» Introducción al Psicoanálisis

La lo - cura de escuchar el cuerpo

14/07/2004- Por Marcelo Mazzuca - Realizar Consulta

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Escuchar el cuerpo

 

Introducción

 

El psicoanálisis ha tomado, ya hace tiempo y de manera evidente, la posta de la psiquiatría clásica en lo que al entendimiento y el tratamiento de la locura (o la enfermedad mental ) se refiere. Ha conseguido incluso, ampliar notoriamente sus fronteras y su campo de acción, reconociendo y transformando las entidades o tipos clínicos (las llamadas formas de la alineación mental) en estructuras o modos de la subjetividad. Es por esto que, ni el avance de las hoy llamadas neurociencias, ni las renovadas y ajustadas propuestas farmacológicas consiguen opacar la eficacia y la originalidad de una disciplina que sigue sosteniéndose en la justeza del ejercicio diagnóstico y en el acertado manejo de la transferencia: recursos, ambos, que parten de la escucha del analista, allí donde la única condición es la de una palabra que se vehiculice, que se transfiera.

 

En este sentido, la clínica y la experiencia de la psicosis testimonian diariamente acerca de los efectos de la práctica analítica (y lo hacen por momentos de manera más clara y contundente que lo que se evidencia a raíz de la terapéutica de la neurosis), en un terreno en donde ésta compite, por ganarse los trofeos de la llamada Salud Pública, con otras clases de terapias psi. Éstas últimas, que orientan su práctica y su teoría a una psicología de la comprensión, eluden el hecho más llamativo: la participación del cuerpo en la construcción de la subjetividad.

 

Por el contrario, y situándose en el otro extremo, la psiquiatría termina por reducirlo al organismo viviente, a un conjunto de órganos que hoy pueden manipularse con extremada facilidad y rapidez: ¡usted está deprimido, tómese una pastilla!, ¡tiene problemas con su cuerpo, cámbielo por algún otro!. La era de la prisa (y la lentitud), de la fascinación y la depresión, parece inútilmente querer rechazar la dimensión subjetiva del cuerpo y barrer con el psicoanálisis, desconociendo las consecuencias que dicho rechazo puede ocasionar. Podríamos hacer una lista de esas consecuencias, lista de síntomas en este caso, pero basta aquí con mencionar alguna de las llamados nuevas formas del síntoma, malestares de la cultura contemporánea: el cuerpo adicto, el cuerpo bulímico o anoréxico, el cuerpo en pánico, angustiado, acelerado o deprimido.

 

El psicoanálisis, en cambio, interviene sobre el cuerpo (en oposición al conjunto de las terapias psicológicas) pero respecto de su estatuto narcisista (a diferencia de la psicofarmacología psiquiátrica): el cuerpo como reflejo espejado del cuerpo del otro y como sede de la satisfacción pulsional. Su clínica es esencialmente una clínica del síntoma y de la pulsión. El síntoma –para permitirnos una fórmula más precisa- en tanto “acontecimiento del cuerpo”; la pulsión, en tanto “el eco del cuerpo por el hecho de que hay un decir”. Con esto queremos significar, una vez más, que se trata, para el caso del psicoanálisis, de una dimensión del cuerpo que se atrapa con la palabra, esa que muchas veces los médicos, los médicos organicistas, por no escucharla, terminan por regalarle a los tarotistas, adivinos, curanderos y demás practicantes de las ciencias ocultas.

 

Y es por este motivo, entre otras cosas, que  el psicoanálisis puede ofertar un objeto eficaz, el objeto que el analista encarna con su presencia, para sacudir las formas del malestar contemporáneo, uno de cuyos paradigmas está entonces representado por las soluciones depresivo-melancólicas o la aparente salida de la manía, sintomatología ambigua y engañosa si las hay. Es aquí donde pretendo hacer hincapié.

 

Es que, sin una mirada al sesgo (esa forma de mirar las cosas de costado que permite por momentos eludir el probable engaño de la primera impresión), cualquiera de nosotros puede pasar, a la vista de los médicos, laboratorios, psicólogos o agencias de marketing y publicidad, por un potencial depresivo, hipocondríaco o hipomaníaco (al igual que la calavera queda oculta tras un velo en el cuadro de Los embajadores), y entonces están dadas las condiciones para que los laboratorios expandan sus negocios y sus ventas y los terapeutas cognitivos acomoden la realidad con juicios y consejos. Así el cuerpo no dice su verdad.

 

1-    La vigencia de Freud: su lo-cura y la locura histérica.

 

¿Qué puede decir el psicoanálisis sobre la locura de nuestros tiempos? ¿Y qué puede a partir de allí ofrecer, aportar, tanto a la clínica, a la cotidianeidad, como a otras disciplinas que quieran de ese modo enriquecerse?

 

Para intentar esbozar una respuesta, conviene primero desarraigar un prejuicio, uno de esos tantos consolidados por un discurso que apela todo el tiempo al progreso y el avance de la ciencia y la técnica como única y omnipotente solución a las insatisfacciones de la sociedad y el hombre. Me refiero a la concepción del psicoanálisis como una práctica desactualizada, como un saber muerto que no ha acomodado su técnica a los tiempos de hoy habiendo pasado más de un siglo desde su nacimiento.

 

No conviene exaltarse demasiado con la ilusión de progreso de la humanidad –cosa que han señalado, cada uno a su manera, tanto Freud como Lacan- y por eso no puede dejar de resaltarse el punto de arranque de la experiencia analítica, el modo en que las histéricas de antaño gritaron con su cuerpo la primera de las verdades que el psicoanálisis supo escuchar. Lo mismo cabe decir acerca del acto loco de un Freud quien, desafiando la razón de la época, apostó a una nueva concepción de la cura, abriendo un espacio para alojar el sufrimiento subjetivo.

 

Digámoslo así: una palabra trabada en el cuerpo expresaba la comunidad de deseo por la cual la histérica se abraza con el Otro escenificando un conflicto. Los síntomas conversivos (ataques histéricos y parálisis motrices, dolores de cabeza y asco a la comida, problemas en el habla, la visión o la audición) decían sobre la imposibilidad o la dificultad en el uso de una palabra que toca el corazón del ser. El súbdito, tal los ejemplos de Freud[1], inutiliza su mano por el valor afectivo que ésta adquiere al haber sido recibida por el rey -por el amo y señor a través del cual adquiere su lugar y su valoración en el juego social- mismo motivo por el cual se rompe el vaso con el que se brindó por los recién casados, intentando preservar el valor afectivo y la repartición de roles que el matrimonio suponía para aquella sociedad.

Hoy las histéricas no gritan ni enloquecen por las mismas cosas. Sin embargo, siguen mostrando la misma verdad cuando se deprimen, vomitan, comen nada o se exaltan fascinadas por la imagen de su cuerpo que pasean en el escenario del Otro social: es primordialmente un cuerpo simbólico e imaginario el que se pone en juego. Una palabra se ausenta –se produce una “abolición de la accesibilidad asociativa” de dicha representación palabra, al decir de Freud- produciendo una lesión corporal. Y de este modo la histérica (o el histérico), sea más o sea menos loca, más o menos simuladora, esconde, al mismo tiempo que da a leer, lo más íntimo de su deseo y de las condiciones de su realización. Paraliza, por ejemplo, su brazo, como castigo por la cachetada que propinó a quien es secretamente el destinatario de su amor.

 

Dicho en términos un poco más conceptuales, el sujeto, el de aquellos tiempos tanto como el de hoy, se define y se ordena en relación al Otro, en relación al deseo del Otro y a los significantes que provienen de allí. Sea que este otro esté encarnado por los padres, representado por la institución familiar o por la cultura en su conjunto. La constitución y los avatares del cuerpo dependen y se sostienen de este Otro, del Otro como cuerpo del significante, como sede del lenguaje, la palabra y el código.

 

Pero no es esta la única verdad, y quizás debiéramos decir: tampoco es la más profunda, que las terapéuticas actuales intentan hacer callar. Y es allí, como dijimos antes, que la psicosis (o la anteriormente llamada “locura” por los psiquiatras clásicos) revela con más claridad otra verdad de estructura. La relación del sujeto con un cuerpo erógeno, con un cuerpo sexual y sexuado que sólo puja por su satisfacción, más allá de ciertos placeres (y en ocasiones más allá de cualquier terapéutica) y rozando el límite de la locura.

 

2-    La introducción del narcisismo: la hipocondría y la melancolía han de tener razón.

 

Tampoco podemos, quiero decir, no es conveniente, relativizar la importancia que tiene en este sentido la teoría freudiana del narcisismo, el contexto en el que hace su aparición y los obstáculos a los que intenta responder. Es ese el punto de partida de toda elaboración verdaderamente psicoanalítica acerca del estatuto y el valor del cuerpo para el psicoanálisis. Puede decirse que es a partir de allí que la práctica analítica se diferencia plenamente de cualquier otra psicoterapia. El cuerpo (al igual que el yo) se reduce o se articula a la presencia de un objeto de amor o de satisfacción, y eso es precisamente lo que expresa el mito elegido por Freud.

 

Es así como desde la antigüedad, el mito de Narciso destacó dos parámetros claves que sirvieron a Freud para representar la noción de cuerpo que el psicoanálisis pretende transmitir: por un lado, el sujeto pendiente de la imagen de sí, y por el otro, el amor por esa imagen, o mejor dicho, el éxtasis, la satisfacción o la “narcosis” que el amor por esa imagen producía, de allí el término “narcisismo”. Narciso, es un adolescente sumamente bello que, tal como lo predice Tiresias, se enamora de su propia imagen reflejada en un estanque, y muere extasiado en el intento de atrapar ese cuerpo que es el suyo pero parece ajeno, aparenta ser de otro. Es, por otro lado, la figura del héroe moderno. Eternamente adolescente y corporalmente bello, desespera por desconocer la dimensión de lo que falta y las sensaciones de vacío producidas por la escasez de ideales que representen al sujeto. El narcisismo contemporáneo, al decir de Lipovetsky, se expresa en una apatía frívola, la promoción de un individualismo puro y una ética hedonista[2].

 

El narcisismo, “parto difícil[3]” que presenta todas las deformaciones consiguientes, fue introducido tumultuosamente por Freud a la teoría y la práctica del psicoanálisis con el propósito de orientar a aquellos de sus discípulos que perdían la brújula en el diagnóstico y el posible tratamiento de las enfermedades mentales, particularmente de la psicosis (desconociendo además su etiología sexual), para ese entonces denominada psiconeurosis narcisista (clasificación que luego quedaría reservada a la manía y la melancolía).

Es aquí donde la referencia al cuerpo y al narcisismo sigue teniendo plena vigencia, en un tiempo en donde, aún ciertos psicoanalistas, restan importancia al ejercicio diagnóstico (acentuado y enriquecido por las elaboraciones lacanianas) mientras que terapeutas y psiquiatras obtienen de allí los beneficios que ya hemos subrayado.

 

 Pero entonces, para avanzar un poco más y hacer un esfuerzo de mayor precisión. ¿Qué enseñan la hipocondría, la melancolía y la megalomanía al psicoanalista y a la sociedad obsesionada con los cuidados del cuerpo? ¿Qué dice el discurso de los psicóticos acerca del cuerpo y del ser?

Freud, tanto como nosotros actualmente, se enfrenta a esta pregunta y esta dificultad, y avanza abriéndose camino con una intuición clínica que otorga pleno valor al uso de la palabra y a la escucha del analista. La depresión y la tristeza producto del duelo, aun para el caso de un duelo patológico (aquel que se vuelve prácticamente interminable y se carga de inhibiciones y síntomas neuróticos), se distinguen, respecto de su estructura, de la psicosis melancólica y sus manifestaciones. Aun así, Freud elige como paradigma de examen un afecto normal que nos alcanza a todos, el trabajo del duelo. Se trata, de todos modos, de ubicar para cada quien, y con la mayor justeza posible, el modo y los instrumentos de los cuales disponemos como seres de lenguaje para enfrentar la sensación de pérdida, la dimensión de la castración.

 

¿Cuál es entonces el plus –y qué podemos obtener de su reconocimiento- el agregado notorio subrayado por Freud para el caso del penar del melancólico? ¿Somos todos potenciales depresivos por estar, todos sin excepción, atravesados por el límite de la castración? A la inhibición y el “angostamiento del yo”, al dolor y el angustiamiento, para forzar un neologismo, por la pérdida del objeto, el discurso melancólico superpone una fuerte rebaja del sentimiento de sí que llega hasta la expectativa delirante de un castigo a recibir por lo indigno o insignificante que el sujeto se siente en su relación con el Otro. Entendamos bien, ese es uno de los puntos cruciales. El melancólico pende de un hilo, de uno muy delgado en cuanto a su amarre de palabra en relación a ese Otro, de allí la pobreza de la transferencia y la dificultad del acceso terapéutico por la vía de la palabra.

 

Pero Freud no sólo llega hasta ahí. No se conforma con distinguir al melancólico del depresivo, ni se detiene en el hecho de reconocer y puntualizar la importancia del síntoma delirante para el caso de la melancolía (agrupándola y acercándola de ese modo a la psicosis paranoica), sino que ubica con precisión lo que la diferencia del duelo, e intuye la idea de una verdad que se transmite en esa suerte de aparente contradicción: allí donde debería empobrecerse el mundo exterior, la realidad circundante del sujeto, se empobrece notoriamente el yo hasta el punto de pulverizarse. Allí donde nuestras actividades cotidianas y nuestros vínculos más importantes tendrían que perder interés para nosotros luego del sufrimiento que significa una pérdida importante, vemos caer al melancólico en una autoacusación que lo paraliza al máximo. Testimonio de esto, dice Freud, el insomnio, la repulsa de los alimentos y un desfallecimiento de la pulsión que compele a todos los seres vivos a aferrarse a la vida. Y agrega: “tanto en lo científico como en lo terapéutico sería infructuoso tratar de oponérsele al enfermo que promueve contra su yo tales querellas”[4]. Es que, continúa Freud, en algún sentido -esto es lo más sorprendente de su exposición- ha de tener razón, el melancólico capta la verdad con una claridad mayor a otros seres humanos no melancólicos. Capta una verdad de estructura, diríamos con Lacan, que el analista intenta escuchar reconduciéndola a la subjetividad de quien habla, y asombrándose –en este caso Freud- de la necesidad de enfermar como condición para alcanzar una verdad de este tipo. La falta de vergüenza y de pudor, datos clínicos que acompañan los dichos delirantes y diferencian esta extrema perturbación del sentimiento de sí, de la perturbación neurótica común, dan cuenta de un desnudamiento franco y un desanudamiento doloroso, faltan los signos afectivos que usualmente responden a la falta y al deseo curioso del Otro.

 

Nos interesaría saber cuál es esa verdad que queda al desnudo. ¿Qué es lo que ha ocurrido en el caso de la melancolía? Freud, todavía falto de algunos conceptos, ensaya una respuesta tan ingeniosa como engañosa. Sus quejas son realmente querellas, no se avergüenzan ni se ocultan, todo lo rebajante que dicen de sí mismos en el fondo lo dicen de otro. Han introyectado el objeto perdido, objeto amado pero también odiado, dentro del yo. “La sombra del objeto ha caído sobre el yo”, repite Freud como fórmula poética.

La mujer que se queja en voz alta a su marido por el hecho de estar atado a ella, mujer de tan nulas prendas y poco valor, quiere quejarse, en realidad, de la cobardía y la falta de valía de él. La explicación exige entonces, el supuesto de una elección del partener amoroso por la vía del narcisismo. Tal como lo hizo Narciso, el melancólico habría elegido al objeto de amor, ahora perdido, a imagen y semejanza suya, como reflejo espejado del sí mismo, y tras la mudanza de sentimientos del amor al odio, querella al objeto perdido ahora introyectado en el yo.

 

El asunto sería entonces, reconducir las quejas y las querellas a quién le corresponden, hacerle asumir su parte al melancólico. Pero ¡no intenten hacer esto en sus casas, amiguitos!, repite Freud, sería absolutamente infructuoso y poco conveniente. Es que tenemos que vérnosla allí con la locura de la psicosis, con un cuerpo cargado de un goce excedente, “automartirio de la melancolía inequívocamente gozoso”, completa Freud.

Y es por esto que el auténtico hipocondríaco es también un loco, por así decir, alguien que ha quedado fuera de la norma, y se emparienta con el melancólico y el megalómano (en todos los casos problemáticas del narcisismo), aun cuando encontremos, también aquí, las variantes neuróticas contemporáneas de quienes recorren los consultorios médicos temerosos y quejosos de su cuerpo y su salud.

 

La hipocondría, podemos resumir, se manifiesta en sensaciones corporales penosas y dolorosas y en el temor de estar enfermo. Pero, a diferencia de la enfermedad orgánica, no se reconoce en ella alteración o afección de órgano alguno. Sin embargo, Freud dice nuevamente: “la hipocondría ha de tener razón”, escuchemos también ahí su loca verdad. Son los genitales los que representan ese órgano que, aún no estando enfermo, puede sufrir de alteraciones y ofrecer una sensibilidad dolorosa en el estado de excitación. Sólo que en la hipocondría, como en la melancolía u otra psicosis, falla el recurso del lenguaje y la palabra a la hora de hacer del pene un instrumento fálico, falo que debería condensar el goce y la satisfacción, ausentándola del resto del cuerpo. El hipocondríaco, de este modo, alucina un falo en su cuerpo, y el cuerpo se reduce así a no ser más que un conjunto de órganos erogeneizados.

Dicho de otro modo, la melancolía y la hipocondría representan el reverso de la paranoia megalómena (en donde el objeto que es el yo, se agranda, en cuanto a la significación del sí mismo, más allá de cualquier tope, límite o frontera), testimoniando a través de su discurso, la verdad de estructura que concierne a cualquier ser humano: nuestro cuerpo y nuestro ser se reducen, en última instancia, a no ser más que un objeto de goce o de desecho, un resto en la operación en la que el sujeto se constituye en relación a la palabra y el deseo del Otro. Objeto que también se hace presente en la alucinación auditiva del paranoico, voces e injurias que representan al sujeto y a las cuales se reduce el cuerpo. Verdad de las voces a las que no accede el hombre neurótico o normal.

 

Algunas conclusiones

 

¿Qué hacer con esta cruda verdad? Si, como puede deducirse, somos todos potenciales depresivos –por el hecho de estar universalmente sujetos al límite de la castración- ¿cómo es que no todos lo somos en efecto?, ¿cómo logramos eludir la verdad del melancólico, para quien no queda otro recurso que el de hacerse reconocer en el Otro por un discurso en el cual su cuerpo se reduce a un objeto insignificante, desechable, descartable e inservible? Y creo que no hace falta, a esta altura, remarcar más profundamente la resonancia y la similitud que esto tiene con el discurso imperante, propuesto por el capitalismo salvaje de nuestra cultura actual o por los totalitarismo que pretenden hacerle frente.

 

El psicoanálisis ofrece la posibilidad de resistir y desarticular los imperativos fundamentalistas que van en esa dirección, y por eso el discurso analítico no es sino el reverso de cualquier discurso amo. Ofrece una escucha que permita reestablecer la función causa de deseo, ya sea que ésta no esté articulada para un sujeto o se encuentre momentáneamente fuera de funcionamiento. El psicoanálisis ofrece a condición de pagar con palabras, para que un cuerpo pueda  leerse y escucharse en sus decires.

El psicoanalista ofrece, a condición de someterse a la lo-cura de decir y escuchar el cuerpo.

 

Marcelo Mazzuca.

mmazzuca@mail.abaconet.com.ar

 



[1] S.Freud: “Algunas consideraciones con miras a un estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas” (1893), AE, tomo I, página 208.

[2] G.Lipovetsky: “La era del vacío”, Editorial Anagrama, Barcelona, 1986.

[3] S.Freud: “Introducción del narcisismo” (1914), AE, tomo XIV, página 69.

[4] S.Freud: “Duelo y melancolía” (1916), AE, tomo XIV.


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