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Siendo lo que no se es, no siendo lo que se es. Macbeth y Otelo18/03/2010- Por Hugo Dvoskin - Realizar Consulta
“Maté a mi rey para que Shakespeare urdiera su tragedia.” J. L. Borges. “Soy alguien que ha amado demasiado bien.” Shakespeare. ¿Acaso Macbeth sabe que al puñal lo mueve lady Macbeth? ¿Acaso lady Macbeth sabe que su ambición ha sido inscrita por Shakespeare? ¿Acaso Otelo no siente ser un títere de Yago? ¿Acaso sabe Shakespeare que sus tragedias se multiplican en Orson Wells, en Borges y en Polansky?

Ficha técnica y artística
Título: Macbeth
Origen: Gran Bretaña
Año: 1971
Duración: 140 min.
Género: Clásico, cine arte
Director: Roman Polanski
Actores: Martin Shaw, John Finch, Francesca Annis
Ficha técnica y artística
Título original: The Tragedy of Othello: The Moor of Venice
Año: 1952
Género: Drama
Director: Orson Wells
Actores: Orson Welles, Micheál MacLiammóir, Robert Coote, Suzanne Cloutier, Hilton Edwards, Nicholas Bruce, Michael Laurence, Fay Compton, Doris Dowling
“Maté a mi rey para que Shakespeare
urdiera su tragedia.”
J. L. Borges
“Soy alguien que ha amado demasiado bien.”
Shakespeare
¿Acaso Macbeth sabe que al puñal lo mueve lady Macbeth?
¿Acaso lady Macbeth sabe que su ambición ha sido inscrita por Shakespeare?
¿Acaso Otelo no siente ser un títere de Yago?
¿Acaso sabe Shakespeare que sus tragedias se multiplican en Orson Wells, en Borges y en Polansky?
I. Macbeth.
Uno de los hijos del asesinado Duncam atraviesa las escarpadas tierras de Escocia. Vacila. Conjeturamos que se interroga sobre si le resultaría posible obviar la tentación de consultar a las brujas, pero no puede. Desmonta y se acerca sigilosamente hacia ellas. El círculo que Macbeth había dibujado en el inicio –antes de su encuentro con las brujas- se cierra. Quizás se encamine hacia nuevos crímenes porque el hijo de Banquo y sus posibles descendientes siguen vivos o aún no han nacido. Lectura original, renovada, que Polansky hace de Macbeth, la mayor tragedia shakesperiana. Así como el final agregado de esta versión nos permite situar la lectura particular que propone el director, en el caso de Otelo, situaremos en el inicio, en las exequias agregadas que Orson Wells propone, la singular lectura que, a nuestro gusto, explicaría los motivos del suicidio del Moro.
Si los oráculos hablan de destinos determinados, algunos humanos realizan lecturas únicas y demasiado convenientes. Único y demasiado acompañarán nuestra lectura de Macbeth y Otelo. Macbeth, con las profecías que le podrían resultar convenientes, ha querido organizar una estructura que le ofrezca garantías (la que le dice que será rey, la que le da inefabilidad castrense mientras los bosques no caminen y la que le da invulnerabilidad al no poder ser derrotado por nadie que haya sido dado a luz por una mujer); a la profecía que no le ha resultado de su agrado ha querido modificarla doblándole el brazo al destino (aquella que dice que la herencia del reino será de los descendientes de Banquo, sin especificar cuáles).
Macbeth aún no tiene hijos. Este hecho ordena que por ahora el cetro no puede no ser estéril y que sobre Macbeth no caben las venganzas del ojo por ojo bíblico por los crímenes aberrantes que ha cometido sobre los familiares de Macduf. Alineado con Ricardo III, que mata innecesariamente a sus sobrinos, o peor, alineado con Medea, los niños para Macbeth son sólo objetos cuyas muertes harán daño a terceros, no son sujetos.
No tiene hijos. Podría conjeturarse que lo ha intentando antes y no ha podido. Incluso Bloom asegura que Lady Macbeth ya ha tenido uno de otro marido y lo ha perdido. “He dado de mamar y sé lo grato que es amar al tierno ser que me lacta”.[1] Quizás sea válida la crítica de Freud que apoyándose en el Macbeth de Holinshed (1577), entiende que debería haber pasado cierto tiempo entre la primera masacre -la del Rey Duncam y su mujer- y la serie que se continúa con la muerte de Banquo y el intento fallido de homicidio de su hijo. Sería el tiempo de frustración por no poder dejar embarazada a Lady Macbeth o el tiempo en que la posible impotencia sexual a la que se hace alusión durante la tragedia lleven a Macbeth a buscar la seguridad en los crímenes. Freud incluso critica el texto shakesperiano y le atribuye poca credibilidad, poca verosimilitud a la evolución de Macbeth y de su mujer. “En efecto, en Holinshed entre el asesinato de Duncan, por el cual Macbeth se hace rey, y sus posteriores fechorías trascurren diez años, en los que él se muestra como un monarca severo pero justo. Sólo pasado ese lapso le sobreviene aquella alteración dominado por el martirizante temor de la que la profecía augurada a Banquo pudiera cumplirse, como en efecto ocurrió con su propio destino (Holinshed no asevera que sea por la falta de hijos pero…) queda tiempo y espacio para esa sugerente motivación”. La precipitación de los hechos en Shakespeare “resta base a todas muestras construcciones sobre los motivos del vuelco de carácter de Macbeth y su mujer. Falta el tiempo de un continuo desengaño en la espera del hijo que pudiera desmoralizar a la mujer y empujar al hombre a una furia temeraria…”.[2] Quizás ese vértigo sea un intento dramático de acelerar los tiempos para despertar un mayor interés del público, un vértigo contagioso o -como ya se ha dicho- quizás los intentos fallidos hayan sido anteriores.
Pero tal vez debamos hacer una lectura de esta/s tragedia/s prescindiendo de Descartes. Quiero decir que no resulta sencillo ubicarse en los autores predescartes, en una etapa donde era posible creer sin dudas: fe en los oráculos sobre la que hemos insistido Edipo tuvo equivocadamente.[3] La necesidad de creencia en la época es tal que Otelo la tendrá en las dudas que le siembra Yago: certeza en una duda en oposición radical a la duda como certeza del sujeto. Podría decirse que Otelo resbala, patina y cae ante su propia imposibilidad de poner en duda aquello que le dicen. Otelo no puede no dudar de aquella semilla de sospecha que le siembran. Así como Macbeth cree en los oráculos. A su tiempo, Edipo también había creído en los oráculos: al enterarse de la muerte de su padre adoptivo –su único padre por cierto- muerto a la distancia y muy lejos del alcance de su espada, propone la teoría, la conjetura psicológica, que habría muerto de tristeza por efecto de la distancia que él había decidido tomar. Dicho de otro modo, hay una voluntad manifiesta de que el oráculo se cumpla, hay un esfuerzo para que se cumpla, con acciones como las de Macbeth, con teorías como esta de Edipo, o con la imposibilidad siquiera de preguntar (tal como Emilia, la mujer de Yago, da a entender a Otelo luego del crimen y que en la versión de Orson Wells aparece como una pregunta que es formulada directamente “¿por qué no le preguntaste?”). Es esa certeza, esa pregunta que no se formula la que se opone radicalmente a esa duda en la que el sujeto cartesiano se constituye, ese pensar dudando que nos atraviesa, la certeza que siempre falta y se hace presente con interrogaciones.
Pero si para Macbeth la duda no cabe ¿por qué habría de esperar? Si los oráculos están para ser cumplidos, si sólo hay profecías ¿por qué habría que esperar un tiempo de frustraciones? Sólo al final, ya solo, Macbeth descubre el lenguaje, el equívoco, y lo maldice.
Malcom le dice: “¡Desconfía del hechizo! ¡Y deja al ángel del mal, de quien eres siervo”
Macbeth anonadado responde: “¡Maldita sea la lengua que me lo ha revelado, ha abatido mi mejor parte de hombre! ¡Que se crea nunca en estos demonios de juglares que se burlan de nosotros con oráculos doble sentido, que dan palabras de promesa a nuestros oídos y quiebran nuestras esperanzas!”[4]
¿Pero un oráculo de doble sentido no es acaso un oximoron? La lengua mal dita, lo mal dicho –lo bien dicho- abate lo mejor del hombre sólo si el hombre se cree protegido por las profecías, reniega de su condición de ser parlante y cree en el sentido único, en las verdades reveladas y en los sentidos últimos.
II. Lo que no se es
Las brujas sorprenden a Macbeth con un futuro insospechado aunque no impensado. Poco preparado para las condecoraciones, el valiente hombre del rey tampoco está preparado para que las palabras no se cumplan con cierta automaticidad. El promisorio futuro no le genera alegrías, sólo cavilaciones y la necesidad de contárselo (¿confesárselo quizás?) a Lady Macbeth. La interrogación entre paréntesis abre la cuestión de la relación entre los cónyuges. Macbeth es rápidamente acusado por su esposa pues dubitar es leído como no estar a la altura de lo que la historia (las brujas y su mujer) esperan de él. Macbeth preferiría que, si el destino ya está inscrito, no requiera tanto de él y su conciencia para poder ser alcanzado. Si se trataba de que él empuñara el puñal para matar al Rey, no eran necesarias las brujas. Pero Macbeth capta a la vez lo que para nosotros será el punto sobre el que se produce la verdadera tragedia, que con hacerlo no queda hecho: “Si el asesinato zanjara todas las consecuencias y con su cesación se asegurase el éxito”. “Sin con hacerlo quedara hecho”.[5] Por esa vía también entiende que el acto, particularmente el homicidio realizado con premeditación y alevosía, requiere un sujeto frío y en los bordes de la no conciencia, -nos anticipamos- alguien como Ricardo III. Y Macbeth no lo es. Las noches de desvelo que acompañarán a la muerte del sueño -que según Macbeth ha muerto junto con el Rey Duncam- son las mejores imágenes de la imposibilidad de Macbeth de atrapar la corona. Dicho de otro modo y parafraseando a Yago, Macbeth es lo que no es. En la versión de Shakespeare-Polansky, Macbeth no llega nunca a asumir su condición de Rey, exceptuando los momentos finales cuando Lady ya está muerta y la derrota es segura pues la segunda profecía eventualmente garantiza la vida pero no la corona. Esta imposibilidad del thane de Cowdor para asumir plenamente su condición de rey, nos permite también diferenciarnos de la crítica freudiana que gustaba más de un Macbeth reinando en forma justa durante diez años. Se trata para nosotros no de la imposibilidad de tener hijos, o hacer propios los ajenos o, humorísticamente, de la falta de ingenio para adoptarlos, se trata de la dificultad de Macbeth para dejar de serlo, dejar de ocupar él el lugar de hijo. Si alguna vez en
Sin su esposa, Macbeth recupera alguna dignidad, firme, decidido, valiente, guerrero, excesivamente confiado. Sólo va a la muerte. Accede a la dignidad del ser cuando ya está condenado a perderla. Si Hamlet mata a Claudio cuando ya está muerto –ha sido envenenado con la estocada-, Macbeth recupera lo que sí era, un gran guerrero, cuando definitivamente ya no podrá ser rey.
III. Otelo
Si Otelo en Chipre anuncia que ha llegado la hora de disfrutar de aquello que ha sido obtenido e invita a Desdémona a pasar a los aposentos es porque aún no ha tenido un encuentro íntimo con ella, aún no ha tenido relaciones sexuales y la hora de la que dispusieron en Venecia antes de la partida del Moro a la guerra contra sus hermanos de sangre no ha sido suficiente. “Hecha la adquisición es menester gozar el fruto, y esta ventura está aún por llegar entre vos y yo”.[6]
Minutos más tarde el encuentro se interrumpe porque la reyerta entre Rodrigo y Cassio es motivo suficiente no sólo para un coitus interruptus sino para un coitus que no se inicia. A partir de ese momento y hasta el homicidio no hay impasse en la tensión que existe entre Otelo y Desdémona. Él no da tregua ni la tiene y no hay lugar para la consumación del matrimonio. La fría castidad de la que hablan Emilia y Otelo con relación a Desdémona cuando ésta ya yace muerta, no es una metáfora. “Moro, era casta”; “Fría como tu misma castidad”.[7]
Quizás no sea tan obvio en nuestros tiempos pero para las costumbres venecianas, para el público shakesperiano de aquella época y para quienes vieron la película de Orson Wells en los cincuenta, la virginidad de la hija del senador a la hora de contraer las nupcias era un dato insoslayable. De modo que era virgen antes del matrimonio y éste -que legalmente se ha hecho a escondidas y que bíblicamente aún no ha tenido lugar- no ha modificado la situación. Dicho de otro modo, la prueba que supuestamente sería necesaria para des/comprobar la infidelidad de su mujer, Otelo la tiene al alcance de su cama. Ir al lecho conyugal, tener un encuentro sexual y comprobar la virginidad de su mujer. Y no lo averigua. Las fantasías de infidelidad, en rigor, lo ubican por fuera de cualquier relación posible con Desdémona pues ella es notoriamente para otros, más bellos, más blancos. Él todavía no está a altura de esa mujer y es notorio que llega al matrimonio “instigado” por ella quien notoriamente ha tomado las iniciativas. De hecho, antes de matarla, invoca futuras infidelidades a otros hombres a quienes él defiende con su acto: “… debe morir o engañará a más hombres”.[8]
Fantasías de infidelidad que no agotan pero lo ubican impotente o al menos sexualmente ineficiente con su mujer. Impotente Macbeth; ineficiente, poco audaz e inepto para el acto Otelo; nuestros protagonistas se entrelazan nuevamente. Hombres de guerra, hombres de armas tomar, no toman a su mujer. Lady Macbeth en su locura terminará implorando ir al lecho; Desdémona pidiendo una noche más, quizás para dejar de ser señorita y que la vida no se le vaya sin haber conocido los goces de la carne. ¡“Matadme mañana! Dejadme vivir esta noche!” Lejos –aunque no tanto- de las ideas de Schopenhauer que Freud cita con relación a que incluso las guerras encontrarían en la vida sexual su trasfondo. Aquí los hombres de guerra no están a la altura del acto. Al momento del homicidio, mostrará también su cobardía tratando de ocultase en algunas palabras de Desdémona para no asumir su responsabilidad. “Otelo”: Pero, ¿cómo puede haber sido asesinada? “Emilia”: ¡Ay! ¿Quién sabe? “Otelo”: Le habéis oído decir a ella mismo que no fui yo. “Emilia”: Así lo ha dicho. Debo atenerme necesariamente a la verdad.[9]
Otelo deja desde el comienzo a su mujer a cuidado de Yago, a quien entrega pocas horas después de la boda. Pasa del cuidado efectivo al cuidado de su destino, que queda en boca de lo que Yago diga sobre ella. A cuidado de alguien que le guarda rencor porque Otelo si habría sido potente y eficaz con Emilia su mujer: “Odio al moro, y se dice por ahí que ha hecho mi oficio entre mis sábanas”.[10] La ingenuidad de Otelo es tal que no supone que lo que se dice de su relación con Emilia o la elección de Casio como lugarteniente en lugar del Yago sobre lo cual no hay explicación alguna serán sin consecuencias. Quizás sea su pedantería que lo hace hablar de sí mismo como una leyenda viviente, tal como dice Bloom, quizás la ingenuidad de quien cree, como Macbeth, en su invulnerabilidad. “Otelo parece incapaz de verse así mismo si no es en término grandiosos. Se presenta como una leyenda viviente o un mito de dos piernas, más noble que cualquier antiguo romano”[11]. Yago lee una gran verdad sobre Otelo de quien nada sabemos sobre su familia, sobre sus orígenes y sus padres. Lee que el Moro –que ha renegado de sus orígenes y de su condición de turco contra los que combate- está todavía enlazado a su madre por un pequeño objeto (transicional si se quiere), un pañuelo en el que se la va la vida y por el cual está dispuesto a matar y a morir. Perdido el pañuelo pierde a su mujer. Su hombría sólo es en tanto guerrero. Presumiblemente, en esa condición podría volver a ser llamado si fuere menester para nuevas guerras, pues habría sido irremplazable y el Dux habría hecho “la vista gorda” a su condición de ingenuo irremediable y asesino confeso. Es quizás anticipando su vuelta al campo de los hombres otra vez como hombre de mar (no de amar) que procede a realizar un juicio sumarísimo y se condena a la muerte. Su suicidio no sólo es una condena por lo realizado, es también la vía para evitar volver comandar tropas.
IV Yago
Al final de la primea escena del segundo acto, el intrigante Yago reconoce que su plan no goza de claridad. “El plan está aquí pero todavía confuso”,[12] irá leyendo las ambiciones y las debilidades de cada uno de los personajes hasta llevarlos a la ruina. Sólo no prevé ni lee a su mujer. Eso será suficiente para su fracaso. De Otelo ya hemos dicho. Agreguemos que le muestra que a Cassio le gusta Desdémona. ¿Pero acaso el Moro podría suponer que la hermosa mujer de Venecia sería ajena a los deseos de otros hombres? ¿Acaso es posible estar con una bella mujer y suponer que el goce escópico sólo le pertenecerá a él? A Rodrigo le hará creer que el amor depende del fracaso de un rival a punto tal que Rodrigo en ningún momento se pregunta por qué él no es objeto de ningún interés por parte de Desdémona, quien prácticamente desconoce su existencia. A Cassio le hará creer que un hombre puede influir a otro por la vía de su mujer, intentando con ella alguna intimidad –notoriamente es alguien que debería leer La tragedia de Otelo-. Cassio es incapaz de no emborracharse antes de hacerse cago de la seguridad de Chipre, su condición de títere de Yago hace dudar aún más sobre los motivos que habrían llevado a Otelo para elegirlo lugarteniente. Cassio es intelectual, seductor y joven. Yago lee que, en algún sentido, el Moro lo elige a Cassio porque representa los valores que envidia “Quizás porque soy atezado, y carezco de esos donde melosos de conversación (…) o quizá porque desciendo la pendiente de los años...”[13]. Pero si lo han elegido por ese motivo no parecen ser las armas más adecuadas para acercarse a la mujer de su superior.
Pero, sobretodo, le hace creer a Desdémona que puede participar de la estructura del poder influyendo con ideas y recomendaciones sobre quién debería ser su hombre de confianza. Aquí, Desdémona no ha leído a Maquiavelo pues la confianza se gana, no se recomienda y Cassio la ha malgastado tontamente. Los insistentes pedidos de Desdémona nos pueden ubicar en una comedia de enredos y malentendidos o, quizás, nos dan la clave de que Yago ha tocado una cuerda de ella vía Cassio. Suponer a Desdémona ansiando una porción de poder nos recuerda que en casa de herrero no siempre cuchillo de palo, pues de tal palo tal astilla y ella es hija del Senador y se ha enamorado de su hombre escuchando ambición y conquistas. Si su padre se siente traicionado por ella es porque también ella es una mujer que teje en las sombras, ha seducido al Moro en la cara de su padre y a escondidas de él; se ha enfrentado al padre y al Dux y ha podido justificar su elección y matrimonio dejando mal parado al padre, que tiene que asistir públicamente al escarnio de no haber sido invitado a la boda de su hija; ha pretendido ir a la guerra con Otelo –en el doble sentido- y el Moro la ha bajado del barco. Pero Yago le da la chance de hacerle creer que es influyente: alcanzaría con reponer a Cassio como lugarteniente para tener una doble y grandísima influencia: la ya ganada sobre el Moro y los favores que, repuesto Cassio, le debe a ella. Esa insistencia de Desdémona, hay que decirlo, no es ajena a tan funesto destino.
Ser lo que no se es, no estar a la altura de lo que se pretende ser. Macbeth y Otelo se entrelazan porque tanto las brujas como Yago no son muy dignos de crédito y ameritan muchas dudas. Pero, a la vez, el bien obtenido título de Macbeth de thane de Cowdor y el amor de Desdémona a Otelo eran suficientemente dignos como para ameritar algún crédito e intentar cuidarlos.
[1] Shakespeare, W. “Macbeth”. En acto i, escena 7, en Obras Completas. Aguilar, p. 1592.
[2] Freud, S. Los que fracasan al triunfar. En A.E., O.C. tomo xiii, p. 329.
[3] Dvoskin, H. El trabajo del analista, Letra Viva, p. 81.
[4] Macbeth, acto v, escena 7, p. 1627. El subrayado es mío
[5] Macbeth, acto I, escena 7, p. 1591.
[6] Shakespeare, W. “Otelo”. Obras Completas. Aguilar, Acto II, escena 3, p. 1484.
[7] “Otelo”. Ob. Cit., acto v, escena 2, p.1526.
[8] “Otelo”, Ob. Cit., acto v, escena 2, p. 1520.
[9] “Otelo”, Ob. Cit., acto v, escena 2, p.1524.
[10] “Otelo”, Ob. Cit., acto i, escena 3, p. 1477.
[11] Bloom, Harold. Shakespeare. La invención de lo humano. Verticales de bolsillo, p. 555.
[12] “Otelo”, Ob. Cit., acto ii, escena 1, p. 1453.
[13] “Otelo”, Ob. Cit., acto iii, escena 3, p. 1496.
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