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Freud a la carta

30/03/2015- Por Pablo Melicchio - Realizar Consulta

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“Leer las correspondencias de Freud es adentrarse en su vida, en la historia del movimiento psicoanalítico y, por sobre todo, es seguir recibiendo lecciones. Parece que Freud no descansaba; que aún en distendidas cartas aportaba unos consejitos, alguna que otra interpretación o aporte… Hubo una carta en la que me detuve y que me llevó a abrir algunas reflexiones inevitables… Carta de principios del siglo pasado en la que Sigmund, una vez más, vuelve a sorprenderme; sus textos “menos científicos” son geniales…”

 

 

 

                                        

             

 

 

I  Hubo un tiempo en que Freud y Jung trascendieron el vínculo profesional y fueron amigos. Los puntos centrales de ese vínculo pueden rastrearse en las correspondencias que se dirigieron desde 1906 hasta 1913, año en que fue decayendo la relación, como lo deja establecido Jung en la carta del 6 de Enero que, sin Reyes ni regalos, le dice a Freud:

         “Querido señor profesor: Me someteré a su deseo de cesar en nuestra relación personal, pues yo no impongo jamás mi amistad. Por lo demás, usted mismo será el que mejor sabrá lo que significa para usted este momento. El resto es silencio[1]”.

  Antes de esta etapa, de franca decaída, en las correspondencias abundan el significante “amigo” y los consejos necesarios, más de lado de Sigmund, digamos que por ser el mayor y el que inicialmente entró en la serie como profesor, para iniciar a su esperado sucesor en los secretos del psicoanálisis. No voy a detenerme demasiado en la historia de esa conflictiva amistad (ya otros lo han escrito, incluso filmado) que nace del interés del nacido en Suiza por el pensamiento del padre del psicoanálisis. Vínculo que parte de diferencias, de las de Jung intentando comprender los aportes de Freud, y que se interrumpe de manera inversa, siendo Freud el que intentó advertir las razones del alejamiento de Jung. Apenas unos años antes, Jung le había señalado a Freud que los deseos incestuosos no debían tomarse literalmente como tales sino como símbolos de otras tendencias. Jung pretendía excluir los temas sexuales, creyendo que de ese modo sería más aceptable el psicoanálisis en la sociedad (¿o en su conciencia?). Diferencias de criterio muy bien señalas por Ernest Jones en la biografía de Freud. Y el resto es historia…

 

II  Leer las correspondencias de Freud es adentrarse en su vida, en la historia del movimiento psicoanalítico y, por sobre todo, es seguir recibiendo lecciones. Parece que Freud no descansaba; que aún en distendidas cartas aportaba unos consejitos, alguna que otra interpretación o aporte. Es así que el verano que pasó, creyendo que solo iba a distenderme leyendo “chismeríos del ambiente psi”, amores y odios entre Freud y Jung, hubo una carta en la que me detuve y que me llevó a abrir algunas reflexiones inevitables y francamente mucho más fructíferas que tantos textos seudo-científicos que alguna vez tuve que leer.

  Freud le dice a Jung lo siguiente:

                                                  “… Con frecuencia me digo, para tranquilizar a mi conciencia: ¡no querer curar, sino aprender y ganar dinero! Estas son las más útiles representaciones conscientes de la meta…[2]”.

  Carta de principios del siglo pasado en la que Sigmund, una vez más, vuelve a sorprenderme; sus textos “menos científicos” son geniales. ¿Acaso esta “recomendación” no es un buen consejo para todo aquel que se pretenda analista? ¿Qué le está trasmitiendo a su entonces posible heredero? Le dice (y nos dice) que en el ejercicio del psicoanálisis hay que tranquilizar a la conciencia; esa que tan desubicada puede ser en el análisis. Nos orienta señalando que si nos proponemos curar, seguramente reeducaremos al paciente en la línea de nuestro anhelo. Es mejor pensar en otra cosa, le dice a Jung: saber y dinero. Seguir sabiendo, ¿no es otro nombre de la castración? Porque cuando creemos saberlo todo, estamos en problemas. Y por otro lado, estar del lado del saber no es lo mismo a que nos supongan un saber. Es más, son lugares diametralmente opuestos. ¿Qué podemos saber del dolor del otro, de sus vivencias, de su estructura e inconsciente? Si nos ubicamos del otro lado, del lado socrático del solo sé que no sé nada, entonces iremos por el buen camino. Y pensar en ganar dinero, le recomiendo Freud a Jung, quizá otra bella metáfora, también asociada a la castración, acerca de la búsqueda de aquello que no alcanza. Siempre es mejor que la conciencia tenga otros fines y no el de la curación. Ahora, qué es la curación, ese es otro cantar. De eso que se ocupe el inconsciente, diría. El camino de la cura no se sabe de antemano, es más, no se sabe, en todo caso se produce en su transitar. Caminante no hay camino, se hace camino al andar, dice Machado, canta Serrat. Sí, en la ruta de la cura hay una dirección, el psicoanalista es el que dirige la cura. Pero si entran en juego sus sentimientos, es mejor que sea un muerto, aporta Lacan.

  El sentimiento del analista es suyo y solo suyo, que se haga cargo de eso, y mejor que sea fuera del análisis que dirige, que se lo lleve a su propio análisis o supervisión.

 

III  La teoría de la técnica psicoanalítica es contundente: no busques curar acorde a tu concepto de cura, eso dejáselo a la psicología y sus normalidades. En “La dirección de la cura”, Lacan dice: “… está tanto menos seguro de su acción cuanto que en ella está más interesado (en) su ser”. En la acción del análisis, en el acto analítico, es mejor la carencia del ser. Muchos psicólogos y seudoanalistas dirigen al paciente hacia lo que ellos consideran “curación”, donde su ser está interesado, implicado, y en nombre de esa “verdad” de ser, hacen estragos. De lo que se trata es de dirigir la cura, no de curar. Si el YO del “analista” “cura”, el paciente no puede ser más que una sombra errante de lo que podría ser, un pobre reflejo del psicólogo que pone en juego su sentir, su concepto del bienestar, felicidad, demás mandatos sociales. El analista que tiene registro de lo que puede producir conduce el análisis al modo de un viaje en vehículo, teniendo en cuenta que el inconsciente es el GPS y que el destino no es el que él cree (o hacia donde él quiere dirigir al paciente) sino que el destino es el que marca el deseo, el deseo del analizado.

  El año pasado, en una de las redes sociales, circulaba un chiste en el que Freud manejaba un taxi y el paciente, sentado detrás, le preguntaba: “¿Hasta dónde me lleva?”. Y Freud respondía: “Hasta dónde usted quiera”. No me causó risa alguna. Eso es justamente lo que hay que desterrar para no confundir a la población, eventuales consultantes. El paciente no va hacia donde lo lleva el analista. Tampoco el paciente sabe el sitio hacia donde se dirige; viene con su síntoma, con su dolor, que es ausencia de dirección. Y si se establece alguna pregunta, si el consultante se implica en aquello que lo aqueja, recién allí puede arrancar el viaje hacia un destino que ninguno de los implicados sabe; el saber está en otro lado, está más allá de los dos.

  El aprendizaje es como el dinero, nunca alcanza.

  Hay que volver siempre a Freud. Sus Obras Completas no son completas en el sentido de cerradas. En sus escritos hay entrelíneas, espacios en blanco por donde podemos seguir aprendiendo. Siguiendo sus textos hay más para pensar. No está todo dicho. Queda mucho por descifrar. Y sus escritos mal llamados no científicos, como las correspondencias, arrojan luz sobre áreas todavía discutidas y discutibles en psicoanálisis. Freud es la carta de un menú del que por suerte aún no probamos todos los manjares. Invitados al banquete estamos. ¿Quién paga? No se preocupen. Siempre encontraremos algún neurótico que quiera saldar su deuda.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Shakespeare, Hamlet, V, II.

[2] Freud, S – Jung, C.; “Correspondencia”. Carta 25 de Enero de 1909, pág. 231, Editorial Trotta, Madrid,     

  2012 


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