Jasón y Medea en Avellaneda. Sobre la película Sangre en la boca

19/09/2016- Por Antonio Las Heras - Realizar Consulta

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Jasón jamás se habría hecho con el Vellocino de Oro sin la intervención de Medea con sus artes hipnóticas. De la misma forma Teseo habría muerto sin encontrar cómo salir del Laberinto a no ser por la previa e inteligente acción de Ariadna. Ambos héroes prometen, a cambio del éxito, el Amor perpetuo a la Mujer Salvadora e Iluminadora que, a la vez, así lo requiere y exige. La película argentina Sangre en la boca recorre tales senderos míticos.

 

 

 

Ficha técnica y artística

Título: Sangre en la boca

Año: 2015

Dirección: Hernán Belón

Guion:  Hernán Belón & Marcelo Pitrola basado en el cuento homónimo de Milagros Socorro

Intérpretes: Leonardo Sbaraglia, Eva de Dominici, Érica Bianchi, Osmar Nuñez, Claudio Rissi

Producción: Grace Spinelli, Hernán Belón, José Luis D'Agata

Fotografía: Guillermo Nieto

Música: Luca Ciut

Sonido: José Luis Díaz

Montaje: Natalie Cristiani

Dirección de arte: Marcela Bazzano y Betina Andreose

 

 

                                     

 

 

Jasón jamás se habría hecho con el Vellocino de Oro sin la intervención de Medea con sus artes hipnóticas. De la misma forma Teseo –aun matando al Minotauro– habría muerto sin encontrar cómo salir del Laberinto a no ser por la previa e inteligente acción de Ariadna. Ambos héroes prometen –a cambio del éxito– el Amor perpetuo a la Mujer Salvadora e Iluminadora que, a la vez, así lo requiere y exige. Pero, con el tiempo, tanto uno como otro caballero, sienten las mieles ambiciosas que los llevan a dejar a sus consortes por una dama de mayor alcurnia. En ambos casos, eso los dirige a la más absoluta ruina. Nada quedará de aquellos héroes solares así como tampoco habrán de convertirse en ancianos sabios. El desprecio, el olvido, el abandono será la única cosecha posible.

La película argentina Sangre en la boca –dirigida por Héctor Belón, basada en el cuento homónimo de Milagros Socorro– recorre tales senderos míticos. Sólo que en lugar de transcurrir en el mundo antiguo acontece en la contemporánea Avellaneda del conurbano bonaerense. Lo que muestra -una vez más– que cuando de presencias arquetípicas se trata ni el tiempo ni la distancia son obstáculos. Tal como lo señalara Carl Gustav Jung al describir lo inconsciente colectivo.

La película relata la historia de un boxeador. En los primeros minutos muestra lo que debería haber sido su último combate. Una pelea en la que, varias veces, está a punto de quedar nocaut pero que –a último momento– aprovechando su experticia revierte a su favor obteniendo un importante cinturón internacional. Ese hecho, es decir la manera en que se impone, que no es por mayor fuerza que la exhibida por su rival ni por mayor “aguante” sino porque cuenta con más experiencia en boxeo, le sirve para entender que su final como boxeador ha concluido y –a nuestra mirada– que su encarnadura del Arquetipo del Anciano Sabio está formándose. En efecto, este hombre que ya no volverá a subir al ring a combatir, se retira con todos los honores capacitado para transmitir a otros su enseñanza: el Anciano Sabio.

No interesa que su edad esté en torno a los 40 años puesto que Anciano Sabio no implica una edad cronológica avanzada sino un momento de la vida en que la persona se convierte en alguien que puede ser útil a los demás mediante conocimientos y saberes que atesoró en su existencia.

Claro que este hombre no ha llegado al podio solo; para lograrlo contó con la intervención de su esposa –con la que tiene dos hijos, la “parejita”: un varón y una mujer– que está allí en primera fila del estadio atenta a los movimientos de su esposo mientras pelea, acompañada por el equipo que entrena a su marido.

Ella ha dejado todo para seguirlo sólo por el Amor que le tiene. Se trata de una italiana que –contra la opinión de su familia– prefirió dejar la península para mudarse a la humilde casita en Avellaneda.

Previsora –como lo fueron Medea y Ariadna– esta mujer tiene todo preparado para que el púgil ahora retirado se ocupe de un negocio de deportes que llevará su nombre y hasta tendrá una foto de tamaño real para que los compradores puedan fotografiarse cual si estuvieran al lado del campeón.

Y el campeón –ahora retirado– también dice que allí está su futuro. Claro que eso durará hasta el momento en que, concurriendo al gimnasio “para no sacar panza” y seguir estando en forma, encuentre a una joven muchacha que está haciendo sus primeras prácticas de boxeo.

Joven que se hace desear, que conoce y sabe que es atractiva para los hombres y se encuentra dispuesta a sacar provecho de ello. Aunque por su extrema juventud –no deja hoy en día de ser una adolescente– se evidencia en sus conductas mucha confusión, lo que desconcierta una y otra vez al campeón que no tiene experiencia alguna en cómo tratar a una mujer así. Está acostumbrado a la mujer que ordena las cosas, que sigue normas, que le brinda las cosas resueltas de manera que él sólo tenga que ocuparse de triunfar sobre el ring. Esa es su esposa. Su Medea.

Esta muchacha que lo sorprende, lo enoja, lo abre a sus más inexploradas pasiones, es en cambio –siguiendo la clasificación junguiana– una forma del Ánima: es Helena de Troya. Es la mujer que hace que los varones peleen entre ellos por poseerla. Cosa que, dicho sea de paso, nunca sucederá definitivamente. Las mujeres que encarnan el modelo de Helena de Troya siempre conocen la manera –cual escurridizas anguilas– de marcharse hacia otros rumbos prometedores.

Llegado este punto, ocurren en el filme hechos más que interesantes a la luz de la Psicología Junguiana. Veámoslos.

Hay una repentina regresión del varón a sus tiempos de adolescente. Eso ocurre cuando comienza a frecuentar un lugar que tiene oculto y bien cerrado: es donde funcionaba la herrería de su padre ya fallecido. Allí irá a descargar su furia golpeando la bolsa que cuelga de los techos del taller y también dará rienda suelta a sus pasiones eróticas con la aprendiz de boxeadora.

En tanto se ha olvidado de su mujer y de sus hijos. La vida es –ahora– el continuo intento por convertir a la muchacha en objeto de su propiedad. A la vez ella lo desconcierta a cada momento con escenas repentinas e impensables de celos, aún frente al público, poniéndolo en situaciones humillantes. Una permanente lucha de poderes se ha desencadenado. Una contienda cuyo ring es la vida misma y donde cualquier lugar o momento son válidos.

La esposa decide, tras varios intentos por hacerlo recapacitar hablándole con tranquilidad y fundamentos, dar por terminada la relación, poniendo todo en manos de un abogado y consiguiendo que no pueda volver a ver a sus hijos. En ese último encuentro le dice dos cosas que hacen a los mitos referidos. Primero le avisa que se vuelve a Italia con su familia y que llevará a sus hijos. Seguido le reitera varias veces y en alta voz que lo va a destruir. Difícil lograr mayores paralelos con la mitología. Pero los habrá. Ya lo veremos al desencadenarse el final.

El hombre se ha empeñado en entrenar a la boxeadora para que triunfe en el ring. En esa tarea le exige, está atento a los detalles, pone énfasis donde corresponde. O sea, son los momentos en que el Anciano Sabio que se ha frustrado surge con habilidad y valía.

Ante tanta alteración de vida resuelve suspender su retiro y dar una pelea más. Previa a la que será por el título mundial. Este combate previo es con un joven de demostrada fortaleza. Esa será la pelea de fondo. La de semifondo habrá de protagonizarla su muchacha, quien aprovechando las enseñanzas recibidas consigue triunfar tras momentos en que había trastabillado. Es el éxito para ella. La alegría sin límites del primer combate profesional realizado y primer combate ganado.

Llega la pelea de fondo. El campeón sube al ring al parecer rozagante y seguro. Pura máscara. Esta vez en primera fila está ella con algunos machucones en la cara y aún alegre por la victoria. Desde allí le dice varias veces que lo ama mientras él aguarda en el rincón el comienzo de la pelea. La misma se inicia. El joven boxeador impone su fuerza y elasticidad. El veterano saca a relucir toda su sagacidad y mañas aprendidas. Así avanzan los minutos. En un descanso, desde su rincón, mientras buscan evitar el sangrado de las heridas, mira a la primera fila… y advierte que ella ya no está prestando atención a cuanto acontece en el ring sino disfrutando de los gestos de seducción que hacen los hombres sentados en las butacas que la rodean. Suficiente para distraer la minuciosa concentración mental que todo eficaz boxeador ha de tener en esos momentos. Los celos y el malestar emotivo pueden más. De nuevo en combate un instante de distracción lleva a que su contrincante aplique una técnica que él conoce al dedillo… y cae abatido. Perdió la pelea.

Sentado en el rincón mientras observa al otro boxeador levantar los brazos del triunfo, ella se acerca intentando consolarlo. Es cuando él la saca de al lado y le dice: “Por tu culpa perdí todo.” Muy cierto. El recorrido mítico se ha cumplido por entero. Pero ya es tarde para cualquier arrepentimiento. No hay triunfo, no hay cinturón de campeón, no hay esposa, no hay familia… y tampoco hay –ni habrá– relación durable con esa mujer que se escurre entre los dolores del corazón, que ya está buscando otros brazos para seguir concretando sus proyectos de vida.

La escena final bien podría ser la misma que habrían protagonizado Teseo o Jasón: en medio de una calle vacía, avanzada la noche, el hombre llorando se dobla sobre sí mismo. Sólo la nada lo aguarda… 


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