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Drogadicción y psicoanálisis

02/08/2003- Por Daniel Sillitti - Realizar Consulta

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El psicoanálisis en cierto sentido (...) es un tratamiento que apunta a una sustitución. La sustitución del goce de la sustancia en el cuerpo, por el de la palabra. En cierto aspecto se trata de que el sujeto acepte el goce del sentido que se pone en juego en el análisis. Para ello es necesario que el goce autoerótico puesto en juego en la toxicomanía sea cedido.
Aquí se trata de un tratamiento de lo real por lo simbólico.

El encuentro del psicoanálisis con la drogadicción es nuevo. Es nuevo porque el fenómeno de la drogadicción tal como lo conocemos hoy es nuevo.

La época freudiana, no estuvo exenta del consumo de drogas, incluso de la adicción a las drogas. En aquellos tiempos, el problema se centraba fundamentalmente sobre el consumo de morfina. Tóxico medicinal, generalmente la adicción era un efecto indeseado de los tratamientos. Son pocas las referencias en los textos de Freud y también de Lacan a las drogas. Menos aún a la toxicomanía como patología.

La diferencia de escala en el consumo, la diversidad de drogas popularizadas, (hoy el consumo de drogas no se restringe a círculos particulares de dinero, clase social o ámbitos -artístico, intelectual, deportivo, etc.) hacen del fenómeno de la toxicomanía un hecho abordado por los distintos ámbitos de las organizaciones sociales.

Los psicoanalistas no escapamos a esta situación. Más aún nos vemos confrontados a las toxicomanías a veces de manera brutal.

 

LAS TOXICOMANIAS COMO CLINCA DE LOS BORDES

Suele plantearse a las toxicomanías como una clínica de los bordes, plantear esto obliga a preguntarse sobre qué es a lo que llamamos bordes, qué es lo que es bordeado. Creo que debemos entender por los bordes aquello que se encuentra en los límites abordables por el discurso, en este sentido los límites abordables por el psicoanálisis.

En un momento de la historia del psicoanálisis fueron las psicosis que se ubicaban en los bordes, más aún las psicosis constituían un terreno por fuera de las fronteras del psicoanálisis. Partiendo de cierta lectura de Freud los psicoanalistas de toda una época dejaron fuera de los efectos del psicoanálisis a las psicosis. Es a partir de Lacan que los psicoanalistas aprendimos a orientarnos en este territorio. Es conocida su afirmación “no retroceder ante las psicosis”.

Haber atravesado esta frontera no significó eliminar las fronteras, nuevas formas del tratamiento del malestar en la civilización, dan lugar a nuevos bordes, nuevos desafíos, nuevos obstáculos ante los cuáles los psicoanalistas debemos repetirnos que no debemos retroceder.

Las toxicomanías es hoy uno de ellos.

Bordes entonces no hace referencia a una categoría psicopatológica, sino a los obstáculos que el psicoanalista encuentra en su práctica, en tanto ésta no puede definirse por fuera de la época en la que vive.

Que las toxicomanías se encuentren en ese borde se debe también a Freud, a Lacan y en general a los grandes autores del psicoanálisis.

Si bien algunos seguidores de Freud localizan el fenómeno, sus desarrollos son poco conocidos. Es el caso de Sandor Rado quien tiene un trabajo de 1926: Los efectos psíquicos de los intoxicantes: un intento de desarrollar una teoría psicoanalítica de los deseos morbosos, en el que desarrolla con mucha agudeza el fenómeno en relación a lo que llama el “deseo de intoxicación” y la pulsión oral. Abraham también en el año 1908 en un trabajo que se llama Las relaciones psicológicas entre la sexualidad y el alcoholismo desarrolla una serie de hipótesis respecto no sólo al alcoholismo sino también a la morfinomanía. Propone al alcohol como sustituto de la sexualidad y en este sentido lo homologa al valor que tiene el síntoma para los neuróticos “el alcoholismo representa su actividad sexual” y ubica bien la satisfacción de que se trata al resaltar que tanto en el consumo de alcohol como de la morfina el sujeto se entrega a la obtención de un “placer sin molestias. Deja de lado las mujeres”.

Como contrapartida no encontramos en Freud más que referencias aisladas aunque precisas y muy valiosas: respecto del acto de intoxicación, como vicio que sustituye a la masturbación, como objeto (en relación a la bebida) el partenaire perfecto. Lo que me parece su definición más provechosa es la que da en el texto “El Malestar en la Cultura”: como uno de los tres modos en que los sujetos logran hacer frente a las miserias que la vida impone, en tanto impone un efecto inmediato por actuar directamente sobre el cuerpo y además al generar la ilusión de independencia de la realidad exterior. Sintetiza aquí, al definir la función de la droga, lo que había desarrollado respecto del vicio y el matrimonio: una satisfacción que se obtiene por fuera de la relación con el partenaire del otro sexo.

A pesar de estas observaciones, no encontramos en los casos de Freud el tema de la drogadicción. No es un tema que él desarrolle en términos de categoría clínica. Hay una referencia hecha por él en una carta dirigida a Edoardo Weiss, allí comenta a propósito de un paciente consumidor de alcohol y drogas, que no es un caso adecuado para un psicoanálisis.

Es un caso extremo, un comentario aislado, es curioso que Freud no le haya dedicado atención a este tema habiendo desarrollado sus trabajos sobre la cocaína y siendo en su época tan frecuente la adicción a la morfina. Hay que resaltar que la primer paciente del psicoanálisis, Ana O., terminó sus días adicta a la morfina, residuo de su tratamiento con Breuer.

Debemos ver también, como lo resalta E. Laurent, que el fenómeno del consumo de drogas ha crecido en una escala enorme desde la época de Freud hasta nuestros días. Como foco de atención es un fenómeno novedoso.

Hay que poder pensar la relación entre este fenómeno y el desarrollo de la ciencia, el “progreso” enorme que la ciencia ha tenido desde aquel momento a hoy. Sólo resaltemos que el despliegue de la ciencia, se soporta en la estructura de los nuevos modos de lazo social definidos por el mercado y el consumo. En este marco se inscribe el desarrollo, también de la mano de la tecnología, cada vez mayor de las drogas.       

Lacan también presenta pocas referencias a las drogas, tal vez ninguna a los adictos. Sin embargo a mediados de la década del 75 da un definición de la droga, definición que es consonante con la de Freud.

Consonante en tanto lo que define es la función de la droga, además al darle a la droga la definición de lo que permite romper la relación del sujeto con el goce fálico. Esta ruptura es lo que permite la obtención de un goce que, en la medida en que no está regulado por la instancia fálica, rehúsa del pasaje de la relación al Otro. En términos de Freud la ilusión de independencia con el mundo exterior. Es la misma característica que destaca Abraham respecto del alcohólico.

Con estas coordenadas, que implican entre otros elementos la dificultad en la constitución de un síntoma, en el sentido analítico, coordenadas que se ordenan más bien en el sentido de un rechazo del inconsciente, se entiende que el encuentro del psicoanálisis con los sujetos llamados adictos, sea problemático.

Los tratamientos tradicionales (Uomo y Deypton) que basan su estrategia en una especie de pedagogía que debería reconstruir la capacidad del sujeto para responder a las exigencias sociales, apelando al intento de educar un goce que se ha escapado a la regulación, encuentran sus límites en la transitoriedad de sus logros. Apelando a un esquema que podemos llamar de sustitución, basados en la idea de un desvío de la conducta intentan la sustitución de un hacer por otro. Reemplazar el hacer de la droga por un hacer comunitario, que respete y haga respetar las normas. Es el recurso a un super-yo diría más adecuado (aunque no menos cruel). El eje en el que se sostienen estos tratamientos es el de la identificación a la categoría de Drogadicto como una patología incurable, razón por la que, con un estilo religioso, se recurre al ex-adicto. En este caso hay un tratamiento de lo real de un goce en el cuerpo, por lo imaginario de la identificación.

Conocemos otros tratamientos de sustitución, son los de sustitución de una sustancia por otra. Es el caso de la Methadona en lugar de la Heroína. Aquí se apunta por la vía de un tóxico menos venenoso disminuir los riesgos de los sujetos, ya sea en el plano de los efectos por sobredosis como las consecuencias en relación a la propagación del SIDA. También se consigue un control respecto de la ingesta de los tóxicos. Experiencias similares en cuánto a esto último se realizan en este momento en Suiza, pero recetando directamente heroína.

Aquí vemos los esfuerzos que la ciencia intenta en relación a la adicción, sustituyendo un tóxico por otro, interviniendo sobre lo real del goce en juego con otro real, el del medicamento que también va a parar directamente sobre el cuerpo.

El psicoanálisis en cierto sentido también es un tratamiento que apunta a una sustitución. La sustitución del goce de la sustancia en el cuerpo, por el de la palabra. En cierto aspecto se trata de que el sujeto acepte el goce del sentido que se pone en juego en el análisis. Para ello es necesario que el goce autoerótico puesto en juego en la toxicomanía sea cedido.

Aquí se trata de un tratamiento de lo real por lo simbólico.

Los diferentes autores de la época freudiana, los llamados post-freudianos (Abraham, Frenczi, Rado) no vacilan en declarar que ningún tratamiento que no sea el psicoanalítico tendría valor para el tratamiento de estas afecciones. No era la idea de Freud.

En mi opinión, el analista no debe descartar ninguna vía que pueda conducir a un psicoanálisis, para ello no vacilará en recurrir a la Methadona si es necesario, o a la comunidad terapéutica, o el hospital de día, si ello puede abrir el camino a la palabra del sujeto.

En este sentido hay un punto de “incompatibilidad” entre los llamados adictos y el psicoanálisis. Se refiere a la ética.

En el grupo de Toxicomanía y Alcoholismo, solemos denominar a estos fenómenos bajo la característica de “patologías de la ética” término usado por Jacques-Alain Miller en una de sus conferencias. Se trata del sujeto que puede o no responder por su decir y por sus actos.

Aquí, los toxicómanos asegurados en un goce solitario, se presentan burlones de la posición del Otro en la exclusión que de él hacen. Es el goce cínico.

La ética del psicoanálisis se ubica en la otra vereda, no se trata de huir de las “miserias que la vida nos impone” (como plantea Freud) por el uso de un objeto que nos haría olvidarla, se trata más bien de enfrentarla con lo que el deseo aporta en su defensa contra la pulsión de muerte.

 


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