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Sobre las “notas de autor” del texto Exiliados de James Joyce22/05/2011- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta
Para nosotros la lectura de Joyce es anticipada por Lacan. Y para los que nos hemos encontrado con Joyce previo a Lacan la vuelta se torna asombrosa, casi necesaria: hay que volver a Joyce. Considero un hallazgo estas “Notas de autor” que Joyce incluye al final de la obra Exiliados. No todas las ediciones las incluyen, y sin embargo tienen un gran valor para todo aquel que las quiera interpretar. Iré presentando pequeñas referencias de cómo Joyce ve su propia obra, y lo que dice de la mujer... El trabajo de Joyce parece cargar las tintas acerca de que no es sin el exilio, o más bien, no hay unión más que para el exilio. Lo que sería tal vez una excelente metáfora de la no relación. ¿No constituye una sorpresa este exilio al que parece destinarnos?...
“Todo el mundo está loco”.
Lacan
Qué delicia si un autor como James Joyce nos propone una lectura ilustrada de su quehacer, y con mostrados motivos si ésta se enseña sobre su única obra de teatro. Participamos del goce que él quería destinar a los universitarios para que analizasen su legado, durante 300 años. Aunque no somos universitarios, ya no, nos aloja otro discurso. Resulta que para nosotros la lectura de Joyce ahora es anticipada por Lacan. Y para los que nos hemos encontrado con Joyce previo a Lacan la vuelta se torna asombrosa, casi necesaria: hay que volver a Joyce.
Considero un hallazgo estas “Notas de autor” que Joyce incluye al final de la obra Exiliados. No todas las ediciones las incluyen, y sin embargo tienen un gran valor para todo aquel que las quiera interpretar (en el amplio sentido de la palabra, incluidos los actores). Lo interesante de estas notas es que Joyce nos expone su –si se quiere– delirio sexual, a la par que nos indica cómo debe ser despejada esta obra. Propongo entonces pararme desde el Lacan que insiste en la lectura de Joyce, el del Seminario 23, El Sinthome, para acompañarnos.
Las citas que tomaré de Lacan son: “La no relación es que no hay verdaderamente ninguna razón para que él considere como su mujer a una-mujer-entre-otras”.[1] No hay razón para que Joyce considere a Nora como su mujer –esto por la no relación–; tampoco que se considere el artista –como figura en la lectura que hace Lacan de su primer obra “Retrato de El artista adolescente”. Habría una-entre-otras. Hay un-artista. Pero Joyce hace con esto, es el artificer. La no relación cobra una forma en este su mujer... la que lo ata. Y sino lean las cartas que le dirige. Allí se muestra desesperado, poco menos que obsceno, sujetado. La obra Exiliados trata de una mujer como siendo la mujer suya, de uno, su mujer, y no de otros; y más, si es de uno no puede ser de dos, si es su mujer no puede ser una-mujer-entre-otras. Pero tampoco es la mujer, como única o ideal.
Otra cita de Lacan: “... este artificer es él, es él quien sabe, sabe lo que tiene que hacer. Pero creer[2] (...) es una gran ilusión.”[3]
Lo que Joyce cree es ilusorio: la conciencia increada de su raza, un hombre como libro; también lo que se presenta al final de Retrato, el padre como artificer, cuando en verdad es él el artificer... él sabe hacer.
Ahora sí, con esto podemos pasar a las Notas de autor del texto Exiliados –aunque a Lacan le place traducirlo por Exilios–. Lo que iré presentando son pequeñas referencias de cómo Joyce ve su propia obra, y lo que dice de la mujer.
Conceptualiza que el alma y el cuerpo poseen virginidad, en la mujer ésta se entrega y en el hombre se la toma. Esto es llamado por Joyce un “acto de amor”. Es interesante en este punto ver cómo define al amor. El amor es el deseo de lo mejor para el contrario, para el otro, concluyendo que es un acto antinatural, pues no se repite. Es muy importante esto, que no se repite, por eso insiste en la virginidad. “El alma es incapaz de ser virgen de nuevo.”[4] Lo que nos daría que el alma es incapaz de amar dos veces, entregarse –para la mujer– dos veces; en este caso Bertha (en la obra), que quizás represente a Nora.
Sobre Richard (otro personaje de la obra, que lo representaría) considera que tiene en su poder el obstáculo, y que además está íntimamente unido al ser, que es el fin de su amor. Destaco esta palabra, “unido”, porque aquí es donde quizás se pueda observar este delirio sexual Joyceano. La unión es en lo difícil, en el vacío y lo imposible. ¿Es que es ésta una forma de nombrar la no relación? Por todos lados, así como el tema del exilio, las uniones pululan. Joyce las puntúa: “Bertha desea la unión de Richard y Robert y cree (?) que esa unión sólo puede ser lograda a través de su cuerpo y por lo tanto perpetuada.”[5] Habla de la posesión corporal de Bertha como una unión carnal de hombres.[6] Llega hasta afirmar que Richard posee a su mujer, pero desde la infidelidad, herida, a través del órgano de su amigo.[7]
Lo interesante en estas uniones, donde se nombra este “hacer uno”, es que o bien son uniones espirituales que conducen al cuerpo de la mujer, o al pene. Joyce despliega aquí una creencia, donde la mujer parecería servir de lazo, su cuerpo, como de goce, para la unión. Esta unión puede ser entre hombres, o incluso entre ausencias (goza en ausencia).
Las uniones que va desarrollando Joyce están puestas también en tensión por el tema de la obra, el exilio. Bertha, la mujer de Richard, ha sido abandonada espiritualmente por este; es en este sentido que es exiliada. Pero este exilio la lleva a poder conocer su propia naturaleza. Y lo interesante en este punto es que lo asemeja a Jesús en el monte de los olivos.[8]
Sólo para destacar esto, a Jesús en el monte de los olivos se lo encuentra en la última parte de los evangélios, donde se relata la pasión y su muerte, justo antes de que lo arresten. Resulta que en ese momento se angustia. Esta parte se la conoce como “la oración de Jesús en el monte de los olivos”. Es en este monte donde va a predicar, pero en esa oportunidad deja a los discípulos con el pedido que velen pues siente una “tristeza de muerte”. No quiere pasar por eso, por ese trance, por esa hora. Se va a orar y al regresar los encuentra siempre dormidos. Es un capítulo donde se lo muestra muy humano a Jesús, triste, angustiado, y con miedo a morir. Solo.
Es precisamente Jesús en ese trance a quién Joyce compara a la mujer, donde se revelaría su propia naturaleza. Un momento donde no hay Otro, donde ni Dios puede hacer que las horas se aceleren, es un momento de angustia, de la angustia como un afecto de lo real. Ahí ubica a la mujer en su propia naturaleza que, sería paradójico, esto se consigue por fuera de su (si se quiere) delirio sexual, por fuera de la unión, por el hecho de la infidelidad, del abandono espiritual. La verdadera naturaleza de la mujer es estar desunida a todo, si todo es un nombre del Otro.
Entonces, para terminar, como decía al principio, esta mujer, su mujer, la que lo ata, si es su mujer no puede ser una-mujer-entre-otras, incluso si deja de serlo, si es abandonada, exiliada; pues si hay entrega es una, y si hay exilio es uno. Y la obra de Joyce parece cargar las tintas acerca de que no es sin el exilio, o más bien, no hay unión más que para el exilio. Lo que sería tal vez una excelente metáfora de la no relación.
¿No constituye una sorpresa este exilio al que parece destinarnos Joyce? Él mismo se exilió, supo hacer con eso. Somos todos exiliados de una tierra de goce (demanda cierta creencia religiosa), pero Joyce nos sale al cruce y nos estampa en el cuerpo que ni siquiera de la unión, en la que no paramos de creer, hay goce. Hay una tierra de la desunión, una tierra del exilio, estamos más sueltos de lo que quisiéramos, y la angustia nos preserva de encontrarnos en el goce del Otro… Y también el humor. Joyce, dicen, cantaba cuando escribía algunos de sus textos, y también, supo comentar Nora, se escuchaba una risa. Ahí en su escritorio, contenido por las palabras y las noches Joyce reía y escribía, eso enredaba su goce. Creo que los universitarios del desvelo sentirán su risa como un fuerte dolor de cabeza. ¡Qué suerte no ser ya universitarios! Y tener con Lacan el goce que puede sentirse de un cuerpo, como es el de la risa.
[1] Lacan, J.: El Seminario, Libro 23, El Sinthome, pág. 68.
[2] Las cursivas, como señalamiento, son mias.
[3] Idem nota 1.
[4] Joyce James, Exiliados, Club Bruguera, 1981, pág. 167.
[5] Joyce James, Exiliados, ob. cit., pág. 183.
[6] Joyce James, Exiliados, ob. cit., pág. 183/84.
[7] Joyce James, Exiliados, ob. cit., pág. 186.
[8] Joyce James, Exiliados, ob. cit., pág. 170.
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