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Identidad ambiental del hospital psiquiàtrico. Entre cuatro paredes de una ciudadela17/10/2005- Por Mónica Fudin Govednik - Realizar Consulta
El hospital psiquiátrico, como una ciudadela, representa una comunidad inserta en una sociedad, con pautas particulares que la unen y la separan del resto, con un funcionamiento y estructura específicos, pabellones sombríos y amurallados, metáfora de prejuicio entre lo bueno y lo malo, lo normal y lo anormal. Si el enfermo establece con la institución una transferencia negativa, abandonará tarde o temprano el establecimiento sin haber conseguido alivio alguno, o habiendo empeorado. La autora se pregunta, a partir de estas consideraciones, cómo hace jugar el paciente sus pulsiones de vida en un medio que a veces le resulta poco propicio o indiferente, y en qué podrían contribuir a esto las intervenciones y el deseo del analista.
Introducción a la leyenda.
Cuenta la leyenda que en los oscuros
lugares donde habita la locura pasan cosas enigmáticas. El mito no deja de
acechar. Tras años de continua circulación por el hospital psiquiátrico —lugar
donde trabajo—, sus particulares características, plasmadas en espacios
habituales y compartidos, le otorgan una identidad y marcas propias que han
llamado mi atención, y han suscitado varias preguntas con respecto al sentido
de las mismas.
La institución transmite —tal
como lo hacen los pacientes— más allá
de las palabras, signos. Y éstos, aun en toda su ambigüedad, representarán algo para alguien[1]. La locura se pasea por los jardines,
los corredores, las salas, y estos signos deben ser leídos y situados en el
contexto adecuado. A veces nos pasan inadvertidos: acallados por la
cotidianeidad, transitamos entre ellos ciegos y sordos.
He
tratado de rescatar la mirada y la voz oculta de aquellos que los emiten, de
aquellos que los reciben y les dan un significado. Esos signos están ahí para
alguien que puede ser cualquiera: una mirada intransitiva, un pedido a nadie,
un pedido a todos...
Cuando
un paciente internado lo está durante años, cuando el hospital se convierte en
su “hogar”: las pequeñas cosas que guarda a su alrededor, que coloca sobre su
armario, que oculta; los objetos con que adorna sus paredes, su cama, su estilo
bizarro; el lugar que elige para estar en la sala; si sale o no de la misma,
hablan de las marcas que deja por donde transita.
Cristaliza en ellas un vínculo
especial con sus espacios y objetos. Los espacios del hospital ofrecen formas
de relaciones intersubjetivas distintas a las reglamentadas en el discurso del
derecho o de la medicina. Estas formas particulares y subjetivas quedan
plasmadas y ofrecidas en un nuevo discurso, el del espacio físico, proyección
de su espació psíquico, de su ficción, de sus delirios. ¿Qué se enmarca, qué se
elige? Una praxis de acción, utilizada por el hombre que intenta tratar lo real
mediante lo simbólico, testimonio de lo que ha sido y de lo que es, y parte del
reconocimiento otorgado por quienes valorizamos una existencia vivida “entre
cuatro paredes”, plasmando momentos de esas vidas anónimas y sus espacios
nominados.
De la
ciudadela al hospital
El hospital psiquiátrico, como una
ciudadela, representa una comunidad inserta en una sociedad, con
pautas particulares que la unen y la
separan del resto, con un funcionamiento
y estructura específicos,
pabellones sombríos y amurallados, metáfora de prejuicio entre lo bueno y lo
malo, lo normal y lo anormal. Subsociedad que ha generado un límite de
contención y dispersión propia desde donde parten los conceptos de exclusión,
marginación, autoexclusión y automarginación. Opera allí un quiebre del tiempo
donde la vida adquiere otras dimensiones temporales, el tiempo psíquico
prevalece sobre el tiempo cronológico, se desarrolla a partir de otras
circunstancias, se dilata, se pierde: la duración de los tratamientos parece
ser infinita, la vida parece deslizarse eternamente.
La
ciudadela era una fortificación permanente en el interior de una plaza que
servía para dominarla o de último refugio, de guarnición. Dos situaciones la
caracterizan: organización interna
independiente y propia derivada de funciones definidas y aislamiento de lo externo, de la
sociedad, limitada por un muro. Umberto Eco habla de “medievalización” allí
donde una serie de minorías rechazan la integración, se constituyen en un clan
y cada clan se convierte en un centro propio. La
ciudadela alberga a su guarnición de pacientes como si fuera su último refugio.
Y a veces lo es.
Si el enfermo, evocando al Freud de Más allá del principio del placer (1920), establece
con la institución una transferencia negativa, abandonará tarde o temprano el
establecimiento sin haber conseguido alivio alguno, o habiendo empeorado,
claramente como resistencia a la curación, no ya impulsando al enfermo a
abandonar el establecimiento —por el contrario, lo retiene en él— sino
manteniéndolo apartado de la vida real. Freud designa como las pulsiones de vida —también llamadas
Eros— no sólo a las pulsiones sexuales, sino a las de autoconservación,
contraponiéndolas a las de muerte. Nos interesa ver cómo hace jugar el paciente
sus pulsiones de vida en un medio que a veces le resulta poco propicio o
indiferente.
La infraestructura y los espacios intersticiales
Los lugares institucionales que son
comunes a todos son denominados por algunos autores como “espacios
intersticiales”.[2] Son lugares
de paso —patios, salas generales, corredores, cafetería, aulas, lugares de
encuentro, jardines, salas de visita— y tienen un estatuto particular, y
códigos propios. Se trata de espacios espontáneos en los que se regula la
tensión que las actividades cotidianas y asistenciales suponen.
La ambigüedad del intersticio permite que
funcione como vocero, es decir que se digan y transmitan informaciones sin
demasiado riesgo, fuera de los espacios oficiales y con intermediarios. La
palabra encuentra aquí un lugar donde ser ensayada, para ser retomada en los
espacios oficiales y profesionales. Esto establece puentes, conforta
narcisísticamente, evita el aislamiento, controla el temor. Nada tiene que ver
con esos espacios terapéuticos comunes y compartidos denominados sesiones
grupales, comunidad terapéutica, etc. Éstos son espacios —podríamos decir— no
planificados ni preparados. Están ahí para ser usados.
En términos de tiempo, el
intersticio es el tiempo que separa la duración del trabajo —considerada en
términos jurídico-económicos— del tiempo laboral vivido subjetivamente. Puede
ir de minutos a horas, dependiendo de la institución.
Lo que sucede en estos espacios puede,
para los profesionales, ser muy útil en los tratamientos si se reanuda, integrándolo a la cadena asociativa,
como actualización transferencial, y se retoma en el seno de la sesión; o bien
puede quedar como un depósito,
donde lo que se dice o hace
en el intersticio queda reservado, depositado, inmovilizado según la angustia
que movilice, adquiriendo un lugar de secreto o enquistamiento. Puede tener,
por último, el estatuto de cripta,
clivaje entre el tiempo de la sesión y el que no corresponde a ella, sin posibilidades de reanudarse ni
integrarse.
Que un paciente
coma de la basura en los recipientes de residuos que se encuentran fuera de su
sala, que arroje piedras a lo autos estacionados, que empuje o pegue en las
oscuras escaleras, que se desnude o se exhiba en los pasillos, que robe, venda
alcohol o pase su día en la cama, permite leer una presencia de las pulsiones de muerte que se contraponen a las de vida y tienden a la reducción completa de las
tensiones, devolviendo al ser vivo al estado inorgánico. “Las pulsiones de
muerte se dirigen primeramente hacia adentro y tienden a la autodestrucción, secundariamente
se dirigirían hacia el exterior manifestándose en forma agresiva o
destructiva”.[3] No implicará lo mismo que se reúna a
cantar en los jardines con otros o acompañe a sacarse una radiografía a un
compañero, que limpie su espacio.
Puede que no le
importe a nadie. Puede que se considere ajeno a la dirección de una cura, pero
elegir ignorar esos actos que se dan en estos espacios de todos sin integrarlos
a la clínica, sin darles un sentido incluyéndolos en el discurso, simplemente
porque no se dan dentro del consultorio, no es sin consecuencias en los
tratamientos. Pues aquello
que se da fuera del hospital, que provoca lo que Freud mencionaba en El
malestar en cultura, ese “estado que resulta del antagonismo que existe
entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura
que demandan una renuncia pulsional”,
invita a diluirse en ese medio.
Las
instituciones se constituyen a partir de un ideal común, relegando el propio
narcisismo en la búsqueda de un crecimiento a partir de una meta compartida. Se
regula mediante una ley configurada por
reglas explícitas e implícitas acerca de los espacios y funciones que la
componen y que promueven su funcionamiento." Me he extendido tanto sobre el valor de la historia en el examen
de una institución, porque tal como ocurre con un neurótico, de cuya historia
el psicoanalista puede extraer el sentido de sus síntomas, en una institución
el mismo método ayuda a desentrañar en parte el sentido de sus tendencias
actuales”[4].
El ambiente debe incluir el respeto por la vida privada del
paciente, es decir que la convivencia en una comunidad, en una sala general,
debe ofrecer también la posibilidad de aislarse del grupo y tener privacidad.
No se trata sólo de un aspecto humanitario, sino de una ética asistencial, que
comprende la transferencia del paciente a la institución. La falta de intimidad
cuando se realiza una entrevista puede afectar su desenvolvimiento
notoriamente. Si bien el hospital en general no propicia esta condición, debe
ser el deseo del profesional el que facilite ese lugar, aun cuando desde lo
edilicio no se cuente con consultorios privados o los elementos suficientes. Se
trata de favorecer la creación de espacios para compartir reuniones diarias, y
la estimulación grupal que facilite la distribución de los tiempos de las
actividades, evitando la deprivación sensorial, sin perder de vista lo
individual y privado.
La monotonía sensorial o
disminución de los estímulos ambientales menoscaba el contacto directo
con el mundo externo y los impulsos del sujeto, afectando la actividad
imaginativa. Esto fue estudiado en los accidentes aéreos y laborales, en los
que aparece lo que se denomina “velo gris”, que tiende a favorecer los
accidentes entre quienes se encuentran en un ambiente desprovisto de
estimulaciones sensoriales.
Exceso de reposo,
silencio, soledad y oscuridad son condiciones que se asocian al
hospitalismo y al deterioro. En el ambiente psiquiátrico, la falta de
decoración y estímulos estéticos es frecuente observarlas en salas de crónicos,
suspendidas en el tiempo y el espacio, uniformes y monótonas, sin ninguna marca
subjetiva que acompañe la existencia. El carácter conservador de la vida pulsional y la compulsión a la
repetición son los motivos más manifiestos que llevaron a Freud a concebir la
pulsión de muerte, que “trabaja muda dentro del ser vivo en la obra de su
disolución”.[5]
El paciente psicótico tiene una
característica particular por su estructura: no demanda. Por lo tanto, le dará
lo mismo todo —eso es lo que deja ver-. Muchas veces, los profesionales
terminan trabajando en una connivencia que va en ese sentido: con la silla
sobre el escritorio, sin hacer limpiar los consultorios, dejando a los
pacientes sentarse en el suelo, no bañarse, comer con las manos, etc.
La institución psiquiátrica está estructurada en
función de un código o lengua, es también un lugar sintomal. Si el síntoma es
una palabra retenida a liberar, caída, debe trabajarse en estos vectores, y
quienes ejercemos allí nuestra práctica somos responsables por esa liberación
pues “las instituciones tienden a adoptar la misma estructura de los
problemas que tienen que enfrentar”[6]. Es el deseo del analista el que
marca las diferencias, aun cuando se tiene la sensación de no estar trabajando
en el sentido analítico, o por lo menos terapéuticamente, pero oficia sometido
a ciertas leyes, establece y marca diferencias.
A veces nos encontramos con una
patología dentro de otra. En el hospital, salas de tipo carcelario, letrinas en
medio de las salas por donde se debe circular, paredes desnudas, iluminación
deficiente, ausencia de actividades creativas, llevan al olvido y la desidia.
La organización custodial de los espacios y los tiempos conspira contra
cualquier posibilidad de cambio. La represión, el aislamiento, el oprobio, son
resabios de una vieja morada que mostraba su concepto de la salud mental: el
paciente crónico sin esperanza. El “custodialismo” aún tiene plena vigencia.
Vencer al ocio estimulando la
actividad creadora de manera burocratizada, enviando a los pacientes a “que hagan” tal o cual
actividad, sin pensarla para cada uno en particular, también contribuye
al deterioro, ya que se trata sólo de un adiestramiento. Los programas
ocupacionales deben ser una opción para el paciente.
Los urbanistas, arquitectos, deben
participar en el diseño de los lugares destinados a estos pacientes según las
actividades y necesidades a satisfacer. Una experiencia realizada hace unos
años, en un convenio entre el Servicio de Docencia del Hospital Borda y la
Facultad de Arquitectura, permitió ampliar una lectura de los espacios y
señalizar el hospital, trabajo fructífero y exogámico que enriqueció una forma
de circular por la institución, que poseía una “circulación de locos”, en la
que nadie sabía dónde quedaba nada.
Cada conquista
sobre las áreas arquitectónicas del siglo pasado, que remiten al régimen
asilar, con sus ambientes sucios y lúgubres, será en pos del alivio y de la
protección de la agresión, la humillación, la hostilidad y frustración de los
enfermos, pues el cuidado de las condiciones ambientales debe apuntar al
cuidado asistencial. De lo contrario, repetiremos el modelo familiar del que
provienen, y es la asistente social quien habitualmente puede dar cuenta de
esto cuando visita su domicilio.
Conclusión
Las nuevas
demandas provenientes de instancias superiores, la carencia de recursos
materiales y económicos, los nuevos síntomas que se presentan, imponen un
desafío a la modalidad asistencial tradicional. La institución se ve obligada a
responder sincrónicamente a los cambios que su época le demanda, de lo
contrario tenderá a desaparecer. La función continente se ve vulnerada,
presentando los síntomas típicos de su contexto social. Se exigen resultados
rápidos y prontas restituciones, en una indiferenciación del tiempo cronológico
y el tiempo psíquico necesario para resolver cualquier situación conflictiva,
que desvirtúa el trabajo de elaboración e incrementa las resistencias. Se pide
al terapeuta que compense el déficit institucional y el de los pacientes. Esta
compensación no es sin sobrecarga y sin riesgo. Estas respuestas pueden
aparecer en forma disociada, pero hemos de considerar que “si el desarrollo
cultural presenta tan amplia semejanza con el desarrollo del individuo y
trabaja con los mismos medios, ¿no se está justificado en diagnosticar que
muchas culturas —o épocas culturales— y aun posiblemente la humanidad toda, han
devenido neuróticas bajo el influjo de las aspiraciones culturales?”.[7]
En las situaciones de cura siempre hay un espacio y un tiempo. Como
espacios de paso tienen una cara interna y otra externa —desde el punto de
vista tópico— que pueden producir avatares varios. Hay en ellas una
precipitación fantasmática propia del efecto de reacomodamiento recíproco de
las representaciones de ausencia y presencia. Cuando se observa al paciente que
uno atiende fuera del consultorio, por ejemplo en la sala de espera, en el hall
de entrada, uno no puede evitar preguntarse: ¿dónde empieza y dónde termina una
sesión que se realiza en el hábitat del paciente? Ambigüedad, desconcierto,
encuentros azarosos e inesperados que pueden formar parte del material del
análisis.
Tarde
o temprano, el analista deberá tomar posición con respecto al lugar que le dará
a estos espacios intersticiales, pues ésto no es separable del análisis de los
procesos grupales de la institución. La institución psiquiátrica —dentro del
juego de las instituciones— está estructurada en función de un código o lengua
que opera como matriz, en el que se incluirá un paciente. Se establecen en su
seno posibilidades de romper el solipsismo psicótico, el monólogo narcisista.
También la institución es un
lugar sintomal con una estructura manifiesta —y una más oscura— de
intercambios. Debe cumplir una eficacia simbólica a través del restablecimiento
y fortalecimiento del lazo social, más allá de su facticidad (actividades,
etc.), creando espacios de locución. El lenguaje como organizador de la
subjetividad propicia que el síntoma, palabra retenida, sea liberado.
Mónica Fudin
Correspondencia a: fudingo@hotmail.com
Trabajo presentado en forma de póster en el XI
Congreso de AAP, Buenos Aires, 26 de octubre de 2004, cuyos autores fueron
Mónica Fudín (texto), Fiorella Fudín (diseñadora del póster) y Lucía Stancato
(fotógrafa). Mónica Fudín es Psicoanalista, AME de la Escuela Freudiana
de Buenos Aires, Jefa de
la Sección de Clínica y Medios Audiovisuales del Departamento de Docencia e
Investigación del Htal. “José T. Borda” y directora del Programa de Urgencias y
Violencia Familiar de la Facultad de Medicina de la UBA..
Bibliografía
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YARÍA, J. A. Abordaje
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Notas
[1] LACAN, J. (1986), El Seminario, Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós Buenos Aires, p. 215.
[2] ROUSSILLON, R., La institución y las instituciones, Paidós, Buenos Aires, p. 197.
[3] LAPLANCHE, J. y PONTALIS, J.-B. (1976), Diccionario de psicoanálisis, Labor, Barcelona, p. 336.
[4] ULLOA, F. (1969), “Psicología de las instituciones”, Revista de Psicoanálisis,
T 26.l.
[5] FREUD, S. (1981), “El malestar en la cultura”. En: Obras
Completas, vol. III, Biblioteca Nueva, Madrid.
[6] BLEGER, J. (1996), Psicohigiene y psicología institucional, Hombre Contemporáneo, Buenos Aires, p. 92.
[7] FREUD, S. (1981), “El malestar en la cultura”. En: Obras Completas, vol. III, Biblioteca Nueva, Madrid.
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