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La pulsión en juego

13/02/2003- Por Ricardo Rodulfo - Realizar Consulta

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“...se trata para el psicoanálisis de “renovarse o perecer”. El viejo psicoanálisis, bajo sus diversas rotulaciones puede largamente sobrevivirse a sí mismo...pero sobrevivir sin ya nada verdaderamente nuevo que decir es una manera muy geriátrica de formar parte del fluir social y cultural...”

La pulsión en juego

Hacia fines del año último apareció en Buenos Aires un libro poco susceptible de un éxito institucionalizado, Ser humano, (Ed. Libros del Zorzal), de Julio Moreno. Hay que decirlo así, en este caso la singularidad de la firma tiene mucha importancia pues –acontecimiento más bien raro– se trata de un libro para ser pensado, escrito por alguien que está pensando cosas con el psicoanálisis, y no un libro de catequesis de psicoanálisis, como es mucho más frecuente, tal cual se palpa en la profusión con que nos bombardean actualmente diversos grupos lacanianos (confirmando la fineza irónica con que Lacan explicaba que la motivación más habitual para escribir de los psicoanalistas es el anhelo narcisista de formar parte de un grupo en el que cada uno escribe como los demás). En este sentido, el libro se enrola en una tradición a la que aún apelamos con cierta buena ingenuidad, la de suponer un libro originado en inquietudes fuertemente personales, no como efecto de marketing (haciendo notar que este no falta en el medio psicoanalítico, a su propia escala).

Mi propósito, claro, no es comentar este libro y sí en cambio resaltar algunas de sus aristas y de sus convergencias, aquellas en particular que lo convierten en un libro necesario para este momento, donde al fin de cuentas se trata para el psicoanálisis de “renovarse o perecer”. No tiene porqué ser una muerte súbita, la misma eficacia clínica del psicoanálisis -acotada, modesta, pero irreductible y consistente real-, haría esto harto improbable. El viejo psicoanálisis, bajo sus diversas rotulaciones (todas las que terminan en “iano”, Fernando Ulloa dixit) puede largamente sobrevivirse a sí mismo, agarrándose de su arraigado vocabulario, de su fuerte estructura ritualista y de su paradójica endogamia. Pero sobrevivir sin ya nada verdaderamente nuevo que decir es una manera muy geriátrica de formar parte del fluir social y cultural; sobrevivir recitando sin pensar de nuevo. El punto de falla es que la identificación con un maestro no se produzca con el maestro en el acto de pensar, en su puesta en acto como trabajo, como experiencia intelectual. Por fortuna, para aquellos que amamos la actitud psicoanalítica más que una teoría psicoanalítica, todo eso “viejo” no ha sofocado enteramente los brotes de lo que retoña, según la obsesión de Winnicott por el crecer.

Y el libro de Moreno pone en evidencia que el escritor tiene muy claro y localiza con suma precisión varios de los rasgos más cerrados y distintivos del psicoanálisis tradicional, no precisamente para tomar partido por ellos, tampoco para una descalificación acorde a las pautas típicas del pensamiento binario; para ir más allá, no tanto “progresivamente” como al modo del relevo (Aufhebung), del cual con una torsión Derrida hace suplemento. En primer lugar, Moreno destaca el logocentrismo del psicoanálisis clásico y de la tradición metafísica en el cual éste está anudado, el que Lacan llevara a sus últimas consecuencias con más consecuencia –y unilateralidad- que otros psicoanalistas en lo que Derrida también llama falogocentrismo, haciendo del psicoanálisis una experiencia de palabra (lo cual no es lo mismo que recortar en el psicoanálisis una experiencia singular de la palabra entre otras dimensiones de la vida psíquica que la palabra no domina ni abarca).

Punto decisivo: ninguna renovación, puesta al día, ampliación de su dominio, extensión de sus exploraciones, dejar caer lo obsolescente, puede darse en el psicoanálisis si éste no se desmarca del logocentrismo propio de “Occidente”. Hacerlo o no, depara infinidad de consecuencias, desde los microscópicos detalles de la clínica de todos los días, en cualquier lugar que un psicoanalista o aspirante a serlo o filopsicoanalista trabaje, hasta las grandes generalizaciones macroteóricas en metapsicología o psicopatología.

Punto de resistencia durísimo, facilitado por inercias en la formación, que por lo general –ya desde la universidad, en el caso de la Facultad de Psicología- aísla y desvincula al que se forma de la marcha de las ciencias y del pensamiento en general, en este caso de la lingüística y de la semiótica, para seguir sosteniendo una anacrónica concepción de “significante”, por ejemplo.

Con la misma fuerza el libro destaca la manera en que las concepciones tradicionales, tan popularizadas, sobre la fijación y la formación de clichés en los primerísimos años de la vida estrictamente precluye la posibilidad de pensar en el papel formador, no sólo desencadenante, del acontecimiento en cualquier momento de la existencia.

En la medida en que el libro cerca este punto de estructura de la teoría clásica, lo asedia, lo visita con insistencia, le da ocasión al que lee -si lee con la cabeza abierta-, de hacer conciente con claridad inequívoca este límite clásico del psicoanálisis clásico, y los límites que genera en nuestro pensar de hoy no traspasarlo, especialmente cuando aquella concepción se viste con los ropajes –también anacrónicos ya– del “estructuralismo”.

Pero el punto que me interesa particularmente alcanzar es el del lugar del juego, estrictamente de lo que desde Winnicott llamamos jugar. Llegados aquí, por una parte estamos en un meollo muy esencial de las ideas de Moreno, ya que su contribución más propiamente “propia” es diferenciar del juego tradicionalmente sometido en psicoanálisis a una u otra variante de interpretación “simbólica”, un segundo (¿o primer?) tipo, que él llama conectivo, irreductible a la imaginería y a la ingeniería edípica psicoanalítica, concepto que le permite abordar los juegos de base electrónica sin los gestos “humanísticos” del que conjura demonios.

Por otra parte, pese al extraño silencio de Moreno en torno a Winnicott, este movimiento que se interesa clínicamente en la problemática de juegos que interpelan al psicoanalista haciéndolo sentir impotente (toda una ocasión para, en vez de enojarse con ellos, suplementar las teorías establecidas con elementos no derivables de ellas) tiende a que el jugar como práctica se reposicione en cuanto a su lugar relativamente secundario en el psicoanálisis tradicional, migrando hacia una posición teóricamente privilegiada en cuanto a los procesos de subjetivación en el ser humano, pasando de medio “técnico” para el trabajo clínico (cuando no queda otro remedio, a falta de palabras...) a el medio por excelencia de la subjetivación, la vía regia, el modo por el cual se escriben los procesos, concientes e inconcientes sin contar con que -por su propio peso- el jugar resiste el logocentrismo: no hay manera de abordar los juegos tempranos, para plantear un caso decisivo, sin decidirse a considerarlos en su especificidad, irreductible a la palabra aunque se trame continuamente con ella.

Esto no puede hacerse sin desplazar algo de “su” lugar: lo desplazado es el orden de la pulsión, “nuestra mitología”, la del psicoanálisis en sus andamiajes más esclerosados, concepto inútil hoy, puerto que ni comunica al psicoanalista con el campo biológico, al contrario lo aliena de él, ni sirve para pensar los avatares más “sociales” de la subjetividad humana. El niño ser pulsional deviene o se desplaza a ser de juego.

En este punto se produce una convergencia independiente, y es esta independencia lo más interesante, entre los desarrollos de Moreno y los míos propios, -según lo que vengo investigando y escribiendo hace ya más de veinte años en libros como Dibujos fuera del papel (Paidós, 1999) y antes en El niño y el significante (idem, 1989)-, a partir de una clínica cuyos requerimientos desbordaron a la del consultorio clásico, sea por la edad de los pacientes sea por la diversidad “inclasificable” de sus trastornos y con Playing and reality como punto de partida.

Que no es lo mismo que un punto de cita. Allí y en otros textos vengo impulsando ciertas hipótesis de trabajo continuamente puestas a prueba que me llevaron a sostener que, por decirlo así, nada más “pulsional” en el bebé y el niño que la emergencia espontánea –esto es, no “causada” ni “enseñada”, bien que sí acompañada, por un adulto– del jugar, del deseo como deseo de jugar, lo cual abarca también el juego sexual infantil de cuyo “polimorfismo” es precisamente el jugar responsable.

Biológicamente hablando, esto no requiere de ningún “apuntalamiento” instintual; contrariamente, la evolución nos enseña que el jugar crece a expensas de los vacíos que va dejando el desvanecimiento de patrones instintivos, cuya secuencia rígida va a desembocar en las secuencias más variadas e “informales” del juego en los mamíferos.

En relación al orden cultural, el jugar resiste todo ambientalismo, psicoanalítico o no, en tanto mediante él, el niño metaboliza “a su propia manera”, lo que desde allí se le ofrece o se le pretende “dar” (la sola introducción de este concepto del jugar perturba sin remedio toda economía del dar-recibir así como cualquier –y repetido- intento de sostener una imagen pasiva del bebé y del niño en posición de objeto). Pues en el juego, y esto la actual observación de bebés lo ha hecho bien notorio, el bebé se adelanta, anticipándose a cualquier expectativa del adulto. Y evitando así que la asimetría de las respectivas posiciones pueda leerse en términos de la pareja tradicional activo/pasivo. En su lugar, la sustituye un nuevo paradigma: activo/activo.

Como para pensar. Hay que pensar. De nuevo.



Para tomar contacto con el autor, hacerlo a: myrrodulfo@arnet.com.ar


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