Las viudas de los jueves. Una lectura desde la psicología junguiana.

24/10/2012- Por Antonio Las Heras - Realizar Consulta

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Un aparente exitoso que comprueba su total fracaso rodeado por la soledad afectiva. Un macho proveedor que no consigue seguir proveyendo e incapaz de decírselo a su esposa. Un hombre joven que no sabe cómo evitar el desear matar a la mujer que ama. Tres exponentes de las búsquedas heroicas fracasadas y, por ello, aunados en la frustración más intensa. Si el lenguaje cifra el destino, a las mujeres concurrentes a esa cena que el film muestra a poco de comenzado, inexorablemente les esperaba la muerte de sus maridos.

 

 

 

 

Ficha técnica y artística

Título: Las viudas de los jueves

Título original: Las viudas de los jueves

Dirección: Marcelo Piñeyro

País: España, Argentina

Año: 2009

Fecha de estreno: 26/03/2010

Duración: 122 min.

Género: Drama

Reparto: Ernesto Alterio, Juan Diego Botto, Gloria Carrá, Ana Celentano, Camilo Cuello Vitale, Pablo Echarri, Adrián Navarro, Leonardo, Vera Spinetta, Gabriela Toscano

Guión: Marcelo Piñeyro, Marcelo Figueras

Web: www.lasviudasdelosjueves.com

Distribuidora: Alta Films

Productora: Tornasol Films, Castafiore Films, Haddock Films

 

 

Si el lenguaje cifra el destino, a las mujeres concurrentes a esa cena que el film muestra a poco de comenzado, inexorablemente les esperaba la muerte de sus maridos. “Han traído a otra viuda”, saluda el maitre al recibirlas en el restaurante. Es jueves y los maridos están -como fue acordado hace tiempo– solos, jugando a las cartas, alcoholizándose y agrediéndose de a poco. Enviudar será sólo cuestión de tiempo.

Las viudas de los jueves es un film dirigido por Marcelo Piñeyro basado en la novela del mismo nombre, escrita por Claudia Piñeiro.

La historia transcurre en los límites de un country o barrio privado, en exceso lujoso. Casas enormes con piscinas climatizadas rodeadas de extensos parques con añosas arboledas. La encarnadura del Arquetipo del Paraíso. Fuera del perímetro –protegido por rejas, púas y seguridad armada–  aguardan los peligros que se intuyen propios de una sociedad fuera de control. Un ámbito idílico que remite a la seguridad del útero materno, a la calidez y certeza que otorga la vivienda parental a un niño. Semeja aquella descripción que, en su recuerdo, hace Martín Fierro de ese tiempo donde todo era previsible, no había peligros ni imprevistos, el trabajo un entretenimiento y padres e hijos convivían en la tranquilidad del rancho rodeado de la serenidad de la llanura bonaerense. El peligro, empero, existía. Y también lo señalaba un perímetro: el de la línea de fortines. Más allá acechaban los indígenas como –ahora– lo hacen los desocupados, los adictos al paco, los descastados de la sociedad de consumo.

Lo cierto es que en ese country o burbuja, donde cada calle permanece asfaltada sin lucir jamás baches, los autos están siempre lustrados y brillantes, el pasto es de un verde intenso, perenne y las canchas de tenis nunca levantan polvaredas, aguarda –agazapada, como siempre– la Muerte; en sus tan variadas formas. Incluyendo la de los muertos en vida; las personas que no ejercen como tales.

Son cuatro las parejas protagonistas de esta historia. Y dos hijos adolescentes: varón y muchacha.

Uno de los matrimonios tiene como representante masculino al que muestra encarnar en forma permanente el arquetipo del exitoso. Exitoso en los afectos, en el intelecto y en lo material. Causa la envidia de casi todos. Ama a su mujer y la desea sexualmente a menudo. A pesar de la capacidad largamente demostrada de este hombre para estar siempre atento a los requerimientos de la diosa fortuna, no consigue darse cuenta que su mujer no sólo no lo desea, ni siquiera es un hombre lo que le atrae. Aprovecha los beneficios que produce tener ese marido. No más. Lo hace tan bien, es tan buena su máscara, que tiene a todos convencidos de que es la esposa ideal, la que todo lo concreta a la perfección.

En otra de las parejas el hombre es un abogado que supo aprovechar momentos de grandes ganancias del laboratorio donde trabajaba. Lo despidieron hace poco. Está gastando sus últimas reservas para no disminuir el ritmo de vida de su familia. Quiere –pero no puede– poner en conocimiento de su esposa su nueva condición de desempleado. Situación que a juzgar por todos los intentos hechos, será duradera. No hay ya lugar de trabajo para él. Ya probó todas las posibilidades. Parece no haber quien se interese por sus servicios. No, al menos, para mantener el tren dispendioso de vida que llevan. Su mujer sólo tiene mirada para lo superficial. Actúa como si el dinero fluyera siempre sin necesidad de generarlo. El hombre acrecienta su angustia imaginando –y actuando en soledad– diálogos que debiera tener con su esposa para anoticiarla de su fracaso laboral. La adolescente es la encarnación de la transgresión. Consume drogas ilícitas. Y es vendedora minorista a los demás adolescentes y jóvenes del country. El proveedor es –que curioso– el jefe de la seguridad armada, del grupo al que los habitantes del barrio cerrado pagan para evitar hechos delictivos. Esa adolescente es quien dice a su padre que ella tampoco lo escucha puesto que nadie lo tiene jamás en cuenta.

Hay una tercera pareja que recuerda, de inmediato, a la del cómico saltimbanqui de El séptimo sello[1], el film de Ingmar Bergman. Ese hombre ingenuo que, empero, es el único que puede advertir que el caballero cruzado que regresa frustrado de Medio Oriente está jugando al ajedrez nada menos que con La Muerte, buscando ganarle para obtener un tiempo más de vida. Eso le permite subir a la carreta a su joven dama que es la madre del niño que ambos tienen y partir rápido antes que la noche, la tormenta que se está por abatir y La Muerte los atrapen. Ese hombre de psiquismo infantil, que juega todo el día y entretiene a su mujer con sus humoradas, es quien consigue advertir lo que en verdad está sucediendo, el peligro que se cierne y huir. Lo mismo pasa en Las viudas de los jueves. Aquí el hombre se define a si mismo; “Yo soy el bufón.” El Bufón, el Juglar, el Arlequín simbolizan el arquetipo de aquel que sólo puede decir la verdad. Aunque, para ello, lo haga de manera humorística. “Enséñame a mentir”, le dice el Bufón al Rey Lear.  Obviamente un psiquismo adulto (o lo que es lo mismo un Héroe Solar afirmado; podemos poner como ejemplo las numerosas argucias que idea Ulises de Itaca durante toda su vida) conoce que la verdad rara vez conviene ser enunciada.

Es característico que el Bufón siempre tenga a su lado al señor feudal, al rey, al príncipe o al noble a quien entretiene y, entre humoradas, dice la verdad. ¡Por eso, precisamente, tantos bufones han muerto por orden de sus señores! En Las viudas de los jueves el Bufón acompaña al Hombre Exitoso. También es un desocupado. Pero eso no lo angustia. Tiene certeza de lo que es y acepta tal destino. Busca vincularse a su adolescente hijo varón y no encuentra la manera. El hijo lo desestima. Y también desestima a la madre. Este muchacho es un verdadero buscador. No se resigna. Tiene ideas. Es diferente en la medida que no hace lo que se espera de él (estudiar en el colegio, comportarse adecuadamente en la pileta general del country, vincularse a su familia y establecer relaciones con los de su edad que viven en el mismo lugar) pero es el único de todos que tiene originalidad, está convencido, produce ideas, reflexiona. Muestra los primeros esbozos de un Héroe Solar.   

En esta familia trabaja la mujer. Se ocupa de bienes raíces. Lleva dinero al hogar, es el único sostén económico. Tiene las angustias y pensamientos de todo varón proveedor. En especial cuando las ventas no marchan como se quisiera. En lo que hace a su hijo, ella está y comenta a sus amigas que el muchacho no tiene conductas homosexuales. Piensa que si se pegara mucho a ella entonces sí habría peligro. En tanto, el joven chatea con desconocidos presentándose como muchacha.

La cuarta pareja son los recién llegados. Muy jóvenes. Pasaron los treinta hace poco. Están unidos en la búsqueda del goce definido en términos estrictamente psicoanalíticos. Sus flirteos con la muerte son constantes. El hombre ha prometido a su psiquiatra que tomará la medicación y no la golpeará más a ella. Como si se tratara de hacer promesas. Ella no consume ni un analgésico. Dice que tiene que estar totalmente lúcida para sostener la situación. Lo espera desnuda en la noche y le ordena que le haga el amor ya. Al amanecer él despierta en medio de una pesadilla. Soñó que la mataba. De mal entendidos surgen celos en el hombre cuando ve salir a otro de la casa en una ocasión que adelanta su llegada. Aguanta en silencio. Resiste hasta la cena. Luego la golpea, azota su cara contra el plato de comida y, sin solución de continuidad, la abraza, llora pidiéndole perdón. Ella no hace el más mínimo gesto defensivo. En otra ocasión la arroja al suelo, pone su cinturón en el cuello y busca ahorcarla. Ella apenas se resiste. El la deja, se tira a un lado y llora. Ella lo abraza, lo mima, lo contiene.

La mujer del “hombre siempre exitoso” al ver a ésta golpeada dice al golpeador: “Si la vuelves a tocar te habrás metido en problemas.” La actitud, el modo, el tono, evidencian que esa mujer ha asumido el papel masculino en defensa de la joven maltratada. Está enamorada. La muchacha aprecia el gesto. Es recíproca. Cuando alguien agrede –aunque sólo sea de palabra– a su salvadora, hace inmediata causa con ella. No mucho tiempo después ambas se besarán con pasión. A renglón seguido el “hombre exitoso” descubrirá que su mujer lo desprecia y que también lo desprecian quienes creía lo querían.

Un aparente exitoso que comprueba su total fracaso rodeado por la soledad afectiva. Un macho proveedor que no consigue seguir proveyendo e incapaz de decírselo a su esposa. Un hombre joven que no sabe como evitar el desear matar a la mujer que ama. Tres exponentes de las búsquedas heroicas fracasadas y, por ello, aunados en la frustración más intensa.

Una noche de jueves, próximos a Navidad, los cuatro comparten la angustiante intensidad de la derrota. El hombre que fuera ganador propone sacarle una ventaja a la muerte. Lo mismo que quería el caballero cruzado en el film de Bergman. El caballero pedía un tiempo más de vida. Estos hombres piden algo diferente. Que sus respectivas mujeres puedan cobrar el seguro de vida. Para eso deben suicidarse de manera que parezca un accidente. Sólo uno se levanta antes de aquel acto mortal. Es, precisamente, El Bufón, quien mientras se aleja pide a sus amigos que le confirmen que todo es una broma. Lo que ellos confirman como humorada. Aunque los cuatros saben que todo el tiempo se estuvo hablando en serio.

“El Bufón” salva su vida. Lo que no impide que su mujer siga siendo viuda. Porque hombre no tiene. Sí algo como un hijo mayor. Ella acepta gustosa que su marido sea así.

Tras la muerte de los tres hombres y transcurridos algunos días, El Bufón –respondiendo a ese mandato inconsciente arquetípico de que es él quien debe decir la verdad y no puede ser cómplice en ocultarla– convence a su mujer/madre/proveedor que es necesario reunir a las tres viudas para enterarlas de que no ha habido accidente alguno sino un bien premeditado suicidio grupal. Reunidas las tres mujeres en la casa de la familia de El Bufón y explicado por éste lo acontecido, tomará la palabra la viuda de aquel supuesto exitoso para ofenderse y señalar que no deben removerse ciertas cosas y que de divulgarse lo dicho hasta podrían perder la percepción del dinero del seguro que beneficia a cada una de ellas. Ninguna quiere escuchar aquella realidad por que eso –en especial– implica aceptar que no están en el Paraíso y que también allí lo impensable puede acontecer.

Esta decisión de no escuchar provoca la pérdida e inmediata expulsión del Paraíso de la familia que osó desenmascarar la triple muerte.

Es el muchacho –aquel chico que parecía “rarito”– quien de inmediato comprende esto y dice enfático a sus padres: “Vámonos de aquí. No somos de este lugar, no pertenecemos aquí.” Pide a la madre que venda la casa y se vayan a otro sitio. El muchacho, entonces, comienza su rol de Héroe Solar. Es quien toma decisiones. La familia acepta la idea. Como “El Bufón” está herido en una pierna a causa de un traspié, es la madre quien guarda las cajas y conduce el auto. Antes de partir el muchacho trae la chica transgresora para llevarla con ellos. Ya en el auto, ella apoya su cabeza en el joven que la abraza y protege. El Héroe obtuvo a su Anima. La madre está al volante. A su lado, los dos adolescentes. El padre está en el asiento de atrás, en segundo plano, con su pierna enyesada; imposibilitado. El auto pasa las barreras del country, deja lo seguro y –en plena noche– sale a descubrir lo desconocido. Así como en El Séptimo Sello la carreta se dirige –también en plena nocturnidad– a enfrentarse con una violenta tormenta eléctrica que empieza a desatarse antes de la partida, los tripulantes del auto en Las viudas de los jueves tendrán que enfrentar una violencia de otra índole: la gente que ha salido a las calles destruyendo comercios, casas, vehículos. Así como la tormenta se muestra lejana aquí tampoco se observan en la cercanía los disturbios exhibidos en los televisores del country. Los hechos están modificados, los símbolos son los mismos. Pero en el film de Piñeyro hay una diferencia que no por pequeña es poco importante. Al contrario, resulta superlativa. El matrimonio de la película de Bergman tiene un niño que es, apenas, poco más que un bebé. Simbolizan el arquetipo de José, Jesús y la Virgen. Y es el hombre quien toma la decisión de partir, sube su familia a la carreta y da rienda a los caballos. Aquí es diferente. Se trata del abandono del Paraíso para aventurarse en el universo humano. Es Adán y Eva. La inocencia perdida y la comprensión a cuestas que provoca angustia y, a la vez, impulsa a avanzar hacia lo desconocido en pos de horizontes intuidos mas nunca visitados.

La mujer carga el auto y toma el volante. El joven está de copiloto. El muchacho es quien definió la acción de dejar todo y buscar nuevos horizontes. Típica acción del Héroe Solar. Y no van ellos tres solos. Alguien se ha incorporado gustosamente. La muchacha transgresora traída por el adolescente. Esta pareja incipiente simboliza la esperanza, la posibilidad de algo auténtico. En lo que hace al arquetipo del Héroe también simboliza al caballero que rescata a la doncella del castillo donde se encuentra prisionera del Dragón. Ese Dragón es, en el film, las conductas autodestructivas que recorren la historia de la muchacha.

No es extraño que la historia se sitúe en los días previos a la Navidad. Porque el final es la vital alegoría de la posibilidad de un nuevo nacimiento.

 

Antonio Las Heras es doctor en Psicología Social (UAJFK, 1988), magister en Psicoanálisis (UAJFK). Presidente de la Asociación Junguiana Argentina (AJA), autor deManual de Psicología Junguiana, Editorial Trama.

 

 

 

 

 

 



[1] Det sjunde inseglet. Suecia, 1957. Guión: Ingmar Bergman. Basada en su obra teatral Trämålning

 


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