Introducción al Psicoanálisis

Sobre masas y mitificaciones: Soy apenas la caja que contiene al eco (Segunda Parte)

Abandonaremos, pues, las explicaciones simplistas o tautológicas para tratar de dotar al fenómeno de una interpretación al menos razonable, y recurriremos, a tales fines, a las lecturas que hemos comprendido. Si adoptamos la definición de masas, bien sea de la sociología, bien desde el campo del psicoanálisis, suputamos noción tal para la multitud de seguidores de Rodrigo. En el caso que ahora nos ocupa, veremos que en ella se encuentran, fácilmente discernibles las dos características básicas de estos conglomerados con las cuales nos hemos topado. Adoptáramos el punto de vista que adoptáramos, a saber: la baja del rendimiento intelectual del individuo dentro de organización tal y la elevación de la cualidad emotiva que en tal tipo de fenómeno social se produce.

15-05-2005 - Por Adriana  Divito

5)    Un ejemplo histórico: Don Rodrigo Díaz de Vivar 

No entraremos aquí a analizar la existencia histórica del personaje que nos ocupa, mas sí quisiéramos destacar lo siguiente: la hiancia que, en todo caso, impera entre hombre y mito.

Una sucinta biografía rescatada de la Enciclopedia Hispano-Americana reza: “De Vivar” (Rodrigo o Ruy). Héroe español, apodado el “Cid” (Señor) por los árabes y “el Campeador” por los cristianos. Según algunos historiadores, nació cerca de Burgos hacia el año 1030 y murió en Valencia en 1099. Sirvió al rey Sancho II de Castilla “... Caído en desgracia con Alfonso VI de León, fue desterrado por éste en el A.D. de 1081”.

Luchó después, ya contra cristianos, ya contra árabes, y en 1094 tomó la ciudad de Valencia.

El Cid es el prototipo del caballero castellano medieval. La leyenda pronto se apoderó de las hazañas de Don Rodrigo, y hacia el siglo XIII comenzaron a reunirse los innumerables romances que sobre él circulaban (Romance o Cantar de Mio Cid) Mio Cid, ello implica de mi señor.

“Cantar de gesta: poesía popular en que se relataban hechos de personajes históricos, tradicionales o legendarios”.

“Cantar de Mio Cid: nombre antiguo con que es conocido el Poema del Cid (...) Escrito, según todos los indicios hacia el año 1140, ha llegado hasta nosotros en copia hecha en 1307” (las dos últimas citas pertenecen al Diccionario Enciclopédico A.E.C.S.A., anteriormente citado)

Deseamos realizar varias observaciones al material precitado.

·         El concepto de “cantar”, como equivalente antiguo al actual de poesía. Sabemos, más allá de sus acepciones populares, que “poesía” designa un particular modo de creación idiomática, verbal o escrita, en el cual se establecen lazos entre dos o más términos, relaciones basadas en una comparación tácita entre objetos citados.

·         En segundo lugar que, aún entre las definiciones precisas de “Cantar de gesta” se hace expresa mención al hecho de que tales gestas pudieron ser protagonizadas por personajes, ya históricos, ya tradicionales, ya legendarios (pertenecientes o relativos a la leyenda)

·         Aceptando, al menos en sus detalles probables, la historicidad de un personaje tal como Don Rodrigo, observamos que, tras la muerte de su rey Sancho II, y obligado que hizo al rey juramentar su inocencia de los hechos que provocaron su deceso, fue desterrado (alejado de sus tierras, de sus feudos) de territorio leonés, luchando, ora contra los moros, ora contra cristianos; deviene, pues, en aventurero, en luchador independiente para propios intereses. ¿Por magia de cuáles cavilaciones se convertirá a tal personaje en héroe de la reconquista?

·         Al menos en dicha historicidad o, para mejor decirlo, en determinados hechos de la misma, creemos toparnos con ciertos elementos que dan cabida a la “honorabilidad” de la gesta del “Mío Señor”. En efecto, hemos hecho hincapié con anterioridad en la mezcla cultural que (al momento de la redacción definitiva de la gesta) seis siglos de convivencia habían venido a provocar entre seguidores de Cristo y de Alá. Dicha mixtura, dicha característica, se hallaría presente en la historia de nuestro personaje de marras, que lucha pro ambos lados de la línea. Creemos ver una comprobación de dicho extremo en los simples apodos: Cid (Señor), para moros, Campeador para ibéricos, pues dichos apelativos lo muestran como autoridad de expectante respetabilidad para unos y otros. Deviene en primer momento Don Rodrigo, como tal, en puente, en punto de unión entre ambas culturas, y, en este carácter, útil mito de una fusión que en la práctica se estaba produciendo.

·         Si esa utilidad hubiese existido, no debería estar presente en el cantar de un pueblo (el castellano) que lucha por el control de sus tierras. Y, en efecto, no se encuentra en dicho romance. En lugar de este hecho, tomado como histórico, aparece el héroe mítico de la resistencia y la lucha contra el moro. Su punto culminante: El Cid, ya muerto, atado enhiesto a su caballo, provocando el pánico en las huestes otomanas. Es su muerte la que lo mistifica (es decir, lo falsea). Retornemos aquí –brevemente- a Freud: la masa como una reunión de individuos que se identifican en su yo por una característica común. En el caso del Campeador ésta no consiste en la “reconquista” de territorios que en la práctica la fusión de culturas había tornado fútil, sino en la fuerte unión religiosa (“Hermanos en la fe”, “Hermanos en Cristo”) que sirve de punto de identificación entre individuos que habían sufrido una poderosa influencia cultural morisca. ( ¿No llamamos, acaso, aún, por ejemplo, a la calidad de la forja árabe “acero toledano”) El “Cantar” responde pues, a la necesidad de unión de la grey cristiana para desalojar al hereje de territorio, más que español, europeo. Por el contrario, la denominación histórica (Cid y Campeador) así como parejas luchas en pos de ambos bandos, nos resulta evidencia suficiente de la identidad que, por mixturas culturales, va configurando el carácter que, bien cuando con amplitud, denominados hoy día “español”.

Abandonamos, en este punto, nuestro análisis. 

6)    Un mito contemporáneo en la Argentina:

Elegimos para considerar a tal efecto, y con la brevedad que a esta altura se nos torna imprescindible, al sujeto que, merced al poco tiempo transcurrido desde su deceso, resuena constantemente en nuestro sistema “informativo”. Hablamos, obviamente, del cantante Rodrigo.

Al ser los hechos del dominio público, ello nos eximirá de su relato. Hemos intentado, al dedicar este apartado, condensar en él varias características que sobre la formación de masas, carácter de las mismas y mixtificación, hemos podido develar a través de las lecturas emprendidas.

¿Con cuáles hechos contamos? un cantante de música popular (denominada ahora “bailantera”) muere, en su juventud, por un accidente automovilístico. Su repercusión, que en vida se limitaba a la “adoración” de sus “fans” (existiendo, en realidad, un segmento de la pobación, bien que minoritario, ignorante por completo de su existencia) se torna, desde el momento de su deceso, extraordinaria, desmedida.

La noticia ocupó titulares en periódicos, radios y programas televisivos con una asiduidad que -en apariencia- superaba largamente la importancia que el cantante en vida tuvo. Se nos dirá: “los medios de comunicación sólo aspiran a elevar su audiencia y, por tanto, sus ventas”. Responderemos: tan sólo puede ser vendido aquello que quiere ser comprado.

Abandonaremos, pues, las explicaciones simplistas o tautológicas para tratar de dotar al fenómeno de una interpretación al menos razonable, y recurriremos, a tales fines, a las lecturas que hemos comprendido.

Si adoptamos la definición de masas, bien sea de la sociología, bien desde el campo del psicoanálisis, suputamos tal noción para la multitud de seguidores de Rodrigo. En el caso que ahora nos ocupa, veremos que en ella se encuentran, fácilmente discernibles las dos características básicas de estos conglomerados con las cuales nos hemos topado. Adoptáramos el punto de vista que adoptáramos, a saber: la baja del rendimiento intelectual del individuo dentro de tal organización y la elevación de la cualidad emotiva que en tal tipo de fenómeno social se produce.

Fácil es aislar otro de los elementos que se hallan presentes como sustrato en la formación de dichas comunidades, esto es, aquél que apunta hacia la identificación como factor de cohesión comunitaria, aún cuando quisiéramos distinguir la diferencia que esta identificación implica en ambos sexos.

Habíamos acotado, con anterioridad, que, en estos tiempos de preeminencia absoluta de la imagen por sobre sus contenidos, es dicha imagen, hábilmente explotada con la publicidad correspondiente, condición necesaria (aún cuando dudamos en decir suficiente) para el éxito entre las capas más ilustradas de la población, de personajes como el que en este caso ilustramos en la figura del malogrado intérprete. Remarcamos asimismo que en segundo plano quedaban, en dichos casos, las cualidades vocales o el acierto en la elección de los temas musicales abordados. La imagen del músico, su identidad con los ideales de belleza imperantes en determinados núcleos sociales, deviene en preponderante al momento de plantearnos las razones de su éxito. Por ello quisimos remarcar, al analizar Psicología de las masas y análisis del yo que Freud no dice que estos fenómenos no fueron en primera instancia de naturaleza sexual, sino que no resultan ser de naturaleza directamente sexual. Ello es, trátase de mociones sexuales que han sido derivadas de objetivos tales, utilizando su primigenio empuje hacia fines distintos. Los fenómenos, de clara naturaleza histérica, que acompañaron al cantante en sus recitales, y luego en sus exequias, resultan ser de claridad suficiente para aquellos sujetos acostumbrados a observar manifestaciones tales. El vienés distingue, asimismo, a los fenómenos observados en una masa cabalgando en su naturaleza entre aquellos producidos en trance hipnótico y los que se hallan presentes en el enamoramiento: la simple característica cuantitativa hace imposible, en el caso de las masas, la completa equiparación con cualquiera de ambos fenómenos, pero son evidentes las equivalencias entre ambos.

Unamos, pues, los fenómenos observados en una unidad conceptual antes de seguir adelante: las "admiradoras" del cantante tienen entre sí un punto de identificación en sus respectivos yoes, a saber, precisamente, hallarse en idéntica posición de "admiración" con relación a una determinada figura. El simple hecho de su número torna al sujeto en inalcanzable, en el lugar del ideal, y, ello considerado vuelve a hacernos topar con otra característica de los fenómenos masivos: la posesión de todas, en pie de igualdad, del amor de la persona idolatrada.

Creemos que ya no se estila pero, en determinadas épocas, no tan pretéritas, los agentes de propaganda de actores y cantantes procuraban "ocultar" compromisos o casamientos de los "divos", hecho que, observado bajo esta luz, adquiere pleno significado: en efecto, una elección de objeto tal como la que implica un matrimonio rompe la "ilusión" de igualdad imperante entre sus seguidoras, desvaneciendo en alguna medida el poder de su carisma. Reunimos ya dos características esenciales para la formación de un fenómeno de masas: la identificación de un conglomerado en su admiración por un determinado sujeto (pensemos, por ejemplo, en las formaciones diferenciadas bajo el apelativo "club de fans") y la participación de las mismas en pie de igualdad con relación al amor que el sujeto les profesa ("Hermanas en el amor de Rodrigo" si se nos permitiese dicha pseudo herejía). Pero se nos antojan estas palabras "hermanos- hermanas" como significativas en la petición de dicha igualdad: si no puedo resultar yo el/la preferida, que al menos ella no lo sea. De allí la "desilusión" ante, por ejemplo, el casamiento o noviazgo del sujeto de marras.

Se nos va aclarando el panorama. Nos dirigimos, por así decirlo, hacia el amanecer, mas aún no ha clareado del todo. Recurriremos pues, en esta oportunidad, a la exposición de Lacan acerca de la imagen: "detrás de la imagen no hay nada”. Pero ojo: distingamos sus probables implicancias para la teoría psicoanalítica con un hecho que, al menos para una lectura cotidiana, se nos antoja importante: en efecto, si la imagen denuncia, per se, que tras ella no hay nada, invita por idéntica razón a llenar ese vacío con “algo” a través de su intermedio. Procedamos a este respecto “contrario sensu” y pensemos por un momento en el fenómeno contrario: el del pavor característico de la niñez a la oscuridad. No existe, evidentemente, en dicha falta de luz, la pregnancia que la imagen otorga al infans. ¿y qué ocurre cuando ello sucede? Sencillamente, que el niño llama, por así decirlo, dicha hiancia, con sus propios contenidos, disfrazados, habitualmente de “monstruo”.

El proceso inverso, por tanto, tórnase posible: una imagen, una “invitación a la nada” es aprovechada por cada uno de ellos cuya fascinación provoca para volcar en ella sus propios contenidos, sus propias fantasías. Pensemos: decenas de miles de adolescentes se declaran “enamorados” de Ricky Martin, de Brad Pitt, de Leonardo Di Caprio. Enamoradas, en fin, de una imagen en la cual han depositado contenidos (bondad, inteligencia, caballerosidad, generosidad, la que desee elegirse) que no están presentes necesariamente en la misma. Nos explicaron una frase de Jacques Lacan: “Amar es dar lo que no se tiene (´yo´) a otro que no lo es (´tú´)”. Una vez más la cuestión de la fascinación que la imagen provoca. Una vez más, Usted, Señor Rodrigo.

Ahora bien: dijimos que deseábamos establecer una diferencia entre la fascinación ejercida por tal personaje sobre uno y otro sexo. Creemos haberlo explicado con algún detalle: para cada una de las jovencitas que lo admiraba, Rodrigo era el motivo de su fascinación. Su simple número impide que su “posesión” se haga posible, y por ello se identifican en este amor que éste les prodigaría. Pero ello no debe hacernos perder de vista este sencillo hecho: Rodrigo, por seguir utilizando el ejemplo que elegimos, es aquello que ellas desearían tener, desearían poseer.

¿Qué pasa entonces con la porción “masculina” de la masa considerada? La presumimos minoritaria, mas la simple lectura de lo acaecido con el “ídolo” en el caso de las mujeres explica cuál es la posición que ante el mismo ocupan los hombres: al “ser” Rodrigo aquel “objeto” al cual todas las mujeres querrían tener, personaje de amor para cada una de ellas, es por tanto objeto de atención para los “caballeros” que lo siguen. Adoptarán, en lo posible, pues, sus gestos, manierismos, vestimenta, decires. En fin, querrían, de todo corazón, ocupar el lugar que el ídolo tiene en el sentir femenino. En otras palabras: ubican al cantante en la posición de “Ideal del yo”, y es en esta circunstancia en la cuál lograrán la identificación con la “parte masculina de la platea”. Observemos: en este caso, Rodrigo no es ya lo que se querría tener, sino aquello que se desearía ser.

En ambos casos, la identificación queda asegurada.

Ahora bien: ¿Qué sería de esperar ante el deceso de un personaje que reúna tales adhesiones? Nos responderemos: exactamente lo que ocurrió. Bien que potenciado por los tiempos de la imagen y los medios de comunicación masiva, el fenómeno no nos resulta novedoso: Medellín, avión, accidente, nos sirven para desatar toda una saga. Aquellas características que en vida lo convirtieron en objeto de identificación masiva se congelan, y es la propia identificación residual la que va transformándolo en leyenda. Imaginamos una escena en cualquier tasca castellana a principios del siglo XII, referida a los “hechos” de “Cid”:

“-Yo lo he visto matar seis moros

- ¡Hombre! Nada ello es! ¡Mis propios ojos lo han visto, en la batalla por Valencia, acabar con una decuria entera de las huestes del sultán!”.

La misma identificación que en vida permitió a Rodrigo, en pos de su imagen, ser el imán que logró atraer los deseos insatisfechos de multitudes, permite, en su muerte, mitificarlo. Insistimos en la preeminencia que la imagen, símbolo de la vacuidad, ha tomado en nuestros tiempos. Sobran de ello ejemplos que únicamente lograrán sorprendernos si ignoramos las causas que los provocan. Invoquemos una vez más el mecanismo psicológico de la identificación: una inmigrante del interior en Buenos. Aires consigue “conchabo” de sirvienta en casa de familia, cama adentro. Obtiene magro salario, sufre maltrato en su labor cotidiana, un sólo feriado semanal, tal vez acoso por parte de la masculinidad joven de la familia. Sufre desarraigo, extraña orígenes, cultura, tierra, familia, novio, pueblo. Pero sigue adelante, con pocas quejas, con su vida. Tal vez consiga pareja, pieza en pensión, TV color a plazos, lote, edificar hogar en segundo o tercer cordón suburbano. Conlleva, dignamente y con pocas quejas, la estrechez de posibilidades y logros en su vida.

Ahora bien: ¿Necesitamos hablar de su reacción ante la versión de espejo deformado que la TV. desde la pantalla le devuelve? No llora por su vida sino cuando la ve reflejada. Una vez más, igual mecanismo defensivo. Y optamos por el apelativo “defensivo” pues resulta ser aquél que le permite continuar su vida “normalmente”, y llorar en cambio, con “sentimiento” su monstruosa imagen de parque de diversiones ¿Deberemos decir: “Hola Rodrigo.” Casémonos, pues, con el “patrón”, tal cual la pantalla nos ofrece como salida, como factible? Ofrezcánnos un señuelo, que será comprado. Otra vez el “reiterado problema” de la pregnancia de la imagen.

Hasta aquí, la luz de la razón nos ilumina el fenómeno. Mas: ¿No resultaría esperable que, ante la muerte de identificatorio tal, sea éste ungido en el ámbito de lo sagrado, expulsándolo de la identificación profana y ubicándolo en el lugar de lo imperecedero, ello es, en aquel lugar que siempre, en realidad, ocupó?

Tenemos un ejemplo: en una oportunidad, preguntamos a una paciente hacia dónde tenía que mirar, siendo pequeña, cuando deseaba enfocar sus ojos en los de sus padres. La analizante respondió: “para arriba”. Repetimos: “Sí. Para arriba”

Insistamos, pues: ¿No sería esperable que un sujeto que en vida suscitó tamañas identificaciones, obtenga, cruzando el Leteo, un lugar en el panteón popular?

Dejemos que por nosotros nos responda un titular del Diario Crónica de Buenos Aires (25/8/2000): “Poster de Rodrigo habría llorado lágrimas de sangre” “Profundo conmoción entre sus seguidores” “Lo informó una joven marplatense. Habría sido confirmado por la policía” [ ¿?]

¡Oh, Dios, dinos en que lugar se oculta el cielo!

 7)    Palabras finales

No quisimos hacernos cargo de la pretensión del presente apartado bajo la nominación “Conclusiones” pues deseamos dejar testimonio –simplemente- del reconocimiento de nuestras carencias.

En efecto, no ignoramos que la realidad es lo suficientemente generosa para ser adscripta a otros varios puntos de vista. Más aun: que, bajo la óptica adoptada, hemos cometido el pecado consistente en la insuficiencia de su argumentación. Somos contestes, en suma, de la importancia que factores económicos, culturales y por tanto, sociales, desempeñan en la gama entera de los fenómenos analizados. La realidad resulta ser normalmente tan rica que permite la coexistencia de varios acercamientos en su interpretación, sin la necesidad de que tales enfoques se contradigan entre sí. Por el contrario, creemos que más cercana se halla la lógica humana de discernir hechos cuanto más puntos de vista devengan concordantes. Invitamos pues, a nuestros lectores, a emprender tarea tal.

 Bibliografía:

·         Diccionario Enciclopédico AECSA. Sopena, 1978

·         Diccionario de Sinónimos y Antónimos. Buenos Aires, Atlántida, 1992

·         Fichter, Joseph Sociología. Barcelona, Herder, 1979.

·         Chinoy, Ely Introducción a la Sociología. Buenos Aires. Paidós, 1985

·         Jaspers, Karl. La Filosofía. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica. 1975

·         Freud, Sigmund: “Psicología de las masas y análisis del yo”. Volumen XVIII en O.C. Buenos Aires. Amorrortu. 1979.

·         Freud, Sigmund: El yo y el ello Capítulo III. Tomo III  en O.C. Buenos Aires Amorrortu. 1982.

·         Laplanche Pontalis: “Diccionario de Psicoanálisis”

·         Abraham Haber. “Mutaciones del Siglo XX Héroes míticos y las heroínas de la televisión”. Hitos Revista-Libro. Págs. 73/79 Ed. Sofos N° 4, Junio de 1979

·         Freud, Anna: “El yo y los mecanismos de defensa” Apartado D, inciso XII: El amor objetal y la identificación en la pubertad, págs. 177/185. (Colección Obras Maestras del Pensamiento Contemporáneo). Barcelona. Planeta-Agostini, 1984.