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Lo importante es lo real15/12/2014- Por Marta Roca - Realizar Consulta
La autora de este texto encara la posibilidad de comentar al gran Borges en uno de sus cuentos. Sólo como una excusa para arribar a conceptos psicoanalíticos, específicamente lo "real". Lo que de este dice, lo que con este construye, ahí reside su verdadera importancia.
Los escritos de Borges, convocan, hacen pensar, obligan a escribir. Este trabajo pretende adentrarse en su mundo mágico, en sus relatos fantásticos y en los verídicos. Entre ellos, “El libro de arena”, un cuento sorprendente, cuyas páginas gastadas y cifradas, que no tienen principio ni fin, evocan los conocidos conceptos de inconsciente, tanto desde el abordaje freudiano, como el lacaniano, así como las concepciones de “Lo Real” y de “la letra”.
Es cierto que la lectura de Borges, con sus zonas de sombras, sus laberintos y espejos, casi siempre, remite a un análisis psicoanalítico, como si el autor quisiera o supiera que de alguna manera sería así. Siguiendo esta línea de pensamiento voy a ir desgranando diferentes momentos del cuento para examinarlos a la luz de la teoría.
El vendedor de biblias
El personaje que llega con su carga de biblias aparece como un hombre alto de rasgos desdibujados, pobre, extranjero, considerado en un primer momento como un viejo por su escaso cabello. Recordemos que la palabra “extranjero” significa ajeno, aquello que está por fuera, lo que no conocemos, de allí lo desdibujado de sus rasgos. Este hombre así percibido podríamos equipararlo a la realidad, a aquello que se observa a través de los sentidos y que es del orden de lo material.
Me permito hacer aquí una diferenciación entre lo que significa realidad y el concepto de “lo real”.
La realidad, presupone un escenario en el que ocurren los hechos, es algo que se percibe a través de los sentidos pero que está por fuera, lo que llamaríamos mundo exterior, Freud denominaría realidad objetiva y que algunos filósofos de la antigüedad llegaron a diferenciar (mundo percibido o pensado, mundo real y mundo expresado en el lenguaje).
Es necesario, para llegar a un entendimiento de la concepción Lacaniana del significado de lo real, partir de lo que primariamente se entiende por lo real, para poder adentrarnos en la complejidad de su contenido.
Si buscáramos en la filosofía cuál es la definición de “lo real” hallaríamos sin duda varias acepciones, entre ellas, la relacionada a lo auténtico, a la inalterable verdad en relación al ser y de allí en más diversas maneras de entender el concepto según el fundamento de cada una de las corrientes.
Fue Kant, uno de los primeros en aproximarse al tema de “lo real” al diferenciar “noúmeno” de “fenómeno”.
El noúmeno (del griego "νοούμενoν" "noúmeno": "lo pensado" o "lo que se pretende decir"), término que se introduce para referir a un objeto no fenoménico, es decir, que no pertenece a una intuición sensible, sino a una intuición intelectual o suprasensible. La cosa en sí misma, fuera de su relación con nuestro modo de intuirla o percibirla; no es objeto de nuestros sentidos, ni por lo tanto de nuestro conocimiento. Para Kant no cabe un conocimiento de la realidad nouménica.
Lacan, por su parte, también hace una diferencia entre la realidad y lo real. La realidad es aquello que el sujeto percibe y entiende, es sentido común que puede ser cierto o desacertado. Lo Real, por lo contrario, es aquello que no puede ser simbolizado, lo que no se puede entender, lo que no puede unirse a nada, lo que no hace cadena significante, lo excluido del circuito del pensamiento, de la imaginación, de la representación, aquello de lo que Kant diría que no podemos conocer.
Por lo tanto, podríamos situar a nuestro vendedor de Biblias en lo que llamamos realidad, pero qué será lo que quede del lado de lo real, interrogante que trataré de ir exponiendo a lo largo del texto.
El libro
Lo primero que llama mi atención es “lo inusitado de su peso”, un libro, pequeño, pero al parecer con un peso superior a lo que se esperaría de él o todo lo contrario, un libro con un volumen de páginas importante y demasiado liviano para ello. Un libro sagrado como su vendedor lo denomina, impreso a la manera de una Biblia y cuyas páginas se encontraban numeradas de manera ilógica, en forma discontinuada. ¿Qué habrá sido lo que realmente motivó la compra?, ¿que el libro no tuviera principio ni fin?, ¿qué sus páginas fueran infinitas como la arena?
Me resultó interesante y también me hizo pregunta, que el poseedor del libro no supiera leer, sería necesario para comprender ese libro haber aprendido a leer, o bastaría con entender el significado que encerraba.
Interrogantes todos que me llevaron a pensar qué habrá querido el autor trasmitir al mostrarnos un libro cuyo contenido se desconoce, pero que resulta tanto más enigmático por no poder llegar a su fin ni encontrarle un principio. Algo similar a un agujero, una grieta en la que todo cae y de la que sólo sabemos cuando aparece el número de una página, una imagen, algo que no se vuelve a repetir.
Lo que le da existencia al número o a la imagen que aparecen, es la enunciación por parte de Borges, al igual que el inconsciente, se vislumbra, se interpreta, en el discurso del sujeto. Claro está que también tenemos un momento del que nada sabemos, puesto que en el libro nada se repite, nada es continuo, hay pura vacilación.
¿Será que Borges nos habla de él, de su deseo, de ese centro desconocido que nos mueve a hacer?
Si fuera así estaríamos ante lo que Lacan denominaba “lo real”, concepto que tuvo variaciones a lo largo de su obra, aunque nunca perdió su condición de real, como aquello que nunca deja de no inscribirse.
Lo real referido a la dimensión epistemológica podemos asimilarlo a lo externo en cuanto a lo incognoscible, lo que no tiene representación, salvo imaginaria o simbólica y por lo tanto nunca igual a lo real en sí que resulta irrepresentable.
Otra conceptualización de lo real tiene que ver con aquellas representaciones que jamás podrán hacerse concientes, por lo que también es un imposible y está en relación con lo reprimido originalmente.
Las representaciones reprimidas secundariamente que pueden aflorar bajo formas sustitutivas, fallidos, chistes u otras, también nos hablan de lo real, pero nunca alcanzan a ser “lo real”, sino interpretaciones de lo real simbolizado.
Es a través de lo simbólico y lo imaginario que podemos dar alguna cuenta de “lo real” puesto que los tres registros se hallan ensamblados de manera tal que no es uno sin el otro quedando lo real oculto tras los otros dos registros.
Volviendo a nuestro libro, podríamos decir que representa al inconsciente, aquello que insiste, imposible de conocer, que vacila y es por allí por donde podría aparecer en forma encubierta, deformada, algo que tenga que ver con el sujeto.
No aparece en el texto nada acerca del contenido del libro, solamente la particularidad de que lo que allí se hallaba escrito nunca es lo mismo, que cambiaba constantemente sin principio, sin tiempo y sin fin, características estas que bien podría mencionarlas Freud cuando conceptualiza el inconsciente en la primera tópica.
Lo que sí sabemos del libro y esto dicho por su autor, es que era monstruoso, un objeto de pesadilla, pero del que no podía alejarse ni dejar de investigarlo. Así ocurre cuando se comienza un análisis, más allá de lo que encontremos y pese a la resistencia que opongamos no podemos alejarnos de aquello que resulta el fundamento de lo que somos.
Merece una mención aparte, la forma en que se hallaba escrito el libro, con letra gótica, y con pequeñas ilustraciones, al estilo de los recortes que hacemos durante el sueño.
Es interesante detenernos en la letra gótica con que se hallaba escrita la Biblia que Borges entrega en parte de pago y que heredó de sus padres. Letra utilizada en textos antiguos, tan antiguos como la humanidad y en los que se refleja la historia misma de ella.
No es por casualidad que esté escrita con esa grafía, nos dice de aquello que traemos, de la historia de todos y de la nuestra en particular. Esa letra gótica es la marca, la huella, el trazo, un significante que representa al sujeto para otro significante. Mientras que la letra, de acuerdo a lo que Lacan sostiene en “Encore”, es algo que se lee, que se descifra, que da cuenta del goce del sujeto y que es a través del discurso del parlante que podemos acceder a ella.
Siguiendo esta línea de pensamiento podemos leer lo que Borges revela con sus palabras. El libro sagrado era inaccesible para el patrimonio del comprador, pero ofrece su jubilación y la Biblia escrita con letra gótica para adquirirlo. Parte de sí mismo, de su historia es entregada sólo para poseer el conocimiento que ese libro encerraba.
Esta lectura del analista, no es leer en la insistencia significante y en el decir del analizante, sino es descifrar y ubicar el lugar de fijación al goce, por cuanto al remitir a él la letra es del orden de lo real.
El goce de Borges, siguiendo la historia, estaría ligado a la pulsión de saber, goce del que no puede escapar, ni siquiera en su obra quedando capturado, erosionado en su subjetividad ocupando entonces en la relación con el otro, en ese caso el saber, un lugar de objeto y que puede descifrarse si el analista “lee a la letra” tratando de producir un corte para que el sujeto pueda anudar los tres registros, liberándose del goce que lo detiene. Ese goce que lo lleva a dejar a sus pocos amigos, que no lo dejaba dormir, que lo tenía prisionero del libro, goce que limitaba su libertad y que no lo dejaba pasar por la calle México donde había “perdido” el libro en uno de los anaqueles del sótano de la Biblioteca Nacional.
Bibliografía
Helman, Jorge, “La subjetividad entre la escritura y lo inconsciente”, incluido en “La escritura en escena”. Editorial Corregidor, Buenos Aires, 1994.
Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 11: “Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis”, Paidós, Bs. As., 1993.
El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Bs. As., 2006.
El Seminario, Libro 20, Encore, Paidós, Bs. As., 2004.
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