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La introducción del niño en el psicoanálisis. Parte II*.

20/07/2005- Por Ricardo Rodulfo - Realizar Consulta

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Supongamos que observo a un bebé. Hay una sola cosa, y solo una, que me va a dar la pauta de que no estoy en presencia de un mero organismo, limitado a comer, llorar, dormir y cosas así: es descubrir, acaso en un momento fugaz, que juega. El que juegue excede su naturaleza de organismo; jugar no es un capítulo de la biología (sí de la etología y sobre todo de la primatología, que ya son otra cosa). No puedo justificar el que juegue en ninguna necesidad “básica” o “biológica” tradicionalmente considerada, no responde a ninguna “apetencia” concreta determinable como tal. Otro punto decisivo: no se lo enseñó nadie. El deseo de jugar, la necesidad de jugar, la emergencia espontánea del jugar, no se lo enseñó nadie, es una emergencia incondicionada, impredecible, irreductible. Esto es particularmente incómodo para el adulto, acostumbrado a pensar – adultocéntricamente – que él “da” y el pequeño “recibe”. Ciertamente, él juega con – si todo anda bien – pero no le “dio” eso al bebé, eso que hace que cualquier cosa – un sonido, un pezón, un botón – devenga objeto de juego. El no ha puesto eso allí. ¿Y entonces? Es a esta emergencia incondicionada, originaria sin origen, que – siguiendo a Winnicott – denominamos espontaneidad.

 

* Segunda Parte [1]

El desplazamiento de la actitud positivista operado tan vigorosamente por Winnicott –a despecho de un vocabulario donde se reconoce fácilmente al pediatra– deja sitio a la irrupción del jugar al primer plano en lo que se refiere a la constitución subjetiva, proceso que se opera lentamente: el jugar (playing) queda coronado plenamente en 1971, (año de la muerte de su autor) con la publicación de Playing and reality (desmañadamente traducido, con innecesaria inexactitud, como Realidad y juego). Allí se constata más de un movimiento teórico:

El psicoanálisis tradicional se había interesado, ya con Freud, en el significado inconsciente del juego, para interpretarlo según los mismos criterios que regían para el sueño y otros materiales; el juego era un material entre otros, pero Melanie Klein destacó, con razón, su carácter de vía regia para ingresar a la vida psíquica del niño y desarrolló toda una maquinaria técnica que permitía analizar al niño como si fuera un adulto. En todo este movimiento, ni ella ni ninguno de sus seguidores se preguntó jamás nada sobre el juego como hecho en sí, por su especificidad como acción humana; simplemente se recurrió a sus producciones para usarlas como material. En este justo punto, precisamente, se deslinda Winnicott con una operación capital, distinguiendo del juego como producto interpretable la dimensión del jugar, del ponerse a jugar, del estar jugando, como práctica central del bebé y del niño. Volveremos sobre esto.

 El niño de la sexualidad infantil –fuera esencialmente autoerótica-polimorfa o esencialmente edípica– creado por Freud –niño cuyo objetivo principal, sino único, es el placer físico o la posesión exclusiva de la madre– queda discretamente desplazado-re-emplazado por el niño jugando, el niño del jugar, el niño que emerge y se constituye jugando. Esto no anula en absoluto la existencia de la sexualidad temprana, anterior a la pubertad, ni el importante movimiento de no reducirla a lo genital, pero la reinscribe, la reinstala, formando parte y tomando parte en transformaciones teóricas de gran alcance. Volveremos también sobre esto, pero por lo pronto subrayemos que si el punto de partida es ahora el niño jugando antes que el niño sexuando, no es el mismo niño y cambiará todo, entre otras cosas, la perspectiva clínica para trabajar con él.

En su momento, el psicoanálisis había rozado el problema al referirse a los juegos sexuales infantiles como hechos de suma importancia y gravitación (en verdad, la masturbación no patológica formaba parte de dichos juegos), pero es previsible que en ese tiempo la palabra juego pasara desapercibida; se trataba de juegos sexuales. El desplazamiento que Winnicott empieza a hacer y que estamos procurando continuar, escribe en cambio juegos sexuales infantiles. Vale la pena detenerse aquí pues hay cosas esenciales que un examen detallado enseña:

Si un niño logra jugar sexualmente - sea con una exploración autoerótica o con otros niños y niñas -, o sea, si una cualidad lúdica impregna su actividad sexual, su desarrollo subjetivo está a salvo de enfermedad por ese lado. En la medida en que su sexualidad ingrese a un campo de juego esto le permitirá una apropiación tranquila (ver este término más adelante) de ella. Es decisivo entonces, absolutamente decisivo, que “juego” signifique a “sexual”. Si lo sexual va sin juego estaremos, por ejemplo, en el terreno de lo traumático, del abuso o la seducción, y la sexualidad tomará un sesgo excitado y compulsivo, en el fondo más dedicada a calmar ansiedad que a gozar. Los niños con síndrome de masturbación compulsiva son un exponente cabal de esta situación. Dicho de otra manera, si la sexualidad queda disyunta del jugar no se integra a la vida, se disocia, se escinde, se reprime y retorna de modos patológicos y patógenos. Es fácil observar ésto en la sexualidad del adulto, cuando, valga el caso, una mujer no puede jugar con su pareja y esto deriva en compromisos poco saludables: él acude a prostitutas para poner en escena lo que con ella no se da; ella se masturba de manera culposa, tortuosa, con esas mismas fantasías injugables.

Si comprendemos esto ya hemos adelantado mucho en lo que el pensar de Winnicott inaugura: jugar no es un hecho entre tantos otros, es el hecho capital de la existencia psíquica en su emerger, lo que lo pone en movimiento la manera originaria de subjetivarse: mucho antes de poder decir “yo” el niño, el bebé, lo hace al jugar, cuando por ejemplo agarra algo con decisión para jugar con eso. Esto es así, no solo a propósito de la sexualidad.

Ahora bien, el psicoanálisis tradicional no tenía “donde poner” el juego y esto por profundas razones. Parafraseando a Lacan, es lícito decir que el jugar estaba precluido de su conceptualización, no había modo de que ingresara en ella o se le registrara allí. Analizaremos por qué.

El pensamiento de Freud es un pensamiento complejo y en esa medida, en la medida de su complejidad, sigue vivo. Su complejidad se nota, privilegiadamente, en sus contradicciones, tan numerosas como no asumidas. Estas contradicciones son función, en gran medida, de la heterogeneidad de las referencias y de los injertos que el texto de Freud (se) practica. Una muy poderosa de esas referencias es el positivismo, como filosofía dominante de la ciencia europea en la segunda mitad del siglo XIX. Para el positivismo, sólo cuenta lo que se puede tocar, medir y pesar, lo “material” en el sentido más concreto (y convencional) del término. Trasladado a la mirada que se haga del bebé, esto significa que las “necesidades” serán lo primero. Primero comer, después jugar. Así es en Freud y en muchos otros. “La amo porque me dio de comer”, no “como de ella porque nos amamos” ni “puedo comer de ella porque como jugando y juego comiendo”. Y este es el gozo, no el comer aislado en sí.

Una singular experiencia clínica en la década de 1940 rebatiría ese paradigma clásico: “primero (la necesidad de) comer; después, (el deseo de) jugar”. Sólo que nadie se dio cuenta con plenitud de ello, no se extrajeron todas las consecuencias posibles. El nombre de otro gran psicoanalista, René Spitz, quedó definitivamente enlazado a ella. Lo que Spitz descubrió lo conocemos desde entonces como hospitalismo. Tratábase de bebés internados por prematurez u otros accidentes tempranos, internados no en cualquier lugar, en buenos hospitales con la mejor tecnología de la época, a salvo de infecciones, bien balanceada su alimentación en lo que respecta a proteínas y ese tipo de cosas. Sin embargo, enfermaban y hasta morían, su crecimiento se detenía, perdían peso, exhibían un comportamiento compatible con la palabra depresión.

¿Qué sucedía? Spitz –el primero en estudiar detalladamente la función del rostro humano en el bebé de un modo puramente clínico, no especulativo– apuntó al “pequeño detalle” de que estos bebés recibían de todo menos trato y contacto humano; bien manipulados en tanto objetos–organismos, nadie les pensaba como subjetividades, no se vinculaba con ellos afectivamente, dicho de otra manera, nadie jugaba con ellos. Subrayemos este punto; el modo de que dispongo para relacionarme en serio con un bebé es jugando con él de alguna manera, pues de nada serviría le espetara discursos sobre la importancia de la afectividad. Los adultos que “no saben” jugar con los bebés son impotentes para conectarse con ellos, deben esperar a que el chico hable, y bastante, para poder acercarse. Los que sí “saben” son instintivamente diestros en jugar con ellos, incluso con la voz: los bebés no hablan, pero les gustan los juegos musicales y se incorporan a ellos enseguida. Saber estar con un bebé es saber jugar con él y esto no es “posterior” a comer ni a nada, es desde el principio más principio. Cuando un bebé recién nacido no se prende al pezón, algo falla en ese encuentro de jugar con y regularmente hallaremos una madre tensa, que “no sabe” manipular su pezón como un juguete.

En ese hospital donde Spitz descubrió (descubrió la importancia de la relación con el otro más temprana, no que ésto hacía crujir todo el andamiaje metapsicológico del psicoanálisis basado en el principio del placer) el paradigma positivista del niño que, antes que nada, solo necesita cuidados “materiales” (más adelante jugará) se cayó a pedazos. Spitz no advirtió lo que sí advirtió Winnicott: que no hay necesidad más perentoria del ser humano que la necesidad de otro, y que esta necesidad tiene curso adecuado en la experiencia de jugar con otro. “Donde el comer era, el jugar debía advenir” como una rectificación teórica crucial (“el comer” o cualquier otra referencia “pulsional” que antepusiera, por ejemplo, tal o cual manifestación “libidinal” al jugar. Porque lo libidinal mismo queda trastocado: nada más “libidinal” que jugar con).

Encarémoslo por otra vía. Supongamos que observo a un bebé. Hay una sóla cosa, y sólo una, que me va a dar la pauta de que no estoy en presencia de un mero organismo, limitado a comer, llorar, dormir y cosas así: es descubrir, acaso en un momento fugaz, que juega. El que juegue excede su naturaleza de organismo; jugar no es un capítulo de la biología (sí de la etología y sobre todo de la primatología, que ya son otra cosa). No puedo justificar que juegue en ninguna necesidad “básica” o “biológica” tradicionalmente considerada, no responde a ninguna “apetencia” concreta determinable como tal. Otro punto decisivo: no se lo enseñó nadie. El deseo de jugar, la necesidad de jugar, la emergencia espontánea del jugar, no se lo enseñó nadie, es una emergencia incondicionada, impredecible, irreductible. Esto es particularmente incómodo para el adulto, acostumbrado a pensar –“adultocéntricamente”– que él “da” y el pequeño “recibe”. Ciertamente, él juega con –si todo anda bien– pero no le “dio” eso al bebé, eso que hace que cualquier cosa –un sonido, un pezón, un botón– devenga objeto de juego. El no ha puesto eso allí. ¿Y entonces? Es a esta emergencia incondicionada, originaria sin origen, que –siguiendo a Winnicott– denominamos espontaneidad. No en el sentido corriente de que alguien “haga lo que quiere” sino de que haga algo que nadie “quiere”, que nadie tenía previsto. Le cambio los pañales; bien pronto descubre lo divertido que es patalear desacomodando todo lo que intenta hacer la madre, no quedarse quieto. Esto no estaba previsto en el encuadre adulto de los cuidados, donde el juego siempre es inoportuno e innecesario.

Pues el ser humano empieza por necesitar eso innecesario y el no quedarse quieto es capital. Jugar es no quedarse quieto, que algo no se quede quieto; por eso desacomoda el sistema teórico oficial del psicoanálisis. El sistema teórico necesita de cosas que se queden quietas.

Dos cosas más para concluir
 

1)             La observación de bebés, psicoanalítica o no, (la psicoanalítica tuvo un pionero ocasional en Freud y es todo un género de observación, un psicoanalista mira a su propia manera) refuta categóricamente y sin vueltas la asignación de “primer juego” que se hace al llamado juego del “fort/da”. Antes que ese tipo de juego se dan múltiples juegos que habrá que inventariar. El niño –el bebé– no espera al “fort/da” para jugar.

 

2)             Se despliega una serie de nuevas preguntas que reacomodan sin eliminar la clásica: ¿qué quiere decir este juego, que significa “inconscientemente”? Veamos:

 

¿Qué hace el niño al -y qué le hace el “simple” hecho de- jugar?

¿Qué funciones cumple el jugar en tanto práctica específica del niño a lo largo de su desarrollo?

¿Qué relaciones pueden establecerse entre jugar y pensar, jugar y aprender, jugar y trabajar, a lo largo de toda la vida?

¿En qué condiciones se transforma el jugar en la adolescencia y la edad adulta?

 

     Todas y cada una de estas preguntas tienen una doble cara: teórica y clínica. Con estas preguntas in mente se debe ir al encuentro del paciente o del que consulta, lo cual da lugar a otras preguntas referidas a esta situación terapéutica:

 

     ¿Qué funciones curativas cumple en un tratamiento el hecho de jugar, más allá o más acá del desciframiento e interpretación del significado de un juego dado?

Como pregunta “diagnóstica” fundamental, antes de cualquier encasillamiento en la psicopatología, ¿en qué condiciones encuentro el jugar, la capacidad de jugar, del que me viene a ver? ¿Cómo pensar, y eventualmente clasificar, las atrofias, impasses, inhibiciones y hasta agujereamientos destructivos en la capacidad lúdica? ¿Y cómo determinar la capacidad de respuesta clínica en transferencia que pueda revivir, restaurar y poner en movimiento dicha capacidad dañada, lesionada o frenada? De aquí parte un diagnóstico y un pronóstico más seguro.

Condensaremos todo ésto en un ejemplo emblemático: en la época de Arminda Aberastury, la gran introductora divulgadora del psicoanálisis de niños en nuestro país, los analistas –así como los psicólogos estudiosos de la evolución del niño– interrogaban en detalle a los padres acerca de si su hija o hijo en consulta había sido alimentado a pecho, y en ese caso cuando se había destetado (pero esto último ya es Winnicott) más bien averiguaban cuándo se lo había destetado. Aparte, preguntaban sobre los juegos favoritos del niño.

Hoy, después de Winnicott, de Stern y de nuestra propia obra, más bien investigaremos, exploraremos de modos directos e indirectos en las entrevistas con los padres a fin de establecer en qué medida la lactancia tuvo o no tuvo un sello lúdico, en qué medida el niño se alimentó en el interior de una zona de juego abierta entre su madre y él.

En la próxima clase dos términos escritos más de una vez, entre y con, requerirán nuestra atención a fin de seguir asediando y desplegando minuciosamente la problemática del jugar y sus múltiples consecuencias.

Bibliografía:

Rodulfo, M. y R.:Clínica psicoanalítica en niños y adolescentes. Lugar Editorial. Buenos Aires. 1986.

Rodulfo, R.: El niño y el significante. Editorial Paidós. Buenos Aires 1989.

Stern, D.:  El mundo interpersonal del lactante. Editorial Paidós.  1991.

Winnicott, D.:  Realidad y juego.  Gedisa. Barcelona. 1979.

Nota

[1] Este escrito se corresponde con la última publicación: Introducción del niño

 del autor, cito en la sección: Columnas.


 


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