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Subjetividad o Cultura. Dispositivos e intervenciones

22/03/2017- Por Pablo Melicchio - Realizar Consulta

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La cultura es una máquina de adiestrar pulsiones y, por lo tanto, de enflaquecer los deseos singulares hasta, si es posible, hacerlos desaparecer. ¿Cómo se escapa de ese sistema alienante? Escuchando el deseo propio o lo propio de cada deseo, y es eso lo que hizo Freud con él mismo y con sus pacientes… Para que la subjetividad no desaparezca definitivamente con la maquinaria cultural, los psicoanalistas, sin importar el lugar, el espacio o el tiempo, tendremos que resistir y así colaborar con una empresa fundamental: la de rescatar lo que quede de humano en cada sujeto.

 

 

 

“La represión es el precio que pagamos por el progreso o el adelanto, pero hay una represión buena y otra que no lo es tanto. La que no es tan buena es ciega: cedemos algo sin preguntarnos qué nos costará y, luego, cerramos los ojos a esa pregunta que sigue danzando en el aire: ¿qué es lo que perdimos para obtener lo que obtuvimos?”.

                                                           J. M. Coetzee

 

I - A la pregunta de Coetzee, respondo: perdimos libertad. La historia de la humanidad nos muestra que, con el paso del tiempo, cada vez entregamos más de nuestra libertad singular a cambio de seguridad. Aunque la paradoja sea que la seguridad es un imposible; porque nadie puede darnos garantías. La sociedad impone un adelgazamiento de nuestra búsqueda de satisfacción personal por el hecho se ser, y permanecer, entre otros. La cultura es una máquina de adiestrar pulsiones y, por lo tanto, de enflaquecer los deseos singulares hasta, si es posible, hacerlos desaparecer. La cultura instala sus intereses que luego circulan como deseos que no son precisamente los de cada sujeto sino los que las políticas y los poderes de turno quieren imponer como sentidos, con un objetivo central: controlar a la masa. De ese malestar en la cultura nos habló Freud y contra ese malestar luchó él, de lo contrario no hubiese sido Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis. Su práctica clínica y experimentación (recordemos que pasó por la sugestión, el hipnotismo, la coerción asociativa, hasta la talking cure sugerida por Anna O, en adelante) y toda su andamiaje teórico, hizo que se escapara, se salvara, de esa maquinaria de borrar subjetividades.

  ¿Cómo se escapa de ese sistema alienante? Escuchando el deseo propio o lo propio de cada deseo, y es eso lo que hizo Freud con él mismo y con sus pacientes.

  En 1915, en “Puntualizaciones sobre el amor de trasferencia (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, III)”, Freud nos aconseja que: “Sólo el interés de la enferma debería prevalecer”, agregando más adelante que: “Consentir la apetencia amorosa de la paciente es entonces tan funesto para el análisis como sofocarla”. Freud en este y en otros escritos deja entrever que de lo que se trata es de hallar el justo equilibrio, el marco en el que, mientras se despliega la neurosis, se instale el amor de trasferencia (que es una forma de afecto, tan genuina como otra, pero creada por la situación analítica) y que sea el señuelo para que advenga la verdad del paciente: el despliegue de su propio deseo. Insisto: La verdad del paciente.

  La abstinencia del analista no es un mandato superyoico que hay que cumplir a raja tabla, indistintamente. Nunca hay que olvidar el caso por caso, es decir la subjetividad, eso que la cultura quiere borrar. Lacan, en “La dirección de la cura y los principio de su poder” dice que: “…bajo el nombre de psicoanálisis muchos se dedican a una reeducación emocional del paciente”. Agregando unas páginas más adelante: “Pero lo que es seguro es que los sentimientos del analista sólo tienen un lugar posible en este juego, el del muerto, y que si se le reanima, el juego se prosigue sin que se sepa quién lo conduce”.

  Durante años padecí un análisis en el que más de una vez temí que el analista no estuviera jugando al muerto sino que, efectivamente, estuviera muerto y entonces la sesión se prolongaría eternamente, o hasta que sonara el timbre del próximo paciente, o cuando me animara a reaccionar y salir del diván.

  No es el sujeto actual el mismo que el de la época victoriana donde Freud trabajaba. Pero desde siempre los agentes de la cultura conducen políticas para aplanar las subjetividades en pos de una masa con la forma que necesita el sistema de turno. Entonces, en cuestión de años se puede pasar de “no goce” a “plus de gozar”; de “todo prohibido”, tapado, censurado, al “todo vale” y amoral que define a este tiempo. El analista, en cambio, debe conducir el análisis para que el paciente logre extraer de su estar en la masa, de lo que han hecho de él y con él, su subjetividad, su verdad de ser.

  Reeducar emocionalmente es ser un operario del sistema de la cultura, trabajando en favor de aumentar el número de afiliados al malestar. El psicoanalista opera desde una ética que es la del deseo, que con su juego del muerto, silenciarse, sea para no hacer lugar a sus propios intereses o ideales, donde la abstinencia sea una pausa, como forma de suspender sentidos y de no apurarse, de frustrar ciertas demandas para que advenga la verdad del analizado. En definitiva, para que se haga presente el deseo del sujeto por sobre los intereses de la cultura.

 

II - La importancia de la creatividad del psicoanalista para no quedar pegado a un modo de ser profesional que también puede ser efecto de imposiciones sociales. Para entender esto propongo retomar al maestro. En el caso “El hombre de las ratas”, en los apuntes originales, Freud escribe: “11 de octubre. Lucha violenta, día desdichado. Resistencia porque yo ayer le exigí que trajera una fotografía de la dama, es decir, resignar su reserva respecto de ella”. Y un mes después, el 11 de noviembre, y a partir de algunas representaciones sexuales, donde también aparece una vez más en la asociación del paciente en relación a la hija de Freud, escribe: “Yo repito mi conferencia del último sábado sobre perversiones”. Y el “28 de Diciembre: Él está hambriento y se lo conforta”. Y sobre el final de las notas de ese día: “Pero si antes de la declaración había impulsos suicidas, esto sólo puede haber sido un autocastigo por haberle deseado la muerte a la prima en su ira. Le doy a leer Joie de vivre, de Zola. Sí, leyeron bien, Freud le da un libro: La alegría de vivir, de Emile Zola. Novela que, sucintamente, trata acerca de la desgraciada vida de Pauline, quien queda huérfana a los 9 años y comienza a vivir en la casa de unos primos. En el transcurso de la novela va siendo despojada de su herencia sin que eso le importe demasiado. Establece un vínculo de amor con Lázaro, depresivo y con ideas suicidas, que a su vez la embarcará en absurdos proyectos. En definitiva, Pauline, a pesar de la sumatoria de infortunios, intenta seguir gozando de la vida, del estar viva. No creo que Freud haya sido inocente a la hora de pedirle una fotografía, de darle de comer o de sugerirle la lectura de una novela. Con respecto al libro, se trata ni más ni menos que de la biblioterapia, como luego teorizará Viktor Frankl, entre otros; libros como intervenciones para seguir pensando. Y por último, el 4 de Enero, Freud le interpreta al Hombre de las ratas el efecto que le causó el acto de haberle dado de comer: “La trasferencia era que a raíz de aquella comida que le ofrecí, yo saqué provecho, pues él ha perdido tiempo y la cura durará más. Cuando preparaba los honorarios, se le ocurrió que debía pagar también esa comida, con 70 coronas…”. Y sí, el obsesivo quiere pagar, incluso la deuda que no es propia.

  Entre la reeducación emocional y la distante abstinencia, hay matices, caminos por los cuales los analistas podemos transitar.

  En Lacan también encontramos intervenciones que hoy quizá resultarían “alocadas”, alcanza con leer las novelas-testimonios Una temporada con Lacan, de Pierre Rey y Jacques Lacan, calle de Lille Nº 5, de Jean – Guy Godin, o el Lacan, de Elisabeth Roudinesco, cuando dice: “Después de la ruptura con la IPA, Lacan quedó liberado de toda constricción institucional. Conservó más o menos la misma técnica de la cura, y siguió mezclando todos los géneros y reduciendo a nada las reglas clásicas. No sólo no vacilaba en tomar en análisis a varios miembros de una misma familia, sino que mantenía con sus pacientes relaciones de amistad: lo cual no le impedía separar radicalmente el terreno del afecto y el del diván. Tampoco vacilaba en analizar a sus amantes, o en escogerlas entre sus discípulas en control o en cura…”.

  La abstinencia no significa ser frío, distante, no implicarse. La abstinencia, en psicoanálisis, es un recurso, como una pausa, para suspender la intervención, la respuesta o para propiciar la del paciente. Es no jugar, en la escena analítica, con lo que es propio de la persona del analista, porque de lo contrario el consultorio no sería más que otro mostrador de la gran oficina cultural que hace de los sujetos, objetos.

 

III - Cultura y Subjetividad suele ser un matrimonio que se lleva bastante mal. La cultura da sentidos y en ese dar sentidos organiza la existencia, acotando la vida pulsional de los sujetos. En cambio, el psicoanálisis va por un camino opuesto. En su quehacer, el analista tiene que soportar, y hacerle soportar al paciente, la suspensión del sentido. Como las palabras, los sentidos son impuestos por el sólo hecho de entrar en la sociedad, que es el campo del Otro, donde el sujeto se tiene que ir constituyendo. La cultura es esa máquina de dar significaciones, de generar automatizaciones mentales, su pasión es la imposición de palabras, de mercaderías, la producción, para la reproducción, de sentidos exactos. Repetir las lecciones está en el origen de cada sujeto naciente. Ser un sujeto es ir en busca de una subjetividad, con la lámpara del deseo.

  La experiencia en el “Parador Retiro”, donde dicté un taller literario reflexivo dirigido a hombres en situación de calle, me enseñó, entre otras cosas, que cuando se prioriza la escucha, en un espacio de contención, donde circulan los afectos y se humanizan los vínculos, todo eso causa efecto en las subjetividades, más allá del título habilitante y el sitio en el que acontezca el encuentro. Los libros, la lectura oral y compartida, y la reflexión posterior, permiten que cada sujeto se hunda en su humanidad y desde allí pueda regresar con lo más propio de su ser. El camino de reconversión hacia una subjetividad no es sin entablar una permanente lucha con uno mismo y con los otros que buscan alienar, etiquetando al ser, o creándole deseos inservibles, fugaces, transitorios, para que, como en la tragedia de Sísifo, aparezca la repetición y cuando se tenga el celular “deseado”, aparece otro, y otros...

  Freud, en “La transitoriedad” o “Lo perecedero”, según la traducción de López Ballesteros y de Torres, texto de 1916, le da una clase, diría una enseñanza, a un amigo taciturno y a un joven poeta, no en el consultorio sino caminando por una florida campiña estival, en las Dolomitas, una cadena montañosa de Italia. El poeta admiraba la belleza pero a la vez le preocupaba la idea de que pronto desaparecería. La bella flor mañana estará marchita. Entonces Freud le señala que: “Por el contrario, ¡es un aumento de su valor! La cualidad de perecedero comporta un valor de rareza en el tiempo. Las limitadas posibilidades de gozarlo lo tornan más precioso”. Freud escucha y abre otro sentido. No se trata de un paciente, pero eso no tiene importancia; Freud igual escucha, interviene y luego teoriza con lo ahí acontecido. El lugar del psicoanalista no es sólo dentro del consultorio. El consultorio es uno de los dispositivos posibles, clásicos. El psicoanalista es con o sin diván. En el ejercicio público como en lo privado. Con un paciente o en un grupo. Escribiendo. Dando una charla en un colegio. En situaciones donde su escucha e intervención, produzcan efectos en la subjetividad.

  Para que la subjetividad no desaparezca definitivamente con la maquinaria cultural, los psicoanalistas, sin importar el lugar, el espacio o el tiempo, tendremos que resistir y así colaborar con una empresa fundamental: la de rescatar lo que quede de humano en cada sujeto.

  


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