Colaboraciones

Encuentros de la vida amorosa: sexualidad femenina y masculina

Hablar de la vida amorosa nos introduce de lleno a hablar de hombres y mujeres, de las particularidades de la sexualidad femenina y masculina y de cómo el Otro social hace historia en la singularidad. Los diferentes avatares del atravesamiento por los complejos nucleares, complejo de Edipo y complejo de castración dan cuenta de que el proceso de adquisición de la identidad sexual, ser hombre o mujer, está marcado por el lenguaje.

04-12-2005 - Por Mónica  Federmann

      …En otras palabras, en el amor recíproco se produce un nudo de dos síntomas autistas; eso hace lazo. Y, en ese sentido, Freud tenía razón: Eros une. Une dos síntomas.

              Colette Soler. La maldición sobre el sexo

 

          Hablar de la vida amorosa nos introduce de lleno a hablar de hombres y mujeres, de las particularidades de la  sexualidad femenina y masculina y de cómo el Otro social hace historia en la singularidad.

Desde Freud, sabemos que el síntoma es condensador de goce y no constituye lazo social, en el sentido de que el lazo social vincula a dos o más sujetos entre sí. El “síntoma autista”, tal como lo formula C. Soler,  se observa en el amor, a partir de unir dos inconscientes en sus mismas diferencias: el sujeto siempre goza solo. Es un amor limitado por el síntoma, y que las cosas en la pareja sexual son sintomáticas es una realidad que está por todas partes.

Los diferentes avatares del atravesamiento por los complejos nucleares, complejo de Edipo y complejo de castración dan cuenta de que el proceso de adquisición de la identidad sexual, ser hombre o mujer, está marcado por el lenguaje.

Con el psicoanálisis sabemos de la disposición bisexual del niño, y  que el  atravesamiento por la etapa fálica con la premisa universal del pene, planteará que la polaridad en el inconsciente es fálico/castrado. Es el falo el que reúne el conjunto, y en ese sentido, “…el inconsciente  dice mal: dice mal el sexo.”[1], hay un decir que falta porque no dice el Otro sexo que es el femenino, no existe el significante de la mujer, la libido es masculina. A causa del mal decir del inconsciente productor de síntomas se conocen los efectos sobre la sexualidad.

La sexualidad femenina y sus interrogantes han sido planteados por S. Freud. “¿Qué quiere la mujer?”, lo ha conducido a diversas formulaciones, orientado por el análisis de sus casos clínicos.

El proceso de sexuación para la niña está determinado por el hecho de que, para ella,  la castración fue consumada e ingresa por lo mismo a lo que se conoce como envidia del pene, produciéndose el cambio de objeto de amor de la madre  hacia el padre.

Vale destacar, que, para la clínica analítica, se trata de poder pensar cómo se ha subjetivado el “no tener pene” y sus efectos a lo largo de la vida. Se pueden observar en la clínica diversas formas de sublimación en las que la mujer se arregla con ese ”menos”, dando  lugar al no tener derecho a saber, inhibiciones en el aprendizaje y el quehacer laboral, denunciar injusticias, sentimientos de inferioridad y desprecio entre otros.  La pobreza también es solidaria de esta posición.

Para el sujeto femenino existe una relación más esencial con la nada. Con frecuencia en la clínica se escuchan los sentimientos de vacío, de no ser que aquejan a las mujeres, especialmente luego de una pérdida amorosa.

El “no tener”, además,  revela el carácter temerario de una mujer dado que no hay “nada que perder”.

El recurso típicamente femenino, cuya función es velar la nada es el semblante: el vestuario, maquillaje, las dietas, y todo lo que el mercado ofrece para encarnar el modelo de mujer de hoy son los insumos con los cuales la mujer se adorna.

En la resolución de la falta por el lado de “el tener”,  las mujeres se las arreglan de diversos modos con la nada, de modo tal, que la ecuación simbólica “pene igual niño”, ubica al hijo en lo único que tiene valor fálico para ella y a falta de poder apropiarse de otros bienes que el discurso de la época propone como sustitutos, se ven mujeres con muchos hijos como una de las formas de procurarse el tener.

En las variantes actuales, en el marco del capitalismo y su paradigma “el consumo de objetos” y, a partir de las conquistas de las mujeres en el plano laboral y público, el ser madre, para un sector,  se ha corrido de los ideales de la época. Se la observa en  la competencia por los lugares que en otros tiempos estaban reservados exclusivamente para los varones. El goce del propietario, goce fálico,  característico de los hombres, es hoy, una de las formas del goce para las mujeres.

En la  actualidad, la mujer con postizo es una de las formas de la mujer de procurarse “el tener”, agregándose artificialmente lo que le falta, pero a condición de aunque parezca de su propiedad, en secreto lo tiene de un hombre, hace la parada, la mascarada, ocultando su falta de tener. En relación a las propuestas del colectivo social, se puede observar cómo las profesiones, la dedicación al trabajo se convierten muchas veces en ese bien. Hay que diferenciar a la mujer con postizo de la de la mujer fálica, ésta última se constituye como “la que tiene”, completa y  para la cual los hombres podrían ocupar el lugar de objetos para procurarse un bien más. Ejemplos de estas mujeres se ven el los medios de comunicación, las divas de la TV.

La identificación a “ser el falo” que falta al hombre es un recurso de resolución del “ser femenino”, de modo tal que asume su falta de tener, y a través del semblante, se ubicará como el objeto del fantasma masculino.

 Ser la única para un hombre la llevará a posiciones femeninas en la cual sacrificar lo más preciado que tiene, tal como lo ejemplifica el mito de Medea, quien sacrifica a sus hijos para no perder a Jason, es la característica. Esto es el sin límites del goce femenino, goce enigmático que sorprende, que la ubica, según Lacan, en la verdadera mujer, posición subjetiva distante de ser madre, goce no regulado, que da lugar a decir, “locas, pero no del todo”, este goce que la vuelve peligrosa para sí misma, fabricando el ser a partir de renunciar al tener. y que da lugar a  toda una clínica que muchas veces genera dudas diagnósticas, con  la presencia de fenómenos de despersonalización, amor erotomaníaco, fragmentación corporal, 

Ser todo para un hombre la introduce en las vías del amor y en las modalidades del goce por la vía de la  privación.

Así, en la misma mujer encontramos esa división entre el goce fálico y el goce enigmático, suplementario, que no se relaciona con un objeto, lo que se denomina un bien en segundo grado; goce que no está fijado por un semblante. goce enigmático que la constituye en Otra para si misma, en Otra como tal. Análogamente a como la histeria erige a la Otra mujer en aquella que podría decirle qué es ser una mujer.

Plantea Lacan “…El hombre sirve como relevo para que la mujer se convierta en ese Otro para sí misma,  como lo es para él.”[2]

La elección de objeto de amor para el sujeto femenino está marcado por el penisneid,  de modo tal que un hombre será un sustituto de su no tener.

Para el varón las cosas son distintas. Para él, existe la amenaza de pérdida del atributo fálico y la angustia de castración lo conducen a la elección narcisista por su órgano y a la renuncia del objeto de amor, su madre. De acuerdo a las tablas de la sexuación planteadas por J. Lacan, el hombre esta todo en la función fálica. La subjetivación del “tener” y la posibilidad de perder su atributo fálico, le dan al hombre ese carácter cauteloso, revelándose a veces impotente, y una gama de modalidades que se conoce como la cobardía masculina.

La elección de objeto en el hombre plantea la disyunción entre el objeto de amor y el objeto de goce, conocido como “la degradación de la vida amorosa”, planteada por Freud, de modo tal  que para gozar de una mujer hay que poder faltarle el respeto. Disyunción entre la madre y la puta.

Estas elecciones en el sujeto masculino pueden adoptar distintos tipos, la que se conoce como la condición de “el tercero perjudicado” y la condición  de “el amor por las mujeres fáciles”. Ambos tipos surgen de las fijaciones infantiles.

El sujeto para el psicoanálisis está determinado por una falta estructural que  orienta el deseo y sabemos que  nunca el objeto encontrado es idéntico al perdido en la vivencia de satisfacción. En las elecciones amorosas hay algo de los objetos primordiales puestos en juego.

 Cuando un hombre toma a una mujer en el matrimonio,  en este acto del “tú eres mi mujer” se castra para una.  De este modo el matrimonio como contrato social,  une el amor y el coito

         “…Que el goce no se comparte quiere decir que uno siempre goza solo. Lo cual no en todos los casos constituye un problema. En realidad, sólo es un problema en el amor.”[3]

Si amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es, dado que no existe la proporción-relación sexual, el mito de la media naranja, la aspiración a la complementariedad, lo que une a dos partenaires sexuales es el objeto ”a”. El hombre goza con el objeto de su fantasma y la mujer con sus máscaras se adorna para el fantasma del hombre. Encrucijada de la mujer para poder ubicarse, a partir del semblante en ser el objeto que le falta al otro.

En los tiempos en que vivimos, el posmodernismo y su modelo capitalista, proponen los objetos-semblante productos de la tecnociencia como sustitutos para gozar, se observa el esfuerzo por regular el modo de gozar de los sujetos con efecto homogenizante. Pero este intento de normativizar el goce  fracasa en la relación cuerpo a cuerpo, dado que en el encuentro entre dos partenaires sexuales no hay modelo ni norma de cómo gozar. El hombre entra en la relación sexual como deseante y la mujer como objeto deseado, amado, gozado en un encuentro único e irrepetible.

Existen, hoy, el consenso, los acuerdos, contratos como esfuerzos por suplir, aquello que falta en cuanto a orientar la vida.  Hoy las formas del amor no se rigen por un paradigma como en otros tiempos. Los amores sin modelo de la época en la que vivimos generan los “encuentros” al modo del flechazo.

 “Cuando Lacan define la versión padre, es: un hombre que toma a una mujer como causa de su deseo, primer aspecto,  y hace de ella la madre de sus hijos. Agrega este segundo aspecto. Es decir que el síntoma anuda entre sí muchas cosas. Un hombre, una mujer e hijos. Al hacer de una mujer una madre y de un hombre un padre, anuda amor, sexo y reproducción.”…[4]

Hay algo que se resiste, que no cesa de no inscribirse, no todo puede ser atrapado en las redes del lenguaje: siempre habrá la posibilidad de encuentros de la vida amorosa, sujetos a la las vicisitudes de la sexualidad femenina,  masculina y al discurso de la época.

 

Bibliografía:

Freud. Sigmund. Obras completas. Ed Amorrortu.

Soler, Colette. La maldición sobre el sexo. Ed. Manantial.

Soler, Colette. “Momentos resolutivos de la cura analítica”. Posición femenina e histeria. EOL 1994.

Miller, Jacques A. De mujeres y semblantes  Ed.Cuadernos del Pasador

Miller, Jacques A.. Lógicas de la vida amorosa. Ed. Manantial

Lacan, Jacques. Escritos 2.. Ed.Siglo Veintiuno.

Sinatra Ernesto. Nosostros los hombres un estudio psicoanalítico. Ed. Tres Haches.

Laurent, Eric. Posiciones femeninas del ser. Ed. Tres Haches.

Leserre, Anibal. Seminario “El amor en psicoanálisis” LaRioja 2004.

Braunstein, Néstor. Goce Ed. Siglo Veintiuno.                                                               

NOTAS

[1] Soler, Colette. La maldición sobre el sexo

[2] Jacques Lacan. “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina.”  VIII. La frigidez y la estructura subjetiva en Escritos 2.

[3] Soler, C.  La maldición sobre el sexo.

[4] Soler, C. La maldición sobre el sexo.
 

 








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