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Ideas directivas para un simple texto sobre los cuentos de hadas12/02/2014- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta
Estamos en Febrero, todavía la gente quiere y necesita sus vacaciones. Por eso nos encontramos más livianos a la hora de proponer un texto, y, en este caso, más que livianos despojados. Aquí les dejo un par de ideas para encarar el tema de cómo podría un psicoanalista animarse a hablar de los cuentos de hadas.
“Lo asombroso es que la eficacia característica que conmueve e inspira los centros creadores profundos reside en el más sencillo cuento infantil, como el sabor del océano está contenido en una gota y todo el misterio de la vida en el huevo de una pulga”.
Joseph Campbell
I. Introducción histórica
Hay solo un libro sobre psicoanálisis y cuentos de hadas que se precie (aunque su autor pueda ser despreciado) y que hasta hoy no ha sido superado: Psicoanálisis de los cuentos de hadas de Bruno Bettelheim. Los intentos de tantos y tantos psicoanalistas no son vanos al hablar de cuentos de hadas, relatos infantiles, mitos, cine, literatura, arte, pero si nos centramos en los cuentos de hadas ningún psicoanalista ha superado este libro.
II. Definición del tema
Un cuento de hadas es un relato que primero nació en la tradición oral y como un chiste se fue perfeccionando de vez en vez, adaptándose a su destinatario durante milenios (a veces, aunque no lo crean). Muchos de estos llegaron a ser escritos y así se encuentran principalmente al día de hoy (porque somos parte de la tradición cultural que hace del libro una de las más potentes fuentes de transmisión y enseñanza). Ejemplos: los Hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, Giambattista Basile, etc. Disney.
El cuento de hadas entonces es un relato que tiene esta y tantas otras propiedades, en principio se diferencia de la fábula, a veces del relato infantil, y claro del mito.
El cuento de hadas apela primariamente a la imaginación, no solo a la moral, no es su fuerte el plantear cómo la vida es o debería ser. Y por esto ya les dejo un dato: el cuento de hadas pertenece más a lo imaginario que a lo simbólico.
¡Qué abrupta afirmación! ¡Qué sinsentido porta este hombre!
El cuento de hadas es así, esperen, tengan paciencia, ya les contaré que no es tan así como lo afirmo, pero se necesita de eso para romper el molde –al menos de sus acostumbrados ojos.
III. Recolección de los hechos
a) Freud siempre rescató la importancia de los relatos populares, más que nada de los dichos populares de su época. Sabiduría popular. Y esto fue así porque no dejó de interesarse en el lenguaje, en todos sus retruécanos y en todos sus límites. Escribió sin embargo poco sobre cuentos de hadas. Lo encontramos interesado en Caperucita roja y El lobo y las siete cabritas para su aplicación en la resolución del famoso caso de El hombre de los lobos (ni me imagino si le hubiese puesto “El hombre lobo”, ¿qué hubiese pasado?). Escribió “Materiales del cuento tradicional en los sueños” (1913) y “El motivo de la elección del cofre” (1913).
b) Bettelheim tomó los desarrollos de Freud y los convirtió en el aparato analítico de ciertas obras, como los cuentos de hadas por ejemplo. Se basó principalmente en la segunda tópica donde ello-yo-superyó eran sus personajes fundamentales.
c) Lacan habló del mito, de su función, habló del lenguaje, de qué no habló Lacan (ah, sí, Lacan también se calló muchas cosas). ¿Pero cuando habló de los cuentos de hadas qué dijo? Y, a todo esto, ¿por qué insistir con Lacan al tocar este tema? ¿No hay otros psicoanalistas que hayan dicho algo al respecto?
IV. Brillo de las ausencias
1- Los hay. Hay de los analistas que toman a los personajes de los cuentos de hadas –especialmente– para decir algo (o sea, toman más a los personajes que al relato).
2- De Lacan no me cansaré (por ahora) de destacar que él nos ha transmitido su tríada, que no es el ello-yo-superyó, sino, lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. Esta tríada atraviesa su obra de forma diversa, pero siempre se vio en el intento de articularla. Afirmo fuertemente que no podría entenderse nada de la obra de Lacan si primero uno no se detiene en observar esta, su creación (más allá de que después uno siga sin entender nada).
V. La oscuridad sobre el órgano vaginal
Uy, perdón, estaba tan preocupado por seguir el lineamiento de Lacan, punto por punto, que hasta puse este apartado igual a como está en su texto “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina” (1958). Claro, esto de intentar decir algo sobre los cuentos de hadas no tiene que ver con “la oscuridad sobre el órgano vaginal”… ¿o sí?
La oscuridad del órgano vaginal apunta al orgasmo vaginal, a su “tiniebla inviolada”, y por lo mismo apunta a la fabulación, al ideal, a la metáfora y al mito. ¿Goza o no goza la mujer más que el hombre? ¡Eh, Tiresias, contestá!
VI. El complejo imaginario y las cuestiones del desarrollo
(Este lo pongo así porque si bien sigue siendo igual al apartado del texto de Lacan sirve por su intertextualidad).
Vuelvo al principio, o más o menos por ahí. Lo que está más destacado en el cuento de hadas es la imaginación, y por eso realizo esta torsión no vana pero un poco sí violenta al llamar, convocar el complejo imaginario para arribar simplemente a lo imaginario.
Lo imaginario no podría pensarse sin los símbolos. Lo imaginario no podría pensarse sin lo simbólico. Lo que intento decir es, ¿qué pensamiento es este que sí podría sin lo simbólico? ¿Puede? Se cuela todo el tiempo la potencia. Para abordar este real, este goce, parece que debemos echar mano a un lenguaje y a un pensamiento que se goza, para luego dejarlo de lado. Como había dicho Lacan no se piensa ni se imagina si no con palabras; o… “utilizamos el lenguaje de una manera que va más allá de lo que efectivamente se dice”[1].
Ese agujero, ese más allá, ese ex-sistente, eso abierto, ese goce, pongan lo que vayan encontrando, complejícense, pero también no, eso impensable (o que el pensamiento no sirve para ello), eso, eso…
¿Eso responderá a esta pregunta? “¿Cómo el arte, el artesanado, puede desbaratar, si puede decirse así, lo que se impone del síntoma? A saber, la verdad”.[2]
¿Podremos dejar de darle su consistencia?
VII. Desconocimientos y prejuicios
Hay en torno a lo imaginario eso… desconocimientos y prejuicios (también). Porque parece ser el lugar donde me desconozco, y, a la vez, el disparador de los pre-juicios (cuando hay juicio ya estamos en lo Simbólico). Cuando hay reglas, orden, estructura, estamos en lo Simbólico. Cuando estamos en la imagen, en la agresividad, en lo especular, en la completud, estamos en lo Imaginario. Lo Imaginario está lleno entonces de desconocimientos y prejuicios, porque es allí donde me creo ser, donde creo conocerme, y donde eso adquiere consistencia. Con lo Imaginario estamos en el cuerpo.
Bueno, es esto, la consistencia, el aporte prínceps de Lacan para lo Imaginario (como el agujero es para lo Simbólico y la ex-sistencia para lo Real). La consistencia de lo Imaginario para los cuentos de hadas puede verse fácilmente, es eso que hace perdurar en un cuento su distintivo como “hada” cuando no se la encuentra por ningún lado, y hasta podría faltar. Freud se preocupó por esto cuando advertía que aunque los dragones no existieran, ojo, no se los invoca sin consecuencias. Esa consistencia imaginaria también podría ser lo que hizo que perdurase en la gente, de relato en relato, sin saberse bien lo que se estaba transmitiendo, pero siempre lográndolo.
Walt Disney no tiene la culpa si el imaginario cambió, si su estatuto se regló por un mercado, si la fantasía logró ser el distintivo de una fruslería. Lacan tampoco tiene la culpa cuando insiste que si oímos hablar de ficciones pensamos en engaño, él insistía en ver lo real del asunto.
Por eso todo esto no son más que ideas directivas para empezar a tocar los cuentos de hadas desde el psicoanálisis (ojalá alguna vez se convierta en congreso), que, en definitiva, solo quiere interesarlos en usar esos tres registros para su abordaje.
Mientras tanto los dejo con esta dirección de Bruno Bettelheim:
“Para que una historia mantenga de verdad la atención del niño, ha de divertirle y excitar su curiosidad. Pero, para enriquecer su vida, ha de estimular su imaginación, ayudarlo a desarrollar su intelecto y a clarificar sus emociones; ha de estar de acuerdo con sus ansiedades y aspiraciones; hacerle reconocer plenamente sus dificultades, al mismo tiempo que le sugiere soluciones a los problemas que le inquietan. Resumiendo, debe estar relacionada con todos los aspectos de su personalidad al mismo tiempo; y esto dando pleno mérito a la seriedad de los conflictos del niño, sin disminuirlos en absoluto, y estimulando, simultáneamente, su confianza en sí mismo y en su futuro”.[3]
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