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Ese Mono05/07/2014- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta
En el marco preparatorio del I Congreso Mundial virtual/presencial de elSigma “El estadio del screen. Incidencias de la virtualidad en la constitución del lazo social”, el autor nos dice: “El Amo es quien tiene el poder de formar y de dirimir qué sí y qué no. Todo Amo es un gran signo que indica qué sí y qué no… Nosotros hoy nos encontramos con este lugar que es Internet y una multiplicidad absoluta de lugares, que nos sitúan frente a una multiplicidad absoluta de elecciones, y todo lo que es absoluto carece de singularidad. Lo que sitúa principalmente al Amo es si dejamos de usarlo. Ah, ahí te quiero ver si no hay Wi-Fi, o sufriendo un síndrome beligerante de abstinencia si el celular se descompone… Respecto al lugar del Amo, es interesante pensar lo que pasó con una restauración de un Jesús, y más específicamente un Ecce Homo…”
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“Aun en la reproducción más perfecta falta una cosa: el aquí y ahora de la obra de arte –su existencia única en el lugar donde ella se encuentra–”.
Walter Benjamin
Hay un vértice que se abre para ubicar al Amo como tal. Siempre en ese instante, en ese espacio, en esa hiancia –como gusta traducir el béance de Lacan (por favor no confundir con “véanse”)–, en esa oquedad la indeterminación del Amo se hace más presente como eso: un vacío. El Amo está, no podemos presentarlo, ni enfrentarlo, estamos dirimiendo su lugar exacto. Una de las formas en que el Amo puede presentarse es a través del recurso neurótico de siempre de imaginarlo, de simbolizarlo, de saberlo castrado; claro que saberlo castrado angustia y eso hace presentar nuestra propia castración. Nadie quiere, antes como ahora, enfrentar la angustia de castración, que se presenta ahí mismo donde podríamos cotejar que el Amo es, nuevamente, un artificio (algunas veces válido). Válido de valor, porque hay amos y amos (y este plural ya lo rebaja), pero todo Amo debe tener un valor, aunque sea histórico.
Es triste comprobar entonces que, sin poder enfrentarnos a ese Amo, hoy quedamos nosotros también catapultados a esa oquedad desde donde diagramamos nuestros continuos, nuestros infinitos, nuestros sinsentidos de eternidad, y donde confiamos nuevamente en que de hoy para siempre algo de nosotros quedará.
Ese continuo hoy está instalado, de alguna manera, ilusoriamente, en Internet. Internet nos provee de la idea ingenua de almacenamiento, como tal vez, en algún momento histórico, fue la grandiosa elocuencia de la creación de la Biblioteca de Alejandría. No necesitamos un incendio para postergar toda esa información abastecida culturalmente en un lugar; tal vez simplemente una desconexión, un corte de corriente, una falla, un error, para perder aquello que tanto hemos acumulado. Ese de repente perdimos es uno de los motivos de la angustia al que no queremos ni siquiera acercarnos, porque la técnica multiplica seguros sobre eso, donde hoy cada vez más no estamos seguros.
Internet es el gran almacenador colectivo, que sin duda registra en un tejido de red de múltiples conexiones algo que se vuelve efímero… salvo para cada usuario que puede, justamente, hacer patente que aquella memoria colectiva es parte de él, siempre y cuando la use.
El Amo está presenta tal vez figurativamente en Internet, pero, nosotros encontramos que día a día en nuestra relación discursiva no termina de ser alguien, algo; no se establece una consistencia que en algún momento se necesitó para presentar un evento histórico, para enfrentarse con alguna modalidad discursiva, para asentarse en algún emplazamiento subjetivo. Hoy (y este hoy es un mero recurso, una herramienta) se sitúa con un tiempo inmanente… el tiempo inmanente del hoy es el tiempo de eso que tal vez puede hacer que el Amo se presente, y si se presenta el Amo, el recurso ‒lo sabemos‒, es a través de los objetos. Todo bien con la cámara, todo bien con nuestra construcción de un cuerpo cerrado ante quien exponemos nuestra sonrisa, pero si esa cámara se trasforma en un ojo, y ese ojo inquieta, entonces el objeto a angustia. Todo bien frente a la multiplicación de música que podemos apreciar, reproducir, completar, diagramar, pero si esa música queda plásticamente en algún lugar del sistema, los bolsillos de los músicos carecerán otra vez de fondo.
El punto crucial en el que me quiero detener, luego de toda esta introducción casi quejosa, es la autenticidad de la obra de arte. En otro escrito trabajé sobre el arte efímero[1]. Hubo un grupo que en la Rusia de Stalin se dedicó más que a reproducir obras a producirlas, más que a inscribir obras, imprimir obras, a manifestarlas. La manifestación de la obra tal vez era el leitmotiv de este grupo que hacían del arte un procedimiento absurdo. Ellos mismos declaraban ser una Asociación por el Arte Real, y Real era de una actualidad que situaba en el aquí y ahora de la obra la autenticidad que luego se perdía. Ellos mismo encarnaban esa obra de arte que, manifestándose, en su misma manifestación se perdía. Tal vez toda obra de arte tiene esto, tal vez toda obra de arte no… toda obra de arte tiene algo de un aquí y ahora, auténtico, que incluso ‒por ejemplo en la pintura‒, puede ser situado con procedimientos técnicos. Pero ese aquí y ahora de una manifestación creativa la desarrollaron este grupo (Oberiu[2]) de una manera plástica en el cine, la danza, el teatro y la escritura, simplemente dejando que cada procedimiento de su arte se perdiese. Si escribían el escrito pasaba de mano en mano, si grababan algo también, como los primeros cassettes de La Renga, que solo podías conseguirlos si otro te los pasaba.
Lo que presenta este grupo no es sin contrastarse con un momento social donde se decía, se implementaba, se exigía que el arte debía ser de una forma… la forma era la revolución. La instrumentación stalinista marcaba que el arte debía ser revolucionario, social. Entonces este grupo, como un motivo de la queja incluso, decía no a ese nombrar el arte de una forma, decían no a formar el arte tal cual un Amo absoluto que discriminaba lo que sí y lo que no. Qué peculiar, hay ahí un procedimiento para poder empezar a entender dónde está el Amo… el Amo es quien tiene el poder de formar y de dirimir qué sí y qué no. Todo Amo es un gran signo que indica qué sí y qué no. Tal vez esa sea una de las delimitaciones.
Por eso es interesante Facebook, que te deja producir un Me gusta, pero se mantiene firme en no introducir (lo que tantos quisiéramos) un No me gusta, como un Amo de procedimiento naif, de gusto incesante, de valor narcisista, donde lo que se muestra es una vida más linda, un comentario más acertado, un rol más ajustado, una frase más atinada. Facebook es aquel que nos vende que la vida tal vez es eso que pasa en un video con música de fondo, de una historia anual de eventos importantes, y muchas sonrisas. Me gusta, claro.
Pero es difícil situar el Amo. Por ejemplo, si nos vamos al arte, a la pintura, no es tan difícil encontrarse con que el poder de lo auténtico hasta no hace mucho lo tenían los objetos auténticamente antiguos. Siempre lo nuevo causa, estragos, produce un goce inaugural y rechazo (parafraseando a Freud). Es interesante en este sentido lo que pasó con una restauración de un Jesús, y más específicamente un Ecce Homo[3]. La artista que fue a restaurar una obra de Ecce Homo hizo tal procedimiento, metió tal mano, que produjo una obra única, auténtica, nueva, de algo que se quería preservar. Bueno, fue un error, falló… o no, lo que no falló en ella es que siguió insistiendo en algo que no podía ser ya más reproducido, y que iba a quedar por un tiempo largo nuevamente mostrado como algo que no iba a ser más. Sin embargo la pintura empezó a ser algo. ¿Qué empezó a ser? Le encontraron un nombre, y cada vez que se nombra algo empieza a tener cierta existencia, eso es tener un nombre, en vez de Ecce Homo, por una intervención casi genial de lalengua, terminó siendo Ecce Mono (Ese Mono); para nosotros tal vez con un dejo de obscenidad hacia la figura de Jesús. Es que verdaderamente la figura que aparecía de Jesús era lo más parecido a un mono. Ese Mono entonces, esa figura histórica, esa inmortalización de un procedimiento artístico que muestra una pintura religiosa, una figura que funda una religión también, de repente fue artísticamente atacada y trajo como consecuencia un aluvión de turistas para ver, no ya a Jesús, sino a Ese Mono.
Una nota que nos ayudará a interrogar ese punto es la de Margarita Gómez Carrasco, donde dice: “Su emergencia en el circuito del arte fue el resultado de su difusión a través de los medios de comunicación”[4]. “La fallida restauración se viralizó a través de Internet hasta convertirse en un fenómeno humorístico. Su nombre fue cambiado a Ecce mono y de la burla pasó a la simpatía. Miles de personas llegaron hasta la iglesia de Borja para fotografiarse junto a la obra”.
Ese Mono somos todos nosotros, Ese Mono, como con Jesús, nos representa, Ese Mono representa en la humanidad un mono, obviamente, desde Darwin… somos los monos que como antaño agarramos nuestras herramientas y disponemos de ellas para generar nuevas cosas, en el mejor de los casos, siempre retocadas por un procedimiento virtual. Por ejemplo, casi que la forma de escritura está siendo trabajada por el procedimiento… casi, nos muestra que hoy (no hay que pensarlo mucho, nos encontramos con eso) nuestros diálogos incesantes acapararán la forma de traducirse en escritura. No es que venzamos, o que logremos acordarnos del mercado cuando queremos vender un nuevo escrito adaptándonos a esta forma de escritura, sino que nuestra forma de escritura está cambiando (si no es que ya lo hizo).
Esto que estoy escribiendo en este momento tan largo, tan pesado, ha sido abandonado por muchos usuarios, porque en el lugar en el que está ofrecido es una plataforma, Internet, y ahora mientras usted está leyendo están aconteciendo cosas en el mundo, hay frases más hermosas que estas que estoy escribiendo, por ejemplo de un Pessoa, de un Cortázar, de un Herman Hesse (últimamente son los que más salen), y son reproducidas incesantemente porque nos tocan en alguna fibra, esas pequeñas palabras, esas frases, que nos llevan a situarnos agradecidos en nosotros… pero no nos llevan a Cortázar, no nos llevan a Pessoa, no nos llevan a Herman Hesse porque alguien ya lo hizo, porque alguien de la comunidad nos ha beneficiado con esas palabras. Bue, siempre el absoluto, la generalidad, el universal es una pedorrada, entendamos que hay muchos que sí, por suerte, le han tocado esa fibra y han ido a Pessoa, han ido a Cortázar y han ido a Herman Hesse. Y esto que estoy diciendo casi que es una solución… ir hacia, como si fuese una zona, como si fuese un lugar, es algo nuevo. Uno leía a, no iba a… hoy puede situarse en la escritura de una persona como si fuera un lugar. Hay un lugar Pessoa, hay un lugar Cortázar y en Cortázar, sin duda, no es solo el lugar del exilio, lugar que insiste en su escritura aunque su lugar físico haya cambiado. Hay un lugar en Herman Hesse, y hasta, si quieren, un procedimiento para llegar a ese lugar.
Nosotros hoy nos encontramos con este lugar que es Internet y una multiplicidad absoluta de lugares, que nos sitúan frente a una multiplicidad absoluta de elecciones, y todo lo que es absoluto carece de singularidad. La singularidad es el uso que nosotros podemos hacer, por eso las legalizaciones comienzan por ahí, es sobre el uso, ojo, uso conciente de las ventanas que abrimos, un uso acompañado, con los niños, un uso, un uso incesante, por favor, de Internet, porque lo que sitúa principalmente al Amo es si dejamos de usarlo. Ah, ahí te quiero ver. Empezamos a temblar todos. Si no hay Wi-Fi, nos agarramos de las piernas, y repetimos hamacándonos para atrás y para delante, no hay Wi-Fi, no hay Wi-Fi, no hay Wi-Fi; o tal vez suframos un síndrome beligerante de abstinencia si el celular se descompone, y a la semana exacta, abstraídos del mundo, excluidos del mundo, presentes en nuestra escena neurótica de exclusión, algo se alivie (momentáneamente, hasta la nueva compra del celular). De alguna manera los ladrones de hoy en día tienen algo de, ¿cómo decirlo?, de Real Absoluto (no hay Real Absoluto). Pero cuando te sustraen un celular, y te sustraen una historia y te sustraen todo esto que internet te ofrece acumular, te sacan algo tan pleno, tan presente en el día a día, que parece que no podés sentir más que alivio luego de un tiempo de angustia. Porque empezás a contar el tiempo, ah, una semana hace que… no tengo celular. Y esa semana pasó, día a día, como una afirmación en el aquí y ahora. Y nuevamente nos situamos en un tiempo donde hay algo de los ojos que se abre (sin duda), hay algo del oído que se abre (sin duda), porque no tenemos la cámara para fotografiar eso que está frente a nuestros ojos. Qué soledad absoluta se abre. De lo que estamos escapando con Internet, obviamente, es de la soledad. Pero frente a esa soledad no hacemos más que ponerle incesantes posibilidades falsas de elección, y la soledad en un punto es una sensación que nos atraviesa, que nos propone (angustiosamente a veces) algo humano. El aquí y ahora de la autenticidad de la obra, la creación de un artista, lo sitúa en esa soledad que hace, predispone a veces, a que esa obra vaya más allá de uno. Porque la soledad del artista tiene que ver con el mismo lugar, con el momento de la creación. No es que la creación sea en soledad, sino es que cuando creamos nos quedamos sin Otro. Tampoco creamos de la nada. Pero eso nuevo que se crea de repente ubica una oquedad donde ningún Otro vino a vaciar todos sus procedimientos de reaseguros.
Bueno, aquí los dejo, porque se han activado un montón de ventanas al mundo, de mensajes, me están llegando, tengo que responder a tantísimas páginas que administro, y me divierte… pero no quiero dejarlos sin una última reflexión. Qué románticos que fuimos, pero situar ahora algo del Amo tal vez sea entender que es muy difícil lo contrario. Saco esta frase de Internet: “En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”[5]. La verdad algunas veces la tenemos, simplemente hay que decirla… claro que Lacan nos advirtió que se mediodice, pero algunas veces ni medio. La careta no se saca tan fácilmente. Internet es un gran juego de rol. Quien cree que en Internet es, es lo mismo que creer que por tener una profesión, es… hoy se necesitan menos cosas para ser. Tal vez esa es una sospecha que quiero mantener, no para ser, sino para ver cuánto se ha contribuido a que la gente sea, sea escuetamente. Porque si uno quiere ser un poco más, ojo, no sé, mostralo, fijémosnos… Ese poco más obviamente tiene que ver con el goce, y no toleramos los goces ajenos. Y de los propios, ni que hablar.
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