Sujeto mediático / 19

31/05/2007- Por Enrique Guinsberg - Realizar Consulta

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La pérdida del “pensamiento crítico” de manera alguna es exclusivo del área de la comunicación sino se extiende a todo el campo de las llamadas ciencias sociales. En líneas muy generales fueron dos los planteos de la comunicación crítica: la sistemática denuncia del control de propiedad de los más importantes medios en el mundo entero, junto al cuestionamiento y análisis de los contenidos de las emisiones (de prensa, radiales, televisivas y cinematográficas). Y, por supuesto, se incorporaba como base la noción de industria cultural, que impulsaron sobre todo Adorno y Horkheimer, para destrozar la idea mística de que los medios podían ayudar al conocimiento, creación, pensamiento artístico y desarrollo crítico de la población, para proponer lo contrario...

El pensamiento crítico en comunicación

En realidad la pérdida del “pensamiento crítico” de manera alguna es exclusivo del área de la comunicación sino se extiende a todo el campo de las llamadas ciencias sociales. Y no puede ser de otro modo: si éstas siempre son producto de lo que los alemanes llaman Zeitgest, o sea “espíritu del tiempo”, ¿cómo podría ser de otro forma en las condiciones actuales del mundo signadas por una importante derechización y las consecuencias de la pérdida de importantes expectativas inversas? Sin duda alguna el problema es tan grave como serio y merece siempre ser considerado, por lo que se retoma en esta columna.

El pensamiento crítico en comunicación ha tenido un gran desarrollo en nuestro continente, sobre todo en las décadas de los sesenta a los ochenta, decayendo luego –pero de manera alguna desapareciendo– como consecuencia de conocidos factores políticos y sociales, sobre todo, como ya se enunció, el marcado crecimiento de las posturas neoliberales en el mundo y la fuerte crisis de las posturas de izquierda. Su mantenimiento –de manera amplia o relativa- es sobre todo en sectores académicos, y en algunos casos combinado con posturas críticas e incorporación de aspectos anteriormente no considerados o injustamente desdeñados. Pero sin duda alguna la mayor parte de la población sigue aferrada al consumo de lo que le ofrece un universo mediático cada vez más desarrollado tecnológicamente, que no vacila en utilizar sus poderosos instrumentos al servicio del mantenimiento del statu-quo e impidiendo los necesarios cambios.

En líneas muy generales fueron dos los planteos de la comunicación crítica: la sistemática denuncia del control de propiedad de los más importantes medios en el mundo entero, junto al cuestionamiento y análisis de los contenido de las emisiones (de prensa, radiales, televisivas y cinematográficas). Y, por supuesto, se incorporaba como base la noción de industria cultural, que impulsaron sobre todo Adorno y Horkheimer, para destrozar la idea mística de que los medios podían ayudar al conocimiento, creación, pensamiento artístico y desarrollo crítico de la población, para proponer lo contrario: como consecuencia de la dialéctica social y ser propiedad de los sectores más poderosos del capitalismo, su objetivo es el mantenimiento del marco social existente, impedir cambios radicales y favorecer los necesarios al desarrollo existente. Ser instrumentos de alienación en el sentido más claro de este término, lo que sin duda alguna en general lograron.

Obviamente este éxito se ha apoyado en el sistema propiedad de los medios, con la concentración de los más importantes en pocas manos, no casualmente de empresas poderosas, lo mismo que ocurría y ocurre con compañías publicitarias, así como con agencias noticiosas mundiales y nacionales. Las investigaciones realizadas lo mostraron de manera tan categórica como incuestionable, y de este control siempre ha derivado el contenido de lo publicado y transmitido, favorable a la dominación y tendiendo a su mantenimiento.
Los medios han sido y son entonces el principal instrumento de control social, e incluso su eje central, desplazando a instituciones sociales anteriormente hegemónicas como las iglesias y la educativa. Su control es entonces fundamental y es logrado a través del manejo de cada Estado, que determina las formas de posesión de los medios a través de concesiones de los electrónicos, y del poderío económico. Y si bien, como se sabe, en sociedades más o menos democráticas formalmente cualquiera puede tener un periódico, o revista -muy difícilmente una emisora de radio o de televisión-, su peso e influencia es minúsculo frente al de grandes y poderosas cadenas: en el caso mexicano ¿qué puede hacer una radio comunitaria frente al duopolio Televisa-Azteca, o algún periódico o revista frente a los de alta circulación?

El poder hegemónico sabe muy bien que en la actualidad el control social no se obtiene por la fuerza, salvo en casos límite o extremos, sino a través de formas de conciencia donde la población asuma los del poder, o sea comparta su ideología en alguna de las variantes similares y no antagónicas. Y esto lo ha ejecutado todo tipo de poder: el capitalista, los “socialismo reales” en su momento, las dictaduras militares..., que buscan la construcción de un universo simbólico adecuado a su permanencia y continuidad. Con mayor o menor éxito: menor en los casos de países dictatoriales o del “socialismo real”, donde existían muy escasas diferencias y era notoria la coincidencia general; y mayor en el modelo capitalista, donde se hace creer en una diversidad falsa y aparente, que en realidad consiste en múltiples variaciones de un mismo contenido con formas distintas: lo que Ignacio Ramonet (1998) acertadamente define como “pensamiento único”[1]. Es cierto, y esta es la trampa: existe un número muy alto de periódicos y revistas, así como emisoras de radio y de televisión, que varían en lo que difunden (noticias, deportes, películas, entretenimiento, etc.), pero nada más que con variaciones de un mismo contenido.

Y por supuesto que este contenido es el de la dominación vigente en un mundo bastante globalizado, con exclusión de lo que se le oponga, construyendo una agenda -los dedicados a la comunicación saben de que se trata- empeñada en mostrar todo lo que ocurre con la óptica del poder: desde las relaciones internacionales hasta las mínimas acciones de la vida cotidiana signadas por el contexto del sistema neoliberal, donde -diciéndolo abiertamente o como mensaje latente- las posturas contrapuestas son presentadas como raras, extrañas, anómalas o simplemente enfermas o “locas”. Aunque reiterativo, es importante volver a decir que algo similar ocurría en los países donde el “socialismo real” existía, aunque ellos difundían la ideología de vida y el modelo social existente, con igual marginación de lo que era distinto.

Tal vez a algún lector este panorama le resulte falso o exagerado, lo que para integrantes del campo comunicativo mostraría hasta qué punto en algunas universidades se ha limitado o eliminado el pensamiento crítico en comunicación, reemplazándolo por posturas acríticas e integradas a la ideología hoy hegemónica. Pero para algunos otros no existe duda y puede observarlo en cualquier mensaje de los medios masivos: la uniformidad mediática es muy amplia, y más allá de diferencias sólo formales y parciales pero dentro del modelo, prácticamente no existen. O, como dicen Les Luthiers, se transmiten a las dos de la mañana, y así, de paso, se proclama la existencia de visiones distintas a las oficiales y “normales”[2]. En este sentido, y sólo como un ejemplo, en una aparentemente inocente caricatura, un conocido personaje de Disney es clara expresión de la ideología de su mundo concreto y específico (Dorfman y Mattelart, 1971)[3].

Esto fundamenta que las características actuales son similares o incluso peores a las de la época en que se desarrolló el pensamiento crítico en general y en comunicación en particular, por lo que puede y debe ser recuperado. Es cierto que las condiciones generales son distintas, no existiendo el clima de búsqueda de cambios prototípicos de una época contestataria, rebelde e incluso revolucionaria (Guinsberg, 2006b). Pero es muy fácil constatar que, si por un lado los medios tienen hoy un desarrollo mucho mayor por el conocido aporte tecnológico, por otro su control se ha magnificado de manera notoria, y escasísimas empresas los manejan a nivel mundial, por lo que sus contenidos mantienen las características indicadas.

Es entonces de esperar que quede claro el por qué del deseo de que Santo y Seña recupere esta postura, o al menos no la margine, y por tanto mantenga una constante postura crítica respecto a los medios en todos los sentidos, entre ellos buscando alternativas que, aunque no puedan contrarrestar al de los hegemónicos, dé voz a los que no la tienen o brinde semillitas que puedan crecer.

Enrique Guinsberg

Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México.

Correo electrónico: gbje1567@correo.xoc.uam.mx

 

Bibliografía

Dorfman, Ariel, y Mattelart, Armand (1971), Para leer al Pato Donald, Ediciones

Universitarias de Valparaíso. En México existe una edición en Siglo XXI.

Guinsberg, Enrique (1996), Normalidad, conflicto psíquico, control social, Plaza y Valdés, México.

----    (2005), Control de los medios, control del hombre. Medios masivos y formación psicosocial, Plaza y Valdés, México, 3ª edición ampliada.

----    (2006a) “Introducción a las nociones de “salud” y “enfermedad” mental”, en el libro Escritos desde un psicoanálisis no domesticado, en sección Biblioteca del sitio web www.cartapsi.org[1]

----    (2006b), “Proyectos, subjetividades e imaginarios en los 70 y en los 90 en Latinoamérica”, revista Argumentos, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México, Nº 32-33. Puede verse en Escritos desde un psicoanálisis no domesticado.

Horkheimer, Max, y Adorno, Theodor W. (1974), “La industria cultural”, en Varios Autores, Industria cultural y sociedad de masas, Monte Avila, Caracas.

Ramonet, Ignacio (1988), “El pensamiento único”, en Le Monde Diplomatique en Español, Pensamiento crítico vs. Pensamiento único, Temas de Debate, Madrid.

Referencias

[1] Aunque en realidad debiera verse como “pensamiento (casi) único”, por reconocimiento a diversas expresiones diferentes con valor reducido pero importante.

[2]  El término “normalidad” no es otra cosa que un concepto estadístico, que en general indica lo que es mayoritario, pero no siempre ello implica algo correcto, “sano” y adecuado.  Sobre esto véase mi libro Normalidad, conflicto psíquico, control social (1996) o el artículo (2006a).

[3]   Más allá de las críticas que pueden hacerse a este libro -ver al Pato Donald desde una postura un tanto mecánica y sin reconocimiento de aspectos psíquicos- su valor como ejemplo se mantiene. 


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