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13/06/2011- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta

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El poeta crea poesía que crea al poeta. Hay de estos que nos trascienden y nos hacen a su vez poemas. O sea, sus palabras se introducen en la certeza del inconsciente y habitan allí (quien sabe dónde) hasta que despiertan: se repiten, o se mezclan, o transforman nuestro día como el golpe de un recuerdo que es ajeno. Borges encontraba laberintos, espejos que se multiplicaban al infinito en los reflejos de las palabras, bibliotecas interminables, moebianas, espacios temporales superpuestos en la mínima cabeza de la cuenca ocular de un ojo, ciego por supuesto, lleno del objeto a, que es el motivo de su goce; a de aleph.

      

Hay escritores que nos pueden llegar por diversas formas, desde su ideología política, sus ácidos comentarios de humor inteligente, y hasta a veces por lo que escriben. Y que maravilloso descubrir al escritor que crea; como amamos su inteligencia, la fuerza con que nos traslada hacia lo imposible, y lo nombra; aunque a veces a ese lo confundimos con una persona, y las miles de palabras que nos ha destinado se entretejen como una piel que no llena nada, sólo el núcleo de la creación.

El poeta crea poesía que crea al poeta. Hay de estos que nos trascienden y nos hacen a su vez poemas. O sea, sus palabras se introducen en la certeza del inconsciente y habitan allí (quien sabe dónde) hasta que despiertan: se repiten, o se mezclan, o transforman nuestro día como el golpe de un recuerdo que es ajeno.
Seguramente algunas veces han tenido sueños de esos que no tienen nada, ni un punto de conexión con ustedes; esos sueños que son la letra, el relato de otro, de otro ni siquiera nuestro. Más que extraños, los dicta la pluma de alguien que escribe mejor.

Sus palabras poseen la etérea fortaleza del destello, del rayo que no impacta en nuestra tierra, surca el cielo haciéndonos sentir un temor eterno que no se realiza. Esas palabras se encuentran en Borges, no son todas, pero son. Y es porque Borges supo hablar un Discurso de Amo. Como el inconsciente, su estilo tiene estructura de lenguaje. No acaricia un cuerpo, aunque tampoco nos deja fríos. Tienen la prioridad de lo hondo, de lo lógico, de lo fundante.

Borges supo ser un gran lector además de un gran escritor, de esos que crean con su sola lectura. Pero que ingenuo soy, digo “sola lectura” como si hubiese una sóla, como si no hubiese vuelto febrilmente a leer y leer y leer. Borges encontraba laberintos, espejos que se multiplicaban al infinito en los reflejos de las palabras, bibliotecas interminables, moebianas, espacios temporales superpuestos en la mínima cabeza de la cuenca ocular de un ojo, ciego por supuesto, lleno del objeto a, que es el motivo de su goce; a de aleph.

Borges se quedó ciego, pero se quedó, no lo estaba. Leyó la muerte del hombre en la letra del tiempo, e hizo lo que todo hombre puede, la vivió, y un poco más, la escribió. Es que Borges también escribía para ese crisol de razas que son los escritores, como un sueño dentro de otro sueño, como la palabra del otro lejano que nos espabila un instante antes donde el criollo nos clava su puñal. Tendremos todavía Borges mientras tengamos escritores. Escritores que asumen la única responsabilidad que tienen, saber hacer con la escritura.

 

Escultura realizada por León Herman, actualmente emplazada en la Biblioteca Nacional. Ciudad de Buenos Aires.


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