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Decir "lo que sea". (jugar con el significante)

15/11/2007- Por Roberto Ileyassoff - Realizar Consulta

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Para la orientación lacaniana hay psicoanálisis donde quiera que se den las condiciones del discurso psicoanalítico. Al decir de Lacan, "mientras dure un rastro de lo que se ha instaurado, habrá psicoanalistas para responder a ciertas urgencias subjetivas". Habrá psicoanalista si él se sostiene en el discurso psicoa­nalítico más allá de que cumpla o no con ciertos rasgos o semblantes "técnicos" a la moda. El deseo del analista hace entrar en análisis, pero necesita encontrarse con un deseo de analizarse: cuanto más oferta de deseo de analista haya en la ciudad, más probabilidad hay de que surja deseo de analizarse (Psicoanálisis puro). Otras ve­ces surge simplemente el deseo de obtener ciertos beneficios del encuentro con un analista (Psicoanálisis aplicado).

Para la orientación lacaniana hay psicoanálisis donde quiera que se den las condiciones del discurso psicoanalítico.
Al decir de Lacan, "mientras dure un rastro de lo que se ha instaurado, habrá psicoanalistas para responder a ciertas urgencias subjetivas". Habrá psicoanalista si él se sostiene en el discurso psicoanalítico más allá de que cumpla o no con ciertos rasgos o semblantes "técnicos" a la moda.
El deseo del analista hace entrar en análisis, pero necesita encontrarse con un deseo de analizarse: cuanto más oferta de deseo de analista haya en la ciudad, más probabilidad hay de que surja deseo de analizarse (Psicoanálisis puro). Otras veces surge simplemente el deseo de obtener ciertos beneficios del encuentro con un analista (Psicoanálisis aplicado).
Es importante que el psicoanálisis aplicado a la terapéutica no ceda sobre el hecho de seguir siendo psicoanálisis. Este último, no elude la cuestión del goce y coloca al Otro en posición de inconsistencia; además, no encuentra punto de detención en los efectos de sentido sino en la búsqueda de la posición del fantasma del sujeto que es la que sostiene sus síntomas.
La inflexibilidad en el mantenimiento de las reglas disminuye de acuerdo con la claridad que tenga el analista acerca de su posicionamiento en la estructura del discurso psicoanalítico y en la habilidad que tenga en lograr "abonar" al paciente al discurso del inconsciente.
El asunto, para el psicoanalista, es que el paciente tenga "transferencia con el psicoanálisis" y no sólo con él como "terapeuta". Esto, en tanto el paciente tenga “agalmatizado” el dispositivo analítico y la posibilidad de hacer trabajar el inconsciente vía la asociación libre y la valoración que haga él de sus propios dichos, de querer escucharlos y leer algo de su cifrado. Esto no siempre se logra. En suma, es importante que el paciente logre jugar con su inconsciente; vale decir jugar con el significante y lograr decir "lo que sea".

J.-A.Miller se pregunta: "por qué el inconsciente cifra y miente y no dice las cosas como son, y sólo habla siempre de costado".
Cuando no hay cifrado, no hay represión primaria. Uno de los nombres de la represión primordial es el cifrado. Otro de sus nombres es la fijación.
Existe una relación estrecha entre la represión originaria y la fijación. Freud, en el caso Schreber, describe como tal al primer tiempo de la represión. Luego retoma el tema en "Inhibición, Síntoma y Angustia". La represión es descrita por Freud como una operación dinámica, implicando el mantenimiento de una contra-investidura que busca hacer retorno en la conciencia y en la motilidad : léase retorno de lo reprimido, formación de compromiso, formación de síntoma; de aquí se desprende el hecho de que, de la fijación a la modalidad de goce de un sujeto -es decir, su síntoma- hay sólo un paso.
La entrevista preliminar puede ser para que el .sujeto acepte transmitir su sufrimiento de una manera útil pasando por el trabajo del ciframiento y la sustitución inconsciente.
Lo común entre significante y signo (que marca dos etapas en la enseñanza clínica de Lacan), es que ambos operan por sustitución.
Sustitución, cifrado, trabajo del inconsciente, represión primaria forman parte de un mismo tren de conceptos. Estos son inherentes al discurso analítico y a su envés: el discurso del inconsciente. Por esto, más que a reglas o a semblantes técnicos, hay que situarse entre la teorización de los cuatro discursos de Lacan, sin dejar de referirse también al concepto de represión originaria de Freud.
Un paciente relata su motivo de consulta, su historia vital, ciertos sueños y recuerdos de infancia con la particular modalidad de querer ir directamente a los hechos y tratar de decir las cosas como son, sin hablar jamás al descuido o de costado.
Se queja del stress que le produce el mantener su próspera posición social como empresario y padre de familia. Se queja también de que esto empezó desde que su padre murió cuando él cumplió 24 años, se recibió y se casó. Dice que seguramente el análisis lo va a ayudar. No logra ser más preciso que esto en la definición de su motivo de consulta. Suprime detalles, anécdotas que hagan más vívido el relato y le dé resonancia a su palabra. Luego de meses de trabajo resulta lógico que aparezca un cierto estancamiento pues una vez que usa su decir para comunicar su sufrimiento se calla la boca repitiendo una y mil veces que quiere curarse del stress.
¿Cómo hacer para que este sujeto, casi un perfecto obsesivo, se avenga a que el inconsciente cifre, mienta y no diga las cosas como son sino que sólo hable siempre de costado? La única manera de hacerlo hablar de costado y al descuido fue proponerle jugar como si él fuera un jovencito, como si él fuera su hijo púber al que quiere traer a la consulta porque lo considera muy reservado para su edad. Se le propuso entonces responder acerca de si oyó hablar de Esopo y de La Fontaine con sus fábulas, o de Horacio Quiroga con sus cuentos. Empieza así a construir fábulas, su palabra adquiere más resonancia; a veces se equivoca, se contradice y pronto se topa con una fuertísima emoción: esto ocurre cuando pasa a relatar el argumento de la película El juego de las lágrimas. Ahí un militante del IRA conoce a una mujer que luego resulta no serlo exactamente. El paciente había sido militante durante su juventud.

El analista se da cuenta de que se podría efectuar una operación de cierta sustitución entre el paciente y el protagonista de la película, pero no dice nada. Sin embargo, a partir de esto el paciente logra por sí mismo hacer ciertas referencias acerca de su vida erótica, su relación con las mujeres, con su esposa y con el qué dirán en su barrio. Además, muchos datos de su vida que habían sido relatados previamente, adquirieron un nuevo peso y una nueva resonancia.
El analista va ubicando la posición del paciente en cuanto al fantasma que sostiene su síntoma pero continúa guardándose de hacer interpretaciones. Sólo trata que el paciente se interese en escucharse y lo va ayudando a descifrarse mientras espera un momento oportuno para lograr algún efecto en cuanto al desarrollo del análisis.
El psicoanalista, ¿hace decirlo todo? Como respuesta se puede proponer la siguiente: -él sólo hace decir-; la regla freudiana tiene por función introducir al paciente en la dimensión del decir. El discurso psicoanalítico sólo puede establecerse con la palabra, con el significante, con el decir y con lalengua. Dicho discurso también impone el hecho de que el lenguaje no es solamente comunicación. Lacan afirma en el Seminario 20 que "Lalengua sirve para otras cosas muy diferentes que la comunicación": (Que sólo sirve para el diálogo) "-nada es menos seguro-".
¿Cómo sacar al paciente de la posición de venir a dialogar pidiendo curación? ¿Cómo ponerlo a jugar con el significante, a decir "lo que sea" y a curarse por añadidura? ¿Cómo hacerlo trabajar o jugar con su inconsciente más allá del diálogo? ¿Cómo lograr que diga "algo" sin saber que lo dice y quiera leerlo?
La solución está en estas preguntas mismas, pues quien se hace la buena pregunta encuentra, en cada caso, la buena respuesta.
Decir "algo" no es decirlo todo y confesar; así se termina diciendo nada. En algún punto todo y nada se tocan pues son lo mismo en cuanto a indeterminación. Lo que no se puede decir termina diciéndose a través de algo que es muchas veces un simple detalle que marca sintomáticamente un estilo, un deseo, un modo de gozar.

Decir "lo que sea" incluye hacer aparecer impedimentos, emociones y apuros a través de anécdotas, argumentos, fábulas, sueños, recuerdos, o relatos del detalle de la vida cotidiana. También incluye decir trivialidades o "tonterías". Freud, cuando en su artículo "Sobre el inicio del tratamiento" de 1913 postula la regla fundamental, dice: "diga usted todo lo que acude a su pensamiento y no calle nunca algo por más que resulte desagradable" (las cursivas se han puesto para hacer notar que Freud acentúa el algo que acude y no solamente el todo).
Lacan, en la segunda clase de su seminario Aun, cuando se refiere al sujeto en análisis afirma que "el sujeto no es el que piensa. El sujeto es aquel a quien comprometemos, no a decirlo todo [que es lo que le decimos para complacerlo -no se puede decirlo todo-] sino a decir tonterías, ahí está el asunto".
Más adelante, en la séptima clase, retoma el tema puntualizando: "...decir lo que sea -consigna del discurso del analizante-"... "con este decir, vamos a hacer el análisis y entramos en el nuevo sujeto que es el del inconsciente"... "Justamente en que nuestro hombre consienta en no pensar, podremos, a lo mejor, saber algo un poco más preciso y sacar algunas consecuencias de los dichos; dichos de los que no cabe desdecirse, según las reglas del juego".
Entonces, de lo que se trata para el paciente no es tanto de pensar, sino que aparezca la voluntad de gozar hablando, de jugar con el significante y decir "lo que sea" para que a través de sus dichos pueda saber algo más preciso y sacar algunas consecuencias de ellos.
Lacan puntúa luego que... "el inconsciente no es el ser que piensa. El inconsciente es que el ser, hablando, goce y no quiera saber nada de eso".
De esto se desprende que si el paciente juega o habla, también goza.
Destaquemos el momento en que el paciente anteriormente mencionado acepta gozoso jugar a contar argumentos de películas como si fuera un púber. Esto provoca oscilaciones en el lazo transferencial: cuando la sesión se convierte en el lugar de encuentro con su goce se asusta, pero cuando el encuentro se produce afuera de la sesión, el análisis se convierte en un albergue protector y un lugar de elaboración para su goce. Cuando no puede hablar directamente acepta gustoso jugar a que el analista le "adivine" lo que le pasa contando argumentos de películas o pequeñas anécdotas, chistes y problemas ajenos. Este modo de hablar también le sirve como defensa: así no se hace cargo de sus dichos ni de las consecuencias de los mismos. Parece que decir es hacer existir. Tiene terror a levantar su reticencia y esto quizá está relacionado con algún secreto que él quiere conservar. El analista decide respetar esta situación y mantener ese juego a través de hablar indirectamente porque el mismo lleva también a lo reprimido o renegado. Entonces, juega al "adivino" con el paciente tal cual lo hace con sus otros pacientes púberes.

La pubertad es un momento importante donde el sujeto se topa con una renovada voluntad de goce, choca contra sus puntos de imposible y con las consiguientes dificultades para asumirlos subjetivamente. Pero sin embargo, el goce como traumático y el orgasmo (puntos cruciales para todo psicoanálisis) atraviesan todos los momentos de la historia de los sujetos. Esto último obliga a concluir que la cuestión de la edad no es un determinante absoluto. Cualquiera sea la edad siempre es necesario regular la escucha en relación al nivel sustitutivo en que aparece el goce a través del síntoma.
Melanie Klein (en el Capítulo II de su libro El psicoanálisis de niños de 1932) hace una descripción magistral del juego del niño como goce cuando relata cómo éste entra en contacto por primera vez con el conjunto de juguetes que ella le ofrece, ubicándolos en una mesa baja. Ella dice que "aún el niño más inhibido los toca, los mira furtivamente, se sirve de ellos o los aparta con suma fruición".
Melanie Klein usa ese conjunto de juguetes (cada uno diferente del otro) como un conjunto de significantes (ella no lo teoriza así) con los que el niño puede construir un juego que ella considera interpretable del mismo modo con el que Freud interpreta los sueños. Ella intuía que el significante no se limita a su soporte fonemático. Trata al juego con juguetes como si fuera un juego con significantes y lo interpreta como a un lenguaje.
Junto a Lacan, en el último tramo de su enseñanza, y junto a J. -A. Miller, en El hueso de un análisis, se puede hacer notar el hecho de que el goce brota del significante: el goce no sólo es engendrado por él sino que también es acotado, mortificado y prohibido por él.
De este modo se puede concluir diciendo que la regla fundamental del psicoanálisis se puede cumplir jugando con el decir como si fuera un juego de niños cuando el envaramiento "adulto" de ciertos pacientes obsesivos lo exige.


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