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¿De qué hablamos cuando hablamos de perversión?

15/02/2010- Por Edit Beatriz Tendlarz - Realizar Consulta

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La palabra “perversión” siempre ha tenido en psicoanálisis una carga díscola de interpretaciones. Ese carácter díscolo se multiplica al exterior del campo psicoanalítico, en el llamado lenguaje corriente. Por eso mismo, porque se trata de un término inevitable, con peso propio y usos que a veces pueden parecer insólitos para los legos, resulta importante analizarla y evitar malentendidos, malentendidos incluso psicoanalíticos, de algo que ha sido desde sus orígenes fuente de innumerables dificultades.

¿De qué hablamos cuando hablamos de perversión?

 

Edit Beatriz Tendlarz

 

La palabra “perversión” siempre ha tenido en psicoanálisis una carga díscola de interpretaciones. Ese carácter díscolo se multiplica al exterior del campo psicoanalítico, en el llamado lenguaje corriente. Por eso mismo, porque se trata de un término inevitable, con peso propio y usos que a veces pueden parecer insólitos para los legos, resulta importante analizarla y evitar malentendidos, malentendidos incluso psicoanalíticos, de algo que ha sido desde sus orígenes fuente de innumerables dificultades.

 

“Perversión” en psicoanálisis tiene que ver básicamente con tres cuestiones bien diferenciadas. Son tres usos a los que los psicoanalistas acudimos, debemos acudir inevitablemente, en una dimensión teórica. En principio, contamos con el uso de la palabra perversión en un sentido psiquiátrico: la perversión aparece en tándem con una patología sexual. La perversión implica así un conjunto de conductas sexuales que no se consideran “normales”. Este acaso es el uso que está más cerca de las reapropiaciones populares del concepto. Un concepto que se remonta a la esfera de la psiquiatría y que ya existía en los tiempos en que Freud incursionaba en sus primeras investigaciones. Por ejemplo, en su libro de 1905, Tres ensayos de teoría sexual, Freud describe de manera plástica las perversiones que la psiquiatría de entonces encontraba en los sujetos.

 

Es el sentido más general de la palabra “perversión”,  relacionado entonces con “desviación” sexual. “Sos un pervertido”, le dice una preadolescente a su amigo varón de la misma edad cuando éste le relata cómo se masturba una o dos veces por día. La unión de perversión y desviación sexual ha sido combatida por el psicoanálisis. Pero también por la psiquiatría, y aun la psicología en términos más amplios, que hablan hoy de “parafilias”. Los manuales de diagnóstico de los trastornos mentales, como el DSM-IV por ejemplo, cuestionan utilizar el término de “perversión” para explicar un comportamiento sexual.

 

Como Freud no consideraba a las “desviaciones” sexuales en tanto tales, sino, justamente, como componentes de la sexualidad en su conjunto, el término se vio despojado de la carga valorativa que hasta entonces tenía. Sin embargo, aún se escuchan connotaciones negativas del término, sobre todo cuando la sociedad se ve sacudida por acontecimientos policiales de alta envergadura mediática. Los medios no dudan en clasificar una perversión como actitud sexual que se caracteriza por intensas fantasías no convencionales, ya que involucran a objetos o seres no humanos, o seres humanos sin entidad como para constituir una pareja sexual, como los niños.

 

Uno de los criterios, en esta primera acepción de la palabra “perversión”, nacida de la psiquiatría y retomada por el uso popular, es considerar que en la ausencia de una de estas fantasías, el individuo se ve impedido para mantener relaciones sexuales “normales”, es decir “convencionales”.  (Esto no debe confundirse con la “parafilia”, que se consideran modalidades sexuales alternativas, que se adaptan a la vida social, sin ningún tipo de disrupción: aquí entra la homosexualidad masculina y femenina, por ejemplo). Para el psicoanálisis no hay  perversión en aquellas personas que incorporan a sus prácticas sexuales fetiches o cuotas de exhibicionismo: más bien analiza la alternada capacidad para las intimidades emocionales y sexuales.

 

Este primer uso del término insiste en catalogar las perversiones. Estas consistirían en:

 

• La necesidad de un goce con personas que no consienten el acto sexual. Es el caso de la pedofilia (excitación con niños) y la necrofilia (excitación con cadáveres), por otra parte dos de los últimos tabúes compartidos socialmente.

• La inclinación sexual hacia los animales, la zoofilia o bestialismo.

• La necesidad de dominar o someterse en un tipo de relación que conduce al sufrimiento a la flagelación, como es el caso del sadismo y el masoquismo.  También puede orientarse hacia prendas de vestir, objetos o atributos como pelucas, uniformes, lencería, etc., lo cual se denomina fetichismo, u otros objetos como las heces en la coprofilia.• Por último, la actitud de observar o mostrar para alcanzar  excitación, el voyeurismo o el exhibicionismo.

 

Existe una segunda apropiación de la palabra en el ámbito del psicoanálisis. Y esta sí asume un sentido freudiano. Freud ha señalado que la sexualidad humana es diferente de la sexualidad animal: en este sentido, la sexualidad humana es, toda ella, una sexualidad perversa. La característica fundamental de la sexualidad humana es su carácter perverso. Vemos cómo esta segunda acepción, más generalista, está sin embargo en perfecta sincronía con el carácter des-criminalizador del término en su primera acepción.

 

Y luego contamos con un tercer uso de la palabra en psicoanálisis, que proviene de las tres estructuras clínicas: psicosis, neurosis, perversión. Se trata de un tercer uso en el sentido de que su especificidad tiene que ver con que no es ni psicosis ni neurosis.

 

 

II

 

Evidentemente, no podemos prescindir de los contextos sociales en que se aplica la palabra perversión. Freud también ha enseñado esto, porque él mismo no podía sustraerse a ellos.

“¿Cuál es la idea común de perversión”, se preguntaba, famosamente, Lacan. Y será esa idea sujeto a los cambios en las sociedades. Sin embargo, la idea común de perversión tiene que ver siempre con el goce. Siguiendo con el tercer uso de la palabra, el perverso, a diferencia del neurótico, puede gozar sin represión. Esta felicidad del perverso es un fantasma de los neuróticos. El neurótico cree que alcanzará la felicidad siendo como cree que es el perverso, porque el perverso goza y no muestra sufrimiento. La idea del neurótico es que el perverso, porque goza sin culpa ni vergüenza, es un hombre libre. Sin embargo, el psicoanálisis enseña que allí también hay coacción, que en la conducta del perverso, obviamente, también hay “coacción”. No hay sin embargo “compulsión”, porque si hubiera, nos aproximaríamos al neurótico, al obsesivo. Ese rasgo del perverso implica un  empuje hacia la acción.

 

         Sabemos que los perversos raramente se analizan. Y precisamente, porque el perverso no se analiza (aunque, de nuevo, su inconsciente está tan estructurado como el de un neurótico), el psicoanálisis debió acudir a la literatura para hablar de ellos. Sabemos que muchos perversos escriben, escriben para desplegar justamente su perversión. Y conocemos mejor a un perverso gracias a que Lacan se ocupó de un gran escritor como André Gide, con el amor de su prima y mujer Madeleine y el deseo por los jóvenes canallas. Paradójicamente, en esta polaridad el perverso se vuelve creador de nuevas leyes. En este caso, innovador en el arte.

         Pero acaso la figura perversa que más resuena en nuestro oídos es la del Marqués de Sade. En Sade hay casi una obligación por el goce. Sade quiere gozar, y prohibe que nada, ni siquiera lo humano, obstaculice su goce. Nuestro deber –de esencia kantiana, como destaca Lacan en su Kant con Sade- es dejar vía libre para que se cumpla la Ley. Sade, desde este punto de vista, es víctima de su goce. Algo que Lacan encuentra como ausente de contradicción: “El rigor de su pensamiento pasa a la lógica de su vida”, escribió Lacan. 

 

 

III.

 

El psicoanálisis se diferencia de otras perspectivas, en especial de aquellas que enfatizan una continuidad lineal de las patologías, una continuidad sujeta a aperturas irreductibles, de las cuales sería posible ingresar o salir de ellas. En psicoanálisis, se insistirá en cambio en la llamada “seriación de las estructuras”: lo que quiere decir que la constitución subjetiva de alguien no estará sujeta a cambios, atendiendo a este sentido restrictivo. Para el psicoanálisis, lo importante es la manera en que uno se sitúa respecto a las relaciones subjetivas, las formas en que alguien se ubica frente al Otro, a la significación y la constitución subjetiva de sí misma.

 

Es necesario señalar que también la psicología tradicional extraía sus diagnósticos a partir de sucesos fenomenológicos observables, mediante una descripción de los comportamientos al modo en que lo hacen hoy los manuales de diagnóstico y tratamiento como el DSM. Si bien el psicoanálisis parte de una base mayor, ya que los rasgos sintomáticos no bastan para definir una estructura. Por otra parte el psicoanálisis cuestiona la distinción tradicional de normalidad/enfermedad porque considera que esta arrastra demasiadas resonancias médicas. Según el psicoanálisis, cualquiera presentaría un posicionamiento en alguna de las tres grandes categorías nombradas al comienzo de este ensayo.


Las estructuras básicas de las que habla el psicoanálisis dependen de una relación simbólica en la dialéctica, también simbólica, del pasaje edípico del ser al tener. Cobra importancia el significante en relación a la falta y la completud del Otro (significante fálico). Si bien se parte de momentos lógicos cruciales y determinantes en la constitución del sujeto, y de diferentes maneras según las cuales un sujeto se relaciona o no con lo simbólico de estas apreciaciones, resulta determinante de qué manera opera el significante del Nombre del padre.

Se abren así tres grandes campos:

 

En la neurosis se reprime la significación primordial, reservándose entonces el término utilizado por Freud característico de la estructuración neurótica Verdrängung (Represión). Esta estructura se inscribe en la función significante como punto de origen. La neurosis se describe en relación a la función simbólica relacionada con la instancia de demarcación de una legalidad en relación a la triangulación edípica. Pero es importante anotar que el psicoanálisis plantea diferenciar la estructura perversa de los rasgos perversos en la neurosis.

 

Para la psicosis el término utilizado es Verwerfung (Forclusión). A diferencia de la neurosis, donde se reprime la significación, en este caso no hay inscripción en el aparato psíquico de este significante primordial.

¿Qué ocurre con la perversión? El término que ha utilizado Freud es Verleugnung (renegación): la significación del significante primordial se mantiene, pero no se deja de renegar contra ella. El perverso permanece “capturado” en la dialéctica del ser y el tener, y la terceridad será reconocida pero sólo para no dejar de impugnarla como desafío y trasgresión. En términos psicoanalíticos, entonces, se admite la castración y a la vez se reniega de ella. Es decir que hay conciencia de la falta estructural que remite simbólicamente a la falta de pene en la mujer, aunque en rigor nada falte. Se significa el hecho evitando la angustia. Se mantiene entonces la significación de la ley: la madre (funcional) del perverso no es una madre fuera de la ley, sino que es una madre fálica, porque el perverso mantiene en el horizonte una madre referida a la significación paterna. En la perversión el discurso materno se hace el representante o intermediario de esta terceridad (significante paterno), que no interviene de manera significante más que fallidamente.



 


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