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Nosotros06/04/2014- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta
El “debate” actual sobre la violencia forja un tufillo violento y devastador. No sólo no hay lugar para el sujeto, sino que parece no haber siquiera lugar para la pregunta. Hay un dicho popular: la maldad es un bumerang, siempre vuelve. La cuestión por fin es ver dónde estamos parados (aunque hay que saberlo, lo no elaborado retorna). ¿Estamos atravesados por la emergencia de una violencia que se inaugura? ¿Estamos recibiendo eso que nos vuelve? ¿De dónde vuelve? El odio es una de las tres pasiones del ser según Lacan (junto con la ignorancia y el amor). El odio interesa porque apunta al ser del Otro , a destruir al otro. Así que a la vez que se reconoce al semejante se lo reduce a su coseidad…
Hablamos de violencia de género, hablamos de lo que generó violencia, hablamos de la violencia y, como siempre, los ánimos se caldean y nos violentamos. Ese “debate” actual sobre la violencia forja un tufillo violento y devastador.
Es interesante la cantidad de preguntas que se proponen desde los medios para conducir sus prontas respuestas, pero mucho más urgente es bucear en las preguntas que han quedado afuera. No me sorprende, son las mismas de siempre (pero destaco solo una): la pregunta por el sujeto. Eso, que podría ser una incógnita viable a lo largo de una vida que se realice (en sus intenciones al menos) se ve fuertemente coartado cuando tratamos de violencia. Es que no sólo no hay lugar para el sujeto, sino que parece no haber siquiera lugar para la pregunta.
Como siempre al tratar la violencia la violencia nos trata (mal). Hay un dicho popular al respecto: la maldad es un bumerang, siempre vuelve. La cuestión por fin es ver dónde estamos parados (aunque hay que saberlo, lo no elaborado retorna).
¿Estamos atravesados por la emergencia de una violencia que se inaugura? ¿Estamos recibiendo eso que nos vuelve? ¿De dónde vuelve?
El trazado de esa trayectoria nos deja estupefactos (y estupidizados también). Esa actualidad de la noticia carece del desarrollo de algo que no cesa de ocurrirnos (a esta altura, es lo más parecido al síntoma que podría haber). Se habla de democracia, de violencia en un régimen democrático, pero aún no hemos contestado la pregunta que viaja detrás del justo reclamo. Si nos preguntamos ¿dónde están nuestros desaparecidos?, es tal vez pertinente acercar esa otra pregunta: ¿dónde están nuestros desaparecedores? Digo “nuestros” porque, queridos hermanos, son nuestros en muchos sentidos. La gente que se ha dedicado a la violencia extrema (la sustentada por el gobierno de facto) la propuesta de una democracia –porque es eso, una propuesta, hay que construirla, no ha venido como algo preformado– no los ha desarticulado. Todavía persiste un aparato de trabajadores de esa cruel maquinaria. ¿O seguiremos creyendo en los cuentos que nos cuentan, que son tan macabros como los de hadas?
Cuando la democracia supo asomarse, ¿acaso todos los desaparecedores se desvanecieron en el aire? Siguieron en operaciones, siguen, lo sabemos. Pero, lo fundamental es que esto siguió trayendo consecuencias.
Lacan decía que la palabra era un cáncer, y no es sino eso lo que hoy nos carcome el cuerpo y nos lleva a identificarnos con muertos-vivos (o peor, a identificar a los pobres con zombis).
El cáncer también es la falta de palabras que traigan consecuencias, para eso hace falta un sujeto y su responsabilidad. Para eso hace falta cortar con el drama mediático e implicarse. Para eso hay que concebir, como lo hace el psicoanálisis[1], que el malestar nos vendrá del propio cuerpo, del mundo exterior y de los vínculos con otros, y ver cómo podemos hacer con ello sin recurrir principalmente a la negación.
Porque en esta sociedad nuestra cada vez carecemos más de la subjetividad y encontramos más la autonomía del autómata. No hay que ser muy lúcido para darse cuenta que el manejo del odio es una de las fuentes de la política (y por eso gobernar es una de las profesiones imposibles que nombrara Freud, junto a la del educador –menos si está mal remunerado– y la del psicoanalista).
Pero ese odio, esa masa de odio, ¿de dónde provendrá? ¿Del “es él o yo”? ¿Del “y qué querés, la gente está harta”? ¿De tantas y tantas frases que intentan encausar algo que nos desborda?
El odio es una de las tres pasiones del ser según Lacan (junto con la ignorancia y el amor). El odio interesa porque apunta al ser del Otro[2], a destruir al otro. Así que a la vez que se reconoce al semejante se lo reduce a su coseidad, y tal vez la violencia sea salirse de ese lugar de cosa –que nos vuelve– por el acto (violento).
No hay tiempo para la responsabilidad si la vida es eso que nos pasó ayer y se vive en un mañana clausurado. Si no hay la posibilidad de la pregunta. O si la única posibilidad es el resurgimiento del odio.
La lógica de la violencia atraviesa al pueblo argentino, y tal vez no es raro ver que junto a los linchamientos, los desmanes entre barras, los ajustes de cuentas, etc., hay todavía gente que se pregunta por su identidad. Esa pregunta tan imposible de responder, y aún más difícil de sostener.
Hay también hoy gente que se pregunta si sus padres son sus padres. Tal vez hay que aprender de ese gesto y volver a preguntarnos: ¿quiénes son nuestros padres? Y un poco más, ¿quiénes son nuestros padres que hemos construido? Y más aún, ¿quiénes son nuestra gente? Nuestra gente: nuestros policías, nuestros delincuentes. No quiénes somos nosotros, sino eso qué nos convierte en “nosotros”, ¿cómo es que se construyó?
Los debates sobre violencia deberían empezar por interrogar a la violencia en nosotros.
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