» Literatura

Literatura y psicoanálisis: un relato de carmín

06/07/2011- Por Flor Codagnone - Realizar Consulta

Imprimir Imprimir    Tamaño texto:

La autora de esta nota nació en Buenos Aires en 1982. Se licenció en Periodismo. Trabaja como periodista freelance en diversos medios gráficos. Está a cargo de la cátedra Rock y Comunicación Social en la Universidad del Salvador. Escribe poesía. Nos propone con su decidida frescura interrogarnos por un psicoanálisis no tan psicoanalizado; encontrarnos con sus propuestas como si fuesen el prólogo de un libro todavía no escrito, o el programa de una materia que no se dio, y quizás también la creación de lo nuevo que tanto nos cuesta parir: Literatura y Psicoanálisis.

El loco vagabundo y el ángel laten en el Tiempo,
desconocidos y no obstante registrando aquí
lo que podría quedar por decir en el tiempo después de la muerte

Howl, Allen Ginsberg

Cuando en Las ideas del rock se mete a desentrañar ese cúmulo de creencias que fue el punk, imágenes, rechazos, cuerpos, modas, en fin, formas de ver y vivir el arte, Sergio Pujol nota algo particular. A ese género pequeño, tan efímero, que se quema en apenas dos años, pero deja una huella imborrable, los autores le dedican grandilocuentes análisis. En Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX, acaso el mejor texto sobre la materia, Greil Marcus trae a colación, entre otras cosas, el dadaísmo. Paul Yonnet hace lo propio en Juegos, modas y masas. Para el sociólogo francés, el punk es “el nuevo dadaísmo de temática anarquizante”. Tricia Henry, por su lado, también encuentra puntos en común con las vanguardias del siglo XX: el mismo modo de poner el cuerpo y provocar a la audiencia, la misma forma de aparecer novedoso, los mismos procedimientos y estilos, la misma revulsión…

El punk rechaza tanto la autoridad monárquica como la cultura musical en la que está inserto. Entonces, cabe preguntarse –y Pujol lo hace–, ¿a qué cultura pertenece? El historiador y crítico musical argentino considera que la clave está en la dificultad para responder esa pregunta: “tal vez sea la razón por la que se han buscado «rastros de carmín» a lo largo de la historia”, apunta. “Es decir, relatos débiles que suplan la ausencia de una gran historia: ancestros lejanos, ya que ningún familiar se visualiza en el pasado inmediato”.

Sospecho que, cuando el psicoanálisis intenta establecer un vínculo con la literatura, ocurre algo parecido y distinto. Que son, a la vez, ancestros lejanos y familiares directos. Que existe entre ambos una relación profundamente íntima y poderosa, pero sin estridencias. No es que el lazo sea frágil ni que se carezca de terrenos comunes. No, la palabra y la ausencia de la palabra están ahí para demostrárnoslo. Además, quizás, como entre el punk y las vanguardias, el psicoanálisis y la literatura también compartan los modos en que se pone y se interpela el cuerpo, en que se vincula con la autoridad y con la cultura, las formas en que provocan y convocan, en que aparecen, en que proceden, en que revuelven y se revuelven.

Sin embargo, el relato que intenta explicar ese vínculo, ese que se posa sobre terrenos comunes, a veces, parece desmigajarse demasiado fácil, demasiado rápido o, mejor, parece, de algún modo, anárquico, tenso, problemático.

Desde lo literario, la relación con el psicoanálisis ha forjado un relato frecuentado y discutido. Hay textos cuyas tramas se posan, en algún momento, sobre la práctica psicoanalítica. Otros que utilizan técnicas del psicoanálisis. Algunos, quizás los más atractivos, en los que no ocurre nada de eso. Hay artistas, como Louise Bourgeois, que, más allá de la pintura y la escultura, encuentran en la palabra escrita una forma de expresar su neurosis. Hay autores a los que la sola mención del tema les da urticaria, Nabokov entre ellos. Están Anaïs Nin, René Allendy y Otto Rank y, en el medio, el psicoanálisis. Están el poema que Hilda Doolittle le dedicó a Freud y  los textos que Alejandra Pizarnik escribió sobre Ostrov y Pichon-Rivière y su análisis con ellos…

A priori, este listado, de apenas algunos ejemplos que me resultan interesantes, me invita una diferencia. Pareciera que, cuando el psicoanálisis se encuentra con la literatura, en líneas generales, sólo atina –o puede– leer, interpretar, analizar, pensar, asociar. En cambio, cuando la literatura se encuentra con la cuestión psicoanalítica, ahí, el espectro se abre, los saberes se ablandan (o hay otro tipo de saber). Algo borra los límites y se pone en juego: tiene que ver con lo creativo.

Pareciera también que, cuando se mete con la literatura, el psicoanálisis apunta a un receptor específico, reducido. Habla, escribe, para quienes comparten un saber. Cuesta imaginar a un lector “común” interesarse por lo que Kristeva tiene para decir de Dostoievski o lo que Massota dice sobre Arlt. Del otro lado, Nin, Pizarnik, Doolitle o Bourgeois no parecen apuntar a grupo específico de lectores. Primero piensan en sí mismas, después, vendrá el público sin rostro ni referencia.

No es que desde la literatura no se hayan transitado vinculaciones más “analíticas” o de corte académico. Juan José Saer retoma, en un brillante texto, “Freud o la glorificación del poeta”, el vínculo del vienés con la literatura y del psicoanálisis con la escritura. Graciela Speranza estudia la obra de Manuel Puig también en relación con el psicoanálisis. Cuando el editor argentino Damián Tabarovsky se refiere a La novela luminosa, de Mario Levrero, habla de neurosis y para ello recoge esa frase de Roland Barthes incluida en El placer del texto: “Todo escritor dirá entonces: loco no puedo, sano no querría, sólo soy siendo neurótico”.

Harold Bloom incluye a Freud entre los narradores canónicos de la literatura occidental. Carlos Gamerro, que lo ha leído atentamente, recoge el guante y, en Harold Bloom y el canon literario, desmenuza, de manera crítica, el apoyo que éste busca en el psicoanálisis freudiano. Bloom va aún más lejos, en Novelists and novels, hasta el momento inédito en castellano, señala que Laurence Sterne es freudiano antes que Freud, que en Tristram Shandy, escrita en el siglo XVIII, se ejemplifican los principales conceptos del padre del psicoanálisis: la pulsión, el yo corpóreo, la idea de represión o defensa... El crítico neoyorquino deja abierta una interesante pregunta: “¿Qué intenta hacer Sterne por él mismo, como novelista, con su énfasis dialéctico, solipsista, psicológico?”.

Quisiera detenerme un momento en Los sujetos trágicos (Literatura y psicoanálisis), de Ricardo Piglia, acaso uno de los textos más publicados y revisados sobre la materia. Fue pronunciado en 1997 en el marco de una conferencia dictada con el auspicio de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Una década más tarde, cuando Bernard-Henri Lévy y Jacques-Alain Miller compilaron, en La regla del juego, las experiencias con el psicoanálisis de un grupo de disímiles actores culturales, retoman el texto de Piglia una vez más.

Leí Los sujetos trágicos por primera vez en 1999, a los 17, cuando la certeza de la literatura llevaba varios años de revuelta en mí, pero ni siquiera asomaba la sospechaba de un encuentro con el psicoanálisis y lo que éste significaría. Desde entonces he vuelto al texto más de una decena de veces. En los últimos años la anécdota de la natación –esa que involucra al psicoanalista, Jung; al padre escritor, Joyce, y a la hija psicótica, Lucía, que no puede hacer con la palabra lo que hace el padre– que tanto me había cautivado desde un comienzo, dio paso a nuevas (y más distantes) lecturas. Uno de mis últimos acercamientos arrojó algo que no había notado otras veces. Antes de meterse con Joyce, Piglia desmerece (dice que son “un poco superficiales”) las experiencias surrealistas y de la generación beat en relación con el psicoanálisis.

Creo que este tipo de afirmaciones, las que buscan una gran historia, tornan débil el relato. Ahí, donde se prioriza una experiencia sobre otra, una palabra sobre otra, aparece el carmín, los restos de maquillaje, la máscara. En aquel punto, literatura y psicoanálisis se vuelven lejanos. ¿Podríamos afirmar que Howl –ese monumental poema de la cultura beat que Allen Ginsberg escribe en homenaje a Carl Solomon, a quien conoce en un neuropsiquiátrico–, no interesa al psicoanálisis? De ningún modo. Entonces, ¿por qué se prioriza a Joyce y no a Ginsberg? Es una pregunta a la que invito.

Para terminar, quisiera decir que en esta serie de sospechas que me sugiere el vínculo entre la literatura y el psicoanálisis, intuyo, hay una zona rica que apenas se ha explorado y que está relacionada con tres elementos: la ficción, lo vivo y el sentido pedagógico.

“No se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la «verdad» sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación”, dice Saer en El concepto de ficción. Algo similar ocurre en análisis. Se narra, no para evitar la verdad, sino para “tratarla”, para poner la complejidad sobre el tapete y ese relato toma elementos y recursos de lo ficcional, de la invención. En ese sentido, hay una zona común entre la literatura y el psicoanálisis; comparten un modo de narrar y quizás, también una forma de lectura.

Hablo de lo “vivo” porque creo que a la hora de pensar el uno sobre el otro,  psicoanálisis y literatura podrían construir un relato más fuerte e interesante si abandonaran, al menos por un rato, la palabra viva de los muertos (Dostoievski, Joyce, Shakespeare, Puig, Arlt, Levrero, Nin, Pizarnik, Bourgeois, Doolitle, Sterne…) y se vincularan con la palabra de los vivos. En Latinoamérica hay un joven, nutrido e interesante grupo de escritores y poetas.
Por último, quisiera rescatar el sentido pedagógico. Me cuesta encontrar palabras para explicar lo que quiero decir, pero estoy convencida de que hay algo que el psicoanálisis enseña a aquellos que están dispuestos a aprender y algo que la literatura puede enseñar al psicoanálisis. Sé, desde mi propia experiencia, que hay algo de la producción literaria, dentro y fuera de un análisis, que puede abrir caminos y construir (y destruir) sentido. Sé de un punto exacto en el que psicoanálisis y literatura intentan cicatrizar una herida profunda.


© elSigma.com - Todos los derechos reservados


Recibí los newsletters de elSigma

Completá este formulario

Actividades Destacadas


Del mismo autor

» Ana, que espera el día
» Pinocho y los raros afectos
» Fragmentos de un cuerpo de escritura
» Entrevista a: Luciano Lutereau
» Literatura y psicoanálisis: la violencia del relato

Búsquedas relacionadas

» psicoanálisis; literatura