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Malestar, juego, rasgo

18/02/2016- Por Leticia Spezzafune - Realizar Consulta

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El juego según Lacan, es un fantasma tornado inofensivo y conservado en su estructura, que contendría un riesgo acotado y calculable –a diferencia del riesgo de vivir– que porta sexualidad y muerte. Este texto plantea que en el espacio de análisis, el analista tiene la oportunidad de sancionar que allí “había un juego” para intentar hacerlo entrar en una trama ficcional. Si esto ocurre, ¿qué permite? ¿A qué lógica responde?

 

 

 

                     

 

         

  Sabemos que la actividad más seria del niño es el juego. Se trata de un acto que contiene una regla en su interior y no una formación de lo inconsciente, produce un sujeto “de jugando”. El juego, según Lacan[1], es un fantasma tornado inofensivo y conservado en su estructura que contendría un riesgo acotado y calculable a diferencia del riesgo de vivir que porta sexualidad y muerte.

  El niño esta exceptuado del saber: no hay relación sexual. Cuando un niño se pone a jugar la verdad de la sexualidad parental quedaría cortada del juego, permitiendo que el niño se refleje en él. El juego, como montaje ilusorio, establece una distancia respecto de esta escena, ubicando por un lado un sujeto que juega y por el otro, un objeto, el niño tomado como objeto del goce del Otro.

  En los niños el padecimiento estalla cuando el goce parental toma el cuerpo del niño o su conducta.

¿Qué sucede cuando la verdad irrumpe rasgando el velo del juego? Podríamos pensar que ella deja fuera al niño de su posibilidad para seguir jugando, lo ubica como objeto del cuento de otro. Rompe el espejo, interrumpiendo el juego y tomando el cuerpo del niño.

El Juego rasgado o interrumpido no puede pasar al juego con los pares, no tiene apariencia de juego pues trae consecuencias en la realidad. Queda interrumpido el soporte representacional para lo pulsional. En el juego lo pulsional está a condición de ser velado.

El analista tiene la oportunidad de sancionar que allí “había un juego” para intentar hacerlo entrar en una trama ficcional.

 

  Resulta discutible que los niños transfieran al analista el “Sujeto Supuesto al Saber” debido a que los niños creen que son los padres los que saben lo que desconocen de sí mismos.

Los niños en análisis tienen la convicción de que el juego sabe, no sobre ellos sino a que juego jugar. La transferencia con el analista sería una transferencia indirecta, a la cantonade[2], que apunta a sostener la transferencia sobre la persona de los padres.

 

  El dispositivo freudiano necesita de dos escenas y la inclusión de la pubertad. Es a partir de allí que se constituye un sujeto que lea sexualmente la escena de la infancia. Un niño aún no dispone de la segunda escena que resignifique la primera, así como tampoco de la conformación final de su aparato psíquico que nos permita como analistas hacer la lectura del retorno de lo reprimido y poder situar entonces lo sintomático. Algo de la represión aconteció pero no hay un sujeto capaz de leer esos efectos. La escena anterior queda a cuenta del fantasma parental, de lo cual el niño es su producto.

 

  ¿Es ético en este sentido frente a un fallido o un sueño, pedirle el lector al niño? Podríamos enunciar que la interpretación siempre apunta al contenido sexual y por lo tanto, sería la operación opuesta al juego en tanto introduce una verdad que debe quedar fuera de la escena "de jugando".

El lugar desde donde juega el niño es inconsciente, tal vez parte de lo visto y oído. El niño que juega representa un personaje pero no sabe que el personaje  representa un rasgo de su malestar, representa un punto identificatorio inconsciente que el sujeto encarna. Que algo de ese malestar pase al objeto parlante en el juego permitiría que el niño comience a desembrollarse de esa captura. Se recorta algo de la “mismidad”, la identidad queda por fuera dando lugar a nuevas identificaciones, circulación metonímica. Hay un organizador simbólico que permite que haya juego imaginario.

  Tomando el texto "Dos notas sobre el niño" Lacan señala la distinción entre el síntoma del niño;  ese lugar desde el cual responde a lo sintomático en la estructura familiar; o  bien ese lugar desde el cual el niño realiza en presencia el objeto del fantasma materno. Nuestras intervenciones van a apuntar  a sostener la posibilidad en el sujeto de responder.

  Poniendo en juego eso que no tuvo identificación, que tiene que ver con un rasgo del ser, apostamos a que el sujeto se pueda descontar. Que aquello no ligado que anda sin posibilidad para el niño de  implicación subjetiva y sin ligadura a la fantasía, retornando como compulsión a la repetición entre en una trama de ficción. El rasgo ligado al padecimiento se transfiere a un juego en particular, el juego de transferencia[3] que en las vueltas de su repetición permite dar condición de representabilidad al goce pulsional que tomaba el cuerpo del niño, permitiendo realizar una marca subjetiva y un velo para lo pulsional.

  La significación retenida, el objeto que era el niño para el deseo de sus padres, su significación fálica, debería transferirse al juego encarnado en el objeto parlante o personaje. Dando lugar a la separación respecto de un rasgo que aún está ligado a los significantes del Otro y no tiene una lectura propia. Descontándose, el niño pasa a ser jugador.

 

  Para tener disponible la castración como operación (-fi) el sujeto debe descontarse de la serie de ser el falo, permitiendo la serie de ecuaciones que construye que ningún objeto sea “el objeto”. Objeto negativizado que da apertura a contar con el régimen de la falta. Entendemos el juego como un operador de esta negativización, apuntando a la separación  que ubica lo inconsciente como corte en acto entre el sujeto y el Otro, otra escena.

 

  Cuando los padres tambalean en su posición de “buen entendedor”, estos no pueden sostener el lugar de sujeto supuesto saber para sus hijos, dejando de escuchar la división del sujeto en su mensaje. El soporte que permite el juego de espejos que es la infancia se pierde, respondiendo el niño con su cuerpo a las demandas parentales.

 

  La función del analista, su apuesta ética apunta entonces, a sostener el juego advertido de la opacidad que ex–siste al campo lúdico. Manteniendo a raya sus propias perspectivas, evitando hacer jugar al niño su propio juego.

 

 



[1] Lacan, Jacques: El Seminario, Libro 14, “La lógica del fantasma”, inédito.

 

[2] Porge, Erik: “La transferencia a la cantonade”. Litoral 10.

 

[3] Beisim, Marta: “Una vuelta sobre los personajes”, Inédito.

 


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