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Espacios abiertos del lenguaje. Un perro al sol, un cementerio pobre…

21/12/2016- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta

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Hubo un tiempo donde un hombre escribió una carta a Francis Bacon, anunciando que dejaría sus asuntos con la literatura. Nadie hubiese pensado que inauguraba el cambio de una era, que denunciaba el intenso problema que poseemos con la verdad y con el lenguaje.

 

 

 

                                       

 

 

 

“… aquello a lo que nos aproximamos no es un mundo, no es habitable, es sencillamente la total falta de mundo y la total imposibilidad de habitar. En ese imposible es donde hemos decidido instalarnos”.

José Luis Pardo

                                  (Desde Londres, a 5 de noviembre de 1603)

 

  

  Comenzaste de modo rutilante a mostrarnos el problema que tenemos con la verdad (como Cervantes nos enseñó el que poseíamos con la razón), por eso inventaste un juego de máscaras y nombres para darle su lugar. Hugo von Hofmannsthal, te llamaste Lord Philipp Chandos, para escribir esa carta que anunciaba el final de tu escritura. Escribías, sin embargo, aunque decías que dejarías de hacerlo, tal vez, al final de la oración. Una ficción a tu verdad, y la verdad por escrito. Porque el problema que tenemos con la verdad se encuentra en el lenguaje, y es esto lo que denunciaste en tus palabras. Lacan supo decir: “… la palabra sirve igualmente para la verdad y para la mentira”[1].

  Estabas frente a tu hija de cuatro años, estabas viendo de frente a una personita que mentía, estabas viendo la mentira brotar en los labios de un ser que se iniciaba, estabas delante de una niña que mentía en el momento justo en que se hacía culpable; no pudiste más que recibir su enseñanza y querer anunciarla. Hay una mentira que se trama en el ser antes que tengamos uso del lenguaje; o mejor, el lenguaje comienza a ser usado cuando la mentira se anida. Para lo veraz existe la educación. La mentira no se aprende, brota. Entonces esa verdad mentirosa, esa inocencia culpable, tiró el pilar donde todo tu razonamiento se sostenía: “… los conceptos que me afluían a la boca adquirieron de golpe una coloración tan tornasolada y rebosaron entre sí de tal modo que, tirando como mejor pude del resto de la frase, como si no me encontrara bien, y hasta con la cara pálida y una fuerte sensación de opresión en la frente, dejé sola a la niña, cerré de golpe la puerta a mis espaldas, y sólo cuando estuve a caballo galopando en el pastizal desierto empecé a reponerme”[2]. (Sin embargo el desierto avanza… diría Nietzsche).

  ¡Qué sublime sensación de libertad! A caballo, dejar todo atrás, cerrar la puerta para abrirse al pastizal inmenso y reponerse. Las imágenes entonces vinieron a reemplazar la ausencia de verdad en los conceptos. “Las palabras flotaban libres a mi alrededor; se coagulaban en ojos que me miraban fijamente y a los que yo debo volver la misma mirada fija: son torbellinos que me dan vértigo al contemplarlos, que giran sin cesar y a través de los cuales se arriba al vacío”[3]. La verdad se retira de los conceptos, viene en su ayuda lo imaginario, que a todo le da un sostén único, aunque falso, sólo para poder arribar al vacío. Esto es una enfermedad de lenguaje, precisar y mostrar dónde el lenguaje se retira, dónde expresa su inconmensurable derrota de unir un significante a un significado.

  Oíste, son esas palabras que no decían en tu boca, los espacios abiertos; los oíste de nuevo e intentaste huir, de tu hija, de la literatura. Te topaste con la fuerza permanente de esos espacios abiertos, que persisten innombrables aunque les pongamos palabras. Las imágenes reunieron las condiciones de cercar esos espacios, aunque oscilando entre lo bello y lo monstruoso. “… una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro al sol, un cementerio pobre, un tullido, una pequeña granja…”[4]. Revelaciones de una desbordante vida que el lenguaje no nombra.

  De pronto te hiciste testigo del pasaje hacia una ciencia que quiere el interés que antes poseían los pintores y los escultores. Los jeroglíficos han cambiado, ya no se tratará de mitos y fábulas, ni de ese tránsito que es el sueño; más allá de una relativa realidad, que se matematizará, nos quedaremos con imágenes completas de lo inexplicable. Atrás quedó tu ambicioso proyecto, esa enciclopedia de dichos, sentencias, reflexiones, manuscritos y conversaciones, ese Nosce te ipsum (conócete a ti mismo). ¿Y si en verdad te conociste? ¿Y si a través de tus dichos y tus aforismos, los espacios abiertos se te revelaron? Freud creó la transferencia para transvasar esa verdad que ni los dioses decían. Dentro del lenguaje, de ese contrapunto infinito, la verdad poética del mundo se fagocitó en el mismo lenguaje, tragándose todo tu trabajo. Fue la parte del obstáculo de esa transferencia. Pero fuiste más lejos, como en análisis, descubriendo ese cuerpo “hecho de meras cifras que todo me lo abren”[5]. La matemática del ADN esperaba a la vuelta de la esquina. Un cuerpo ya no cifrado, sino portador de meras cifras, de un goce que no posee notación.

  Luego de este escape decidiste por el lado de Joyce. Quisiste forjar un idioma, restituir a las palabras su verdad poética. Tal vez Joyce haya incursionado en ella, sólo como una excusa nueva de su verdad singular. Escribir, pensar en una lengua “… de cuyas palabras ni siquiera una sola me es conocida; una lengua en la que las cosas mudas me hablan…”[6].

  Hugo, Philipp, ¿acaso importa el nombre? Las palabras fueron tu denuncia, el ocaso de la literatura, cuando de la verdad se trató. Una niña mintió y vos no pudiste decir sin mentir, buscando ser veraz. ¿Qué es lo verdadero en todo esto? Lo innombrable, eso que transmite su imagen: un tullido, un perro al sol… un cementerio pobre.

 

 



[1] Lacan, Jacques: “El fenómeno lacaniano”. Conferencia pronunciada en el Centro Universitario Mediterráneo (CUM) de Niza, el 30 de Noviembre de 1974. Inédito.

[2] Hofmannsthal, Hugo von: Una carta (de Lord Philipp Chandos a sir Francis Bacon). Pre-textos, Valencia, 2008, pág. 127.

[3] Ibíd., pág. 128.

[4] Ibíd., pág. 129.

[5] Ibíd., pág. 132.

[6] Ibíd., pág. 135.


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