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El problema de la localización del afecto19/09/2002- Por Viviana Racubian, Ana Rossi y Cynthia Tombeur -
"...¿Qué son los afectos? ¿Dónde los situamos? ¿Hay afectos en el inconciente? ¿Pueden existir los afectos sin su representación?...¿Son las representaciones las intolerables, o lo intolerable es el afecto que está ligado a ellas?
En principio -para Freud- la noción de afecto (cantidad) aparece ligada al concepto de descarga (1895).
Freud da al afecto el lugar de residuo de la experiencia de dolor. Dolor, en tanto incremento de energía psíquica.
En 1915, infiere que es en el nivel pulsional donde representación y afecto aparecen unidos, siendo con la represión donde se manifiesta la separación entre ambos..."
La idea que motiva la realización de este escrito, deviene de preguntas surgidas a raíz de haber trabajado el texto de Freud, “Lo inconsciente” (1915). Los interrogantes eran: ¿qué son los afectos?, ¿dónde los ubicamos?, ¿en el inconciente, en el preconciente o en la conciencia?, ¿hay afectos en el inconciente?, ¿pueden existir los afectos sin su representación?
En primer lugar, Freud en el texto mencionado establece que, existen procesos anímicos inconcientes y por otro lado, en el mismo artículo formula que los sentimientos no son inconcientes.
En “Estudios sobre la histeria” (1895) la representación y el afecto no descargado aparecen unidos al trauma. Allí sostiene que si el paciente es capaz de recordar la carga afectiva con el recuerdo traumático, desaparece el síntoma. Así surge el método analítico, con sus disposiciones y se aleja de todo lo que es el análisis físico-clínico del paciente.
Luego de haber utilizado el método hipnótico, enuncia el de la asociación libre. Le interesaba comprobar cómo a través de ella el paciente hace conciente lo inconciente.
Freud va a sostener, que lo patológico son los recuerdos o las representaciones de las cuales el sujeto se defiende. Ante esta afirmación nos surge otra pregunta; ¿son las representaciones las intolerables o lo intolerable es el afecto que está ligado a ellas? ¿el deseo sexual que despierta una persona prohibida; la envida, los celos, la agresión que despierta una persona determinada?
Lo que se genera a partir del concepto de defensa, es el inconciente como descentrado para todo sujeto. Es decir que la defensa se pone en marcha ante ideas inconciliables que van a tener que ver con el trauma.
El hombre encuentra en el lenguaje un sustituto de la acción, mediante el cual el afecto puede ser derivado por abreacción casi en forma idéntica.
La noción de afecto aparece unida a la descarga y la condición de curación está dada por la reaparición de ese afecto no descargado. Esta reaparición tendría que ver también, con una ligazón de ese afecto a una representación, la original. Porque podríamos decir que el afecto es el que está en la conciencia, por lo que, por ejemplo, un paciente llega a la consulta, lo que le falta es la representación adecuada, la acorde.
El destino del afecto puede ser de tres tipos:
1 - Conversión del afecto, en la histeria por conversión, que puede ser leída como una transformación del afecto en dolor somático.
2 - Desplazamiento del afecto, en el caso de las obsesiones
3 - Transformación del afecto, en las neurosis de angustia y la melancolía.
En el “Proyecto de psicología para neurólogos”, Freud trata de describir los afectos desde el punto de vista biológico, estableciendo que los procesos psíquicos son presentados como procesos cuantitativos dentro del sistema nervioso compuesto por neuronas que transmiten la variación de energía por un lado y por otro lado, el elemento a tener en cuenta es la “cantidad”, que es lo que permite distinguir la actividad del reposo.
De esta forma se establece el “principio de inercia neuronal”, según el cual, las neuronas tienden a la descarga de la cantidad estableciendo otro concepto, que es el “principio de constancia” donde es necesario un cierto nivel de carga en el aparato para cumplir con las exigencias de la vida.
Por último la estructura del sistema neuronal, sirve al propósito de descargar dicha cantidad, siendo el aumento de la misma displacentero y su descarga lo que dá lugar a la sensación de placer.
La cualidad está dada por la transformación dentro del sistema neuronal de esas cantidades y es percibido por la conciencia.
Teniendo en cuenta estas premisas, Freud da al afecto el lugar de residuo de la experiencia de dolor. El dolor sería el producto de un aumento brusco de cantidad, por falla de los dispositivos teleneuronales y lo sentido como displacentero tiende a la descarga dejando una facilitación entre esta y el objeto hostil.
El afecto es considerado aquí como la reproducción de la experiencia de dolor. En esta reproducción la cantidad es la que catectiza el recuerdo y desencadena displacer en el interior del cuerpo.
Freud incluye aquí las neuronas “secretoras” que producen algo que aumenta la excitación endógena, o sea que no descargan la cantidad sino que la aportan a las vías endógenas.
Entre las neuronas y la imagen mnémica del objeto hostil se daría la facilitación.
La acción inhibidora del yo, debido a catexias colaterales, permite distinguir entre percepción y recuerdo; en las sucesivas repeticiones el dolor puede ser reducido a una mera señal.
En la vivencia de satisfacción el proceso es diferente; aquí la cantidad surge de estímulos endógenos que se generan en forma contínua y que sólo periódicamente se convierten en estímulos psíquicos al superar cierta cantidad por sumación.
Cuando se perciben los estímulos endógenos resulta también una tendencia a la descarga cuya primera vía es la que conduce a la alteración interna (expresión de las emociones, grito, inervación vascular). Esto no agota la tensión, pero sirve a la función secundaria de la comunicación, en la medida en que es decodificada apropiadamente por el objeto externo.
Una vez cumplida la acción específica se experimenta placer, ya que por dispositivos reflejos se produce la modificación interna que elimina el estímulo endógeno cuya imagen motriz queda relacionada con la percepción del objeto (facilitación).
Cuando se establece el estado de urgencia o de deseo, la catexia pasa también a los recuerdos reactivándolos. Esta reactivación, produce en primer término una alucinación que si lleva a cabo el acto reflejo ocasiona una frustración.
Es aquí donde una inhibición que parte del yo, por catexias colaterales -permitiendo distinguir entre alucinación y percepción- impide el proceso primario.
En virtud de lo expuesto hasta aquí, podemos inferir que los afectos son sentimientos sentidos por la conciencia, y que según su cualidad, producirán sensaciones agradables o desagradables y originaran por tanto atracción o rechazo.
En el primer caso, derivan de la experiencia de satisfacción, dada por la descarga de tensión endógena aumentada por sumación, descarga que produce placer y que es posible mediante la acción específica; en el segundo caso, derivan de la experiencia orgánica de dolor, dada por la irrupción brusca de cantidad que es sentido como displacer y tiende a la descarga en diferentes sentidos. Éstos, los residuos de las experiencias de satisfacción y de dolor, son lo que Freud considera, los afectos. La carga de estos estados será lo que catectiza el recuerdo.
En el artículo de “La Represión” (1915), Freud dice: “…consideramos la represión de una agencia representante de pulsión, entendiendo por aquella a una representación o un grupo de representaciones investidas desde la pulsión con un determinado monto de energía psíquica (libido, interés). Ahora bien, la observación clínica nos constriñe a descomponer lo que hasta aquí concebimos como unitario, pues nos muestra que junto a la representación interviene algo diverso, algo que representa a la pulsión y que puede experimentar un destino de represión totalmente diferente del de la representación. Para este otro elemento de la agencia representante psíquica ha adquirido carta de ciudadanía el nombre de “monto de afecto”, corresponde a la pulsión en la medida en que esta se ha desasido de la representación y ha encontrado una expresión proporcionada a su cantidad en procesos que devienen registrables para la sensación como afectos. Desde ahora, cuando describamos un caso de represión, tendremos que rastrear separadamente lo que en virtud de ella ha hecho de la representación, por un lado, y de la energía pulsional que adhiere a esta, por el otro.”
De aquí, inferimos que es en el nivel pulsional donde representación y afecto aparecen unidos, es con la represión donde se pone de manifiesto la separación entre ambos, y es función de la represión impedir que aparezca el afecto displacentero o la angustia.
La representación queda inconciente, se suprime la carga energética y el afecto será desplazado, transformado o será somatizado por conversión.
Retomando el artículo “Lo inconciente”, Freud se plantea si los sentimientos son inconcientes, así como hay pensamientos inconcientes, procesos psíquicos inconcientes y un sistema inconciente. Expone que la característica de la pulsión es que no puede transformarse directamente en objeto de la conciencia; los mediadores que lo hacen posible son la representación y el afecto.
Por otro lado el hecho de que un sentimiento sea sentido y que la conciencia tenga noticia de él, es inherente a su esencia, por lo cual, dice Freud, la posibilidad de una condición inconciente faltaría a sentimientos, sensaciones, afectos.
En la práctica clínica es habitual hablar de amor, odio, furia, etc, inconcientes y es extraña la combinación conciencia inconciente de culpa o angustia inconciente. Pero aquí las cosas se presentan diferentes ya que puede ocurrir que una moción de afecto o de sentimientos sea percibida erradamente. Por la represión el afecto se enlazó con otra representación y la conciencia la tiene como expresión de esta última.
Cuando se restaura la concatenación correcta, llamamos inconciente a la moción afectiva originaria, aunque su afecto nunca lo fue pues sólo la representación pagó tributo a la represión.
El uso de las expresiones afecto inconciente y sentimiento inconciente remite en general a los destinos del factor cuantitativo de la moción pulsional, que son consecuencia de la represión. Freud sitúa el afecto en el inconciente en un sentido económico y a la representación en un sentido tópico.
Cuando agrega…”no hay afecto inconciente como hay representaciones inconcientes. Pero dentro del sistema inconciente muy bien puede haber formaciones de afecto…”, entendemos que el inconciente no es igual para el afecto que para la representación.
El afecto para devenir conciente, ser sentido por la conciencia, debe estar unido a una representación sustitutiva, de aquella otra inconciente a la cual estaba unida originariamente.
En el inconciente, en el cual se encuentra como moción de deseo, heredera de la experiencia de satisfacción (placer) o como afecto, según el proyecto, heredero de la experiencia de dolor (displacer): “…el núcleo del inconciente consiste en agencias representantes de la pulsión que quieren descargar su investidura por tanto, en mociones de deseo.”
En el apéndice C del artículo “Lo inconciente”, aclara la diferencia entre la representación cosa, ubicada en el inconciente y representación palabra (huella mnémica verbal) ubicada en el preconciente (que hasta ese momento era el preconciente capaz de devenir conciente).
En el “Proyecto” encontramos la idea de que la imagen mnémica puede adquirir el índice de cualidad específica de la conciencia; asociándose a una imagen verbal.
Esta idea será constante en Freud; y nos permite comprender el paso del proceso primario al proceso secundario, de la identidad de percepción a la identidad de pensamiento.
Así la representación conciente engloba la representación-cosa más la representación palabra correspondiente, mientras que la representación inconciente es la representación de la cosa sola. La palabra y las sensaciones tienen una fuente común, pero el proceso de la palabra es posterior al de las sensaciones. La palabra vino posteriormente a las emociones y trae aparejada una coartación en la expresión del afecto.
En la Conferencia 25 sobre “La angustia”, Freud se pregunta: ¿Qué es en sentido dinámico un afecto? Y responde …”es algo muy complejo…”. Allí explica que un afecto incluye determinadas inervaciones motrices o descargas, y por otro lado, ciertas sensaciones que pueden ser de dos clases: las percepciones de las acciones motrices ocurridas y las sensaciones directas de placer y displacer que prestan al afecto su tono dominante. Pero esto no alcanza a explicar la esencia del afecto.
En los afectos se advierte la repetición de una determinada vivencia significativa, y que sólo podría ser una impresión muy temprana de naturaleza muy general. Ésta podría situarse en la prehistoria, no del individuo sino de la especie. El estado afectivo sería algo así como una construcción de un ataque histérico, como una decantación de una reminiscencia.
Así, el ataque histérico es comparable a un afecto neoformado, y el afecto normal, a la expresión de una histeria general, que se ha hecho hereditaria.
En “Esquema de Psicoanálisis” (1938); retoma en el capítulo IV, las cualidades psíquicas, estableciendo que lo que llamamos conciente es lo mismo que la conciencia de los filósofos y de la opinión popular. La conciencia es general, es un estado pasajero, lo que es conciencia lo es sólo por un momento. Lo susceptible de conciencia o preconciente es aquello que puede trocar con facilidad el estado inconciente por el estado conciente.
Por otro lado establece que hay otros procesos psíquicos que no tienen un acceso fácil al devenir conciente; sino que se los infiere, y a ellos se los llama “lo inconciente genuino”.
Así, los procesos psíquicos pueden tener tres cualidades: ellos son concientes, preconcientes o inconcientes. Éstas cualidades nos son absolutas ni permanentes.
El devenir conciente se anuda a las percepciones que nuestros órganos sensoriales obtienen del mundo exterior.
Desde el punto de vista tópico, esto sucede en el estado cortical, más exterior del yo.
Pero también como hemos visto, recibimos noticias concientes del interior del cuerpo, los sentimientos que ejercen influjo sobre nuestra vida anímica; también los órganos de los sentidos brindan sentimientos, sensaciones de dolor.
La diferencia entre estas sensaciones y las percepciones concientes sería que para los órganos terminales, en el caso de las sensaciones y sentimientos, el cuerpo mismo sustituiría al mundo externo.
El supuesto más simple es pensar que hay procesos concientes en la periferia del yo y que inconciente es todo lo otro en el interior del yo.
Los procesos interiores del yo, pueden adquirir la cualidad de conciencia y eso es obra de la función del lenguaje. Éste conecta los contenidos del yo con restos mnémicos de las percepciones visuales y acústicas.
El distingo entre estado conciente y preconciente se sitúa en constelaciones dinámicas. Esto nos permite entender que uno de ellos pueda ser transportado al otro de manera espontánea o mediante el tratamiento analítico.
De lo expuesto entendemos que las pulsiones que parten del ello acuñan al yo inconciente, con las primeras experiencias de placer–displacer, lugar en que queda el registro de la unión de la representación–cosa, con el afecto vivenciado en ese momento. Y los sentimientos sentidos por la conciencia son en su origen afectos inconcientes que pertenecen al yo inconciente, y que la articulación del afecto con la representación cosa es el tener vivenciado.
Bibliografía consultada
·
· Freud S. (1915) “Lo inconciente”; en Obras Completas; tomo XIV; Amorrortu Editores.
· Freud S. (1915) “La represión”; en Obras Completas; tomo XIV; Amorrortu Editores.
· Freud S. (1917) “Conferencia de introducción al psicoanálisis Nº 25; La Angustia”; en Obras Completas; tomo XVI; Amorrortu Editores.
· Freud S. (1895) “Proyecto de psicología”; en Obras Completas; tomo I; Amorrortu Editores.
· Freud S. (1895) “Estudio sobre la histeria”; en Obras Completas; tomo II; Amorrortu Editores.
· Freud S. (1938) “Esquema del psicoanálisis”; en Obras Completas; tomo XXIII; Amorrortu Editores.
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