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Y sí, necesitamos a Amélie.

10/08/2012- Por Nicolás Cerruti - Realizar Consulta

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El vínculo entre Literatura y Psicoanálisis existe, porque existe el cuerpo. ¿Pero qué es este cuerpo que existe? ¿Es el cuerpo de la palabra? ¿El cuerpo de la palabra escrita? ¿Es el cuerpo en su resonancia? ¿El cuerpo que consiste en no saber qué puede un cuerpo? En principio, es el cuerpo del escritor que le acontece la palabra. Amélie Nothomb quizás puede acercarnos algún que otro encuentro con su enigma.

 

Y sí necesitamos a Amélie, qué…

         Amélie Nothomb nos conmueve, nos perturba más bien, muy bien digamos. Si existieran tareas, obligaciones del escritor, estas serían encontrar esas palabras que nosotros no tenemos. Encontrarlas es una de las formas de decir “habitarlas”, porque en la presencia del cuerpo del escritor y por el mismo, es que ellas —las palabras— cobrarán esa vida necesaria para su transmisión. ¿Pero qué pensar de una escritora que habla del cuerpo? ¿Cómo es poner el cuerpo para encontrar palabras del cuerpo?

 

         En su última novela, Una forma de vida, la palabra “forma” nos trae connotaciones platónicas del cuerpo, pero no es eso; o es eso en tanto que el cuerpo es el de un norteamericano, y ese cuerpo es por esa sociedad (platónica).

         Amélie tiene acostumbrados a sus lectores con frases contundentes que dan vuelta la lógica que nos sostenía y nos ubicaba en nuestra modernidad tan pasmosa. Y no solo ella tiene ese don, sino también nuestros pacientes. Por ejemplo una muchacha, que se cortaba los brazos y las piernas, describía que esos cortes eran la expresión, la emergencia por fin, de un dolor que no había tenido otra forma de salir, y ahora se sentía como alivio. O sea, era la producción en el corte más que de un dolor de un alivio.

         Amélie muestra a su manera la lógica de la obesidad, preguntándose: “¿Un cuerpo obeso está vivo? La única prueba de que no está muerto es que sigue engordando.”

         Pero también: “Es de locos. Algo no funciona dentro de nosotros. No puede decirse que nos guste comer así, es más fuerte que nosotros, podríamos comer hasta reventar, quizás sea eso lo que buscamos.”

         A tener en cuenta es que si bien podría haber alguna reminiscencia con el neurótico, que es como indica la fábula de la rana, que se hincha e infla porque quiere ser como el buey, en verdad esta es una neurosis de guerra, pues quien habla es un soldado estadounidense en Bagdad.

         Amélie, esa mujer, nos quiere convencer que el soldado de tan gordo tiene otra persona dentro, y que esta es una mujer, y no cualquiera, sino Scherezade. En dos páginas nos mostró que para hablar de ese cuerpo, de ese goce, hay que nombrarlo mujer (femenino si se quiere), y no cualquiera, sino una que hace con la palabra. Es en ese sentido como Eva que hace con la palabra, la lengua que ella usa y de la que los hombres podemos escuchar, estupidizados, tragándola. Esa palabra que hipnotiza no es por el sentido. Léase las 1001 noches, hay algo de insuperable, de insoportable, de descarnado y encarnado en todos esos relatos. Quizás por eso se los nombra anónimos, quizás porque su autor (autores, autoras) sean mujeres. Difícilmente el hombre dejó que la palabra se depositara en la mujer, en su uso, oralidad y mucho menos en la escritura. Pero en esta pasmodernidad la tenemos a Amélie Nothomb, que suena (un poco) a Amélie no-toda.

         El hombre le dio un lugar de condena a la mujer por el uso de la palabra, pero también de verdad. Por lo menos el neurótico busca que esa verdad sea dicha por su mujer y en tanto tal la necesita… no cesa de escribirse; hasta que se le vuelve contingente, una, no única, porque se la dice a medias, y no por histérica y seductora, sino por estructura; y el hombre, desdichado y dichoso acepta ese decir.

 

A la verdad de Nothomb se la comercializa, está en el mercado, es una de las escritoras más populares e internacionales del habla francesa, tal vez porque ella también es internacional. Nacida en Japón, pasa su infancia y adolescencia en extremo oriente, en China y Japón. El valor que poseen sus palabras es tal vez el de la prudencia, del nombre, pero además de la soltura, de la salida. El impulso de Amélie parece el de aquella que quiere liberarse de la palabra, buscando salidas, del cuerpo como excusa, la vida como causa, y la mujer (la escritora) porque sí, y este “sí” en su variante casi perdida de afirmación, apuesta y jugada. Un sí eterno y absoluto, y por lo mismo único, solo, sin medida. El sí que todo hombre entrega a la mujer suya, y que tal vez es la única palabra que pertenece a esa lengua de mujer que el hombre pronuncia, concisa, al pie, y todo lo cambia.

Estamos en una época donde las mujeres dicen, y dicen del cuerpo, del goce, como quería Lacan. Ahí está Amélie, también Sylvia Molloy, Viola di Grado y otras. Las necesitamos como el soldado de la novela, para ser comprendidos, como humanos demasiado humanos. Como Eva, que logró inscribir por fin lo humano, lo más íntimo, porque si no que… qué…

Me gusta el decir de Borges sobre Dante y La Divina Comedia. Dijo que escribió toda esa divina historia como escusa para hablar de la sonrisa de Beatriz. Quien lea tan majestuosa obra podrá apreciar que eso le interesaba al autor —ya que el infierno y el purgatorio son las partes más entretenidas— porque de todo el libro el paraíso es lo embolante. Pero nadie dijo que esa sonrisa era el infierno de Dante; un motivo radiante.

En tono religioso Nothomb supo llamarse Antichrista, darnos más de un Estupor y (algunos que otros) Temblores, para entregarse a esa palabra que le da sed. Como ella dice, que escribía “en la ascesis y en el hambre, que tenía que rascar hasta lo más hondo de mis fuerzas para acometer ese acto supremo”. Y sí, necesitamos a Amélie.      


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