Hace algunas semanas en un artículo publicado en el diario
Clarín,
criticábamos la dificultad para hacerse cargo evidenciada en las declaraciones
de los integrantes de Callejeros. Sin embargo, como un catalizador de las
estereotipias más regresivas, el caso Cromañón continúa precipitando los
quistes con que los argentinos solemos bloquear la tramitación de nuestras
pérdidas.
En efecto, y para mencionar tan sólo algunos
ejemplos: a las patéticas y mezquinas discusiones de los políticos, las
infantiles declaraciones de los Callejeros y la lógica del linchamiento escenificada
frente al domicilio de Chabán, se suma ahora esta renuncia a la que un
cantautor fue inducido por algunos familiares de las víctimas.
La censura, aunque sea propia, nunca es un buen camino. Un
duelo se tramita no sólo con la justicia del derecho; también se necesitan
palabras, tonos, diálogos, críticas, intercambios, gestos... melodías.
En este sentido el arte es un recurso privilegiado- “un
verbal a la segunda potencia”
- ya que al condensar una multiplicidad de significaciones, tras el velo de la
belleza deja ver nuestra contingente condición humana; ese sin sentido que hace
de Un minuto toda una vida y de una flor todo un mundo.
Seguramente los que hace pocos días se detonaron en el tube de Londres prefirieron la eternidad
del sentido absoluto antes que la poderosa fragilidad con que lo efímero
nos hace más valiosos.
La supresión de Un minuto adolece del mismo estigma
que detiene el trabajo psíquico necesario para un duelo: no se discrimina entre
el cantante y la canción, entre el autor y la obra, entre el sujeto y el Otro:
no se termina de ceder el objeto.
(“Déjame
ir”, rogaba una desfalleciente amada a Anthony Hopkins en Tierra de
sombras)
La lógica narcisista es tan traumática como rigurosa. Al
confrontar con la inalienable alteridad de mi semejante, su esencial y
contingente fragilidad remite a la mía propia. Por eso el punto más álgido del
duelo consiste en cuestionarse si sufro por él o sufro por mí, me aferro o cedo aceptando la inconsistencia que nos
constituyó desde siempre.
Ante èsto cada uno hace lo que elige y puede; algunos
transforman el mundo en un western de
ángeles y canallas; otros trabajan para atravesar dignamente esta condición.
Si luchar por justicia homenajea a las víctimas y alivia a
los familiares, acallar la voz de Un minuto, por el contrario, es
aferrarse a la ilusión según la cual el trágico episodio descansa
exclusivamente en la causa que aporta un culpable.
Para abordar el tema del acontecimiento, Gilles Deleuze
se remontaba a los estoicos al recordar las dos vías argumentales que tan
consistente como inextricablemente se reúnen en la misma paradoja: las razones
con las que rindo cuentas sobre una determinada realidad no excluyen que -en
tanto tal- la emergencia de la misma supera cualquier explicación posible.
Desde esta perspectiva, decimos que los chicos murieron
porque hay corrupción, porque tenemos una justicia que alimenta la impunidad,
por la avaricia de un empresario, por la irresponsabilidad de unos músicos que
ni siquiera pudieron cuidarse a sí mismos, pero también por ese absurdo porque sí sin el cual no hay arte ni
deseo. Por esa misma vulnerabilidad constitutiva que les otorga toda su
dignidad cuando recordamos que cantaban y vivían creyendo en el instante de una
canción, en la fuerza de Un minuto.
Sergio Zabalza
Email: szabalza@elsigma.com
Bibliografía
Freud, S.: “ Lo perecedero”, en Obras Completas, traducción de Luis
López Ballesteros
Jacques, Lacan: El Seminario: Libro 24, clase del 18 de enero de 1977, preguntas y
respuestas.