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El espejo que nos mira. A propósito de la serie: Black Mirror

02/08/2014- Por Elizabeth Ormart - Realizar Consulta

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En el marco que acompaña al I Congreso Mundial virtual/presencial de elSigma -en curso- “El estadio del screen. Incidencias de la virtualidad en la constitución del lazo social”, la autora se vale de una serie que habla del lazo social mediatizado por pantallas en la cual una mujer se despierta confundida, agotada. Muñecas vendadas y un montón de pastillas desparramadas frente a ella. Se encuentra rodeada de televisores con una forma cuadriculada blanca que titila en la pantalla. Sale a la calle buscando ayuda. La gente la ve y la filma. La relación al otro aparece mediada por las aplicaciones (apps) de los celulares. No la miran a ella en directo sino a través de sus celulares y cámaras…

 

 

 

 

“… Es que se ‘hace masa’ como se ‘hace yo’ por medio de idéntica identificación especular. O para decirlo de otra manera, cada vez que el ser hablante se dispone a reconocerse frente a un espejo, ‘hace masa’…”

 

                                                    Fabián Schejtman, 2012.

 

 

                            

 

Una mujer se despierta confundida, agotada, parece que ha intentado suicidarse, tiene sus muñecas vendadas y un montón de pastillas desparramadas frente a ella. Se encuentra rodeada de televisores con una forma cuadriculada blanca que titila en la pantalla. Sale a la calle buscando ayuda. La gente la ve y la filma. La relación al otro aparece mediada por las aplicaciones (apps) de los celulares. No la miran a ella en directo sino a través de sus celulares y cámaras. La mujer no puede entender por qué todos la ven pero nadie la ayuda. Todos se volvieron espectadores, nadie interviene. Un hombre lleva una máscara con la misma imagen que se veía en el televisor, saca una escopeta, le apunta y dispara, dando inicio a la cacería. Así comienza el segundo episodio de la segunda temporada de la miniserie Black Mirror.

Los que vimos los capítulos anteriores sabemos que se trata de una serie en la que cada episodio es unitario y aborda algún aspecto particular de la relación del ser humano con las tecnologías de la información y comunicación (TICs). Sobre el primer episodio, podemos leer un agudo comentario de Alejandro Ariel (2014) que interroga el estatuto de la responsabilidad frente a la acéfala presencia de los mass media en el campo de la lucha política por el poder.

El creador de la serie, Charlie Brooker, explica su sentido: “Si la tecnología es una droga -y se siente como una droga- entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios? Este área -entre el placer y el malestar- es donde Black Mirror, mi nueva serie, está establecida. El "espejo negro" (Black Mirror) del título es lo que usted encontrará en cada muro, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente." (Brooker, 2012).

Las excelentes series, que encontramos actualmente disponibles, constituyen nuevas manifestaciones del séptimo arte que en su formato ágil y reducido plantean problemáticas existenciales. Como dirá Pérez Reverte las series televisivas toman el relevo de las clásicas tragedias griegas escenificando dilemas éticos a los que nos enfrentamos en la actualidad.

“Hay quien busca la emoción en Sherlock Holmes arriesgando su vida, y otros que buscan la pipa, la lupa y ese elemental querido Watson que, fíjense Conan Doyle nunca escribió. El truco de los esquemas, sus variaciones y repeticiones, es tan viejo que incluso Aristóteles se refiere a él en su Poética. Y en realidad, ¿Qué es el serial televisivo sino una modalidad actualizada de la tragedia clásica, el gran drama romántico o la novela alejandrina…?” (Pérez-Reverte. 2012:446)

En este episodio, la cuestión convoca a la justicia y su exposición mediática. Frente a este episodio podemos preguntarnos:

1.      ¿Cuál es la proporcionalidad entre la culpa y el castigo?

2.      ¿Qué responsabilidad le cabe al espectador frente a lo que ve en la pantalla?

 

La forma cruda, sin filtros que exhibe la serie en todos sus episodios parece ser un reflejo de la mostración obscena del sufrimiento de la protagonista de este episodio.

Poco a poco, de forma constante los medios de comunicación masiva van minando la capacidad de reaccionar del espectador, que paulatinamente va quedando presa del show, perdiendo toda respuesta empática a lo que observa.

Esta es una dura crítica al lugar del espectador que puede consumir horas de espectáculos macabros y noticias sangrientas por día sin detenerse a reflexionar sobre lo que ve.

En el año 1992, en el contexto de la guerra de Irak, Pedro Aznar retorna a Serú Girán y compone la canción Déjame entrar que alude al carácter abstracto y frío de la percepción del sufrimiento a través de las pantallas sin dolor:

“Campo de concentración 
filmado en colores 
¿Cuándo ocurrió? 

Vea la acción 
sin sentir los dolores 
¡Pura abstracción!”

 

Los espectadores ven a través de sus teléfonos, sus ipods, sus tablets el mundo, pero han perdido la capacidad de percibirlo, de dejarse impactar por él. Lo que le ocurre a esta mujer no es más que un show mediático. Stanley Cohen (2005), ha dedicado su libro Estados de negación a describir cómo convivimos con las atrocidades y sufrimientos negando su existencia. Los vemos en las pantallas diariamente: muertes, violaciones, descuartizamientos, secuestros, al tiempo que almorzamos generando una impermeabilización al sufrimiento ajeno. Llevando un poco más lejos los efectos de esta abulia instalada en el espectador social, Broker propone complacer a las masas observando el sufrimiento de los culpables de crímenes atroces.

La justicia se ha vuelto un espectáculo para las masas. El parque de la justicia Oso blanco, abre sus puertas, el estilo de un parque de Disney. El objetivo es darle a la rea un castigo equivalente a su culpa. Así como ella secuestró, retuvo y miró morir a una niña pequeña en manos de su cómplice, ahora ella será la presa de una cacería, en la que todos la ven y nadie la ayuda. El supuesto de equivalencia entre crimen y castigo encierra un reduccionismo. Cuando un ladrón roba un objeto, recuperarlo y devolvérselo al propietario permite observar claramente esta equivalencia. Sin embargo, cuando el crimen supone quitar la vida de una persona ¿cuál es el castigo proporcional al crimen?

Pero si nos ponemos del lado del consumidor del show, nos preguntamos por qué sostienen el espectáculo, porque no sienten la necesidad de suspenderlo.

Existe una analogía entre la lógica del show y lo que Stanley Milgram describió en su experimento. Se trata de infringirle dolor a otro ser humano, el factor de obediencia se ha trasladado del científico a los medios de comunicación masiva. El conductor del programa impulsa a la muchedumbre a reclamar el castigo para la mujer. La masa grita enfervorizada “asesina”. Al igual que en la experiencia de Milgram el show se vale del engaño del participante.

En el año 2010, el canal público de la televisión francesa emitió fragmentos de las grabaciones realizadas como parte de la investigación plasmada en el documental “El juego de la muerte”, realizado por Christophe Nick. Se trató de una nueva versión del experimento de Stanley Milgram, destinada en este caso a ponderar el grado de sometimiento de un sujeto no a la autoridad de la ciencia, sino al influjo de los medios de comunicación. En esta experiencia el grado de obediencia al animador televisivo trepó al 80%. Del 65% que había registrado Milgram con la obediencia al poder de la ciencia, el poder mediático en la actualidad supera en mucho la investidura científica.

Esta serie hace eje en varios de los factores que Zygmunt Bauman (1997) ubicó como centrales en la obediencia. Algunos de ellos son:

1. La distancia social. La distancia que separa a la víctima de los espectadores lleva a que se genere una complementariedad entre la soledad de la víctima y la unión de los verdugos.

“Cualquier fuerza o acontecimiento que se sitúe entre el sujeto y las consecuencias de hacer daño a la víctima produce una reducción de esfuerzo en el participante y, por lo tanto, reduce el nivel de desobediencia. En la sociedad moderna, hay a menudo otras personas situadas entre nosotros y el acto destructor final al que contribuimos”. (Milgram, 1974).

A lo largo de la serie vemos que la protagonista enfrenta su huida acompañada de una falsa compañera que en realidad está destinada a conducirla hasta el punto culminante del show.

2. El efecto masa que une a los espectadores al conductor en la realización del show dejando en la más absoluta soledad a la víctima. En este punto quisiera detenerme en la frase de Fabián Schejtman del comienzo, en la que expresa su tesis acerca de la equivalencia entre la constitución del yo y de la masa.

Freud plantea que el yo se constituye en la fase del narcicismo. El yo, el cuerpo y la realidad son construcciones secundarias, lo primario es el autoerotismo gobernado por la satisfacción anárquica de las pulsiones parciales. El pasaje del autoerotismo al narcicismo se produce por “un nuevo acto psíquico” por el que el yo, vía la identificación a la imagen especular del otro, busca la unidad. Lacan teoriza la identificación propia del estadio del espejo como una identificación imaginaria con la imagen del semejante. Esta identificación se apoya en lo simbólico del Ideal del yo. Recordemos que Freud diferenciaba yo ideal de Ideal del yo. Lacan retoma esta diferencia ubicando el yo ideal como imaginario y el Ideal del yo como simbólico. Esta afirmación resulta central para comprender la equivalencia entre la constitución del yo y de la masa. Freud sostiene que “Una masa […] es una multitud de individuos que han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo, a consecuencia de lo cual se han identificado entre sí en su yo” (Freud, 1921, 110) Es decir, que en la masa los sujetos se identifican entre sí, de yo a yo porque se sostienen en un Ideal del yo compartido, encarnado en el líder. La ilusión de unidad que encontramos en la masa es la misma que ha dado lugar a la unidad del yo.

La unidad de la masa[1] se observa en este episodio en el refuerzo de los vínculos empáticos entre los miembros del auditorio y el líder que conduce el show haciendo depositaria a la criminal de la agresividad situacional. Retomando la tesis de Schejtman y avanzando un paso más, Michel Fariña (2013, 95) señala que la experiencia de Milgram se soporta en una lógica semejante a la que describe Schejtman. De modo que el lazo afectivo entre los miembros de la masa tiene como su contracara la agresividad hacia el que no es miembro del grupo. La agresividad entonces tiene su origen en el mismo acto por el que se constituye el yo. La ambivalencia afectiva, amor odio con la que los sujetos envisten libidinalmente a sus semejantes es efecto de la constitución yoica. En su texto La agresividad en psicoanálisis, Lacan (1948, 109) señala que la noción de agresividad es la tensión correlativa de la estructura narcisista que da origen al yo.

3. La moralidad de la técnica.

Bauman (1997) señala que lo propio del sistema burocrático de la autoridad de nuestra sociedad actual es moralizar la tecnología y al mismo tiempo negar el valor moral de aquellas cuestiones no técnicas. La preocupación moral se centra así en la tarea en sí misma y en su perfeccionamiento (rapidez, eficiencia, etc.), dejando de lado la reflexión sobre la situación de los objetos a los que se dirige la acción.

El dispositivo mismo y su funcionamiento eficaz opacan completamente el sentido final de sus acciones, y la posibilidad de participar en el show terminan generando una falsa sensación de no responsabilidad por el lugar de espectador.

 

 

Reflexiones finales

 

El espejo en el que el infante con júbilo descubre su imagen dando unidad a su fragmentación inicial funda la ligazón afectiva a otro pero también la agresividad. Hoy los espejos se han multiplicado, en los celulares, computadoras, ipods, tablets, televisores, plasmas, leds, etc. Los espejos negros traen a nuestro encuentro las caras de los “semejantes” objetos de amor y de odio. La multiplicación de las pantallas tiene efectos imprevistos, muchos de los cuales interpelan a la ética de diversas formas.

Estos espejos negros nos miran y nos devuelven un rostro semejante dispuesto a ser el objeto de nuestras más opuestas sensaciones. Extraño, diferente, desigual, disímil, heterogéneo, un alter ego inconmensurable, el encuentro con el otro. Amigable, próximo, prójimo, empático, inseparable, otro yo, el encuentro con mi semejante. Ambas perspectivas tiñen los encuentros humanos. Este “pathos” es el punto de partida de la relación ética con el otro (Ormart, Brunetti, 2011).

 

 

 

 

Bibliografía

 

Bauman, Z. (1997) Modernidad y holocausto. Ediciones Sequitur, Madrid, 2006.

Lacan, J. (1949) “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia analítica”. En Escritos 1 Buenos Aires, siglo XXI, 1988.

Lacan, J. (1948) “La agresividad en psicoanálisis”. En Escritos 1 Buenos Aires, siglo XXI, 1988.

Laso, E. (2013) “Las coordenadas de la obediencia. Milgram a través de la lectura de Zygmunt Bauman”. Aesthethika. Volumen 9 número 1. [Pp. 41-47].

Cambra Badii, I.; Lemos, A.; Michel Fariña, J. J. (2013a). Milgram, 50 años después: una reflexión ético-analítica a partir de la recreación musical y televisiva del experimento”. Investigaciones en Psicología, N°18, Vol 2, pp. 27 – 43.

Michel Fariña, J. J. (2013b) Addenda: Stanley Milgram, 50 años después. Aesthethika. Volumen 9 número 1. [Pp. 91-97].

Milgram, S.(1974). Obedience to authority: An experimental view. New York: Harper & Row.

Ormart, E. (2009). Cuando el sujeto decide perderse en la Ola. Comentario de Die Welle (Gansel, 2008). Ética y Cine Journal, suplemento de Aesthethika, Volumen 5 nº 1. Septiembre de 2009. ISSN 1553-5053. Departamento de Ética, política y tecnología, Instituto de Investigaciones Psicológicas, UBA.

Ormart, E. y Brunetti, J (2011) ¿Por qué es tan difícil ser buenas personas? En Revista Ludus vitalis. Volumen XIX. Número 35. [145-152].

Pérez-Reverte, A. (2012) El Club Dumas. Buenos Aires, Alfaguara.

Schejtman, F. (2013) Introducción a los tres registros. En: Psicopatología: clínica y ética. Buenos Aires: Grama.



[1] Se sugiere la lectura de Cuando el sujeto decide perderse en la Ola. Comentario del film: La Ola, en www.eticaycine.org

 


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