» Introducción al Psicoanálisis

Enigma y cita: dos condiciones de la interpretación

19/10/2012- Por Luciano Lutereau - Realizar Consulta

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En el tramo final de la clase del 17 de diciembre de 1969, en el Seminario 17: El reverso del psicoanálisis, Lacan desarrolla una concepción singular de la interpretación, al ubicarla entre cita y enigma. Si destaco este carácter de “entre”, es porque considero que no se trata de ver en la cita y el enigma dos modos de la interpretación, sino dos condiciones de la misma. De este modo, para dar cuenta de la interpretación es preciso poder definir, en primer lugar, qué son la cita y el enigma, para que la definición inicial –de la interpretación– no redunde en una mera duplicación del problema.

 

 

La cita

 

  De acuerdo con Colette Soler (1984), la cita podría definirse como un saber patente, que pone en suspenso la relación entre el decir y lo dicho a través de la enunciación:

 

“La cita […] es más bien un enunciado de saber afirmado, salvo que se refiere el enunciado a un nombre de autor. La cita, al ser referida a un nombre de autor, introduce la dimensión de la enunciación, una enunciación latente que hay que hacer surgir.” (Soler, 1984, 18)

 

  En sentido estricto, la cita sanciona que algo fue dicho, indicando la posición y la sujeción de aquél que profirió el enunciado; por lo tanto, la cita devela un más allá del decir, a través del recurso a la enunciación, y esto puedo ser independiente de la materialidad del significante. La cita, desde este punto de vista, es una función –que, a su vez, tiene una estructura– que prescinde de las aproximaciones descriptivas que la definen como un “recorte de los dichos”, “tomar las mismas palabras”, etc.

  Ocasionalmente, quienes se están iniciando como practicantes de psicoanálisis tienen esta dificultad para orientarse en la clínica: repiten los dichos sus pacientes como si fueran “significantes” y no meras palabras –es decir, como si el significante tuviera una textura que no fuera la de su oposición diferencial con otro significante–. Entender la cita en estos términos es un modo facilitado para el extravío que, en ciertas ocasiones, deja al practicante como una suerte de “eco” del que habla; cuando, en la cita, se trata de destacar el acto de decir, sin que importe tanto qué fue dicho. De este modo, la cita rehabilita la palabra analizante como lugar de la verdad. “Esto que voy a decir es una pavada”, dice el que habla; “lo que sea, es importante”, piensa el analista –en un gesto semejante al formulado por Freud en su artículo sobre “La negación” (1925) que, por lo demás, es un texto sobre la función de la cita: decir algo a condición de negarlo es otro modo de decirlo–.

  Esta dimensión de la cita se encuentra formulada en un escrito como “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958), cuando Lacan sostiene lo siguiente:

 

“Nada más temible que decir algo que podría ser verdad. Porque podría llegar a serlo del todo, si lo fuese, y Dios sabe lo que sucede cuando algo, por ser verdad, no puede ya volver a entrar en la duda.” (Lacan, 1958, 596)

 

  La cita, entonces, enfatiza el carácter irreversible del decir analítico, que no acepta enmiendas ni correcciones (“no quise decir esto, fue un error”). Para dar un ejemplo, podría considerarse como un caso de cita, en el historial del Hombre de las ratas, aquel momento en que éste –luego de comunicar que a los doce años había pensado en la muerte del padre como un modo de granjearse el cariño de una niña–, revolviéndose contra la posibilidad de expresar un “deseo” con dicha idea, Freud le objeta: “Si no era un deseo, ¿por qué la revuelta?” (Freud, 1909, 142). La intervención de Freud se dirige directamente a la enunciación y confronta al Hombre de las ratas con su propio decir. De este modo, en la cita se trata de develar la verdad latente del enunciado proferido.

  Asimismo, en una consideración lateral, puede advertirse cómo la interpretación es un soporte fundamental del cumplimiento de la regla fundamental. Dicho de otro modo, la interpretación es un modo capital para que el analista sostenga el discurso analizante. En estos términos es que puede decirse, en una primera acepción, que la interpretación no otorga sentido, dado que ubica la asociación libre como única sede de los efectos de verdad.

 

 

El enigma

 

  Lo mismo podría decirse del enigma, aunque en otra dirección. Un enigma no es meramente un acertijo, sino una verdad cuyo saber se encuentra elidido. Es el caso, por ejemplo, del enigma de la esfinge a Edipo. Pero también de los refranes (tan útiles, al igual que las canciones, a la hora de intervenir como analistas). ¿Quién sabe lo que realmente quiere decir que “a caballo regalado no se le miran los dientes”? Y, sin embargo, la frase no deja de ser efectiva, sumamente verdadera. No por la indicación de la enunciación, dado que, a diferencia de la cita, el enigma no tiene una estructura deíctica, sino porque indetermina el referente para que sea el hablante quien defina el sentido de ese decir –nuevamente, puede verse cómo aquí también la interpretación es un sostén capital de la asociación libre–:

 

“El enigma consiste en formular una enunciación, que no es de nadie, y que no corresponde a ningún enunciado de saber. En otras palabras, el enigma es verdad sin saber. O, sí así lo prefieren, es la verdad cuyo saber es latente o supuesto. Producir el enunciado queda a cargo del oyente.” (Soler, 1984, 18)

 

  Considero importante subrayar esta cuestión ya que un extravío habitual radica en afirmar que el analista debe introducir un equívoco con la interpretación. Sin embargo, no hay nada más lejos de la interpretación que el mero juego de palabras. Porque no se trata de que el practicante aprecie que eso que está diciendo el que habla tiene un segundo sentido. En absoluto; porque, si así fuese, ¿quién respondería por ese sentido añadido? Que la interpretación suponga el equívoco, que lo produzca, no quiere decir que se trata de que alguien lo fuerce. En todo caso, en la escucha –que no es del analista ni del analizante, pero resuena en ambos– es que este efecto adviene. Recuerdo una situación en que no llegué a oír lo que decía un analizante; entonces, pregunté: “¿Cómo?”. Él respondió: “Sí, toda mi vida fui un cómodo”.

  La puesta en forma del dispositivo analítico consiste en producir una forma de hablar que supone la escucha, pero no debería creerse que esta última sea un rasgo propio de una de las dos personas que ahí se encuentran. Sostener esta última postura implicaría una reducción empírica del dispositivo al esquema de la comunicación: uno habla, el otro escucha y responde, etc. Luego volveré sobre esta cuestión, para destacar que la interpretación tampoco es un acto privativo de una “persona”.

  En este punto, me importa subrayar que si la cita lleva hacia la cuestión de la verdad, el enigma orienta hacia la escucha. Por lo tanto, en absoluto la interpretación se resume en frases ambiguas o enrevesadas –que la interpretación no aporte sentido no quiere decir que no tenga ninguno–, sino que se trata de un vector hacia el efecto de escucha en el analizante; y, para ello, muchas veces no hace falta más que una afirmación de sentido común o popular. De acuerdo con esta orientación es que, en una segunda acepción, puede decirse que la interpretación implica el cumplimiento de la regla analítica, dado que no hay nada menos “común” que el sentido.

  Un ejemplo de intervención enigmática, por parte de Freud, en el mismo historial del Hombre de las ratas, puede entreverse a continuación de la secuencia anteriormente comentada, cuando aquél, defendiéndose de la intervención freudiana, al decir que la revuelta se debería a “sólo el contenido de la representación: que mi padre pueda morir” Freud, 1909, 142); en este punto, la respuesta de Freud no se hace esperar: “Trata a ese texto como a uno de lesa majestad” (Freud, 1909, 142). Con esta especie de refrán –que recuerda a una especie de dicho infantil: “el que lo dice lo es”–, Freud da a entender que se castiga lo mismo a aquel que insulte al Emperador que a aquel que diga que castigará a quien insulte al Emperador. En este caso, el efecto es de indeterminación de la consistencia de la posición discursiva del Hombre de las ratas, quien no podía reconocerse como deseante en su decir. El efecto es inmediato. Según Freud: “Queda tocado” (Freud, 1909, 142).

 

Interpretación

 

  De este modo, en sentido estricto, cabría afirmar que ni la cita ni el enigma son modos de la interpretación (mucho menos son lo que habitualmente creemos que son –la cita, una mera repetición de las palabras del paciente; el enigma, una frase capciosa–), sino que son condiciones del decir interpretativo.

  Condiciones necesarias, pero no suficientes. Suelo tener la idea de que las interpretaciones más interesantes son aquellas que producen este doble efecto: indican la enunciación e indeterminan el sentido. En ambos casos el decir de la interpretación es un acto que sostiene el cumplimiento de la regla fundamental. En relación con el primer aspecto, la interpretación confronta al paciente con su decir; en el segundo aspecto, la interpretación concierne al ser hablante con la escucha.

  Como un ejemplo de una interpretación que cumple con las dos condiciones no hay más que pensar en aquel momento, una vez más, del tratamiento del Hombre de las ratas –en que a éste le gustaría preguntar cómo es que la idea de la muerte del padre pudo acudirle intermitentemente a lo largo de su vida– cuando Freud le responde: “Si alguien plantea una pregunta así, ya tiene aprontada la respuesta. No hay más que dejarlo seguir hablando” (Freud, 1909, 144).

  Para concluir, plantearé dos circunstancias: una relatada por una amiga, que también se dedica a la práctica el psicoanálisis; otra, de mi experiencia.

  Recientemente una colega me contaba una situación algo cómica en la que se ponen de manifiesto estas dos dimensiones de la interpretación. Una mujer mayor la consultaba por ciertas dificultades en la relación con su marido. Su queja se afirmaba en que él obstaculizaba muchos de sus intereses y proyectos personales. Entonces, cuando la mujer hace un gesto con las manos en que indica un retroceso, la analista le dice: “Pareciera que él rema para atrás”. En este punto, la mujer prorrumpe: “Pero yo nunca dije nada de las dudas acerca de la sexualidad de mi marido”.

  Esta simpática situación se encuentra sostenida en las dos condiciones que estudiamos en este artículo: por un lado, el equívoco interpretado retoma una afirmación de sentido común que nadie pronuncia. “Remar para atrás” se entiende con una connotación sexual: “Patear en contra”. He aquí el estatuto enigmático que cobra el decir para la escucha de la mujer. Por otro lado, la afirmación sanciona el acto de decir que corresponde a la cita: “Yo nunca dije” recuerda a ese chiste de Groucho Marx cuando decía “nunca lo hice ni lo volveré a hacer”.

  Por último, en estos días me consultó una muchacha algo inquieta. Su padecimiento podía resumirse del modo siguiente: “Tengo un imán para los solteros que no buscan compromisos”. En el curso de la conversación, luego de preguntarle de qué modo llegaba a su vida esta particular “raza” de hombres, me dice que se trata de tipos que se han separado recientemente. Le digo, entonces, una frase evidente: “Un recién separado no es un soltero”. Por esta vía, ella continúa hablando de su última relación importante, con un hombre que, en el último tiempo del noviazgo, había vuelto con su primera esposa. Recuerda que siempre tuvo miedo a competir con otras mujeres y que suele conmoverse ante los hombres que imagina indefensos. Agrega: “Estoy imantada con los tipos que siempre llevan encima el fantasma de su ex”. En este punto, no era necesario que yo agregase nada. Nos habíamos arreglado bastante bien para ser una primera entrevista.

  Esta última referencia me permite retomar una cuestión que dejé pendiente más arriba: a veces concebimos la interpretación como una suerte de acto mágico, potestad de ese ser superior que llamamos analista, que sería una especie de oráculo fantástico, y nos olvidamos de que la práctica del psicoanálisis implica, por sobre todo, movimientos discursos. A veces, entonces, concebimos imaginariamente lo que no son más funciones: la posición del analizante y la del analista (como efectos antes que como causas). Sostener que la interpretación es el efecto interpretativo es tan cierto como advertir que, muchas veces, los analizantes vienen con la interpretación abajo del brazo, dispuestos a usar el dispositivo analítico para dar cuenta de aquello con lo que se encontraron y funcionó como signo de interpelación (una charla con la pareja, el reproche de un hijo; otras veces, el slogan de un cartel en la calle).

  En definitiva, si la interpretación es una forma del discurso del analista –como Lacan sostiene en la clase del seminario 17 que desarrollé en esta oportunidad–, esto no quiere decir mucho más que lo siguiente: su utilidad radica en que apunta a hacer cumplir la regla de la asociación libre. Winnicott decía que interpretaba para mostrar a sus pacientes que él no había entendido nada. El caso de la muchacha que comenté hace un momento demuestra también que la interpretación no viene de afuera, sino que –como decía Freud– esta última debe llegar cuando el analizante está a punto de producirla. Y, de hecho, también ocurre que el analizante llegue primero.

 

 

Referencias

 

  Freud, S. (1909) “Análisis de un caso de neurosis obsesiva («Caso Hombre de las ratas») en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1988.

  Lacan, J. (1958) “La dirección de la cura y los principios de su poder” en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002,

  Lacan, J. (1969-79) El seminario 17: El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1992.

  Soler, C. (1984) “Sobre la interpretación” en Acto e interpretación, Buenos Aires, Manantial, 1993. 


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