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Angustia, duelo y sublimación. Relaciones entre el duelo y la pintura de Giorgio de Chirico - Parte 226/01/2004- Por Carlos Federico Weisse - Realizar Consulta
El autor tiene como objetivo del presente trabajo poner en relación el concepto de angustia y duelo en tanto dolor, plantea asimismo que, la angustia está relacionada con el deseo del Otro y con la presencia invasora de Otro. En última instancia en una relación de desamparo o indefensión frente a la incógnita de qué quiere ese Otro de él. Otra manera de plantearlo es que la desaparición de Otro protector da paso a una presencia siniestra, inquietante e invasora.
Ariadna sostenemos
es la representación del mismo Giorgio, como lo demuestra el dibujo Durmiente, representación en tanto actitud durmiente que remite al
significado de abandono (del ser amado), pero que, por otro lado se lo
representa como un ser viviente en el universo ficcional del dibujo. Este
estado intermedio entre el ser viviente y la estatua (inmerso además en la
imaginería de la plaza, en cuyo centro está la imagen de su padre) es equivalente a lo que en la mitología
caracterizaba a los “daimon”, seres intermediarios
entre los dioses y los hombres, que implicaban la unión entre dos mundos
distintos e independientes. Es así que Giorgio se
convierte en un daimon a través de su arte, yendo en
busca de Teseo perdido.

Es
interesante citar un autor de la talla de Jean Clair,
quien escribe: “…a la manera de la Ariadna en la obra de Giorgio
De Chirico, abandonada por Teseo, como una
conciencia, al contrario, sumergida o enterrada. La conciencia melancólica es
la que se aleja del mundo de lo vivo, de los humanos, para caer en el mundo de
lo inerte, de las cosas. Al final, es una conciencia que, en su obsesión de la
muerte, acaba por convertirse en cosa, por concebirse como objeto petrificado,
pues la realidad inerte de los objetos se ha vuelto su único refugio, su único
consuelo, su única alegría frente a la amenaza de desaparición.
Al
analizar el tema de la melancolía en la obra de Giorgio
De Chirico, se puede afirmar que su término es la
representación del artista en forma de busto de mármol de estatua, de artista
convertido en objeto entre otros objetos,
en cosa entre cosas, fragmento de un conjunto desaparecido, ruina
material entre otras ruinas.”[1]
Paulatinamente
las estatuas irán siendo reemplazadas por maniquíes que ocuparán en las plazas
aproximadamente el mismo lugar que las estatuas, estos son representaciones más
cercanas a lo humano aunque conservando el carácter desolado y trágico, pero en
los que se introducen en cierta manera una dimensión del movimiento y de la
acción. Esta acción tiene como tema el del padre e hijo como los maniquíes con
que son representados Héctor y Andrómana,
en el momento anterior en que Héctor se despide de su hijo para ir a
enfrentar a Aquiles sabiendo del destino que le espera, mientras su mujer le
pide que no vaya. El tema del padre que marcha hacia la muerte bajo la figura
de Héctor y Andrómana, su dolorida mujer que lo despide, es reiterado en la iconología de nuestro
pintor y ocupa no sólo sus pinturas sino también gran parte de su obra
escultórica.
Pasado
el período de los maniquíes aparecerán en la estructura básica de la Plaza las
figuras humanas pintadas con un estilo clásico. Si las “plazas” comienzan con
una revelación experimentada en 1910 en la plaza de la Santa Croce, esta vuelta a lo clásico se inicia con otra, la que
tuvo frente a un Tiziano en el museo de Villa Borghese, en Roma.
El
artista relata cómo frente a esta pintura dejó de ver los cuadros como
“imágenes pintadas” y aprendió a ver la materialidad de la pintura misma. Se le
reveló como ese universo de personajes cobró repentinamente una vida propia,
autónoma, del cuadro como vehículo. A través de la pintura de los antepasados
accede no al tema sino a la técnica.
Renovando la práctica de las preparaciones pictóricas de los maestros, sus
colores, el uso de la perspectiva renacentista es en la vuelta a ese oficio
como recibió el legado de los maestros. Este descubrimiento se traducirá en
cuadros pintados “a la manera de” Rafael, Watteau, Delacroix, Tiziano o Rubens,
etc.
Si
bien la llamada vuelta al orden era
característica de la época histórica en pintura, es posible ver en el caso
específico del artista que nos convoca una nueva vicisitud del duelo por la
paternidad:
La
paternidad en la pintura de los grandes maestros de la que recibe la herencia,
la técnica de la pintura como una revelación, algo que hace propio y que
implica una mayor aceptación de la muerte del padre.
¿En
qué sentido decimos esto? En el sentido que la muerte real del padre no implica
que vaya a ocupar en la estructura el lugar del muerto. La función fallida del
padre- en tanto función simbólica- da lugar a la aparición de figuras
imaginarias perversas de éste. Figuras obscenas que aparecen fantasmáticamente
como ya lo hemos considerado en los síntomas del artista.
Recién
en el asesinato de éste realizado a nivel simbólico ( lo que es ilustrado en el
mito freudiano de Tótem y Tabú) se crea la culpa retrospectiva que actúa sobre
la estructura subjetiva para que el padre real opere, es decir para que la ley
del padre oriente la estructura regulando el goce.
El
asesinato del padre inaugura la posibilidad de su duelo que funda al padre
mítico de la excepción, aquel del que el sujeto podrá prescindir “a condición de servirse de él”.
Hay
tres dimensiones según las cuales el sujeto accede a la castración, la dimensión simbólica, que abarca desde
el apellido a todo aquello que
entendemos por el Nombre del Padre. La
dimensión imaginaria que es la imagen que el niño va construyéndose a lo
largo de su historia y que es la suma de las potencias, impotencias y pecados
del padre, dimensión que se irá desplegándose en el análisis y por último la dimensión del padre real que es la
que introduce la categoría de lo imposible, aquella que llega a transmitir que
hay una imposibilidad constitutiva de que a toda verdad le corresponda un saber
que sea dicho de modo absoluto. Este último es el padre agente de la
castración, es aquel que en lugar de imponerse como el que detenta la verdad lo
habilita a saber hacer con la falta, que se sabe mortal y que puede transmitir
una herencia que se transforme en legado.
Es en
este sentido que postulamos que frente a la vista del Tiziano en el Museo de
Villa Borghese, recibió Giorgio, como legado, la técnica pictórica de los antepasados.
Es
significativo que en la copia de los grandes maestros introduzca en ellas
diferencias a veces irónicas y que además entre las copias estén sus propias
obras del período metafísico, es decir que se copie a sí mismo como copia a los
maestros. Esta copia de si mismo alude al hecho de haberse hecho un nombre
entre los pintores, en el sentido de servirse del padre pero para poder ir mas
allá de él, ubicándose este hecho como otro hito de la finalización de un
duelo.
Quizás
la serie de autorretratos, que resulta tan enigmática a los críticos, sea una
manera de representar esta vuelta libidinal sobre sí luego de la finalización
de dicho duelo.
Quizás
la pintura que más claramente plantea la elaboración del duelo y el recuerdo
apaciguado del padre sea la pintura ya tardía de 1975 titulada El hijo pródigo

En
ella se aprecia toda la iconografía que habíamos estudiado en el Enigma de una tarde de otoño, obsérvese
como la estatua que encontrábamos en la primer plaza con su pedestal es
claramente la figura del padre, con quien Giorgio
estaba identificado, para luego pasar al estadio de maniquí que en esta pintura
ocupa el lugar de hijo. Además reencontramos toda la iconografía de las plazas:
la torre, la estatua ecuestre, las figuras diminutas en el infinito, el clima
de soledad, los arcos bordeando la plaza etc. Pero sin embargo el clima no es
de tristeza sino de reconciliación y paz y no existe el clima sombrío de la
primera pintura expresado en el tratamiento de un color más claro y diáfano.
Las vicisitudes del duelo en Giorgio de Chirico
Recapitulando,
podríamos sostener entonces que cuando el padre del artista muere teniendo éste
17 años se encuentra imposibilitado de comenzar el duelo, se estableció así una
renegación de la muerte del padre que dejó al sujeto en un estado de
petrificación cuya expresión aparece mediante el trastorno gastrointestinal
como fenómeno psicosomático, en tanto lesión corporal relacionado con una
perturbación psíquica.
Lacan
conceptualiza este fenómeno utilizando el término de holofrase, esto significa
que entre el S1 –significante amo que representaría al sujeto- y S2
significante que representa al saber inconsciente y por lo tanto el lugar del
Otro hay una soldadura en lugar de haber una separación. Esto implica
que el sujeto no puede ser representado en términos de falta y no puede entrar
en una relación dialéctica con el Otro. Pues el Otro en vez de remitir a lo
simbólico y a la cultura se resume en el cuerpo, es un puro cuerpo sin
representación. Este trastorno que en el artista cursa concomitantemente con un
cuadro depresivo aparece en forma repetitiva en los años siguientes a la muerte
de su padre.
Nosotros
sostenemos que la primera pintura El
enigma de una tarde de otoño, permite esa representación, hasta ese momento
bloqueada.
Se
establece así un lugar para la
significación del sujeto y del objeto, bajo la forma de un objeto petrificado
que representa la identificación de Giorgio de Chirico con
el padre muerto. Identificación que, en tanto representada plásticamente, abre
el espacio subjetivo que comenzará una dialéctica de desplazamiento y
condensación que se desarrollará primero en las plazas de Italia, con el
intento de resolver la petrificación aludida.
Es en
la dimensión simbólica de la tela donde
se despliega el tema del fantasma, de la angustia por la presencia ominosa del padre, la
presencia fantasmal de las estatuas y de su sombra omnipresente, el clima
opresivo y angustioso, el desamparo y la soledad de los inmensos espacios
vacíos. La inmovilidad afecta también a
los significantes metonímicos del padre, el tren que no avanza, el humo quieto
de sus locomotoras, las chimeneas inútiles de las fábricas.
A
medida que se desarrolla este lenguaje simbólico se va construyendo un mundo
mítico que permite bordear un espacio, la falta que estaba impedida por la
petrificación comienza a ser representada por las plazas, en la que los
distintos objetos icónicos toman el valor de significantes que se van
permutando en combinaciones múltiples.
Así
la estatua da lugar al maniquí, en un movimiento de desplazamiento hacia lo
vivo, un maniquí es como una imagen intermedia entre la estatua y el viviente,
pero además demuestra el movimiento mismo de la sustitución, lo mismo ocurre
con la estatua de Ariadna dormida con su corrimiento a las musas inquietantes y
a la representación del durmiente.
En el
tercer momento la representación desplazada hacia el humano destaca una cierta
pacificación, creemos que esto indica el comienzo de la finalización del duelo.
La representación de este final es la de un hijo conciliado con su padre, la
muerte aceptada del padre y la reconciliación con el que aparece en El hijo pródigo, y aún en otras
pinturas implica la aceptación del padre como muerto, pero como muerto
insustituible.
El
padre muerto en lo real y ahora aceptado
como muerto en lo simbólico es insustituible en sí, es decir en tanto real, y
por lo tanto sólo se lo puede aceptar si se instaura una dimensión del vacío,
de la pérdida que se pueda nombrar de otra manera, representar esta falta de
otra manera, experimentarla de un modo que aluda a la ausencia dejada por el
padre sin sustituirla en lo real sino desplazada a lo simbólico.
En el
caso de Giorgio de Chirico, la dimensión de su arte le permite una lógica
distinta para nombrar al padre muerto. Esto constituye un sistema
suplementario, una nueva inscripción en la que la falta vuelve a simbolizarse
de otra forma.
De
esta manera Giorgio pasa del sometimiento melancólico
a un objeto petrificado y petrificante cuyo peso aplastaba su yo, a emerger
como sujeto en su arte en una separación liberadora que abre la posibilidad del
acto creador. En este sentido se articula el concepto de sublimación freudiana
en la culminación del duelo. La posición subjetiva con el objeto cambia pues se
opera un deslizamiento desde el objeto perdido, al objeto como causa, en
nuestro pintor la causa puesta en la pintura y en la creación del movimiento
metafísico como causa de su deseo.
En
este sentido es posible comparar la terminación del duelo en Freud, que tiene
como fin la sustitución libidinal del objeto por otro, con el planteo de Lacan
que agrega a la finalización un cuarto tiempo en el cual apuesta a un cambio de
la posición subjetiva con relación al objeto y en relación al objeto como
causa. Este concepto de suplementario funciona como destotalización
y apuesta a poner nuevos significantes a lo singular de ese duelo.
Y
también devela que el objeto estuvo desde siempre perdido, pues lo que para el
yo funciona como una articulación objeto-pulsión-objeto en la obra se revela
como pulsión-objeto-pulsión, el objeto sólo es recuperable o perdible en el universo
simbólico de la pintura o dicho de otra manera se puede observar una lógica
desde el arte que tiene, a nuestro entender, efectos subjetivos similares al
discurso analítico.
Resumen
El
autor tiene como objetivo del presente trabajo poner en relación el concepto de
angustia y duelo en tanto dolor, plantea asimismo que, la angustia está
relacionada con el deseo del Otro y con la presencia invasora de Otro. En
última instancia en una relación de desamparo o indefensión frente a la
incógnita de qué quiere ese Otro de él. Otra manera de plantearlo es que la
desaparición de Otro protector da paso a una presencia siniestra, inquietante e
invasora.
El dolor en cambio, palabra a la que alude el
estado de duelo, es en cambio la reacción frente a la pérdida del ser amado o
un ideal que sea equivalente. Es un agujero que se abre en lo real, reviste la
característica de inapelable, de algo que hay que aceptar sin remedio y frente
a lo cual el sujeto en principio sufre un descalabro simbólico que se tendrá que
reorganizar para simbolizar la pérdida.
Frente
a una pérdida irreparable la primera reacción (el primer tiempo del duelo) es
negar en tanto aceptación emocional y acudir a un mecanismo de renegación,
Freud decía que el sujeto no renuncia así nomás a una posición de placer y por
lo tanto se resistirá tenazmente a aceptar la pérdida. Cuando este rechazo es
violento podrá llegar a un cuadro alucinatorio (amencia
de Meynert) que se expresa en la presentación
alucinatoria del objeto perdido.
Si se transita
adecuadamente este primer tiempo hay lugar a un segundo; aquel en que el dolor
es la expresión de la separación recuerdo por recuerdo del objeto de la libido
que lo catectizaba, este trabajo es realizado con gran gasto de tiempo y
energía. La alteración de este segundo tiempo es la detención melancolizada del
duelo o el cuadro de una franca melancolía.
Si se
puede elaborar este segundo tiempo se ingresa en el tercer tiempo, el dar por
muerto en lo simbólico lo que estaba muerto en lo real, es matar al muerto, la
segunda muerte en términos de Lacan. Una vez que la libido ha sido retirada del
objeto puede volver a recargar un nuevo objeto, tal como lo plantea Freud. La
expresión patológica de este momento es el cuadro de manía o la reacción
maníaca.
Pero
para Lacan la pérdida del objeto tiene algo de irrecuperable, lo que implica
una cicatriz, una marca en el sujeto que habilita una nueva dimensión de la
falta y una reorganización de la
posición del sujeto y del objeto del fantasma, a esto lo denomina función del suelo.
Esto suele expresarse mediante una actitud sublimatoria que evidencia esta
nueva simbolización de la falta, a partir de una nueva inscripción, que implica
una nominación y que se puede expresar en la inscripción de un nuevo lenguaje,
un idiolecto que es creación del sujeto.
Se
ejemplifica esto último con la obra pictórica de Giorgio
de Chirico, sobre todo refiriéndolo al primer cuadro
del período metafísico “El enigma de una tarde de otoño”, en el que aparece la
escenificación del duelo por su padre, momento en que se revela a través de la
pintura la prosecución de un duelo interrumpido durante cinco años. Luego se
seguirá la evolución del duelo del pintor señalando puntos clave de la obra en
consonancia con las vicisitudes del duelo y su resolución.
Carlos Weisse
La dirección de correo electrónico
del autor es: cfweisse@fibertel.com.ar
Bibliografía
consultada
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seca. Ed. Edelp, Bs. As. 1996
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.2001.
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Ediciones Visor Madrid .España. 1999.
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Duelo y Melancolía
De guerra y muerte
Lo perecedero.
Gimferrer, Pere: De Chirico. Ediciones Polígrafa. Barcelona.
1988.
Lacan, Jacques: La relación de objeto. Ed Paidós. Bs. As.
1994
El
deseo y su interpretación.
La
ética del psicoanálisis Ed Paidós. 1990
La
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Aún. Ed Paidós.1981.
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