» Literatura
El placer del rexto16/10/2011- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta
Motivos hay para lograr cierta continuidad en este espacio, es por el vínculo entre psicoanálisis y literatura. Pero eso no podría encararse sin la poesía, aquello que nos atraviesa sin más. Es por eso que se propone en una entrega la poesía, y en otro el análisis de este fecundo vínculo. En esta ocasión tomamos a Roland Barthes para proseguir, de la mano de su libro "El placer del texto", lo mismo que el texto indica.
debe probarme que me desea.
Esa prueba existe: es la escritura.”
Barthes
Queremos lograr la continuidad de un interrogante y la puesta a punto es su condición, seguir introduciendo el vínculo entre psicoanálisis y literatura, para eso proponemos una lectura del texto “El placer del texto” de Roland Barthes. Esto es así porque creemos que no sólo en la escritura hay ya la posibilidad de la expresión de este vínculo, sino también en la lectura. Desde ya en el psicoanálisis no se trata sólo de la escucha, la lectura está profundamente implicada (por ejemplo en lo que a la lectura de un síntoma se trata), pero ésta del texto es de otra estofa. Veamos si es así.
Lectura del texto escrito, lectura de placer, Barthes nos va insertando en sus vaivenes, de los que saldrá también alguna propuesta sobre el goce. El placer y el goce -enseña el psicoanálisis- deben ser distinguidos, y más, el goce no debe ser sólo asociado a Sade, a la perversión, ni a lo mortífero. Barthes lo comenta y es un esfuerzo que no deberíamos desconocer. Incluso es por allí donde parece que se pudo leer otro tipo de goce, distinto al Freudiano, tanto para Lacan como para Barthes. En el cuerpo y en el texto hay similitudes, si pensamos por ejemplo en lo erótico –según Barthes- “allí donde la vestimenta se abre, centelleo, puesta en escena de una aparición-desaparición.”[i] Lo que gusta en el relato es “la rasgadura que le impongo a su bella envoltura”.[ii] Pero con esto ya hay varios pasos dados: el primero, tomar al texto como cuerpo, el segundo, que ese cuerpo sea el del otro, tercero, que sea cierta subjetividad la que impone. ¿Preguntamos entonces de quién es el placer, quién siente el goce?
Esta imposición del lector parece lograr el texto de placer, pero también el del goce. Hay diferencias dijimos –desde el psicoanálisis- entre placer y goce, pero también para Barthes, para los textos. El texto de placer colma, proviene de la cultura, el texto de goce se juega en su pérdida, hace vacilar los fundamentos[iii], surge del escándalo, traza un corte, y genera un sujeto como contradicción viviente, “el sujeto dividido que goza simultáneamente a través del texto de la consistencia de su yo y de su caída”[iv].
Barthes entonces no conforme con sí mismo lee en el psicoanálisis la fundación de cierta oposición entre texto de placer y texto de goce; nos dice que el placer es decible, el goce no lo es.[v] Pero en todos estos interjuegos lo que en verdad no queda dicho es el deseo, el propio.
En definitiva el texto no es solo comparado con un cuerpo, de donde puedo extraer placer y goce, sino que es presentado como un fetiche, como un objeto fetiche que, encima, me desea.[vi] Esta estructura del objeto tampoco está alejada del psicoanálisis, pues desde Lacan sabemos que es el objeto el que desea –cambio fundamental de desear un objeto, buscarlo, a que sea una causa, la causa del deseo. Pero Barthes no sólo habla del deseo en el texto sino en el lector: aquel que desea un autor, que está perdido. Pues que el deseo participa de la falta, y de la pérdida en su objeto (ya desde Freud).
Entonces, sin irnos hacia las distintas concepciones que podemos tener del deseo, nos detendremos en una, donde no es independiente del placer y del goce, en un texto donde Lacan quería hacerse entender. Es en Psicoanálisis y Medicina donde Lacan se pregunta qué es el deseo, y lo articula de esta manera: “El deseo es de algún modo el punto de compromiso, la escala de la dimensión del goce, en la medida en que en cierto modo permite llevar más lejos el nivel de la barrera del placer.”[vii] Lo interesante es que enseguida, tanto para Lacan como para Barthes, esto es una ficción, un fantasma. Este deseo no implica su realización si está sostenido desde allí.
El sujeto juega su consistencia y su pérdida, en la ficción de su lectura, sostenido por un deseo. Deseo que puede ser tanto del sujeto como del texto. Pero a este texto accedemos por el cuerpo. “El placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus propias ideas –pues mi cuerpo no tiene las mismas ideas que yo.”[viii] Con Lacan podríamos decir que tenemos una idea del cuerpo, como una consistencia –imaginaria-, pero quizás sería excesivo decir que es el cuerpo el que tiene idea. En Barthes ese cuerpo, con idea propia, se asemeja a cierto concepto de inconsciente... un inconsciente más bien caprichoso, distinto al yo. Es que el yo, de alguna manera, es algo imaginario. Barthes nos ofrece esta bella fórmula: lo imaginario: inconsciencia del inconsciente[ix]. Pero esto es diferente de lo que propone como surgimiento del sujeto. “Entonces tal vez el sujeto reaparece pero no ya como ilusión sino como ficción. Es posible obtener un cierto placer de una manera de imaginarse como individuo, de inventar una de las más raras y últimas ficciones: lo ficticio de la identidad. Esta ficción no es ya la ilusión de una unidad, es por el contrario el teatro de sociedad donde hacemos comparecer a nuestro plural: nuestro placer es individual, pero no personal.”[x]
Pasamos de la ilusión de un yo a la ficción de un sujeto. Aquella ilusión del ser, que no podemos alejarla de la pasión, de la locura del hombre de querer ser... lo que Lacan hizo sinónimo del narcisismo. Lo más interesante es entonces que Barthes nos lo acerca desde la lectura del texto. En el mismo no sólo se juega, como hemos visto, placer y goce, sino que se juega nuestro yo, porque lo perdemos. Parece que la lectura puede implicar un deseo en juego, en el mismo nos sostenemos, y en el mismo nos perdemos. Una de las caras del deseo es el texto (una de las formas de entender el deseo es el resto), el texto es un resto, es un rexto, como todo objeto que puede producirnos placer, que en su puesta a punto, en la actualidad de su lectura, genera goce. “Lo nuevo es el goce”, estaba dicho en Freud: “en el adulto, la novedad constituye siempre la condición de goce.”[xi]
Esto que propongo, rexto, (re como cosa) esa cosa que es el texto, lo vimos como cuerpo, como parte de cuerpo, como objeto, en tanto constituye un goce y un placer en su lectura, en tanto los genera. Por eso leemos no sólo lo perdido, sino lo que persiste vivo. Desde ya esa lectura no es cualquier lectura, no es una simple vista. Implica un forzamiento, una persistencia... implica el deseo, el propio, o sea, me implica en lo más íntimo de mi; por eso puede haber lecturas que nos cambien, cambian eso que creemos ser, nos cambian la vida. Cada quien tendría que encontrar sus lecturas fundamentales.
© elSigma.com - Todos los derechos reservados




















