio y el semejante que soy yo mismo.

Este desdoblamiento yo, otro, puede conducir al amor o a la destrucción del prójimo, a pertenecer a un conjunto institucional, al altruismo mesiánico, a la creación o a consultar a un analista. Ante esta disyuntiva nuestra posibilidad de decisión o nuestra libertad condicionada por lo que no dominamos de nosotros mismos, pero que traducimos al relato que hacemos de lo supuestamente objetivo de la realidad ante ese Jury invisible que aparece en la película, hace de la verdad algo extremadamente local y específico.

Todas las discusiones entre las personas, incluso entre los personajes del film en el portal (encuadramiento que le da marco y lugar simbólico a la Ley), sobre si ésto es verdad o es mentira, no demuestran si algo es verdad o mentira, sólo sirven a los efectos de establecer que verdad y mentira se implican en los fantasmas inconscientes y en los actos. Allí donde cada uno cree responder por sí mismo, responde por el lugar que ocupa en el fantasma del otro.

La genialidad de Kurosawa nos anuncia, desde las primeras escenas, el desdoblamiento entre yo y el otro, yo a través de las sombras de la espesura del bosque cuando el leñador se introduce en el monte; allí las formas se animan. Él puede ser tanto el asesino como el espectador o el descubridor del asesinato. Cada uno de los implicados es asesino y testigo, víctima y victimario. La sagacidad del director está en mostrar tanto la inocencia como la culpabilidad de cada quien, mostrando este desdoblamiento a la vez verdadero y a la vez mentiroso entre la subjetividad y la objetividad.

La película comienza con tres personajes: un leñador, un monje y un sirviente. Hacia el final los tres hablan en el portal mostrando quiénes van siendo verdaderamente por el hecho del decir.

No quiero sermones, dice el sirviente, ¿sirviente de qué? cabría preguntarnos, ¿de sólo demandar relatos que lo entretengan pero que no lo impliquen? Podríamos hacer de ello una generalización y fabricar una subjetividad de la época que busca entretenimiento fácil sin sermón ni responsabilidad, estaríamos fabricando la epidemia del hombre light. Esta posición me parece tan irresponsable como su contraparte: convertirnos en monjes y abrazar la fe y la culpabilidad moral, para convertirnos en mero síntoma social y/o víctimas de un destino diseñado por otro o por Dios. El leñador, en cambio, se asombra del horror que el ser humano es capaz de producir, y a medida que se sorprende lo inunda la piedad y la caridad a posteriori de que la lluvia parece haber lavado su culpabilidad inconsciente.

Entonces, ¿dónde ubicar la cuestión ética? ¿En alguna o en ninguna de las posiciones?

Si no estamos dispuestos a celebrar una ética del asesino que se absuelve a sí mismo porque le dio al prójimo agraviado la oportunidad falsa de la defensa y la venganza, o sea, no proponemos la ética del ojo por ojo. Tampoco de la mujer que sigue llorando como perdido un goce que conserva en tanto lloriqueo maniqueo pues termina amando a su violador.

Entonces, la película me parece una excelente oportunidad para reflexionar sobre la ética, que no es ubicable ni en el mal puro ni en el bien puro. Tampoco en una subjetividad definida por rasgos generalizados. Aislar un rasgo y transformarlo en paradigmático de un sujeto o de una época, o sea, en un para todos, me parece peligroso por su semejanza con el pensamiento totalitario.

Rescato de Kurosawa la polifonía, los contrastes, la ausencia de unificación y la angustia e incertidumbre que el film va produciendo como correlato de una subjetividad en acto. Hay en la película algo trágico y algo policial. Dos géneros disímiles pero que encuentran un punto de confluencia. Bertolt Brecht decía hace setenta años que vemos hoy la realidad bajo la forma del crimen, y en eso hay algo trágico.

El género policial, para Piglia, investiga las relaciones entre la verdad y la ley, describe la no coincidencia entre la verdad y la ley pues la verdad no está en manos del filósofo o el científico sino que se gesta en situación de peligro.

Este film nos introduce en una experiencia detectivesca pues nos vuelve partícipes de la amenaza de peligro con que nos acecha la verdad de nosotros mismos y de la cultura que aceptamos. Sirvientes, monjes, asesinos, esposos incautos, jueces invisibles, acusados, culpables, mujeres pérfidas e histéricas, llorones, mirones, ahí estamos, en parte, cada uno de nosotros representados.

 

 

 

 

Rosa Mirta Goldstein

 

mirtagoldstein@fibertel.com.ar

 

 

 

 


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